Jayce. Algo más que prohibido 20 ​​ Ava
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20 ​​ Ava

Acepto

—Ava, ya lo hemos hablado unas cuantas veces. Está todo organizado —me dice mi padre con ese tono que podría convencer a cualquiera de hacer cualquier locura—. No tiene sentido que ahora tengas dudas. Si no fuera por el maldito accidente, sería yo el que estaría camino de Silver Bay.

—Eso sería distinto —le digo mientras lamento que no sea así como se produzca.

—Ava, llevamos días hablando de esto…

—Lo sé, pero… no me gusta nada. Puedo comprender que quieras asesorarme sobre esa declaración e incluso que hablemos cada día sobre cualquier novedad o cualquier detalle que pueda llamarme la atención.

Eso lo he entendido. Pero que me envíes a tu ayudante para que viva en mi casa y pretendas que finja que es mi querido novio de Boston, que además es abogado y me va a representar…

Eso es absurdo. Nadie me acusa de nada, no tiene que representarme.

Ya testifiqué ante el sheriff y no necesité abogado.

—Precisamente por eso.

—¿Por qué? —pregunto, frunciendo el ceño.

—Porque ya estás dentro, Ava.

—¿Dentro de qué?

—De la investigación —responde sin titubear.

—Fui a denunciar que mi tío había desaparecido —insisto, empezando a alterarme—. Lo que hace cualquier persona cuando ocurre algo así.

—Y en esa misma denuncia dejaste constancia de cuándo lo viste por última vez, de lo que ocurrió en la casa y de que hubo un enfrentamiento.

—No oculté nada —replico, tensa.

—No se trata de ocultar. Se trata de cómo queda fijado.

—No entiendo el problema —digo, apretando el teléfono contra la oreja.

—Que ya existe una primera versión tuya. Y la siguiente no será una conversación con el sheriff. Será ante el fiscal.

—Eso es absurdo —suelto, dejando escapar el aire con frustración.

—Desaparición sin equipaje, sin rastro, sin explicación. Último conflicto contigo. Testigos. Un arma de por medio. Una herencia en juego y la posibilidad, aunque sea absurda, de que haya algo oculto en esa casa —enumera con calma—. No necesitan más para construir una teoría.

Mi padre sigue con su discurso, pero no puedo prestarle atención. Se repite. No ha aportado nada nuevo en los últimos días.

«… Llevo más años de los que…» «… He visto en esta profesión…» «… He visto a inocentes confiarse…».

Cuando termina, mi cabeza es como una jaula de grillos.

—¿No puedes enviar a tu ayudante a un hotel? No necesito a nadie en casa. Eso es una invasión. ¿Qué quieres que haga con él todas estas semanas? Necesito intimidad.

—No se trata de tener a alguien en casa como invitado, Ava.

Se trata de tener a alguien controlando lo que ocurre a partir de ahora —insiste—.

Durante estas semanas todo cuenta. Con quién hablas, qué preguntas, cómo reaccionas, qué repites.

Todo puede acabar en un informe. Vamos, Ava.

Es la tercera vez que hablamos de esto. Ayer lo dejamos todo aclarado.

Aceptaste. Lo entendiste. Parecías conforme…

—Sí, pero hoy me saltas con esa estupidez de convertirlo en mi novio y… eso me ha descolocado. Me ha costado aceptar que se instale en mi casa, pero eso… eso ya es una locura tuya.

—Ava, escúchame. Si aparece allí un abogado de Boston preguntando por la desaparición, llamarás la atención desde el primer minuto —explica con paciencia—. En un sitio así, eso corre más rápido que cualquier investigación…

Sigue y sigue y yo cada vez estoy de peor humor.

—¿Y qué se supone que tiene que investigar? —pregunto, apartándome de la encimera—. Mi tío no está y punto. Si la policía no lo encuentra, ¿lo va a encontrar él?

—No se trata de encontrarlo —responde con calma—. Se trata de entender qué ha pasado. Si no encuentran a tu tío, alguien tendrá que explicar su desaparición. Y ahora mismo, la única persona que puede hacerlo eres tú.

Sigue un poco más. Estoy agotada.

—Solo quiero que aparezca. Nada más —susurro sin darme cuenta.

—Y yo también, cariño.

—Blake está destrozado —murmuro, intentando que hablemos de algo distinto a esos malditos procedimientos. Solo ha conseguido asustarme.

—Lo sé, cielo. Y precisamente de Blake quería hablarte.

—¿De Blake?

—Jayce se hará pasar por tu novio, pero no quiero que a Blake le cuentes la verdad. Él también debe creerlo.

—¿Qué? Ni lo sueñes. A Blake no le voy a contar esa estupidez. Conoce mi vida al milímetro, no me voy a sacar un novio abogado de la chistera.

—Es importante.

—No, no voy a mentirle. Ya sabes que Blake es mi hermano, mi amigo y mil cosas más.

—Cuanta menos gente conozca la situación real, mejor.

—Es Blake, papá. No es «gente».

—Lo sé —responde tras un breve silencio—. Pero también sé cómo funcionan estas cosas. Una pregunta fuera de lugar, un comentario delante de la persona equivocada… y todo se complica. Ava, déjame ayudarte, no pongas más pegas, por favor. Hazme caso. Sé lo que digo.

Guardo silencio.

—Está bien… me inventaré algo —le digo para zanjar el tema, aunque no tengo ninguna intención de cumplirlo. Mi padre acaba de aparecer en mi vida y no conoce ni la mitad de ella.

—Ava, mi vida, le prometí a tu madre que te cuidaría —añade, bajando el tono—. Y cuidarte también es esto, aunque no te guste.

Nombrar a mi madre es ganar cualquier batalla.

—Está bien, no hablemos más. Esto me supera.

—Ojalá pudiera ir yo.

—Ojalá. Pero debes centrarte en recuperarte.

Tómatelo en serio, señor Pembroke. Tu lesión no es cualquier cosa, requiere tiempo y una rehabilitación precisa.

Rehabilitación que, si te tomas poco en serio, te dejará unas secuelas muy bonitas de por vida con las que serás inmensamente feliz. ¿Me explico?

Escucho una carcajada al otro lado y me hace sonreír.

—De acuerdo, doctora. Le haré caso. La rehabilitación será sagrada para mí y tendrá prioridad absoluta.

—Y… ahora, dime. ¿Qué te ha hecho el chico que me envías para que lo putees así?

Se echa a reír.

—Jayce es mi mano derecha, mi hombre de confianza. No le confiaría a cualquiera este trabajo, Ava.

—No lo llames trabajo, prefiero que lo llames misión. Ya que vas a enviarme un guardaespaldas, déjame creer que hay algo de aventura emocionante de por medio.

Se echa a reír de nuevo, esta vez me contagia.

—No le llames guardaespaldas directamente, no creo que le gustara.

—¿El chico es sensible? Espero que me hayas enviado a un hombre simpático. ¿No será uno de esos abogados estirados que se sienten fuera de lugar si no llevan la corbata puesta?

—Jayce no es precisamente lo que tú entiendes como simpático, y las corbatas no son sus amigas.

—¿En serio? ¿Es un borde en toda regla?

—No, Ava, no es borde. Es serio, reservado… y normalmente nunca sabes qué está pasando por su cabeza. Pero no imagines a un ser antisocial incapaz de mantener una conversación. Te caerá bien cuando lo vayas conociendo.

Genial. Creo que ha intentado suavizar el perfil. Todo apunta a que será un borde estirado.

—De acuerdo. ¿Qué tengo que saber más de él?

—Que es la persona en la que más confío.

Que debes portarte bien con él, sé colaboradora, por favor.

Si le dejas trabajar, si sigues sus consejos y si le escuchas, pronto podrás olvidarte de Silver Bay, cerrar esa puerta y volver a Boston para seguir con tu carrera y tu vida. Podrás dejar atrás todo esto.

—Papá, sé que tus motivaciones son buenas, pero…

lo que deseo no es olvidarme de Silver Bay.

Aquí hay personas que me importan. Todos mis recuerdos y las personas que más he querido forman parte de este lugar.

Lo que deseo es que aparezca mi tío, saber que está bien.

No quiero más pérdidas ni quiero que Blake siga sufriendo.

—Lo sé, Ava. Pero… también quieres volver a tu vida en Boston, ¿cierto? —dice con un tono de voz parecido al que utilizaría con un niño.

—Cierto —le digo sin convencimiento.

En mi mente aparecen imágenes de mi última visita a Boston. Del «después» de la ruptura con Andrew. Un hoyuelo, unos ojos azules y grises, una espalda pegada a la fría pared de un baño… Un despertar angustioso. Alcohol, mis amigas…

¿Por qué pienso en eso ahora?

¡Maldita sea! Ni tengo nada aquí ni allí.

Solo tengo recuerdos, un dolor intenso cada vez que siento que mi madre no está, y mi abuelo…

Y a un tío desaparecido que, por si eso fuera poco, puede complicarme la vida.

Y una mierda de trabajo esperándome en Boston, y unas amigas superficiales a las que no sé si volveré a llamar algún día.

Tengo una clínica que atender, sin mi tío, sin futuro…

Y… tengo pendiente una declaración jurada en un juzgado que un tío borde, que al parecer no es amante de las corbatas, y al que debo convertir en mi novio, va a venir a supervisar.

En mi casa. En mi espacio. Invadiendo el aire que últimamente tanto me cuesta respirar.

Una mierda.