27 Jayce
Esto va a ser complicado
No le he mentido. Las personas excesivamente intensas suelen provocarme dolor de cabeza y Ava podría convertirse fácilmente en una migraña crónica, pero desde que me ha soltado su lista de realidades todo resulta más sencillo de manejar.
La bienvenida ha sido un desastre y sigo pensando que este viaje es una locura organizada por Alexander, pero al menos ella ha sido clara. Brutalmente clara.
Ha dejado muy claro que no piensa apartar a su primo ni mentirle. Y aunque no sé cómo terminará esa conversación ni si acabará complicando las cosas, agradezco saber exactamente cuál es su postura.
Necesito entender a la persona a la que represento. Cómo piensa. Cómo actúa. Qué le afecta realmente. Es parte de mi trabajo. Y Ava, aunque sea de la forma más caótica posible, acaba de darme mucha más información de la que imaginaba.
La sigo hacia donde quiera que haya decidido llevarme.
Esto no va a ser fácil. No solo por la situación, sino porque no ayuda que Ava Halstead sea incapaz de pasar desapercibida.
Es condenadamente guapa.
Intento centrarme en lo importante. En Alexander. En la declaración. En todo lo que puede complicarse si este asunto se maneja mal. Eso es lo único que debería importarme ahora mismo.
Pero entonces ella se aparta el pelo al caminar, gira ligeramente la cabeza hacia mí, me atraviesa con esos ojos de color dorado y vuelvo a recordar demasiado bien cómo me miraba aquella noche dentro del baño del club.
Sí. Esto va a ser mucho más incómodo de lo que imaginaba, pero ya encontraré la forma de manejarlo.
Durante casi media hora recorremos Silver Bay en su coche. Un coche excesivamente lujoso para este lugar y que, según me ha explicado, pertenecía a su madre.
El pueblo empieza a apagarse poco a poco. Está oscureciendo y apenas queda movimiento por las calles, salvo algunas camionetas cruzando la avenida principal.
Silver Bay es diminuto.
No necesito que Ava me lo diga para entender que aquí todo el mundo debe de conocerse. O, al menos, conocer a los Halstead.
Boston queda ahora mismo a años luz. Allí siempre hay ruido, tráfico, gente entrando y saliendo de todas partes y prisas constantes. Aquí parece que el tiempo se mueve más despacio. Demasiado despacio. Tanto que hasta me ahoga.
Ava conduce sin demasiadas ganas de ejercer de guía turística, pero aun así va deteniéndose unos segundos en los lugares importantes del pueblo mientras me ofrece explicaciones breves, frías y perfectamente medidas.
Me señala la cafetería más antigua de Silver Bay, una construcción baja junto a la carretera principal que parece llevar abierta cien años; la oficina del sheriff, pequeña y aparentemente tranquila, y me habla de dos restaurantes que se salen de nuestra ruta.
Al parecer son dignos de su aprobación, a juzgar por los elogios que les dedica.
Intuyo que la desaparición de su tío debe de ser lo único que ha ocurrido aquí en el último siglo.
Seguimos con la iglesia del pueblo, iluminada tenuemente al fondo de una calle estrecha; la zona del lago, donde varios muelles de madera y pequeñas embarcaciones permanecen inmóviles sobre el agua oscura; algunas tiendas pequeñas ya cerradas y una calle ancha que pasa de largo y que me indica que conduce hasta la clínica, que ya me mostrará en otro momento.
La casa de Blake tampoco tarda en aparecer. Pequeña, sencilla y demasiado normal comparada con las propiedades de los Halstead. Una vivienda práctica, bien cuidada y sin ningún rasgo especialmente memorable, apartada del centro y rodeada por varios árboles enormes.
Todo el recorrido ha estado acompañado por frases cortas, una evidente falta de entusiasmo por parte de Ava y silencio por la mía.
Seguimos avanzando entre calles tranquilas hasta que finalmente reduce la velocidad.
Se detiene y se baja del coche. La sigo hasta llegar a una valla de hierro forjado que permite el acceso a un parque. Caminamos pocos metros hasta llegar a una estatua iluminada de forma tenue que representa la figura de alguien que tarda poco en presentarme.
—Mi abuelo. Thomas Halstead.
Tengo que doblar tanto el cuello para poder verla que siento que voy a terminar con una contractura.
La Estatua de la Libertad debe de parecer un complemento al lado de esta.
—¿El tamaño es proporcional al homenaje?
—El tamaño lo eligió él. La diseñó, eligió el lugar y organizó el discurso y el acto de inauguración.
—¿También leyó el discurso?
—No, estaba muerto cuando se inauguró.
—Vaya… ¿murió antes?
—Nunca estuvo previsto que el homenaje se hiciera en vida, sino cuando muriera.
—¿Eso quería él?
—Eso mismo.
—Ya… —comento totalmente sorprendido.
—Se quería mucho a sí mismo —me aclara—. Te habría caído bien. Era arrogante, frío, de pocas palabras, inexpresivo y se creía el mejor médico de todo el estado y parte del país.
—Vaya… Sí que me habría caído bien, sí. Me gusta la gente así.
—Lo he supuesto. A él también le habrías gustado.
—A ti también acabaré gustándote, Ava. Seguro que me coges cariño —le digo con la clara intención de provocarla.
—Seguro que sí —dice con una sonrisa cínica—. Y… seguro que acabamos siendo amigos. Si te sobrevivo, me encargaré de que te hagan una estatua así en Boston.
—Eso es muy amable por tu parte. Pero para entonces ya habré dejado suficientes huellas en Boston como para que haya muchos dispuestos a hacerme esa estatua. No tendrás que molestarte.
Pone los ojos en blanco.
—¡Dios mío! ¿Siempre eres así?
—No. ¿Y tú?
—No sé bien a qué faceta te refieres, pero… antes de que digas nada… No, no soy así.
—Ya… ¿Tus realidades…?
—Seguramente. Y también los malos recuerdos…
—¿Eso también influye?
—Ayuda, y mucho.
—¿Tan mal recuerdo tienes?
—Sí. Tan mal recuerdo tengo.
—¿Por qué?
—Porque lo que ocurrió aquellas noches es justo lo que siempre he afirmado que no me pasaría a mí. Beber demasiado, perder el control, acabar en manos de un desconocido en un baño y terminar en su casa sin sentido. Y no recordar apenas nada.
—Acepto que guardes un mal recuerdo de aquellas noches.
Pero, en adelante, me gustaría que te refirieras a ellas como lo que realmente fueron y no como si hubieras sido víctima de algo…
o de alguien. La primera noche no parecías fuera de control ni especialmente afectada por el alcohol.
Entramos en ese baño porque ambos quisimos hacerlo y porque a los dos nos apetecía exactamente lo mismo.
»Y la segunda noche… si acabaste en mi casa fue porque estabas en unas condiciones lamentables.
No era seguro dejar que te fueras sola en un taxi.
Dijiste que tus amigas «no eran tus amigas», mencionaste a un primo Blake de Minnesota como la única persona a la que llamarías para que fuera a buscarte y no eras capaz ni de recordar tu dirección.
Por eso terminaste en mi casa. Te quité el vestido porque estaba manchado de vómito, lo limpié y lo colgué en un armario; te puse una camiseta mía y te dejé dormir.
Me levanté un par de veces para comprobar que estabas bien y respirabas y la tercera vez que quise comprobarlo ya no estabas. Te largaste sin decir nada.
—Me largué porque me quería morir cuando me desperté. ¿Qué habrías hecho tú?
—Darte las gracias, pedirte un analgésico y un café, decirte adiós con amabilidad, pedirte que me llevaras a algún sitio… Lo normal.
—¿Lo normal? Es que para mí no es normal acabar borracha, perder prácticamente el sentido. ¿Para ti sí?
—No, nunca me ha pasado… Quizás cuando era adolescente.
—Sigue… Cada vez me siento mejor.
—¿Por qué te sientes mal? Deja de darle vueltas.
—Has sacado tú el tema.
—Para pedirte que le des otro matiz a la escena cuando te refieras a ella.
—No pretendía insinuar nada de lo que has imaginado. Sé perfectamente que follamos porque los dos quisimos.
—Bien, pues todo aclarado.
—Todo aclarado, abogado.
—Nos lo pasamos bien, ¿no? Ahí ya tienes un buen recuerdo.
—Vámonos, hoy tengo exceso de ti. Vamos a… cualquier parte.
—A casa no te parece una buena opción.
—A un restaurante, a cenar. Tengo hambre y… no entiendo por qué. Convivir con tu ego este rato ha sido más que suficiente para tener el estómago revuelto, pero es lo que me ocurre cuando algo me enerva: me da por comer.
—Ahora ya nos conocemos mejor. Ahora ya sé que tu abuelo era un tipo admirable, que eres alérgica a los gilipollas y a la lactosa y que cuando te enervas, comes.
Y tú, aunque ya podías haberlo deducido, sabes que cuando quiero follar con alguien no necesito recurrir a alguien que esté borracho.
Y si llevo borracha a alguien a mi casa es para no dejarla tirada… por su seguridad. ¿Me he dejado algo?
—Que eres alérgico a la gente intensa, odias los cojines con flores y eres escrupuloso.
—Muy bien, Ava. ¿Ves cómo nos vamos conociendo más? No he exagerado cuando he dicho que me cogerás cariño.
—¿Te cogeré cariño? ¿Tú a mí no?
—Yo ya te tengo —le digo con un tono tan cínico que solo persigue fastidiarla un poco más.
Ava abre mucho los ojos y me mira con una mezcla de incredulidad y hartazgo que confirma que acaba de añadir otro motivo a su lista para odiarme.
—Me siento abrumada… —me dice de forma muy teatral. Puro sentimiento—. No sé por qué me caes tan mal… Tendré que planteármelo bien.
—Deberías. Sobre todo, porque me voy a esforzar para que te largues de este pueblo cuanto antes… y eso no tiene precio, doctora Halstead.
Espero una réplica, un contraataque mordaz, pero… para mi sorpresa, esboza una sonrisa. Dura dos segundos, pero es una sonrisa. Espontánea, sincera. Y eso me descoloca.
No por descubrir que tiene la capacidad de sonreír de forma dulce, sino por lo que ha provocado en mí.
Maldita sea. Este viaje me está trayendo demasiados disgustos y solo me queda una eternidad por delante.