21 Jayce
Un día menos
«Un día menos», me digo mientras recorro las últimas millas que me separan de Silver Bay.
Es el tiempo que le resté a los planes de Alexander.
Lo único que he podido negociar dignamente.
Él quería que partiese al día siguiente y yo, dentro de la poca elección que he tenido, añadí un día más.
Algo es algo. Podría hasta celebrarlo, pero en cuanto pienso en las tres largas semanas que me esperan…
el orgullo de haberle arrancado un día a Alexander se desvanece.
Ni siquiera sé cómo me va a recibir la señorita «excepción». Seguramente se sienta incómoda, como yo cuando me enteré de que era ella.
«Es terca, impulsiva y directa». Palabras de Alexander.
Me gusta la gente directa, la que no se anda con rodeos. La terquedad la tolero mal y la impulsividad no la manejo bien.
En fin… supongo que también tendrá otras cualidades.
Seis millas. Eso es lo que me separa de mi nuevo hogar y, a pesar de los dos días que han transcurrido desde que recibí la noticia y del largo viaje, todavía no me he hecho a la idea.
Sinceramente, no sé qué pensar. Por lo que conozco a Alexander, no habría movido todo esto por una tontería, pero esa faceta de padre protector no la conocía, así que puedo esperar cualquier cosa.
Me ha puesto al corriente dos veces más del «caso»: la desaparición del tío Daniel.
Pero solo ha hecho que repetirme lo mismo una y otra vez: que me deje la vida, que vuelva a Boston con su hija fuera del foco de la sospecha y que haga una investigación exhaustiva. Como si no supiera hacer mi trabajo…
¡Ah! Y tampoco ha dejado de repetirme que no me acerque a ella. En una de esas advertencias incluso me dio una explicación. «Conozco tu historial con las mujeres, Jayce, y mi hija no puede formar parte de esa larga lista de conquistas».
Conquistas…
Aléjate de mi hija…
Creo que Alexander está un poco chapado a la antigua. O demasiado asustado para razonar con claridad.
—Jayce, lo consideraré alta traición si te acercas a ella. Se abriría una brecha importante en mi confianza hacia ti —me dijo de una forma tan dramática que hasta me asustó.
Aiden me dio una idea y acabé llevándola a cabo. En un principio me pareció absurda, pero viendo su insistencia en hablar de traición, terminé diciéndole que estaba conociendo a una chica estupenda y que no me interesaba nadie más.
«No me habías dicho que tenías novia, Jayce», me dijo. No es la palabra que yo utilicé, pero si le convenció, bienvenida sea.
«Espero que no te vaya a visitar a Silver Bay, recuerda que serás novio de Ava», me dijo ayer.
¡Dios! Creo que Alexander no puede ser objetivo en este caso. Todo esto le está afectando demasiado.
Esas advertencias, esas ocurrencias, no son propias de él.
«Aléjate de mi hija», me vuelve a venir a la cabeza mientras se me revuelve el estómago. ¿En qué siglo vive? Siempre lo tuve por un hombre más adaptado a los tiempos que corren.
En realidad, podría haberle dicho cuatro cosas por insistir tanto en ello.
Él sabe perfectamente que nunca mezclo el trabajo con el placer y que soy lo bastante profesional para recordar qué me lleva a este pueblo, pero dadas las circunstancias, la deuda que tengo con él, su reciente faceta de padre protector y el pequeño detalle de haberme tirado a su hija en los baños de un club…
preferí pasar desapercibido, hablarle de otros intereses e intentar desviar su atención.
Otra cosa es que su hija, en cuanto me vea, decida hablar con su padre y desvelar cualquier cosa que me comprometa, pero eso no lo creo posible. Me dijo que era reservada con su vida privada y… no creo que tenga interés en hablarle de nuestra fugaz aventura.
¿Por qué narices tengo que verme metido en esto?
Y lo peor es que mi hermano, Aiden, quizá tenga razón.
«¿Cuándo queda saldada una deuda de ese tipo?», me soltó.
No tengo respuesta. Y espero no tener que planteármelo constantemente.
Claro que quizá solo me he dejado influenciar por él. Aiden conoce a Alexander, pero no como yo.
Aun así, decidí contarle toda esta locura. Alejarme tres semanas de mi vida requería una explicación. Al menos para mi hermano, el único que conoce la verdad. El resto de mi familia cree que se trata de otro viaje de trabajo.
Espero que Aiden no tenga la torpeza de hablar con Cassidy. Eso sí sería una catástrofe. Se preocupa por todo y me llamaría constantemente. Así es mi hermana pequeña, aunque la adore.
Hay otra parte de toda esta historia que no deja de rondarme la cabeza. Una conversación aparentemente absurda que tuve con Alexander antes de salir de Boston.
Intenté abordarlo con cuidado, sin que pareciera demasiado interesado.
Le pregunté si conocía bien el entorno de Ava.
Sus amistades. La gente con la que se movía en Boston.
Lo hice de forma casual, casi por rellenar conversación, como si solo intentara hacerme una idea del perfil de Ava. La respuesta fue rápida: no.
Conocía algunos nombres, historias sueltas, pero poco más. Según él, Ava era bastante reservada con su vida privada y ambos habían dado prioridad a conocerse entre ellos y dejar el entorno para más tarde.
Después le pregunté si Victoria conocía a sus amigas. Esperaba la reacción de Alexander. Me miró como si hubiera perdido el juicio. Es normal. Si él apenas sabía nada de ese entorno, Victoria mucho menos. Pero se limitó a contestar con una negativa.
Supongo que sigo intentando entender aquella escena del hospital. Victoria, la amiga de Ava y esa sensación extraña que me quedó cuando fingieron no conocerse.
No sé por qué sigo dándole vueltas. No es asunto mío.
Las primeras casas de Silver Bay empiezan a aparecer al otro lado del parabrisas y aparto por fin la cabeza de Boston.
El pueblo es incluso más pequeño de lo que imaginaba. Tranquilo. Demasiado tranquilo.
No hay tráfico. No hay ruido. Solo calles tranquilas, casas dispersas y esa sensación constante de silencio que parece tragárselo todo.
Yo no aguanto aquí tres semanas. ¿Qué voy a hacer? ¿Asesorar a Ava sobre la declaración ante fiscalía? ¿Investigar? ¿Qué demonios se supone que tengo que encontrar aquí? Su tío ha desaparecido y no me cuesta imaginar que este lugar se trague a la gente sin dejar rastro.
El Lago Superior aparece a intervalos entre los árboles, inmenso, gris, casi más parecido a un océano que a un lago. Esa imagen me proporciona calma. Entiendo perfectamente por qué alguien querría largarse de aquí, pero… también por qué sería incapaz de hacerlo.
Cuando llego a la casa Halstead, el silencio todavía es mayor.
La vivienda es enorme. Mucho más de lo que esperaba encontrar en un pueblo así.
Desde el coche distingo varias construcciones unidas entre sí, como si la casa hubiera ido creciendo por etapas a lo largo de distintas generaciones.
Una parte conserva una estética clásica, casi señorial, con grandes ventanales y columnas de piedra oscura.
Otra parece más antigua, más rústica, revestida de madera envejecida por los inviernos del lago.
Y al fondo se alza una tercera estructura más pequeña y moderna, de líneas rectas y enormes cristaleras que rompen por completo con el resto del conjunto.
Nada encaja del todo y, aun así, funciona. Como si cada parte perteneciera a una época distinta de la misma familia.
En cualquier caso, el conjunto me produce cierta inquietud.
Aparco el coche frente a la entrada principal, justo antes de la valla que rodea la propiedad.
La casa parece todavía más grande desde cerca.
La valla es alta, negra, de hierro forjado, demasiado elegante para un pueblo como este.
A unos metros distingo un portón automático abierto y, junto a él, una pequeña columna de piedra con un interfono moderno que desentona con el aspecto antiguo de parte de la vivienda.
Pulso el timbre una vez. Nada.
Espero unos segundos y vuelvo a intentarlo.
Silencio absoluto. Ni pasos, ni voces, ni movimiento dentro de esa enorme propiedad. Solo el viento moviendo los árboles y esa tranquilidad extraña que empieza a ponerme nervioso.
He venido a trabajar. Soy un profesional. He venido a ayudar a mi jefe, el hombre que se jugó la vida para salvar la mía. Si no fuera por esas razones… ahora mismo me largaría.
Empezamos bien. La señorita Ava no aparece. O pasa de mí o su padre no le informó demasiado bien de mi llegada. Debería haberme puesto en contacto con ella en cuanto me bajé del avión y me subí al coche que alquilé en el aeropuerto.
«¿Tres semanas?», me preguntó sorprendido el operario de la empresa de alquiler.
No debió comprender muy bien qué narices pensaba hacer aquí tanto tiempo. Y eso que estábamos en Minneapolis. Si llega a saber que mi destino final era Silver Bay… creo que habría sospechado directamente de una actividad delictiva. ¿Quién demonios pasa aquí tres semanas?
Marco su número. Confieso que el encuentro con ella me inquieta más de lo que debería. No responde.
Perfecto.
Vuelvo a intentarlo un minuto después y esta vez sí contesta.
—Hola —dice con voz agitada.
Su voz me golpea más de lo esperado.
—Soy Jayce Merrick.
Silencio. Apenas un par de segundos, pero suficientes para notar que está tan incómoda como yo.
—¡Ah! Jayce… —responde al final.
—Estoy en la puerta de tu casa.
—¿Ya has llegado?
—Eso parece.
Escucho una respiración cansada al otro lado.
—Estoy trabajando. Tenía una urgencia en la clínica. Llegaré en menos de veinte minutos. ¿Demasiado?
No sé si contestarle que aquí cualquier cálculo temporal parece multiplicarse por dos mil.
—De acuerdo.
—Las llaves no están escondidas debajo de ninguna maceta, por si lo estás pensando.
—Vaya. Me acabas de romper el plan. No me queda otra que esperarte.
—Nos vemos enseguida, Jayce —dice antes de colgar.
Toca pasear. Quizá la parte trasera de la casa sea interesante.
—Hola —escucho decir a un hombre a mi espalda.
Me doy la vuelta despacio mientras me recupero del susto.
—Hola —respondo mientras observo a un tipo de mi edad, alto, con una expresión de fastidio que me sorprende.
—¿Buscas a alguien?
Un «a ti qué te importa» habría sido una respuesta bastante razonable, pero esto no es Boston. Aquí la gente todavía parece sentirse obligada a ayudar cuando detecta a alguien perdido.
—Estoy esperando a alguien.
—¿A quién?
Eso ya supera las buenas intenciones. Eso es simple curiosidad.
—A la dueña de esta casa.
—¿Buscas a Ava?
—En efecto, pero ya he hablado con ella. Gracias.
—¿Para qué la buscas?
O le digo exactamente dónde puede meterse el interrogatorio o empiezo a trabajar mi nuevo papel.
Mejor la segunda, pero no sé si debería presentarme formalmente…
—Se lo diré encantado, pero no sé con quién estoy hablando. Yo soy Jayce. Jayce Merrick —digo ofreciéndole la mano.
Me observa unos segundos antes de estrechármela.
—Soy Blake Halstead, el primo de Ava.
Alexander me habló de él. Mucho. Demasiado. «Son inseparables», recuerdo perfectamente. También recuerdo otra frase. «Incluso Blake debe creerse que sois pareja». Bien, pues que empiece la farsa.
—Blake… Ava me ha hablado mucho de ti. Yo soy su… novio.
La palabra sale tan poco convincente que hasta yo desconfío de ella.
—¿Cómo? —pregunta frunciendo el ceño—. ¿Su novio?
—Sí.
El tío está flipando, así que deduzco que alguien no ha hecho bien su trabajo. Me siento atrapado. Alexander me dijo que todo estaba hablado con Ava.
Y mientras tanto aquí estoy yo, sintiéndome como un idiota delante de un desconocido que me mira como si acabara de escaparme de un psiquiátrico.
—¿No te ha hablado de mi visita? —logro decir.
—Me habló de la visita de un abogado…
—Ese también soy yo.
—Ya…
—¿Tú también la esperas?
—No, solo he pasado por aquí. Encantado, Jayce. Dile a Ava que he venido a verla.
Asiento con la cabeza y espero a que se aleje.
Casi se cruza con Ava porque aparece un par de minutos después, mientras yo intento aceptar mi nueva vida.
Estoy preparado. O eso creo. Espero ver sorpresa en su cara cuando me reconozca. Incluso algo de incomodidad.
Aparca prácticamente en mitad de la calle y sale del coche cargada con varias bolsas colgadas del hombro.
Sonríe. Creo.
Entonces me ve de verdad.
La sonrisa desaparece.
—No me lo puedo creer —dice soltando las bolsas bruscamente sobre el suelo.