26 Ava
El novio
—Espera… espera… —me ha dicho Blake levantando una mano en señal de pausa—. Déjame ordenar todo esto antes de que mi cerebro colapse. ¿El abogado que ha enviado tu padre es el del club? ¿El del baño? ¿El que te llevó a su casa borracha?
Todavía debe de estar riéndose. Si me hubiera quedado un rato más en su casa, lo habría estrangulado. Especialmente cuando ha pronunciado la palabra «borracha». Es escucharla y sentir ganas de esconderme en los confines del mundo y no volver a salir.
Pero no le culpo por divertirse. Desde fuera, tiene su gracia. Al parecer, que el ayudante de mi padre haya resultado ser el chico del club del que le hablé le parece una historia fascinante.
—¿Qué probabilidades hay de que sufras una pequeña enajenación mental y decidas tirarte a un tío en tu club favorito?
—le he planteado en clave de humor—. Un tío al que le has recriminado que haga lo mismo con otra ante las narices de su novia, que ya no es su novia porque la ha dejado después de cinco años con las mismas palabras emotivas que se emplean para pedir un café…
—Pocas —me ha contestado.
—¿Y que después se convierta en tu abogado porque lleva años trabajando con tu padre?
—Un dos por ciento —me ha dicho en ese habitual empeño suyo de ponerle cifras a todo.
—¿Y que ese abogado se convierta ficticiamente en tu novio?
—Un uno por ciento.
He seguido planteando posibilidades entre interrogantes, pero a todas ellas la respuesta era «pocas», «ninguna» o… «solo a ti te puede pasar».
Tal y como había sospechado, a Blake le ha parecido extraño que el abogado encantador se presentara como mi novio.
—He supuesto que era el abogado del que me habías hablado, pero cuando me ha dicho que era tu novio, me ha descolocado. He estado tentado de llamarte, pero he preferido esperar a que tú me lo explicaras.
Así es Blake, prudente, paciente. Cuando llega el momento, dice todo lo que tiene que decir sin filtros, pero antes de ello lo sopesa todo y espera el momento adecuado.
Exactamente el lado opuesto a mí, que no espero nunca ni siquiera un mínimo razonable y me lanzo sin más. A veces acierto. A veces me estrello.
Como hace unas horas con el abogado. Abrirme ante él de esa manera, desnudar mis «realidades» y hablarle de mi mundo abiertamente, con sentimiento incluido, es algo que no me hace sentir bien.
Normalmente me lanzo sin red, soy impulsiva, pero pocas veces para compartir algo que tenga tan dentro de mí o me duela de verdad.
En esos casos suelo dejar que erosione por dentro y me haga pedazos antes de vomitarlo.
Pero con él ha sido diferente y eso me descoloca.
Contraatacar a un tío borde, altivo, engreído y seguro de sí mismo hasta aburrir abriéndole lo más profundo de mí en este momento…
no me gusta. Podría haberle impuesto mi condición con respecto a Blake simplemente con una negativa, pero, por la razón que sea, he decidido abrirme en canal.
Como si necesitara que entendiera mi postura.
Blake también encuentra exagerado este despliegue por parte de mi padre, pero me ha aconsejado que no lo rechace. A pesar de las molestias que eso suponga, de tener que fingir que el abogado es mi novio y compartir casa con él, cree que ser prudente es la mejor opción.
Por suerte, Blake se ha trasladado unas semanas a Silver Bay por recomendación de su jefe, Richard. Trabajará desde casa y, al mismo tiempo, podrá estar pendiente de cualquier noticia relacionada con su padre.
—Ava, yo también creo que tu padre exagera un poco, pero…
si él considera que esa declaración es tan importante, es mejor que le hagas caso.
Sabías que iba a venir y ahora solo te queda seguir adelante hasta que declares.
Él no tiene la culpa de nada. Nadie la tiene —me ha dicho Blake antes de salir.
Sí, tiene razón, pero ya no se trata solo de su papel como abogado.
Me cae mal y no me apetece convivir con él.
Si tengo que compartir espacio con alguien y sacrificar mi intimidad, preferiría hacerlo con alguien más terrenal, menos estirado.
Y también alguien a quien no me hubiera tirado en el baño de un club.
Y… alguien que no me provocara escalofríos cada vez que lo tengo delante. Pero poco puedo hacer ya.
Mostrarme madura, responsable, agradecida y profesional. Esto se acabará en unas semanas y volveré a mi vida.
Bien, me gusta tenerlo claro.
Me pregunto si me encontraré con el gran y mejor Jayce Merrick dentro de casa o… quizás ha vuelto a Boston. Lo he dejado solo y he salido corriendo…
Cuando entro en casa, está sentado en el salón, consultando algo en su móvil. Levanta la mirada lentamente. Lleva puestas unas gafas redondas de montura transparente que no había visto antes. Y, por alguna absurda razón, el efecto que provocan en él es devastador. Y en mí, también.
El pelo, todavía más revuelto que hace unas horas, cae en mechones desordenados de distintas tonalidades de castaño, como si hubiera estado pasándose la mano una y otra vez mientras trabajaba.
Las gafas suavizan ligeramente sus facciones, pero no lo suficiente como para restarle atractivo.
Todo lo contrario. Resaltan aún más sus ojos azul grisáceos y ese maldito hoyuelo en la barbilla que debería dejar de mirar de una vez.
Le dan un aire intelectual, elegante y peligrosamente atractivo que me deja sin aire durante un segundo.
Tiene la chaqueta apoyada en el respaldo del sofá y varias carpetas abiertas sobre la mesa baja. Por alguna razón, verlo instalado aquí dentro me produce una sensación extraña. Demasiado extraña. Como si la casa hubiera cambiado un poco durante el rato que he estado fuera.
Dejo las llaves sobre el mueble de la entrada y me obligo a no pensar demasiado en lo raro que resulta compartir espacio con él.
—¿Te has instalado?
—Sí —me dice con la misma frialdad de siempre mientras se desprende de las gafas y clava esos ojos espectaculares en los míos.
—¿En cuál de ellos? —le digo mirando en dirección al pasillo que accede a los dormitorios.
—En el que está más alejado del tuyo.
—¿Por alguna razón?
—He pensado que te gustaría tenerme lejos.
—Solo debe de haber cuatro o cinco metros más que al otro dormitorio.
—Algo es algo, ¿no crees?
—Algo es algo, abogado. Se agradece la consideración. Me imagino que la necesidad de distancia es mutua.
—Yo no me he quejado todavía, doctora. La que no parece contenta con mi presencia aquí eres tú. Pero eso no significa que no logre entenderlo.
—Bien, pues entonces está todo claro. Dormitorios separados por cuatro metros.
El abogado encantador entiende que no me entusiasme su visita, y la doctora se resigna a ella.
Creo que no hay más bases que establecer para la convivencia.
Soy ordenada, madrugo mucho, hablo sola o con Dory Sue y adoro el silencio, excepto cuando me ducho.
En esos momentos necesito música a todo volumen. Te toca. Cuéntame tú…
—Soy ordenado, madrugo mucho, nunca hablo solo, simplemente no hablo si no es necesario y cuando me ducho necesito escuchar solo el sonido del agua.
No me gustan los adornos florales, así que te agradecería que me indicaras dónde puedo colocar todos esos cojines que hay sobre la cama que voy a ocupar.
—Quitaré los cojines. ¿Alguna alergia? Para no intoxicarte con la comida.
—No digiero bien a la gente excesivamente intensa. ¿Y tú?
—No digiero bien la lactosa ni a los gilipollas.
—¿Quién es… Dory Sue?
—Una amiga de la infancia —le suelto sin ninguna gana de aclararle nada más.
—Ahora ya nos conocemos mejor —me dice levantándose.
—Así es.
—¿Un paseo por Silver Bay? —le propongo apoyándome sobre el borde de la mesa.
—¿Ahora?
—¿Prefieres seguir charlando?
—Estoy deseando conocer el pueblo.
Hay algo distinto en su tono. Muy leve. Pero suficiente para que vuelva a ponerme nerviosa.