15 Ava
Adiós
—Blake… dime si es verdad que he dicho «No se tendría que haber ido…» —le pregunto, rescatando las palabras que han salido de mi boca en el funeral del abuelo como si no me pertenecieran.
—Es verdad —me dice mientras le sonríe a un invitado, que le aprieta la mano y mueve la cabeza en un gesto de pésame ensayado—. Eso has dicho.
—¿Solo eso?
—Solo eso.
—¿Un poco escueto?
—¿Y qué querías, un discurso de veinte minutos como el de mi padre? —me suelta sin ocultar su cansancio—. Has estado increíble. Seguro que los seiscientos invitados te lo han agradecido.
Por primera vez en cuatro días, sonrío. Blake no ha exagerado.
Han sido más de seiscientas las personas que han acudido al homenaje de mi abuelo en el teatro de Silver Bay, el lugar habilitado por sus amigos para despedirlo y acoger a tanta gente.
No solo del pueblo, también de los alrededores; de familias que llevaban décadas pasando por la clínica.
Tom para unos, Thomas Halstead para otros, el doctor Halstead para la mayoría, falleció hace tres días y ya no tengo fuerzas para hablar con nadie más.
Blake y yo hemos estado a punto de salir corriendo en varias ocasiones; pero al final hemos aceptado ser correctos y llevar hasta el final la celebración de todos los actos en su honor.
La iglesia, el cementerio… y el teatro. ¡Agotador!
No tenía ánimos para pronunciar un discurso, pero lo he hecho a petición de Richard Kensington, su mejor amigo. Claro que no sé si «discurso» se puede llamar a una frase ahogada mientras deseaba tener el poder de chasquear los dedos y desaparecer. Pero algo es algo.
Del resto se ha encargado mi tío Daniel, o eso ha parecido durante los últimos días.
Él ha organizado, dirigido, elegido y socializado.
Todo. Daniel ha estado en todas partes. Atendiendo a unos y a otros, recibiendo a los que llegaban tarde, acompañando a los más mayores hasta la salida, organizando sin que pareciera que lo hacía.
No ha parado en ningún momento. Ha sido…
impecable. Parecía más concentrado en sostenerlo todo que en permitirse derrumbarse.
Claro que… es lo que se espera de él ahora.
Dirige la clínica, trata con todo el mundo, sabe moverse en estas situaciones.
Siempre ha sido más cercano que mi abuelo, más accesible, más humano.
Donde uno imponía respeto con una sola mirada, el otro lo hace hablando, escuchando, sonriendo cuando toca.
Se ha ganado el respeto de todos y diría que hasta el cariño; al menos, eso es lo que he percibido durante el tiempo que he trabajado con él desde que llegué al pueblo, sustituyendo a mi madre cuando se vio obligada a retirarse antes de lo previsto.
A diferencia del abuelo, mi madre y Daniel siempre han sido más cercanos en el trato. El abuelo no lo era, nunca lo fue, pero tampoco lo necesitaba: el respeto que se había ganado durante décadas, paciente a paciente, con una práctica impecable, no dejaba espacio a dudas.
—Sé que ahora no es el mejor momento, pero creo que debo informarte, Ava. El próximo lunes colocaremos la estatua de Thomas en el parque Maple Grove. Espero que puedas asistir al acto —me indica el alcalde.
—Claro, allí estaré —le digo por inercia.
—Hasta posó para el escultor… —comenta su esposa moviendo la cabeza acongojada antes de que se alejen los dos.
Blake necesita una explicación, no lo oculta.
—¿Quién posa para una estatua que colocarán en un parque cuando te mueras?
—El abuelo y su ego —le suelto sin poder evitar que nos echemos a reír los dos. Es una risa amarga, de esas que sirven para que el nudo en la garganta no termine de cerrarse.
—Joder… lo tenía todo estudiado —se queja Blake. Ya no por el tema en sí, sino por el agotamiento.
Por suerte, los últimos invitados desaparecen de nuestra vista, excepto Leanne, Richard y Rose, que no se pueden considerar invitados, sino parte de la familia.
Leanne, además de ser la mejor amiga de mi madre durante toda su vida, también es la mejor enfermera del mundo.
Compartieron una vida y el amor por la profesión.
Ella no necesita decirme nada, nada que no me haya dicho ya, nada que no intuya cuando la miro a los ojos llenos de lágrimas.
Sé que le afecta la pérdida de mi abuelo, pero sé que este funeral ha vuelto a abrir la herida de mi madre, una que ni siquiera está cerca de empezar a curarse. La entiendo.
Leanne me toca la mejilla como hacía ella, mi madre, ese ser perfecto y maravilloso que la vida nos arrebató hace poco tiempo.
No dice nada, solo me mira. «Estoy aquí», «Echo de menos a tu madre», «Necesito salir de aquí».
Por eso, porque entiendo lo que hay en su mirada, me limito a asentir despacio y a devolverle la caricia.
Rose se despide de mí entre lágrimas. Está demasiado afectada. Se enfrenta a una nueva vida para la que no está preparada. Treinta y cinco años al cuidado de la casa Halstead es mucho tiempo, mucha vida, mucho vínculo.
Y por último Richard. Él elige un abrazo, uno fuerte que habla por sí solo.
Refleja el peso de una despedida después de más de setenta años de vida compartida junto a mi abuelo.
Los mejores amigos. Inseparables en todos los sentidos.
Se me encoge el corazón mientras lo veo alejarse; parece más pequeño, como si la muerte del abuelo se hubiera llevado también una parte de su propia estructura.
Blake y el tío Daniel lo acompañan a la salida.
Ellos tienen todavía un vínculo más fuerte con él.
El tío Daniel y el hijo de Richard también fueron grandes amigos, antes de que todo cambiara.
Y Blake… Blake es otra historia. A diferencia del abuelo, Richard siempre ha tenido una debilidad especial por él.
Apostó por Blake cuando apenas empezaba, recién salido de la facultad de Economía, y lo incorporó a su empresa, una de las más importantes de la zona, empujándolo sin reservas hasta colocarlo en uno de los puestos más altos.
Cuando vuelven, el tío Daniel me sonríe.
—Ava, deberíamos irnos a descansar. ¿Dónde vas a dormir?
—En casa.
Asiente con la cabeza.
—Yo me iré con Ava —aclara Blake.
—No es necesario, Blake —le digo sin pensarlo. Si lo hubiera hecho, no se me habría ocurrido pedírselo. No sé qué voy a hacer cuando Blake vuelva a Duluth.
—No te voy a dejar sola en el museo —me advierte sonriendo. Así se refiere él a la casa, por todos los objetos que alberga.
—No pienso dormir en el museo, ya no. Hoy mismo me traslado —le digo dramatizando para hacerle reír.
—De acuerdo —comenta mi tío—. Yo… prefiero estar solo, si soy sincero. Han sido unos días muy ajetreados y necesito despedirme a solas de él. Los he perdido a los dos en menos de un mes y medio…
Sus ojos se llenan de lágrimas y Blake y yo nos miramos emocionados.
—Ava… sé que hoy no es el día —continúa—, pero necesito preguntártelo. ¿Cuándo tienes pensado volver a Boston?
—Aún no lo he decidido —le digo encogiéndome de hombros.
—Has dicho que te ibas a trasladar, que ibas a dejar la casa grande.
—Me iré a la pequeña, a la mía. No soportaría estar en la grande, ahora ya no es necesario. Pero eso no cambia nada. No sé cuándo volveré a Boston.
—Ava, sé que esto puede parecerte precipitado, pero dentro de dos días tenemos cita en el despacho del abogado del abuelo para tratar el asunto de su testamento.
—¿Dos días?
—Ava, creí que volverías pronto a Boston y lo he organizado basándome en ello. No quiero retenerte.
—No tengo tanta prisa —le digo a la defensiva. Ha sido nombrar la palabra «testamento» y erizárseme todo el vello del cuerpo.
—Ava… todos necesitamos volver a nuestras rutinas y cuanto antes dejemos resueltos los trámites más molestos, mejor.
Asiento con la cabeza. Es todo cuanto puedo hacer. El testamento… No quiero ni pensarlo. Miro al tío Daniel con recelo mientras abandona el teatro. No sé si me pondrá las cosas fáciles. Espero que sí. No quiero conflictos, no quiero tener que enfrentarme a él.
Esa promesa al abuelo… esa última voluntad…
Ahora siento que las paredes del teatro se cierran sobre mí.
El lugar, de pronto, parece demasiado grande y demasiado vacío.
Y por primera vez en todo el día, siento el golpe de verdad.
Su ausencia. El hecho de que ya no está en ninguna parte.
Y duele más de lo que esperaba. Mucho más.
—Ava —me dice Blake—. ¿Estás bien?
Parpadeo, como si necesitara un segundo para volver.
—Quiero contarte algo, Blake.
—¿Sobre qué?
—Sobre el testamento del abuelo.
—No me jodas… ¿me ha desheredado?
—No se trata de eso —le digo esbozando una sonrisa.
—Entonces ¿qué pasa con el testamento?
—Que presiento que me va a joder la vida. Más de lo que ya lo está.
Suelto las palabras con una amargura que me quema la garganta y Blake me mira algo desconcertado.
Nunca antes había sentido algo así. Ni tan claro. Ni tan incómodo.