23 Jayce
Sensatez
Alexander me dijo que le había costado convencer a Ava de mi llegada, por todo lo que ello suponía, pero creía que eso estaba solventado.
Esperaba una situación tensa o incómoda en cuanto me reconociera, pero no la actitud que ha tenido.
¿Tiene un mal recuerdo? ¿De qué?
¿Ella tiene un mal recuerdo? ¿Ella?
Es increíble. Fue ella la que me abordó en el club para recriminarme mi actitud con Anne con una película que se montó por meterse donde no debía.
Y… la llevé a mi casa para que estuviera segura porque, al parecer, no tenía a nadie más que pudiera echarle una mano.
¿Qué es lo que le trae malos recuerdos? ¿El momento del baño? Creo que ambos disfrutamos.
¡Menuda mierda!
¿De verdad está dispuesta a que me largue? ¿A hablar con su padre y contárselo todo? No me entra en la cabeza.
Pero… ¿es consciente de por qué he venido?
No, es evidente que no. Quizás por eso le he pintado la realidad de forma tan severa; tenía que hacerla reaccionar de alguna forma.
Y quizás ha funcionado.
Está de pie, apoyada en el borde de lo que deduzco debe de ser una mesa cubierta por una sábana.
Calmada. Pensativa.
No suelo decirle nunca a un cliente que la realidad es tan cruda al primer contacto, pero me ha exasperado esa actitud altiva, infantil y contradictoria… Es que no era coherente nada de lo que defendía…
Sin embargo, no me siento bien viéndola ahí, cabizbaja, seguramente sopesando todas las malas posibilidades que le he planteado.
La observo un poco más. Me pregunto por qué todo el mobiliario del salón está cubierto con telas blancas.
Es enorme, espacioso, pero tengo la sensación de haber entrado en una de esas casas encantadas de las películas de terror.
Muebles antiguos y oscuros, demasiado recargados, madera pesada por todas partes y una cantidad absurda de sillones y butacas capaz de albergar a un equipo de fútbol entero.
Las cortinas, gruesas y apagadas, apenas dejan entrar la luz exterior, y el poco sol que consigue atravesarlas tiñe la estancia de un tono grisáceo y enfermizo.
Hay cuadros enormes colgados en las paredes, retratos antiguos cuyos ojos parecen seguirte mientras caminas y lámparas ornamentadas que cuelgan del techo como si llevaran décadas sin encenderse.
Incluso hay un reloj enorme en una esquina marcando las horas con un tic-tac seco que, en medio de este silencio, resulta irritante.
Todo aquí resulta excesivo. Demasiado grande.
Demasiado oscuro. Demasiado silencioso. Como si la casa llevara años vacía y, aun así, siguiera observándolo todo.
Y ella sigue ahí, callada.
Me siento culpable. Puede que la haya asustado demasiado. Una cosa es que sea consciente de que podría complicarse su situación y otra muy distinta crearle un trauma antes de empezar.
—Ava… No te preocupes, nada de lo que he descrito va a ocurrir si…
—¿No va a ocurrir? —me dice bruscamente—. Hace unos segundos has mencionado una lista de catástrofes que me han acojonado y ahora dices que no me preocupe… ¿De qué coño vas?
Ha vuelto a la carga. Y yo creyendo que me había pasado y que había interrumpido un dulce momento de reflexión.
—No me has dejado terminar la frase —sentencio molesto—. Nada va a ocurrir si trabajamos bien. Y yo trabajo bien. Y tu padre me ha enviado porque soy el mejor.
—¿Y qué hace «el mejor» perdiendo el tiempo en un caso como este? ¿Te apetece pasar las próximas tres semanas conmigo en un pueblo perdido?
Esto es desesperante.
Ha vuelto a emplear el mismo tono desafiante y estoy empezando a hartarme de esta situación. Igual tiene algún problema y no me entiende cuando hablo. Se lo voy a dejar claro de una vez por todas.
—Ava, te voy a aclarar algo que considero debes tener muy en cuenta.
Te voy a sacar de un error. No estoy aquí por ti, sino por la hija de Alexander, que es distinto.
He dejado mi trabajo y recorrido miles de millas por esa razón, para ayudarle, y lo he hecho no porque me entusiasme, sino porque él me lo ha pedido.
Deja de actuar como si esto fuera una putada que no va contigo.
Esto te interesa porque eres la más afectada.
Si tienes malos recuerdos, apártalos, así de simple.
Puede que para mí sea más fácil porque no tengo ni buenos ni malos recuerdos; simplemente no tengo, o…
tengo que esforzarme mucho para acceder a ellos, pero estoy seguro de que, si te esfuerzas, podrás dejarlos a un lado y centrarte en lo importante.
Me mira como si le hubiera lanzado una piedra. No le ha gustado mi comentario. Alza las cejas, abre ligeramente la boca. Muestra su orgullo herido. No le ha gustado que no tenga ningún recuerdo de ella.
Por supuesto no es verdad. He pensado en ella más veces de las que puedo explicarme y más veces de las que he conseguido entender. Pero ahora mismo no tengo intención alguna de admitirlo.
—Tienes razón, me esforzaré —me dice con una sonrisa falsa, muy falsa—. Al fin y al cabo, un gilipollas más que se cruza en mi camino no es para tanto. Ni siquiera es un gilipollas diferente, es… uno más. Puede que haya exagerado. Voy a dejarlo a un lado y a centrarme en lo importante.
Su móvil emite un sonido molesto. Mira la pantalla y luego me mira a mí fijamente. Bendita interrupción.
Decide atender a quienquiera que la llame. Quizás se trate de trabajo. Por lo que me dijo Alexander, sigue prestando servicios en la clínica familiar. Lo que me faltaba ahora es que saliera corriendo…
Esto no va bien.
—Hola, papá —dice mostrando una débil sonrisa.
El corazón me da un vuelco. No puede ser más inoportuno.
Me observa fijamente mientras sostiene el teléfono junto al oído.
—Sí, sí, ya ha llegado. Hace un rato —le informa con la misma expresión de cera.
Sigue mirándome.
—Papá… tengo que decirte algo, espero que no te moleste.
Se me aflojan las piernas.
—Yo… en este momento…
Hace una pausa y sigue fulminándome con la mirada.
Me recorre un escalofrío.
—No, no te preocupes, estoy segura de que lo vas a entender. Es que… verás, con respecto a la visita de… Jayce… Es que ahora mismo… yo…
Otra pausa.
—En este momento… no me gustaría decirte esto, pero…
No me puedo creer que esto esté pasando.
—Justo ahora me disponía a mostrarle la casa a Jayce. Me encantaría seguir hablando contigo, pero tu llamada ha llegado en mal momento. ¿Te importa si hablamos después?
Mostrarle la casa a Jayce…
No «voy a pedirle que se marche».
No «esto ha sido un error».
No «ya lo conocía, papá, follamos en un baño de un club de Boston».
No «tengo un mal recuerdo de él».
No.
Le ha dicho «mostrarle la casa a Jayce».
¡Qué graciosa la doctora! Le gusta jugar.
Dejando a un lado su faceta sarcástica, supongo que significa que ha entrado en razón, por fin.
Cuánto lamento no escuchar lo que dice Alexander. Esa media sonrisa que muestra ella me está poniendo nervioso.
—No quiero que crea que soy una anfitriona considerada, papá. El chico ha recorrido muchas millas, ha dejado su vida en Boston para ayudarte con los problemas de tu hija.
Sigue siendo muy graciosa…
—Por supuesto. Genial —hace una pausa—. Sí, es encantador.
Poco después sonríe, se despide y le dice varias veces que no se preocupe.
Sostenemos un rato la mirada en silencio hasta que me animo a seguirle el juego.
—Cuando has dicho encantador ¿te referías a mí? —le pregunto con sarcasmo.
—¿No te gusta? ¿Te he ofendido?
—No sé si me define…
—¿Prefieres el escrupuloso que no folla en baños?
—Eso sí me define, aunque, como sabes, siempre hay una excepción, pero… creo que cuando hables con tu padre es mejor que utilices la versión de «encantador».
—¿También la de gilipollas?
—Esa también; con que me lo digas a mí con tanta naturalidad como lo has hecho antes, es suficiente. No preocupemos a tu padre, está convaleciente.
—Perfecto, abogado encantador. Ahora… si está de acuerdo, tal y como le he dicho a mi padre, esta humilde «excepción» estará encantada de mostrarle su nuevo hogar por las próximas tres semanas. Espero que «el mejor abogado» esté listo y conforme. ¿Alguna objeción?
—Ninguna, doctora Halstead. Estoy deseando que me muestre mi alojamiento. Después de casi cuatro horas de vuelo, otras cuatro de carretera atravesando bosques interminables y una discusión sorprendentemente intensa nada más llegar, diría que es exactamente lo que necesito ahora mismo.
—Bien. En ese caso, le presento la primera casa. Son tres. Esta es la del abuelo, o museo, así la llamamos. La que hay al lado es la antigua, así la llamamos. Y, por último, la casa nueva, la que yo ocupo. Empecemos por esta… —pronuncia con una cordialidad muy exagerada.
—No es necesario que me las muestres todas ahora —respondo, siguiéndole el juego con el mismo tono educado y artificial—. Prefiero instalarme cuanto antes.
—Eso he pensado. Por eso quiero mostrarte esta. Será tu nuevo hogar, abogado encantador. La casa del abuelo… también conocida como el museo. ¿Te gusta? La primera planta, donde te alojarás, es todavía mejor.
Creo que se me está nublando la vista.