Jayce. Algo más que prohibido 24 ​​ Ava
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Las casas

Parece que el abogado no ha recibido especialmente bien cuál va a ser su alojamiento.

En ningún caso podría alojarse aquí, en la casa del abuelo, o el «museo», como lo llama Blake acertadamente, pero hacérselo creer durante unos segundos es un placer del que no he querido privarme.

Esta casa está cerrada desde que murió el abuelo, hace dos meses.

Hace tiempo que no recibe mantenimiento ni una mínima sesión de limpieza.

Es demasiado grande y su conservación, de momento, no es una prioridad.

El polvo se acumula sobre cualquier superficie que no está cubierta y el aire resulta demasiado cargado incluso para pasar aquí unos minutos.

Ni siquiera a un imbécil como el chico del hoyuelo lo alojaría aquí. No soy tan cruel, aunque ha habido momentos durante la conversación en los que me habría gustado meterlo debajo de una de las sábanas que cubren los muebles y dejarlo ahí para siempre.

Estoy confundida, impresionada por la casualidad de que sea el mismo del club, cansada, preocupada por todo lo que ha ocurrido últimamente y algo saturada de las conversaciones con mi padre durante estos días.

No he estado acertada en mi recibimiento ni he utilizado las palabras que, en otras circunstancias, habría elegido.

Soy consciente de su papel, del de mi padre y de que, aunque me parezca un poco exagerado, tenemos que preparar bien esa declaración para evitar malos entendidos o errores que puedan impedirme recuperar mi vida, pero… hay algo en él que me exaspera.

Quizás su frialdad, su falta de expresividad, la seguridad irritante con la que habla, el control absoluto que parece tener sobre cada palabra, su pose altiva, su sonrisa cínica, su manera de mirarme como si supiera perfectamente el efecto que provoca en mí… y su increíble atractivo.

De acuerdo, eso último no debería exasperarme, pero lo hace. Mucho. Si tuviera el rostro deformado, cincuenta kilos de más, media cabeza calva y dos verrugas enormes en la mejilla, todo sería bastante más sencillo.

Atravesamos el salón haciendo malabarismos para no chocar con nada.

Él me sigue. Sé que está incómodo.

Disfruto de mi pequeña tortura.

—Esta casa es muy grande. Ya la irás explorando. Lo que vayas necesitando, le quitas la tela que lo cubre. Cuando te marches, volveremos a cubrirlo.

El abogado no expresa nada. Su rostro está congelado, pero sé que ahora mismo querría exterminarme. Genial. No debería haberme dicho que no guarda ningún recuerdo de mí. Ni bueno ni malo.

Eso es cruel, duele, humilla. O bueno o malo, pero ignorarme… eso me afecta y hace que salga lo peor de mí.

Conforme avanzamos, le voy mostrando rápidamente las estancias. No me detengo demasiado; apenas asomo la cabeza por algunas puertas. Él ni siquiera eso. Me sigue en silencio.

Llegamos al dormitorio.

Me decanto por el peor. El que guarda objetos acumulados de varias generaciones, una enorme cama con dosel y cortinas pesadas de terciopelo oscuro cubiertas ahora por sábanas blancas.

Hay armarios antiguos pegados a las paredes, cómodas demasiado ornamentadas y cajas apiladas en varias esquinas de la habitación.

Telas y más telas blancas cubriéndolo todo.

—Y este será tu dormitorio. El de invitados.

El más amplio y luminoso de todos —le explico con absoluta seriedad—.

Si apartas esa librería, aparece una puerta que accede al sótano.

Nada interesante, solo objetos y más objetos acumulados.

En noches de insomnio, puedes darte una vuelta por los cimientos de la casa.

Me mira mientras yo me aguanto la risa. Está siendo más divertido de lo que pensaba.

—Es un poco recargado, lo sé, como toda la casa, pero… mi abuelo era feliz aquí —añado con total naturalidad, como si lo que le estuviera mostrando fuera una opción completamente razonable para alojarlo.

—¿Aquí te has criado tú?

—A decir verdad, entre las tres casas. Dependiendo de la etapa, estábamos en una u otra. La casa antigua hace tiempo que no se habita. Es la original. Ya la verás.

Me olvido del resto de la casa del abuelo y lo conduzco de nuevo hasta la planta baja.

Antes de llegar al salón principal, atravesamos una maciza puerta de madera que chirría al abrirse y desemboca en un pasillo estrecho y oscuro.

Apenas hay iluminación. Solo una hilera de pequeñas lámparas antiguas colocadas en la pared.

El pasillo conduce hasta otra puerta, entornada, que conecta con la casa antigua.

Si la casa del abuelo da la sensación de que el tiempo se ha detenido, esta parece directamente abandonada décadas atrás. De pequeña me daba miedo entrar aquí.

El salón principal es mucho más pequeño, con el techo bajo, vigas de madera oscuras y muebles todavía más antiguos que los de la otra casa. Aquí no hay telas cubriéndolo todo. Solo polvo, olor a madera vieja y demasiadas sombras.

—Esta es la más antigua. Mi abuelo venía aquí cuando necesitaba aislarse de verdad.

El resto de habitaciones lleva años sin utilizarse.

Como ves, ni siquiera nos molestamos en cubrir los muebles.

En realidad, es una parte de la propiedad por la que casi nunca entramos.

Todas las casas tienen acceso independiente desde el exterior.

—Y este pasillo conduce a mi casa —le digo mientras atravesamos otro corredor estrecho, también repleto de puertas de madera maciza a ambos lados.

Desembocamos finalmente en un pequeño vestíbulo mucho más luminoso.

Camino despacio mientras él me sigue y le muestro la cocina, espaciosa y llena de luz natural; el salón, pequeño y acogedor; el baño principal, enorme, con una ducha que podría acoger a diez personas, y los tres dormitorios.

Todo aquí es completamente distinto.

Muebles claros, decoración sencilla, estanterías modernas, fotografías familiares y mantas abandonadas sobre el sofá. Un lugar habitable.

Mi lugar. A mi gusto.

Tal y como mi abuelo quiso que lo decorara.

—Y aquí, como ves, nos encontramos en el siglo actual. Más moderna, minimalista, con algo de color y solo objetos necesarios.

—¿Aquí vives tú? —pregunta con una voz de ultratumba que hace que se me erice el vello de todo el cuerpo.

—Exacto. Es preferible a los museos. Así llama a las otras dos casas mi primo Blake. Ya lo conocerás. Tiene pensado pasar una temporada aquí, en Silver Bay.

—Ya lo he conocido.

—¿A Blake? —le pregunto creyendo que se ha confundido.

—Sí. Llegó mientras te esperaba. Me pidió que te lo dijera.

—Ya… De acuerdo. No lo esperaba tan pronto —comento, más para mí misma que para que lo escuche él.

—Me preguntó quién era yo —me aclara impasible.

—Le comenté que ibas a venir… —le confieso con desgana.

—Le he dicho que era tu novio. Me he estrenado con él.

—¿Le has dicho a Blake que eras mi novio?

—Eso acordé con tu padre y creo que él contigo también.

—Pero tú conmigo no. ¿Por qué coño le has dicho eso?

—Me preguntó quién era.

—No habías hablado conmigo…

—Solo he interpretado el papel que tu padre me hizo aprender. Un papel que, según me aseguró, había hablado contigo y estaba claro. ¿Cuál es el problema?

—Me da igual lo que diga mi padre. A Blake no le voy a contar esa estupidez.

Esto es inaudito. Blake ha debido quedarse en shock cuando lo haya escuchado. Le hablé de la llegada del ayudante de mi padre, pero ni se me ocurrió explicarle esa absurda idea.

—No puedes hacer excepciones, Ava —me dice de mala gana.

—¿Soy la única que piensa que hacerte pasar por mi novio es una absoluta gilipollez? ¿Eso es parte de la investigación y también de no hacerlo mi futuro peligra?

—Eso solo nos permite movernos sin llamar la atención. Tu padre me dijo que te lo había explicado y que habías aceptado —insiste, molesto.

—Eso es lo que él cree, pero con Blake no pienso hacerlo.

—Con Blake tendrás que hacerlo también.

—No lo haré, ni lo sueñes.

—Ava, esto no es un juego, joder. Tiene un sentido, no es un capricho.

¿Es que después de todo lo que hemos discutido aún no tienes clara la realidad?

No estamos jugando a los abogados ni a los detectives.

Se trata de observar, de pasar desapercibidos y de no levantar rumores innecesarios.

Este pueblo es pequeño, la desaparición de tu tío estará en boca de todos y nadie debería preguntarse por qué hay un abogado viviendo contigo y haciendo preguntas por todas partes.

Esa es la realidad. Y sus consecuencias también lo son. Realidad, Ava, realidad…

Me acerco a él más de lo que querría. Necesito reducir la distancia entre nosotros para asegurarme de que no se pierde ni una sola palabra de lo que voy a decirle.

—Escúchame atentamente, abogado, porque te voy a hablar de realidad.

Y es lo que hago.