19 Jayce
Te lo pido
Ver su cara en la pantalla me ha dejado en shock.
¿Ava?
¿La chica del club? ¿La del baño? ¿La que llevé a mi casa?
«Sí, Jayce, es la misma», me digo sin salir de mi asombro.
No puedo entenderlo. ¿Qué significa esto?
Miro a Alexander con recelo. ¿Me enfrento a un padre tardío cabreado por tirarme a su hija en el baño de un club?
—Es muy… guapa —consigo decir, esforzándome tanto por mantener la compostura que creo que mi espalda se va a partir.
Me esfuerzo en que no vea en mí ninguna señal que le alerte.
—Lo es, como su madre. Ava la ha superado.
Alexander parece tranquilo. Solo veo en él la sonrisa contenida de un padre orgulloso. No hay peligro. De momento.
Tengo tantas dudas, pero no quiero pronunciarme.
—Ahora te explico lo que quiero de ti, Jayce.
—Adelante —le digo intentando detener mi cabeza.
—Ava se crio con su madre y con su abuelo en Minnesota. También con su tío, el hermano de su madre, y su familia. Maren nunca se casó. Se volcó en la clínica familiar y en su hija.
Asiento con la cabeza. ¿Por qué me cuenta esto?
—Ava, tras conocer la enfermedad de su madre, pidió una excedencia para estar a su lado y para ayudar en la clínica familiar. Tras su muerte, se quedó un tiempo más junto a su abuelo, hasta que falleció hace poco más de un mes.
Intento procesar lo que me va contando, pero no consigo tener un solo pensamiento racional. ¿Cómo puede ser que la chica del club sea hija de Alexander? ¿Y el hecho de conocerla es algo aislado? Eso espero.
—Después de la muerte del abuelo, llegó el problema del que te quiero hablar.
—¿Problema? —le pregunto por inercia.
Espero empezar a entender algo ahora.
—Su tío, el hermano de su madre, llevaba años obsesionado con la casa familiar, donde han residido siempre. Estaba convencido de que había algo dentro, un supuesto tesoro.
—¿Un tesoro?
Esto va mejorando…
—Una estupidez. Una leyenda del pueblo que decidió tomarse en serio.
—Ya… de acuerdo.
—Cuando murió el abuelo, Ava heredó la casa. Daniel, el tío, creía que iba a ser para él, así que se llevó una gran sorpresa. Le dejó parte de la clínica, pero no la casa como él quería. Eso le impedía acceder a ese supuesto tesoro.
—Porque la casa es de tu hija…
—Exacto.
—Y… a tu hija no le interesa el tesoro.
—Jayce, eso solo está en la cabeza de ese pobre imbécil.
—Veo que el tío Daniel se ha ganado tu respeto.
Alexander sonríe, pero hay algo en él distinto. El tema es más serio de lo que imagino.
—El abuelo le pidió a Ava que no dejara entrar a su tío en la casa cuando él muriera. Conocía sus intenciones y no quería que la destrozara cavando por una obsesión absurda.
—Pero el tío ¿está bien de la cabeza?
—Sí, claro que sí. Es médico. Dirige la clínica familiar.
—Joder…
—Ni siquiera tiene el tesoro localizado. Cree que está en alguna parte y para encontrarlo tiene que hacer pedazos la casa.
—O sea… que no hay posibilidades de que ese tesoro exista.
—Es una leyenda antigua del pueblo que el muy majadero se ha creído. Pero eso no es importante ahora.
Vaya, ahora que empiezo a entenderlo, no es importante.
—¿Qué es importante? —le pregunto decepcionado.
—Que Ava ha cumplido con su palabra. Cada vez que su tío intentó acceder a la casa, se lo impidió.
Intentó razonar con él, pero no sirvió de nada.
Un día, después de hacer unos recados en la ciudad, Ava volvió a casa y se lo encontró dentro.
Se había colado y tenía las herramientas preparadas para buscar ese estúpido tesoro.
Hasta ese momento no había pasado de la puerta ni de intentar convencerla, pero ese día cruzó los límites.
Ava fue a buscar una escopeta y lo persuadió.
Lo echó. Discutieron, apareció el primo, apareció el sheriff y…
como ves hubo varios testigos de esa disputa.
—Me temo que no has dicho «testigos» por casualidad…
—No. Así se llaman oficialmente, Jayce. El tío lleva unas semanas desaparecido y Ava se ha convertido en la principal sospechosa.
Necesito un par de minutos para empezar a encontrarle sentido a todo lo que me está contando. Me cuesta. No sé si es que Alexander ha perdido la capacidad de contar un relato en condiciones o es que yo no estoy receptivo.
—¿Lo comprendes, Jayce?
—Sinceramente… me está costando.
—Mi hija ha heredado la casa de su abuelo.
Su tío está cabreado por no haber sido el heredero y perder el acceso a ese supuesto tesoro.
Mi hija ha cumplido con los deseos de su abuelo: impedir el paso a su tío.
Y el tío… de repente, desaparece, después de que ella se dejara ver amenazándolo con una escopeta. ¿Ahora sí me sigues?
—Ahora encaja.
—Están investigando, el tío no aparece, ni vivo ni muerto. Y dentro de unas semanas Ava tendrá que declarar ante fiscalía. De momento, no hay nada contra ella. Pero esa declaración va a ser clave, Jayce. Si no se maneja bien, pueden abrir una línea contra ella a partir de lo que diga.
—Pero… ¿hay algo más? ¿Algo que puedan tener contra ella… algún indicio de que el tío esté muerto…?
—Jayce, ese es tu cometido. Eso es lo que te quiero pedir. Quiero que la asesores y la prepares para esa declaración.
—¿Yo? Eso… puedes hacerlo tú, Alexander. Tú puedes asesorarla mejor que yo.
—No puedo, Jayce, por eso te lo pido. Quiero que te conviertas en su sombra. No quiero que vuelva a exponerse como lo hizo con la escopeta. No conoces a Ava. Es… directa, terca, impulsiva…
Confieso que me consuela que me diga que no la conozco. Por un momento me temía que esta conversación siguiera un rumbo incómodo. Pero sigo sin entender qué pretende…
Parece que me lee el pensamiento porque por fin, para mi pesar, se anima a aclarármelo sin tapujos.
—Quiero que te conviertas en el novio que la visita mientras la asesora para la declaración. Quiero que investigues, que salga de ese juzgado sin una sola sombra, que busques todo lo que pueda esclarecer la desaparición de ese idiota y quiero que te marches mañana mismo.
Necesito un tiempo para procesarlo. Unos minutos que Alexander respeta.
Estoy anclado al sillón y no dejo de mirarlo.
—¿Preguntas? —me dice mostrando cansancio.
—Sí, tengo… unas cuantas.
—Adelante.
—¿A dónde pretendes que me marche mañana mismo?
—A Silver Bay. Un pueblo de dos mil habitantes, a tres horas de Minneapolis, Minnesota. Y si también te lo preguntas, a mil setecientas millas de Boston.
Trago saliva. ¿Hago más preguntas o directamente lo estrangulo?
—¿Quieres que me marche a ese pueblo? ¿Cuánto tiempo?
—Hasta que declare. Faltan tres semanas.
Ahora sí que me siento mareado.
—¿Pretendes que pase allí tres semanas?
—Eso mismo.
—No hablas en serio.
—Hablo en serio. ¿Más preguntas?
—¿Has dicho «novio»?
—En ese pueblo debes ser su pareja. Si apareces como un abogado de Boston preguntando y preparándola para declarar, llamarás la atención desde el primer minuto.
¿Por qué está aquí? ¿Quién lo ha enviado?
¿Qué sabe? En un sitio así, eso corre más rápido que cualquier informe.
Pero si eres su pareja, todo encaja. Nadie lo cuestiona.
Y me permite tenerte allí, cerca, controlando la situación sin que parezca que la estamos preparando. ¿Más preguntas?
Tengo mil, pero dejo la mejor para el final.
—¿Ella está de acuerdo?
—No. Ha puesto el grito en el cielo. Pero después de horas insistiendo… lo he conseguido. La he convencido.
—¿Le has hablado de mí? —pregunto temblando.
—Sabe que eres mi persona de confianza, la única, y el mejor abogado, aparte de mí, del bufete.
Si no fuera porque todavía estoy encajando la putada que tiene preparada para mí, me sentiría halagado.
—¿También le has enviado una foto mía? —le digo echándome a reír. No puedo dejar pasar la oportunidad, de forma discreta, de saber si ella sabe quién soy.
—No, pero si quieres te hago una foto y se la envío. Hoy estás muy guapo.
—No es necesario —le digo con una sonrisa irónica.
—Ya te verá.
«Eso me temo», pienso, con un nudo en el estómago.
—¿No es suficiente con asesorarla para la declaración, Alexander? No entiendo todo ese tiempo allí, con ella.
—No, y lo sabes, Jayce. No es suficiente. Si no quiero que la investiguen formalmente, todo debe estudiarse al milímetro.
—¿Por qué crees que pueden ir contra ella?
—Porque presiento que ese desgraciado está muerto, porque Ava podría hablar más de la cuenta y porque no van a invertir tiempo en investigar más de lo necesario. Ese sheriff querrá cerrar el caso rápido y colgarse la medalla.
—Vaya, tienes en muy alta consideración a las autoridades de allí.
—Realidad, Jayce. El abuelo era un peso pesado en el pueblo, Maren también, pero ahora que no están nadie va a protegerla.
—Alexander, sigo sin ver claro por qué podrían ir contra ella. ¿Qué gana con que su tío desaparezca?
—Si su tío desaparece, deja de presionarla con la herencia de la casa; había empezado trámites para impugnar el testamento. Y la clínica pasaría a su control. Eso es un móvil, aunque no sea real.
—¿Por qué está allí? No está imputada, nada le impide quitarse del medio. ¿Pretende quedarse allí?
—No. Ella está de excedencia todavía. La pidió por su madre. No quiere volver a Boston hasta haber declarado. Le he recomendado que no lo haga. También quiere saber qué le ha pasado a su tío.
—Sigo sin ver la posible imputación…
—Por eso quiero que vayas, para averiguarlo todo. Ava me ha contado muchas cosas, pero no es suficiente. ¿Alguna pregunta más?
—Una tonta…
—Puedo aceptarlo.
—¿Qué hay de mi trabajo aquí?
—Sí que es tonta, sí —me suelta con ironía—. Me ocupo yo. Vuelvo al bufete en dos días. No me excederé, pero vuelvo.
—¿Y Michael Reed?
—Lo convenceré para que no declare. Déjalo en mis manos. ¿Alguna pregunta más?
—Tengo muchas, Alex. Esto es… un poco…
—Jayce, yo no puedo contestártelas todas. Estoy al corriente del tema por Ava, pero hay detalles que tendrá que ampliarte ella según los vayas necesitando, según avances. ¿Alguna más?
Por un momento, pienso en plantearle algo que me ayude a esclarecer la escena que presencié en el hospital. Victoria y… la amiga de… Ava. Pero lo descarto. No sabría cómo plantearlo y todavía necesito digerir todo lo que acabo de escuchar.
—No, de momento, no.
—Jamás, bajo ningún concepto, te acerques a ella, Jayce.
—¿Te refieres a…?
—Ya sabes a lo que me refiero. Ava debe ser para ti sagrada, intocable. Si no cumples, lo consideraré una traición, Jayce.
—¿Es necesario que me digas esa estupidez?
—Jayce… no es una estupidez.
—Pues a mí me lo parece. Estamos hablando de trabajo, ¿no es cierto?
Me mira con tanta dureza que siento ganas de golpearlo. ¿A qué viene esa mierda?
¿Traición? ¿Se le ha ido la cabeza?
Considerarla sagrada… Si supiera que me lie con ella…
Pero eso no puede considerarse traición, fue antes de saber quién era.
Espero que eso no se vuelva en mi contra, pero no apostaría por ello.
—Jayce… —me pide ayuda para levantarse.
Lo hago y le entrego sus muletas. Empieza a caminar despacio en dirección a la salida.
No sé si quiere echarme o simplemente necesita moverse.
—Mi hija es médico, no continuará defendiendo el bufete.
Cuando yo no tenga más fuerzas o interés en el bufete, tú serás el mejor candidato para ponerte al frente.
Ella es mi prioridad, Jayce. Quiero ayudarla, protegerla, cuidarla, compensar mi ausencia e intentar recuperar la mayor parte de tiempo perdido.
Eso es lo que pongo en tus manos. No en las de cualquiera…
—Entiendo.
—No quiero joderte, pero necesito tu ayuda. Yo no puedo desplazarme. De lo contrario, sería yo el que haría ese viaje. Ayúdala, Jayce, y ayúdame a mí. Ese maldito caso se puede complicar y volverse en contra de Ava. La quiero en Boston, libre.
Asiento con la cabeza. Ahora más que nunca cobra sentido mi deuda con él. Y… él lo sabe.
Una deuda. No puedo negarme. Me asfixia.