13 Ava
Un encargo peculiar
Por un momento, creo que está bromeando, pero mi abuelo nunca bromea.
Utiliza la ironía, el sarcasmo, pero nunca habla con intención de resultar gracioso o arrancar una sonrisa.
Temía que me pidiera que me hiciera cargo de la clínica junto a mi tío Daniel, el que ahora está al frente de ella, pero… jamás algo así.
—No me mires como si hubiera perdido el juicio. Es mi corazón el que está afectado; mi cabeza trabaja a pleno rendimiento.
—Demuéstramelo. Explícame esa tontería que acabas de soltarme.
—Ava —empieza a decirme con una calma y una carga emocional poco habitual en él—. Escúchame con atención. Quiero solventar esto cuanto antes.
Las señales de cansancio que siempre se esfuerza en ocultar se reflejan ahora con claridad en sus movimientos; cada gesto parece costarle un mundo.
—De acuerdo, pero explícame bien qué clase de locura es esa.
—Ava, tu tío Daniel, como sabes, nunca ha sido un buen hijo.
Es un buen médico, al menos me queda ese consuelo, pero en cuanto a su familia siempre ha sido un inconsciente y un desagradecido.
Estuve casi veinte años sin que me dirigiera la palabra, sin verle la cara.
Nuestras diferencias las resolvió largándose un buen día y no volvió hasta hace poco tiempo, cuando tu madre enfermó.
Recuerdo la vuelta de mi tío a la vida de mi abuelo.
Fue hace un año y medio. Entonces yo aún no sabía que mi madre estaba enferma; me lo ocultaron durante mucho tiempo.
Mi madre y Blake nunca perdieron el contacto con el tío Daniel, pero mi abuelo sí; llevaba dieciocho años sin verlo ni hablar con él.
—Se largó por nuestras desavenencias, Ava.
Todo el mundo cree que fue por nuestras diferencias en la clínica, pero no es verdad.
Eso es lo que quiero contarte —Se detiene un instante, tomando una bocanada de aire que parece no ser suficiente.
Sé que necesita respirar con calma, y yo también necesito que no se altere.
—Vaya, ¿por qué se marchó?
Evito decirle que siempre hemos sabido que nunca se llevaron bien. Desde que mi tío entró en la adolescencia, su relación fue un tira y afloja constante. Mi abuelo no es un hombre fácil de tratar.
—Por ese maldito tesoro, Ava. Por esa estúpida leyenda.
Entre todos los motivos que podría haberme dado, ese es el último que hubiera imaginado. Por un segundo, llego a pensar que algo no va bien en su cabeza.
—¿El tesoro?
—Sí, eso he dicho. Y no me mires otra vez como si hubiera perdido el juicio; sé lo que digo.
—Bien…
—Agnes se encargó de meterle esa idea en la cabeza. Se la repitió durante años, como si fuera real, hasta convencerle de que el tesoro de Crowley estaba enterrado en alguna parte de esta casa.
Agnes fue la segunda mujer de mi abuelo, la madrastra de mi madre y mi tío Daniel.
Con ella crecieron, pero se marchó, o más bien los abandonó, a Inglaterra, su tierra natal, cuando mi madre tenía trece o catorce años, y nunca volvió.
Hacía mucho tiempo que no se pronunciaba su nombre. Está prohibido.
—¿A qué viene esa historia ahora, abuelo?
—Tu tío, cuando ella se marchó, estuvo años dándome la murga con ese estúpido tesoro.
Para él nunca fue una historia, Ava. Se lo creyó.
Todo el mundo sabe que eso no es más que una leyenda antigua, una de esas historias que pasan de generación en generación y a las que siempre se les añade algo más.
Una anécdota. Una broma. Menos para tu tío, que sigue empeñado en que es real.
¿Se puede ser más estúpido? Mi abuelo y mi padre se reían de eso.
Todo el mundo. Pero Agnes y tu tío son los únicos que han defendido que hay algo enterrado en esta casa.
—¿En serio? Yo siempre he conocido esa historia como… eso, una leyenda.
—Lo que es. Una fantasía. Nada más. Crowley existió, sí, puso las primeras piedras de esta casa, pero ya está.
Mi abuelo encontró dos monedas de oro, dos; y siempre bromeó con que había descubierto el gran tesoro.
Nunca hubo nada más. Mi bisabuelo adquirió esta casa, Ava, y mi abuelo y mi padre la ampliaron —me cuenta, como si no lo supiera—.
Yo he crecido entre estos muros, he visto todas sus reformas, conozco cada rincón.
Si hubiera habido algo, habría aparecido hace mucho.
Solo un estúpido como tu tío podría creer que eso existe.
Por eso se marchó: porque quería destrozar la casa buscándolo, y se lo impedí.
Agnes también lo quería, y ese fue uno de los motivos por los que discutíamos a diario.
Y cuando se marchó, Daniel siguió con ese empeño.
Seis años estuvo insistiendo hasta que perdimos los papeles, llegamos a las manos y se marchó.
Lo pillé una vez con un mazo, dispuesto a derribar una pared.
—Vaya… Eso no lo sabía. —Me cuesta imaginar a mi tío, siempre tan comedido, perdiendo los papeles de esa forma por una quimera.
La verdad es que cuesta imaginar lo que está contando.
Esa leyenda es solo eso, una historia construida alrededor de Silas Crowley, que llegó a Silver Bay a finales del siglo XIX y levantó la primera casa.
Murió en circunstancias extrañas y se llevó a la tumba el supuesto secreto de un cofre lleno de monedas y joyas.
Eso es todo lo que hay. No hay nada más.
—Tras la muerte de tu madre —continúa diciendo—, volvió a insistir.
Me pidió que le dejara cavar en algunas zonas.
Se lo impedí, pero ya no tenía fuerzas para enfrentarme otra vez a esa obsesión.
Le dije que esperara a mi muerte. Que cuando heredara la casa podría hacerlo.
Y se conformó —Hace una pausa; sus ojos brillan con una mezcla de cansancio y astucia.
—Bien, buena idea.
—Lo fue. Pero… le mostré un testamento que no es real. Lo modifiqué después. Cuando abráis el oficial y vea que no ha heredado la casa, entrará en cólera. Y ahí es donde entras tú. La casa es para ti, Ava. Íntegra. Debería haber pasado a tu madre, después a ti; pero… la vida ha alterado ese orden.
—¿Le mentiste? ¿La casa la heredaré yo?
—Sí, Ava. A él le dejo la mitad de la clínica; es más de lo que se merece.
No dudo de él como médico, es bueno y la lleva de forma impecable.
La clínica es lo único que ha sabido mantener en pie.
Y la necesita. Sus años en Minneapolis le formaron bien.
Me habría gustado hacerlo yo, como hice con tu madre, pero él eligió marcharse.
La clínica será para los dos. Él la dirigirá, como hasta ahora.
Tú seguirás siendo propietaria de tu parte.
No quiero que pise esta casa porque lo único que deseo antes de marcharme es que siga estando íntegra cuando pase a otras manos. Y ahora escúchame con atención.
No sé si voy a poder dársela. Estoy algo confundida, pero asiento con la cabeza. No sé si todo esto es en realidad una alucinación de mi abuelo, de mi tío o… simplemente la vida empeñándose en ponerme un obstáculo más, y además uno surrealista.
—Adelante, ¿qué gilipollez más tengo que escuchar?
—Cuida esa boca, Ava. Estoy hablando en serio. Y si te parece una gilipollez, mejor; porque así entenderás lo que he vivido siempre con tu tío y con aquella maldita mujer.
—Vale… Me hago una idea.
—Él solo quiere esta casa para convertirla en escombros.
No va a parar. Ese maldito tesoro no existe, por mucho que haya intentado convencerle; así que lo único que hará cuando me muera y compruebe que la casa es tuya será buscar cualquier oportunidad para hacer lo que siempre ha querido.
Entrará. Lo intentará una y otra vez. Y cuando empiece, te costará detenerlo, porque lo que busca no existe.
No sé cómo lo hará, pero lo hará. Y quiero que le impidas el acceso a la casa.
—Abuelo, no debiste mentirle, decirle que la casa sería de su propiedad. Eso lo complica todo.
—Ava, no quería pasar los últimos momentos de mi vida luchando contra él otra vez. He perdido a una hija, me queda poco tiempo; no quiero seguir esa batalla. Él se ha buscado la mentira. Tú eres joven, fuerte, puedes hacerlo.
—¿Cómo voy a hacer eso?
Sé que mi abuelo me imagina custodiando la casa, pero no ha pensado que mi paso por Silver Bay es circunstancial. ¡Dios! ¿Cómo le digo que yo no puedo dedicarme a ello? Me dan igual la casa y las locuras de mi tío.
—Ava, no pretendo que vivas aquí. No es lo que quiero para ti, ni lo que quería tu madre.
Esta casa termina contigo y tengo más que suficiente.
No lo habría deseado hace años, pero sí desde que tu madre me hizo entender que tú habías volado y debías seguir manteniendo ese vuelo.
Ella me pidió que hiciera lo posible para que siguieras tu camino, que nunca permitiera que te pusieras al frente de la clínica.
Parece que me ha leído el pensamiento y soy incapaz de reaccionar.
—Ella sabía —prosigue—, y yo también, que has nacido para la cirugía y que en este pueblo no la vas a ver más que suturando la herida de alguna caída torpe.
Quiero que a mi muerte vuelvas al lugar que dejaste para venir a estar junto a tu madre, y ahora conmigo.
Quiero que luches por llevar el apellido bien alto a otro estado de este país y que esas manos salven miles de vidas.
Asiento con la cabeza sin decir ni una palabra. Si lo hago, lloro, seguro. No solo por lo emotivo de sus deseos, sino porque la realidad es otra. Puede que mis manos salven vidas y que fueran por buen camino, pero ahora todo está detenido.