Jayce. Algo más que prohibido 14 ​​ Jayce
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Últimos minutos

Me muero… Eso es lo que ocurrirá en pocos minutos. No será una caída limpia, ojalá lo fuera; será peor, lenta e inevitable. Puedo imaginar el impacto de mi cuerpo contra la roca… no un golpe seco, sino varios, uno tras otro, hasta que todo se apague.

Estoy temblando y no puedo permitírmelo; cada pequeño movimiento hace que la grava bajo mis pies ceda un poco más y solo acelero el desenlace, uno inminente. No aguantaré.

El objetivo era un fin de semana relajante, desconectar del estrés del bufete.

El último caso nos había exprimido hasta la última gota de energía y estos dos días iban a ser una compensación.

Alexander me dijo que las vistas eran impresionantes, que bastaba con unos minutos contemplando la inmensidad de este lugar para sentir que se nacía de nuevo.

Ese era el objetivo. Un fin de semana con mi jefe, al que admiro profundamente, el que me ha guiado desde mi primer año de carrera en derecho y me ha enseñado todo lo que sé. El hombre que me abrió la puerta del bufete cuando yo aún no sabía ni sostener un caso sin temblar.

Ese era el objetivo. Pero algo ha salido mal.

El terreno ha cedido bajo mis pies; no ha sido un error ni un mal paso, simplemente…

ha desaparecido. Ahora estoy colgado a medio metro de una cornisa estrecha, con un pie mal apoyado y el otro buscando un punto que no existe; las manos clavadas en la roca, los dedos agarrotados y la piel ardiendo por el roce, el cuerpo inclinado hacia un vacío que no me atrevo a mirar.

Mi vida llega a su fin, mi corazón late tan deprisa que ni siquiera puedo pensar.

Sé que debería pensar en mi familia, en mis padres, en mis hermanos, despedirme de ellos en silencio…

pero no puedo. Estoy muerto de miedo, desesperado, con ganas de gritar que no es justo que mi vida se detenga aquí.

Soy muy joven, tengo demasiado que hacer en este mundo. No quiero morir.

Aunque alguien llamara a rescate, no llegarían a tiempo. Yo no aguantaré.

La roca vuelve a crujir bajo mis dedos y siento cómo mi cuerpo se desliza apenas unos centímetros, lo suficiente para saber que he perdido; no tengo ninguna posibilidad.

—Jayce —escucho la voz de Alexander, que llega desde arriba, firme, contenida—. No mires abajo.

No le respondo. No puedo. Si abro la boca, grito. Sencillamente, me hundo.

—Escúchame —insiste—. Aguanta.

Aguanta… como si dependiera de mí.

—No… —consigo decir, casi sin voz—. No aguanto… no puedo.

Hay unos segundos de silencio y, en ese silencio, lo entiendo. No va a quedarse quieto.

—Mírame —dice.

Levanto la cabeza lo justo para encontrar sus ojos. No hay duda en ellos, ni una sola.

—Confía en mí.

Y lo hago. Lo veo moverse. Es rápido y decidido y yo siento que todavía tengo una posibilidad. Me permito seguir mirándolo, aunque temo que ese leve movimiento me impulse hacia atrás.

Ha pasado el borde, se ha inclinado más de lo que debería y se tumba sobre la roca, pero no es suficiente. Su mano no llega. Sus dedos rozan los míos y resbalan.

—Mierda… —grita.

La piedra vuelve a ceder bajo mi pie. La misma. La que me ha hecho caer. La noto deshacerse, traicionera, anunciando que se va a llevar el poco apoyo que me queda.

Él también lo ve.

Se aparta apenas un instante y cambia el peso del cuerpo, buscando otra forma de sostenerse.

No veo exactamente cómo, pero su postura cambia, se tensa, como si estuviera forzando un apoyo que no es seguro.

Pequeños fragmentos de roca se desprenden y caen junto a mí, rebotando contra la pared hasta desaparecer.

—Dame la mano —ordena.

Alargo el brazo como puedo, con el cuerpo cediendo un poco más. Esta vez su mano encuentra la mía, firme, segura; y en ese instante sé que no va a soltarme.

—No mires abajo. Empuja cuando te lo diga.

Asiento como puedo, aunque no sé si me ve.

—Ahora.

No hay apoyo, pero lo intento. El cuerpo responde por puro instinto; empujo, resbalo y durante un segundo pierdo agarre. La roca vuelve a deshacerse bajo mis dedos.

—Otra vez.

Vuelvo a intentarlo. Empujo, mal, sin fuerza, y él tira, más fuerte, más de lo que debería. Siento cómo mi peso recae sobre él, cómo su cuerpo cede un poco hacia delante porque el apoyo no aguanta, porque todo lo que nos sostiene es la misma roca inestable que me ha hecho caer.

—Vamos…

No es un tirón limpio. Es un arrastre. Un golpe contra la roca. Otro más. Mis manos buscan apoyo donde no lo hay, mis piernas no responden; y aun así sigo avanzando mientras noto cómo bajo él algo se desplaza, cómo la piedra cruje, cómo ese equilibrio imposible está a punto de romperse.

Un último esfuerzo.

Un tirón.

Y de repente estoy arriba, rodando sobre la roca, respirando como si me hubieran devuelto a la vida a golpes. Lo ha hecho. Lo ha conseguido.

Cierro los ojos un segundo. Solo uno. Tengo el sabor del polvo en la boca y los dedos entumecidos, pero estoy vivo.

Y entonces lo oigo.

Un crujido seco, más fuerte que los anteriores. Definitivo.

Abro los ojos.

Alexander ya no está donde debería.

Escucho un alarido, un grito que me hiela la sangre.

Me incorporo de golpe y me asomo. Está unos metros más abajo, el cuerpo torcido, demasiado quieto.

—¡Alex!

No responde. No se mueve.

Y entonces lo entiendo. No cuando me ha agarrado, no cuando ha tirado de mí. Lo entiendo en este instante.

Alexander Pembroke acaba de salvarme la vida.

Y puede que yo acabe de ver cómo pierde la suya.

—¡Nooooooooooooooo!