16 Jayce
Algo no encaja
Desde el momento en que apareció el equipo de rescate hasta ahora ha pasado una semana.
Una semana larga, pendiente de la evolución de Alexander y del resultado de sus dos intervenciones quirúrgicas.
Sus piernas se partieron en varias partes, pero consiguió sobrevivir.
Eso es lo más importante, aunque le espera un largo periodo de reconstrucción y rehabilitación, según las palabras de Victoria, su mujer.
Es la primera vez que puedo visitarlo estando consciente y tengo ganas de escuchar su voz.
Atravieso el amplio vestíbulo del hospital Brigham con intención de subir a la segunda planta, pero reconozco a Victoria al final de la zona de espera principal hablando con alguien y me detengo.
Desconozco si entra o sale, pero prefiero esperar y pedirle que me ponga al corriente de su estado.
Parece que no tiene intención de terminar la conversación. Por lo que deduzco, está hablando con una médica, aunque no parece un intercambio profesional. Victoria le sujeta las manos, se las frota y acaban fundiéndose en un breve abrazo.
Bien, eso indica que ya terminan.
Si Aiden estuviera aquí, me estaría recriminando mi afición por observar constantemente y sacar conclusiones a través del lenguaje no verbal.
—Es mi trabajo —le digo siempre.
Pero no es cierto. Parte de mi trabajo como abogado penal consiste en observar todo lo que me rodea en un interrogatorio o en cualquier situación derivada de una investigación o de un juicio, pero lo mío va más allá de eso. Es una «manía» que arrastro desde pequeño.
Por eso me divirtió que la señorita «excepción» fuera tan cotilla y sacara conclusiones de la conversación que mantuve con Anne.
Me vi reflejado en ella. Yo habría hecho lo mismo en su lugar.
La diferencia es que yo me lo habría guardado para mí; no habría increpado a nadie. Observador, sí, pero discreto.
Como ahora, que algo capta mi atención.
Vaya… qué casualidad. Mientras pensaba en la chica del club, una de sus amigas aparece ante mis ojos.
Conforme se acerca, la reconozco sin dificultad.
Es médica, a juzgar por su bata, pero no es eso lo que me sorprende, sino que sea la misma persona que estaba hablando con Victoria hace apenas unos segundos.
No tendría por qué sorprenderme, excepto porque parece que nunca voy a quitarme a la chica del club de la cabeza y ya hace unas dos semanas, o quizás algo más, que ocurrió.
Pasa junto a mí y la observo discretamente desde más cerca. No hay duda. Ni tampoco de que con esta distracción se me ha escapado Victoria. ¿Se habrá marchado o acababa de entrar?
La respuesta la encuentro cuando entro en la habitación.
Victoria está sentada en un sillón junto a la ventana, impecable, con un elegante traje de chaqueta, un peinado perfecto y esa actitud suya: un muro de cortesía, de las que marcan las distancias por defecto.
—Jayce —dice mostrando una leve sonrisa.
—Victoria… —respondo, desviando un instante la mirada hacia la cama donde se encuentra Alexander.
Me acerco y abre los ojos. Aunque está pálido y rodeado de monitores, me dedica una sonrisa auténtica. Verlo así, con las piernas inmovilizadas por una compleja estructura metálica, es un golpe visual, pero me obligo a mantener el rostro impasible. Mi jefe no necesita mi lástima.
—Vaya cara traes, Jayce —consigue decir con la voz algo ronca—. El que está en la cama soy yo, no tú.
—Lo sé —le digo esbozando una sonrisa.
—Hiciste lo que tenías que hacer: aguantar —dice él, sin esperar ni un solo minuto a abordar el tema—. El resto fue cosa de la gravedad y de un mal apoyo. Fue un accidente, Jayce.
—Un maldito accidente, lo sé.
—Entonces deja de mirarme así. Estamos vivos, joder.
Su optimismo es una de las cosas que más he valorado siempre en él. Es exigente, meticuloso, estricto y perfeccionista en el trabajo, pero nunca decae; siempre lo enfoca todo de forma positiva, como si incluso en el peor escenario siguiera habiendo margen para ganar la partida.
—Recuérdame que no te invite nunca más a pasar un fin de semana en la montaña —me suelta negando con la cabeza.
—Mejor un balneario —le indico sentándome a su lado, en una silla muy confortable. Como todo lo que hay en este hospital de lujo y prestigio.
Alexander se echa a reír.
—Cuéntame —me indica.
—Nada de trabajo por ahora —interrumpe Victoria al tiempo que se levanta y se acerca a nosotros—. Ni una palabra sobre el bufete. Lo último que necesitas es que tu cabeza empiece a correr antes que tus piernas.
El mensaje va dirigido a mí y lo único que puedo hacer es asentir con la cabeza.
—¿Vas a dirigir tú el bufete, cariño? —le suelta Alexander con ironía.
—Yo ya dirijo otro —se defiende molesta—. Debes descansar y cuando hablas de trabajo no lo haces.
Victoria no exagera. El bufete no es uno, sino varios, todos bajo el mismo nombre y repartidos por el mismo edificio.
El nuestro, dedicado exclusivamente a asuntos penales, ocupa una de las plantas principales; el suyo, unos pisos más arriba, se mueve en un terreno muy distinto: divorcios, custodias, guerras familiares.
Alexander insiste en preguntarme sobre algunos temas del bufete, pero me pongo del lado de Victoria y lo convenzo para que dejemos ese tema para más adelante.
—Aunque no te guste escucharlo, podemos ocuparnos del bufete sin ti.
—Gracias, Jayce —me dice Victoria.
—Lo sé —indica él ignorando a su mujer—, pero no os hagáis ilusiones. En dos semanas vuelvo a la carga.
Esa cifra me sorprende, pero ya no sé si es que Alexander es excesivamente optimista o el exceso es de calmantes.
Cumplimos con la norma de no hablar de trabajo y le cuento algunas anécdotas de mis compañeros, las pocas que he vivido en los dos últimos días, los que hace que me incorporé al bufete tras el accidente.
Con cinco días tuve suficiente. Apenas tuve algún rasguño y mantenerme ocupado me permitió no recrear el accidente una y otra vez en mi cabeza.
Alexander vuelve a sacar el tema de la montaña. Bromea restándole importancia al hecho de que se jugara la vida por mí, y yo le sigo el juego hasta que veo que empieza a cerrar los ojos.
Respiro aliviado. No quería seguir frivolizando sobre ese tema.
—Descansa. Volveré otro día. No te librarás —le digo dándole una palmada en el brazo.
Me responde levantando ligeramente el pulgar.
Victoria sale conmigo al pasillo y se dirige a una sala de espera.
—Quiere trasladar todo lo que hay en el despacho del bufete al despacho de casa —me dice casi susurrándolo, como si me estuviera confesando un secreto—. Dice que dentro de dos semanas empieza a trabajar desde allí.
—¿Podrá hacerlo?
—Dentro de una semana le darán el alta si todo evoluciona como hasta ahora. Las cirugías han ido muy bien. Le han fijado las fracturas con placas y tornillos, y no ha habido complicaciones. Después le esperan jornadas y jornadas de rehabilitación.
—¿Cuándo podrá caminar?
—No antes de dos meses, y con dificultades. Tendrá que apoyarse y reaprender a cargar peso poco a poco. Por suerte las fracturas fueron limpias y, en cuanto empiecen a consolidar, solo necesitará tiempo, fisioterapia y paciencia.
—Joder… —suelto sin pensar.
—Jayce, fue un accidente, tenéis suerte de estar vivos los dos. Lo mejor que nos puede pasar ahora es discutir sobre cuándo vuelve al trabajo, ¿no crees?
—Es cierto.
—En cuanto esté en casa podrá hacerlo, Jayce. No como antes, pero lo suficiente para no sentirse fuera de juego. Y eso, para él, es casi tan importante como volver a caminar.
—Nos ocuparemos de todo. Tenemos un gran equipo.
—Prepara a ese equipo para que se acostumbre a recibir videollamadas cada cinco minutos... —empieza a decir consiguiendo que me eche a reír—. Os va a volver locos.
—No más que antes —le digo sin mentirle.
—Jayce, quiero pedirte algo… Cuando…
Nos interrumpe una voz masculina grave.
—Victoria —dice mientras se acerca a ella y la abraza.
Se trata de un médico de mediana edad, con algo de sobrepeso, que, para mi sorpresa, va acompañado de la amiga de la chica del club, la misma que he visto antes hablando con Victoria.
Sé que debería marcharme, pero la curiosidad me puede, así que solo me alejo unos pasos; lo suficiente para quedar en segundo plano.
Victoria me mira y me indica que me espere con la mano. Querrá terminar lo que sea que pretendiera decirme antes de la interrupción. O… quiere quitarse al médico de encima. No parece muy entusiasmada con el encuentro.
—He venido en cuanto me he enterado —dice el médico—. ¿Por qué no me has dicho nada, Victoria?
—Hablé con Suzanne. Di por hecho que ella os lo diría. Discúlpame, Harold, pero han sido unos días muy complicados.
Mientras ellos siguen con una absurda conversación, la amiga se mantiene un paso por detrás del médico. Me mira, sonríe de forma cordial y le devuelvo la sonrisa.
Hay algo raro aquí. No creo que sea mi obsesión por observar y encontrar elementos fuera de lugar, es que los hay de verdad. No hay más que observar la escena.
—Cualquier cosa que necesites, Victoria. A mí o a ella —dice volviéndose hacia la chica—. Ella es la doctora Sullivan, de mi equipo. Sloane, ella es mi prima, Victoria Pembroke.
—Encantada de conocerla, señora Pembroke —le dice ella tendiéndole la mano a Victoria.
Un momento. ¿Esto qué es?
Hace un rato estaban fundidas en un abrazo, hablando, con gestos cariñosos, y ahora se presentan…
—Encantada, doctora Sullivan —le dice Victoria.
—Tanto ella como yo estaremos encantados de ayudaros en cualquier cosa que necesitéis, Victoria, sabes que no son solo palabras —insiste el pesado del primo.
—Lo sé, Harold, y te doy las gracias por ello.
—El doctor Sullivan me ha comentado lo del accidente. Debe saber que el doctor Bennet es un gran médico. Su marido está en muy buenas manos.
Aquí hay algo muy raro… ¿por qué fingen no conocerse?
Cuando se alejan sigo preguntándomelo, pero me veo obligado a centrarme en Victoria.
—Lo siento, Jayce. No quiero entretenerte. Solo pedirte que, cuando Alexander empiece la rehabilitación, le recuerdes que es prioritaria. Sé que él querrá estar en todas partes, pero es importante que…
Victoria sigue hablándome sobre ese tema y yo hago lo posible por seguirla, aunque una parte de mi cabeza continúa en la escena que acabo de presenciar.
No encaja. No esa presentación fingida. Aun así, asiento, respondo cuando toca y prometo vigilar que Alexander no convierta la rehabilitación en otro asunto secundario.
Diez minutos después, estoy en el ascensor.
Me miro en el espejo de la cabina mientras desciendo y todavía tengo en la cabeza las mismas dos imágenes: Victoria sujetándole las manos a la doctora Sullivan y, después, ambas fingiendo no conocerse.
Podría seguir tirando de ese hilo, pero no he venido aquí por eso.
He venido por Alexander.
Alexander tiene razón: fue un accidente fortuito y ambos tuvimos suerte.
Él estuvo ahí cuando el suelo desapareció bajo mis pies, y ahora me toca a mí estar a la altura.
No es una deuda que me asfixie, es una cuestión de honor y de lealtad profesional.
Él arriesgó su estructura por la mía, y yo me aseguraré de que su confianza sea la mejor inversión que ha hecho nunca. Pero… confieso que esa idea me asfixia.