12 Ava
Un encargo para ti
Silver Bay, Massachusetts
Lo que más me preocupaba era no poder llegar a tiempo para ver a mi abuelo lúcido.
Aunque Blake me tranquilizó, temía que hubiera suavizado la realidad para que el viaje fuera menos angustioso, que ese «está un poco más débil» ocultara algo peor y que el «está descansando» fuera solo una forma de evitar que intentara hablar con él por teléfono.
Pero no me mintió. Mi abuelo está entero, al menos aparentemente. Le pidió a Blake que me dijera que tenía que hablar conmigo urgentemente y que esperaba que no prolongara mi estancia en Boston y llegara a tiempo para mantener esa conversación.
No solo no la he prolongado, nunca tuve intención de hacerlo, sino que la he reducido dos días por miedo a no llegar a tiempo y tener que cargar con eso el resto de mi vida.
Claro que, si no hubiera recibido el mensaje de Blake, lo habría hecho de todos modos, aunque sin esta prisa. Es algo que me rondó la cabeza la última noche en Boston, en el club, rodeada de mis amigas, un día después de lo de Andrew y de mi «aventura» con el chico del hoyuelo.
Aventura que pasó de descabellada a ridícula y a humillante en cuestión de horas.
Todo gracias a mí, a mi brillante idea de beber hasta perder el control.
Todavía no sé qué alcance tuvo el ridículo que hice delante del chico escrupuloso; solo tengo recuerdos confusos, frases a medias e imágenes borrosas.
Todo es demasiado reciente, apenas han pasado dos días, pero me pesa como si llevara semanas arrastrándolo.
Por suerte, he vuelto a mi querido Silver Bay.
He venido directamente desde el aeropuerto, he soltado la maleta y ahora estoy en el salón favorito de mi abuelo, esperando que haga acto de presencia.
Rose, la mujer que lleva cuidando de esta casa y de esta familia desde hace más de veinte años, me ha pedido que lo espere aquí y me ha tranquilizado sobre su estado de salud.
Él es así. Le gusta hacerse esperar, entrar con cierta ceremonia en un lugar donde sabe que le esperan, aunque esta sea mi casa y me aloje en ella.
No tengo que esperar mucho más.
Escucho pasos en el pasillo, firmes, marcados, como si cada uno de ellos tuviera vida propia. Seguramente vayan acompañados del golpe seco de su bastón, ese que nos costó sudor y lágrimas que aceptara usar.
Aparece en la puerta.
Se detiene un segundo, lo justo para observar la escena, para asegurarse de que tiene toda mi atención antes de avanzar.
—Ava… has vuelto antes de lo previsto —dice, como si él no hubiera intervenido para que así fuera.
—Querías hablar conmigo urgentemente.
—¿Es que tu primo no sabe dar un simple mensaje?
—Quizás lo interpreté mal, abuelo —le digo sin darle más vueltas, aceptando su forma de decir las cosas sin discutirla. Ya le conozco.
Da un par de pasos hacia dentro sin perder esa postura erguida que siempre ha tenido, esa forma de sostenerse que no admite réplica, aunque el tiempo se empeñe en llevarle la contraria.
No sonríe. Nunca se ha caracterizado por hacerlo, pero conmigo solía ceder, excepto desde que murió mi madre.
Toma asiento en su sillón sagrado, ese que nadie osaría ocupar.
Veo el cansancio reflejado en su rostro, mucho más que días atrás, antes de marcharme hacia Boston.
Su corazón y la pérdida de mi madre parecen empujarlo cada día un poco más hacia un destino en el que no quiero pensar.
—¿Cómo te ha ido en Boston?
—Bien —le miento—. Ha estado bien.
—¿Te has reunido con ese hombre… tu padre?
—Sí. Todo está bien.
No es su persona favorita. A mi madre y a mí nos costó que lo aceptara como parte de mi vida, pero parece que he conseguido que lo llame «padre». Es un avance.
—Ava… quiero pedirte algo importante.
—Directo, abuelo. Ya nos conocemos. Si me vas a hablar de tu muerte, me largo.
—Te voy a hablar de mi muerte y no te largas. Me escucharás porque es importante y porque quizás esta noche no pueda contártelo.
—Está bien —le digo molesta.
—Ava, los dos sabemos que mi corazón no aguantará mucho tiempo.
Otro episodio como el de hace unas semanas y seré historia.
Lo sabes. Eres médico. No quiero sentimentalismos ni estupideces.
Es una realidad, quiero hablar de ello y necesito tu colaboración.
Si me altero, mis posibilidades de alargar unas semanas mi existencia se reducen, así que vayamos al grano.
Ya sé que no quieres que me muera, pero necesito hablar de ello.
—Vale. ¿Qué quieres? ¿Flores en tu funeral? ¿Me vas a confesar que asesinaste a alguien? ¿Tengo un tío o tía secreto?
Para mi alegría, se echa a reír.
—Eres imposible, Ava. Llevas el apellido Halstead en la sangre.
—Nunca me lo habías dicho.
—Mi funeral ya está encargado. Quiero uno por todo lo alto, como me merezco.
Las flores las dejo a tu elección. Nunca he matado a nadie, al menos no de forma voluntaria.
Lamentablemente he visto muchas vidas terminar sin poder hacer nada, pero te puedo asegurar que he luchado siempre por salvarlas.
Y en cuanto a hijos secretos, no tengo, me basta con «ese», el oficial.
«Ese» es mi tío Daniel, el padre de Blake. Su relación siempre ha sido accidentada. Veinte años sin dirigirse la palabra y solo hace un año y medio que han vuelto el uno a la vida del otro.
—Aclarado. Dispara. ¿Qué es eso urgente que quieres decirme? Ya sé que me quieres con locura, así que podías habérmelo dicho por teléfono y me hubiera ahorrado adelantar el viaje.
—¿De dónde has sacado esa lengua afilada e irónica? —finge estar molesto.
—De mi abuelo.
—Cierto. Me habría gustado que heredaras lo mejor de mí, pero no se puede elegir.
—Tampoco he heredado la paciencia, abuelo… —le suelto poniendo los ojos en blanco—. ¿Qué es lo que quieres decirme?
Vuelve a sonreír, pero esta vez su expresión es extraña, como si lo que me fuera a decir le costara mucho hacerlo.
—Ava… Quiero que, cuando muera, justo después de abrir mi testamento, conviertas esta casa en una fortaleza y le impidas la entrada a tu tío Daniel.