Jayce. Algo más que prohibido 22 ​​ Ava
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22 ​​ Ava

¿Qué verdad?

El relato del señor Hanks sobre las conversaciones que mantiene con una lagartija me parece más creíble que lo que estoy viendo. Al menos tiene más sentido. Es él. El del club. El que me llevó a su casa aquella noche, una que no recuerdo apenas. El del hoyuelo.

Lo observo detenidamente por si me estoy equivocando. He pensado tantas veces en aquella noche que esto perfectamente podría ser una mala jugada de mi cabeza. Pero no. Es él.

Me sostiene la mirada con esos ojos azules y grises que ahora mismo consiguen dejarme todavía más clavada al suelo.

—Hola, Ava. Volvemos a vernos —dice con una naturalidad irritante.

Claro que, al parecer, la única sorprendida aquí soy yo.

—¿Tú eres… el que me ha llamado?

—Sí —responde seco.

—¿Tú eres Jayce Merrick?

—El mismo.

—¿Tú eres el que envía mi padre?

—Ese también.

—¿Por qué… no te has sorprendido al verme?

Sé que es una pregunta tonta, pero no puedo exigirme más.

—¿Por qué tendría que sorprenderme?

—Porque… nos conocemos. ¿O tienes mala memoria?

—Mi memoria es prodigiosa. Y en cuanto a la sorpresa… la tuve cuando tu padre me enseñó una fotografía tuya.

Joder… El corazón me late más rápido de lo que debería y sigo plantada aquí, estupefacta, sin saber qué decir. Quizás alguna pregunta tonta sí sea capaz de formular…

—¿Tú eres el que envía mi padre para… lo que sea que hayas venido a hacer aquí?

—Ese «lo que sea» se llama asesoramiento legal.

Intento ordenar las piezas. El club. El baño. El alcohol. Su casa… ¡Qué angustia! ¡Qué vértigo!

—¿Tú sabías que mi padre… era… mi padre cuando nos conocimos?

—No. ¿Y tú? ¿Sabías que mi jefe… era mi jefe cuando nos conocimos?

Me está vacilando. Lo recordaba así de arrogante.

—No, claro que no —consigo contestarle, con desprecio.

Guardo silencio unos segundos. Estoy tan descolocada…

—Hasta hace dos días no sabía que Alexander tenía una hija —me confiesa.

—Es una casualidad… supongo —propongo con ironía.

—Yo llegué a la misma conclusión hace días. Tú todavía estás en la fase de shock. Se supera.

¡Menudo gilipollas!

—Esto es muy raro… —le digo expulsando aire de forma algo exagerada. No sé por qué he dicho algo tan simple.

—Sí, bastante raro —admite sin apartar la vista de mí—. Pero no creo que haya mucho más que discutir sobre eso.

¿Este tío tiene sangre en las venas o directamente le sustituyeron las emociones por hielo?

Estoy incómoda. Agobiada. Y absurdamente nerviosa.

—Escúchame… —empiezo a decir manteniendo la calma—. Yo…

—Ava, ¿podemos hablar dentro de la casa? —me interrumpe señalando hacia la entrada.

Recojo las bolsas del suelo y empiezo a caminar hacia la casa con el ceño tan fruncido que apenas veo por dónde piso.

Atravesamos el jardín principal en silencio. Dudo. ¿Derecha o izquierda? Mejor la casa grande para lo que estoy pensando.

Hace días que no entro por esta puerta y tardo demasiado en encontrar las llaves. Me desespero buscándolas mientras noto su presencia unos pasos detrás de mí.

Por fin abro.

El vestíbulo nos recibe en completo silencio. Dudo un instante, pero tampoco quiero dejarlo plantado en la entrada como a un repartidor, así que continúo hasta el salón principal.

La mayoría de los muebles siguen cubiertos por sábanas blancas desde el funeral. La casa parece detenida en el tiempo. Muerta.

—No creo que nada de esto tenga sentido —digo girándome por fin hacia él—. Voy a llamar a mi padre.

—¿Para qué?

—Para hablarle de esta situación. Ha sido idea suya.

—¿Y qué vas a decirle exactamente? ¿Que no te ha gustado el envío y quieres devolverme?

—Le diré la verdad, abogado.

—¿Qué verdad, Ava?

—Que no es buena idea que estés aquí. No tengo precisamente un gran recuerdo de ti.

—Tu padre no sabe que nos conocemos.

—Pues deberías habérselo dicho cuando te mostró esa fotografía que has mencionado. Es ahí donde no deberías haber aceptado venir aquí.

—¿Alegando qué?

—Veamos… cómo lo llamarías tú… ¿conflicto de intereses?

—Es que yo no tengo ningún conflicto de intereses, al menos no en la dirección en la que tú apuntas.

—Pero yo sí.

—Eres tú la que necesita ayuda. ¿Te puedes permitir ese absurdo conflicto?

—Me lo puedo permitir, señor Merrick.

—Adelante, llama a tu padre. Cuéntale… lo que sea que hayas decidido contarle.

—«Lo que sea que haya decidido contarle» se llama realidad.

—¿Qué realidad? ¿Que nos conocimos en Boston y nos divertimos…? ¿Que eso te crea un conflicto?

—Divertirnos no es la palabra que yo elegiría para describirlo.

—¿Qué palabra elegirías?

—Un mal recuerdo.

—Vaya, eso parece grave… —me dice con mucho cinismo. Mucho. Más del que ahora soy capaz de encajar.

Abro la boca, pero no me sale nada. Confieso que hace rato que tengo la sensación de haber perdido el control y el sentido de lo que digo.

Sería más sencillo decirle que la idea de tener a un abogado a mi lado tres semanas, haciéndose pasar por mi novio, nunca me ha convencido, pero que al reconocerlo se me ha caído el mundo encima.

Un mal recuerdo no serían las palabras. De aquellas noches conservo mucho; sobre todo, la angustia de no saber qué ocurrió en su casa, la vergüenza de haber llegado a ella completamente borracha sin recordar ni siquiera lo que dije y la rabia de no haber entendido aún cómo se me ocurrió meterme con él en el baño, follar y no arrepentirme hasta un buen rato después.

—Bien, pues háblale a tu padre de ese mal recuerdo. Dile que es más importante y tiene más peso que el motivo que me ha traído hasta aquí —añade con un tono igual de frío, pero menos cínico.

—Siento que hayas hecho un viaje tan largo para nada, pero te aseguro que no pienso pasarme las próximas semanas hasta que tenga que declarar jugando a los detectives contigo. No pienso hacerlo. No te quiero aquí.

—Lo que tú llamas «para nada» y «juego de detectives» se llama ayuda, Ava.

Eso es lo que está intentando hacer tu padre, ayudarte.

Si hubiera podido, habría venido él, pero, como sabes, está incapacitado.

Y no me ha pedido que recorra dos mil millas, que abandone el bufete, dos casos importantes y mi vida para hacer una simple gestión administrativa.

»Me ha pedido que venga para que preparemos una declaración jurada relacionada con una desaparición en circunstancias potencialmente delictivas.

Una declaración que, si sale mal, puede convertirte fácilmente en sospechosa principal o permitir que construyan una narrativa procesal en tu contra antes de que tengas margen para defenderte.

Trago saliva sin querer. El muy cabrón recurre a esa jerga legal porque impone, y lo consigue.

—Tu tío desaparece sin equipaje, sin movimientos bancarios y sin rastro alguno.

La última persona que reconoce un conflicto serio con él eres tú.

Existen testigos de una amenaza con arma de fuego.

Existe una disputa patrimonial documentada.

Sí, es un caso, Ava. Y ahora mismo eres, como mínimo, una persona de interés dentro de esa línea de investigación.

No cabe duda de que está bien informado.

—No pueden acusarme de nada —le digo más como una forma de autoconvencerme que como una protesta.

—Sí pueden, Ava. Otra cosa es que se lo permitamos.

Y para impedirlo te aseguro que no lo vamos a conseguir mientras discutamos si es de tu agrado el abogado que te ha enviado tu padre, si tienes o no malos recuerdos.

¿Quieres correr el riesgo? Si entras dentro, deja de importar lo inocente que seas.

Empiezan las comparecencias, las ampliaciones de declaración, la intervención de fiscalía, las restricciones y las medidas cautelares.

Su voz sigue sonando insoportablemente tranquila, además de contener unas palabras que angustian.

—Y mientras todo eso se resuelve, tu vida queda suspendida. Porque si el juez considera que existe riesgo de fuga o simple necesidad procesal, puede imponerte restricciones de movilidad o exigirte disponibilidad permanente durante meses. Quizá más.

Noto cómo se me hiela el cuerpo.

—No podrías volver a Boston. No podrías reincorporarte a tu trabajo. Y créeme, esos procedimientos no se resuelven rápido.

Cierro los ojos. Noto que se ha inclinado hacia mí.

—Puedo intentar que, como abogado, sí tengas un buen recuerdo.

Ese tono de voz, susurrado y seguro, me transporta a aquella noche en el club, cuando me dijo al oído que él no follaba en los baños porque era muy escrupuloso.

Y siento el mismo escalofrío.