Jayce. Algo más que prohibido 18 ​​ Jayce
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18 ​​ Jayce

Seguimos con la deuda

—¿Una hija? —le pregunto frunciendo el ceño.

—Sí, Jayce, tengo una hija. Una preciosa hija.

—No puede decir que no me ha sorprendido.

—Lo comprendo. A mí también me sorprendió cuando lo supe.

—¿Cuándo?

—Hace un año y medio.

—¿Qué ocurre con tu hija? —le pregunto sin rodeos. Como a él le gusta abordar los temas y a mí también.

—Es una larga historia. Su madre y yo estuvimos juntos durante nuestros años universitarios y…

—Espera… ¿Me vas a contar una historia de amor?

—Una confidencial.

—Eso sobra.

—Pero le da más peso.

—Adelante… Ilústrame con tus aventuras universitarias —le suelto, arrancándole una de sus sonrisas, de esas que amenazan con dejarte sin vida en pocos segundos.

—Fue algo más que una aventura, Jayce. Maren fue mi gran amor, la mujer de mi vida… No temo afirmarlo. Los años que viví a su lado fueron lo mejor que me ha pasado nunca.

Me sorprende esa declaración, teniendo en cuenta que siempre ha defendido su matrimonio con Victoria como sólido y duradero. Puede que sea su manera de envolver de misterio lo que pretende contarme, o quizás simplemente… sea verdad. Me abstengo de comentarlo.

—Estudiamos en Harvard. Ella medicina y yo derecho.

Su familia era una larga estirpe de médicos, al frente de una clínica propia fundada por su abuelo.

La mía… ya sabes que también, pero de abogados.

Ella vivía en Minnesota, yo aquí, en Boston.

Eso nunca fue un problema mientras fuimos estudiantes.

Nuestra relación era fácil. Lejos de nuestras familias, libres…

Pero todo empezó a cambiar cuando mi carrera llegaba a su fin.

»Yo ya había terminado el grado y el JD en Harvard, a punto de incorporarme al bufete de mi familia. A ella, en cambio, aún le quedaba un año de medicina y la residencia completa. Era el momento de tomar decisiones, pero ninguno de los dos éramos capaces de hacerlo.

»Éramos conscientes de que cuando Maren terminara solo había dos opciones para estar juntos. O ella se quedaba aquí o yo me trasladaba a Minnesota, o… empezábamos en un lugar nuevo. Pero ninguna de esas opciones la contemplamos de verdad, Jayce.

»Me educaron con la idea y la constancia de ser abogado, incorporarme al bufete, ponerme al frente y continuar defendiendo el apellido dentro del mundo del derecho. A ella también. Ninguno de los dos teníamos valor para salir de esa ecuación.

»Te ahorraré los detalles, pero… el tiempo pasó.

Cuando dejé la universidad me incorporé al bufete.

Mientras ella terminaba su último año, nos veíamos con frecuencia.

Me escapaba siempre que podía a la universidad para verla.

No sé cuántas veces recorrí esas tres o cuatro millas que separaban Harvard de Boston…

pero seguíamos sin ver una solución. Yo me enfrenté a mi padre una vez, le hablé de ella, pero…

solo conseguí que me recordara mi papel en este mundo y que me presionara de todas las maneras.

Y… que me recordara sus planes, los de casarme con la hija de sus amigos.

Otra familia de abogados. Nunca unieron sus empresas, pero sí planearon que lo hiciéramos nosotros.

Que nuestros apellidos terminaran siendo uno solo.

—¿Me estás diciendo que pretendían casarte por conveniencia?

—No lo llamaban así. Para ellos era… lógico.

—Pero eso suena a otra época, Alexander.

—Lo es. O debería serlo. Pero en determinados entornos… las cosas no cambian tan rápido.

Me pasa por la cabeza la figura de su padre. Hace años que no está activo en el bufete, pero lo poco que he tratado con él no se aleja de lo que está describiendo. No me cuesta imaginar a ese hombre imponiéndole esa vida a su hijo.

—Entiendo la presión por continuar en el bufete, pero de ahí a decidir con quién te casas…

—No era una imposición directa. Nadie me puso un contrato delante. Era algo más sutil. Más constante. Una dirección marcada desde siempre, difícil de cuestionar cuando has crecido dentro de ella. Ahora, con perspectiva, sé que no supe apartarme de ese camino.

—Os separasteis, deduzco.

—Sí. Lo hablamos. Lo entendimos. Pero no cambiamos nada.

Yo no lo hice. Maren… estaba dispuesta a ir más lejos.

Cuando le hablé de Victoria, no hizo falta decir mucho más.

Eso fue al terminar ella la carrera, antes de empezar la residencia.

Después supe que no la hizo en Boston, sino en Minnesota.

Volvió a su pueblo y allí siguió con su vida.

—Sinceramente, Alexander. Me cuesta imaginarte en ese papel.

—Los años me han hecho más fuerte, más cabrón, más listo.

Te hablo de un joven… muy joven. Inseguro, acostumbrado a cumplir los deseos de los Pembroke…

No era el hombre que ves ahora. Los años me han endurecido.

Y durante mucho tiempo miré a ese joven, a mí mismo, con desprecio.

Lo hice hasta que sentí que ya quedaba poco o nada de él.

Pero ya era tarde. A Maren la había perdido y…

Victoria formaba parte de mi vida. Aprendí a quererla, y así sigue siendo.

—Una historia complicada, jefe —le digo mientras observo una expresión que no le había visto nunca: más frágil, casi vulnerable.

Pero pronto se deshace de ella y recupera la que le corresponde al gran Alexander Pembroke.

—¿Se quedó embarazada? —pregunto, intuyendo el desenlace.

—Sí, has acertado, pero nunca me lo dijo.

—¿Por qué?

—Porque cuando ocurrió… ya estábamos en la recta final, Jayce.

No fue una decisión tomada en un momento concreto, ni una conversación definitiva.

Fue algo que se fue apagando poco a poco.

Victoria empezó a formar parte de mi vida.

Aunque ya la conocía, se fue acercando a mí de otra manera.

Maren estaba terminando su carrera, yo ya trabajaba en el bufete.

Cada uno estaba en un lugar distinto, tirando en direcciones que ya no coincidían.

Nuestros encuentros eran clandestinos… Un día nos despedimos y nunca más volvimos a vernos hasta hace poco tiempo.

Lo último que me dijo fue que no me casara con alguien que no quisiera.

«Al menos lucha por eso, Alex», me dijo.

Pero ni eso hice, Jayce. Ni siquiera eso.

Esa parte de la confesión me sobra. No quiero saber cuánto quiso a Victoria o la quiere ahora. La veo a diario y no quiero ser conocedor de sus problemas, pero no puedo decírselo. Ese Alexander vulnerable me tiene descolocado.

—Treinta años después de aquello, Maren se puso en contacto conmigo —me dice en un tono más seco, como si se hubiera dado cuenta de que no quiere mostrar grietas—.

Me dijo que estaba enferma, muy enferma, que no tenía solución y que posiblemente no viviera más de un año.

Me habló de la existencia de nuestra hija.

»Y, a partir de ese momento, me convertí en padre.

Maren me pidió que la cuidara. Le atormentaba que su hija se quedara sola en este mundo y necesitaba marcharse sabiendo que podía tener un pilar donde apoyarse.

Y así la conocí, Jayce. Y ella a mí. Siempre tuvo la versión de que su padre fue alguien pasajero en la vida de su madre.

Una aventura sin más que no llevaba a ninguna parte. Eso me contó.

—Y de repente tiene un padre…

—Eso mismo. Cuando se enteró no sabía que su madre estaba enferma. Maren no quiso decírselo hasta tiempo después, cuando era inevitable ocultárselo.

—Entiendo…

—Ava estudió medicina, también en Harvard, y en la actualidad trabaja en el Massachusetts General Hospital.

—¿Tu hija vive en Boston?

—Así es, Jayce. Eso ha facilitado que nos hayamos ido conociendo poco a poco. Ahora somos un padre y una hija. Con un vacío de muchos años, pero… ha terminado por convertirse en una parte esencial de mi vida.

—Y… su madre…

—Maren murió hace unos meses. Asistí al funeral.

—¿No pudiste verla con vida?

—Sí. Una sola vez. Cuando me habló de mi hija —Hace una pausa claramente afectado—. Volver a verla fue muy impactante. Fue como si no hubiera pasado el tiempo… Saber de su enfermedad… fue muy duro.

—Entiendo…

—Le prometí a Maren que la cuidaría y es lo que voy a hacer… por encima de todo, Jayce.

—¿Victoria la conoce?

—Sí, pero no lo lleva bien. No es algo fácil de encajar para ella.

La aparición de una hija… lo cambia todo.

Desde entonces, las cosas entre nosotros no están del todo bien.

Hemos discutido más de lo habitual por ello.

Como sabes, nunca hemos tenido hijos. Lo intentamos durante un tiempo, pero cada vez resultaba más difícil asumir un nuevo fracaso.

Se sometió a tantos tratamientos que perdimos la cuenta.

Para ella ha sido difícil asumir que no podía ser madre.

—¿Se llevan mal?

—No, Victoria es correcta con ella, y ella con Victoria, pero… siempre tiene la sensación de que le presto demasiada atención.

—¿Y tu padre?

—Está al tanto. Pero no se conocen. No lo ha recibido con mucho entusiasmo.

—Y… todo esto me lo estás contando porque… —le digo, consiguiendo que se eche a reír.

—Porque quiero que la conozcas.

—¿Tú también quieres un matrimonio concertado? —bromeo, provocándole una carcajada.

—No eres lo suficientemente bueno.

—Eso duele, jefe.

—Te la presentaré.

—Bien, me encantaría conocerla.

—Lo harás muy pronto… si aceptas lo que te voy a pedir.

Mientras intento encajar esas palabras, me muestra la pantalla de su móvil.

—Esta es mi hija. Ava Halstead.