Jayce. Algo más que prohibido 11 ​​ Jayce
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Sonido de fondo

Las palabras de mi hermano me llegan como un sonido de fondo, como ese hilo musical que apenas notas pero que está ahí, rellenando el aire. Da igual lo que diga, todo me suena igual. No consigo concentrarme por mucho que lo intente.

Hoy no es el día que habría elegido para citarme con Aiden en el club. No después de lo de anoche. Pero no he podido negarme.

Desde que dejó el bufete para montar el suyo propio, ya no nos vemos a diario y, aunque no lo reconozca en voz alta, lo echo de menos.

Añoro esos descansos improvisados en la cafetería del edificio, cuando arreglábamos el mundo entre café y café, hablando de cualquier caso o de algún compañero insoportable.

Por eso debería estar aquí, disfrutando de la copa y de su compañía. Pero no lo estoy. Mi cuerpo ocupa el asiento, pero mi cabeza está en otra parte.

En ella. En esa mujer tan peculiar. La misma que esta mañana se ha largado de mi casa sin decir ni una palabra.

—¿Jayce? ¿Por qué tengo la sensación de que no me estás escuchando? —me pregunta Aiden, alzando una ceja.

—Porque no te estoy escuchando —admito, resoplando.

Aiden deja el vaso sobre la mesa con un golpe seco, llamando mi atención.

—Antes de que te insulte o me largue… ayúdame a entenderlo.

—Estoy distraído, lo siento.

—¿En qué? —Se gira ligeramente, intentando seguir la dirección de mi mirada—. ¿Te interesan?

Las dos amigas de la señorita «excepción» están sentadas en la mesa de enfrente. Las observo casi sin querer, buscando alguna pista.

—No de la forma que crees.

—Esa frase no me tranquiliza nada.

No respondo porque en ese momento aparece Andrew. El novio, o lo que sea actualmente. Lo veo acercarse a ellas con mucha familiaridad. Todos parecen contentos con el encuentro. Siento un extraño nudo en el estómago que no me explico.

Recuerdo sus palabras cuando le pregunté por ellas: «esas no son mis amigas, lo eran o eso creía».

—Jayce —insiste Aiden, dándole un toque con el dedo al borde de mi vaso—. ¿Qué coño te pasa?

Desvío la mirada hacia él, forzándome a volver a la realidad. Eso es lo que yo quisiera saber. Quizás soltarlo me ayude.

—Solo estaba observando. Algo me ha llamado la atención.

—¿El qué?

—Es una larga historia.

—Cuéntamela.

—¿Estás seguro?

—Me muero por saber qué te ronda por la cabeza.

—Sitúate. Este club. Una noche cualquiera —le digo con calma, haciendo girar el hielo en mi copa para crear cierto misterio.

—Vale, estoy dentro. Sigue.

—Una chica. Joven. Guapa, muy guapa... espera a su novio.

—Un clásico —dice él, mientras me mira con curiosidad.

—La espera le aburre y escucha la conversación de la mesa de al lado; donde hay un hombre y una mujer.

—Vale. Guapa y cotilla. Me sitúo.

—Interpreta mal lo que oye. Cree que es una ruptura. Que el chico ha dejado a la chica. La chica llora.

—Ajá. Una ruptura… ¿Lo es?

—No. Es una conversación de trabajo. Llora porque la han despedido.

—De acuerdo.

—Seguimos en el club. Una mujer cualquiera mira fijamente al hombre de la mesa.

—No es la cotilla…

—No, es otra cualquiera que también se encuentra en el club. —Aiden asiente con una mueca de interés—. Él también la mira. Se conocen, tuvieron un lío en el pasado, pero no se saludan.

—De acuerdo. Solo se miran.

—La cotilla observa la escena. La mujer cualquiera se dirige al baño. El hombre también. Casualidad. Simple necesidad fisiológica. Pero…

—Pero…

—La cotilla interpreta mal la escena.

—¿Qué interpreta?

—Que se van a follar al baño dejando a sus respectivas parejas cómodamente esperando en las mesas.

—Joder con la cotilla… ¿Y dónde está el novio?

—Lo sigue esperando.

—Vale. Se aburre y sigue cotilleando y malinterpretando.

—Veo que me sigues.

—Lo intento, créeme. —Me da un toque con el pie por debajo de la mesa para que no me detenga.

—El hombre sale del baño, necesidad fisiológica solucionada. Se encuentra a la cotilla de frente, que le mira con ganas de estrangularlo.

—Esto se anima.

—Le recrimina que haya dejado tirada a su pareja para irse con otra al baño. —Aiden se inclina hacia delante, atrapado por el absurdo de la situación.

—¿Y no lo conoce? ¿O me he perdido algo?

—No lo conoce.

—Ya… Sigue. ¿Qué hace el chico cuando se lo recrimina?

—Seguirle el juego. Divertirse. Pasar de ella.

—Claro… ¿Y qué más?

—Después aparece el novio.

—Por fin…

—La chica cotilla se centra en el novio y se olvida del otro chico.

—Es lo suyo.

—El chico se esconde y escucha lo que hablan.

—Para vengarse hace lo mismo… ¿o me he perdido?

—Lo has clavado.

—Sigue.

—Discuten. El novio la deja. —Aiden alza una ceja, sorprendido por el giro.

—¿Por qué?

—Es un gilipollas. Se queja de que ella lo tiene abandonado.

—¿Por eso es un gilipollas?

—Créetelo y punto. Lo es.

—Vale. El gilipollas deja a la cotilla.

—Ella se enfada. Le pide al novio que se vaya. Se queda sola.

—Mal plan.

—Fin del primer acto. Al día siguiente más.

—¿Qué pasa?

—De nuevo el club. Chica cotilla, chico. Coinciden en el baño. Miradas… Fuego… Reservado… —Aiden se queda quieto, con la copa a medio camino de los labios.

—No…

—Sí.

—Vaya, vaya… la cotilla se lía con el chico en el reservado del baño.

—Correcto. Luego salen. Ella vuelve con sus amigas. Bebe demasiado.

—No pinta bien.

—Se va sola.

—Fatal.

—El chico la ve. Está borracha. Se ofrece a acompañarla a casa. —Aiden asiente muy serio; su instinto de abogado empieza a activarse.

—Vale. Bien.

—Ella le proporciona una dirección equivocada.

—¿Premeditado?

—No; nivel de alcohol muy alto. —Aiden se pasa una mano por la cara, resoplando.

—Esto no mejora.

—No lleva documentación y no se acuerda de dónde vive. Se la lleva a su casa.

Aiden se queda completamente inmóvil.

—Y…

—La mete en la cama para que duerma.

—Sigue —dice, bajando el tono de voz.

—A la mañana siguiente, ella se despierta y se va sin decir nada. Y… se acabó. Fin.

Aiden se reclina en la silla, procesándolo todo con el ceño fruncido.

—Vale… —murmura—; vale…

Se queda unos segundos en silencio antes de reaccionar.

—Esas dos son las amigas de la chica cotilla —le aclaro obligándole a girarse para observarlas.

—Entiendo.

—Y el que está con ellas, el novio —le aclaro también.

—¿El gilipollas?

—El mismo.

—Creo que empiezo a entenderlo, Jayce… —dice muy concentrado—. La chica aparece muerta en alguna parte y él es el sospechoso. Es el último que la vio con vida. Estás representando al chico y…

—¿De qué hablas? —le interrumpo—. No estoy representando a nadie, esto no es un caso. Nadie ha muerto.

—¿La chica cotilla está viva?

—Supongo. Yo… cuando la dejé en la cama estaba viva. Y viva salió de mi casa.

—¿Tú? ¿Tú eres… él? ¿El chico? —me pregunta como si le hubiera confesado un crimen de sangre.

—Sí, soy él.

—Eres tú…

—Soy yo, joder.

—¿Tú has vivido esa historia? ¿Esto no es un caso?

—No, claro que no.

—Entonces… esto te ha pasado a ti…

—Tal cual. ¿Te lo confirmo otra vez?

—¿Y por qué no lo has dicho antes?

—Creí que ya lo habrías deducido.

—No me lo puedo creer…

—Vamos, Aiden, ¿a qué viene tanto drama? —le resto importancia con un gesto.

Aiden se recuesta en la silla, todavía sorprendido.

—Jayce… ¿me has contado toda esa historia para decirme que te tiraste a una tía que acababa de romper con su novio y que te la llevaste borracha a tu casa?

—Te he contado la historia porque tú me lo has pedido. Querías saber por qué las miraba a ellas y te lo he dicho.

—Y… ¿por qué las miras?

—Me llama la atención ese encuentro. La actitud de él… la de ellas… ¿Encuentro casual? ¿Encuentro acordado?

—¿Te importa realmente?

—No, me llama la atención.

—¿De qué forma te llama la atención? ¿De esa forma tuya tipo «lo observo todo como si fueran piezas de puzle sueltas para encajarlas»?

—Exacto. De esa forma —le digo sonriendo al escuchar que ha utilizado la misma frase que utiliza mi madre.

Se hace un silencio largo. Conozco esa mirada: preocupado.

—Me preocupas, Jayce.

—¿Por qué?

—Porque el Jayce que yo conozco no se tira a nadie en un baño.

—Tampoco pretendo convertirlo en una costumbre.

—¿Y las bacterias? Esas que adoras tanto… —añade con una punzada de sarcasmo.

—Estaba muy limpio.

—El Jayce que yo conozco no lleva a nadie a su casa, y menos borracha.

—No la iba a dejar tirada.

—El Jayce que yo conozco habría llamado a una ambulancia o a la policía.

—No me pareció necesario.

—Y el Jayce que yo conozco tampoco cuenta detalles de sus encuentros íntimos.

—Siempre te quejas de que te cuento poco. Nunca estás contento.

—Jayce…

—Me estás asustando. ¿Qué pretendes con ese análisis del «Jayce» que tú conoces?

—Esa chica te gusta, ¿no?

—No. Ni siquiera me cayó bien. ¿Por qué piensas eso?

—Porque pareces demasiado interesado en ese tema.

—Es reciente; mañana se me habrá olvidado.

—Jayce, deberías aceptar la propuesta de Alexander para pasar el fin de semana en New Hampshire.

—¿Crees que lo necesito?

—Necesitas emociones nuevas… fuera de la cama.

—¿Andar por el bosque con mi jefe me las va a proporcionar?

—Desconexión. El último caso os ha exprimido.

Asiento, más por darle la razón que por estar de acuerdo.

Aprovecho que Aiden va al baño para volver a fijar la vista en la mesa de enfrente. El novio, Andrew, se ríe de algo que dice una de las amigas mientras le roza el brazo con demasiada familiaridad, como si ese contacto fuera habitual entre ellos. Algo me chirría. Algo no encaja.

«Esas no son mis amigas, lo eran o eso creía», vuelvo a recordar.

Sigo observando. Él vuelve a inclinarse hacia la misma chica y le desliza la mano por la espalda de forma lenta, natural, hasta detenerla en la parte baja. No es un gesto casual, ni breve. La deja ahí mientras sigue hablando y sonriendo como si no tuviera importancia. Como si fuera normal.

Pero… Aiden tiene razón; no debería importarme. Pero me importa.

Aiden cree que necesito un cambio de aires, pero lo que necesito es entender por qué mi cabeza sigue volviendo a ese reservado.

Quizás sea el desorden.

Ella ha sido como un error en mi código, una variable que no sé dónde colocar. Un cabo suelto.

Y lo peor es que presiento que esto no termina aquí.