10 Ava
La huida
Abro los ojos con la sensación de que algo no encaja, una incomodidad que no sé ubicar del todo y que me mantiene en ese punto intermedio entre el sueño y la conciencia.
Parpadeo un par de veces antes de reaccionar. El techo es raro…
Me incorporo de golpe, demasiado rápido, y siento que me va a explotar la cabeza.
Siento vértigo. No sé dónde estoy.
La habitación es amplia, ordenada, de líneas modernas y limpias. No reconozco nada.
Siento mucha angustia, estoy asustada.
Bajo la mirada y descubro una camiseta muy amplia que no es mía.
El estómago se me encoge de golpe.
Mi vestido… Lo veo. Está colgado dentro de un armario sin puertas. Es la única prenda.
—No…
Empiezo a entenderlo, pero quiero equivocarme.
Intento reconstruir algo, pero me cuesta; solo tengo imágenes desordenadas, aisladas: el club, las luces, el baño… y ahí me detengo, porque seguir tirando de ese hilo me da más miedo que tranquilidad.
Me llevo una mano a la frente y miro alrededor, más rápido ahora, como si en cualquier momento fuera a aparecer alguien en la puerta.
¿Dónde estoy? ¿Con quién?
Me deslizo hasta el borde de la cama y apoyo los pies en el suelo, notando el frío y una inestabilidad que no termino de controlar. Me levanto con cuidado, pero no dejo de mirar hacia la puerta, en alerta.
Entonces lo veo sobre la silla. Mi bolso.
Miro en su interior y veo mi móvil. Me apodero de él sintiendo que la cabeza se me va a partir en dos en cualquier momento. Está apagado. Lo intento activar, pero no reacciona.
Me quito la camiseta, me coloco mi vestido, que huele a perfume, y no es el mío, y busco mis zapatos, que están junto a la cama.
El chico del hoyuelo…
Sé que tiene que ver con él. Lo sé. El vestido…
—Mierda…
El calor me sube de golpe por el cuello cuando algunos recuerdos me golpean. Son algo distorsionados, pero suficientes para querer salir de aquí.
No necesito recordar más.
Cojo el bolso, lo cruzo sobre mi cuerpo y salgo de la habitación de forma sigilosa.
Unas escaleras al final, varias puertas. Todo tiene ese mismo orden frío y cuidado, propio de una casa moderna en la que nada está fuera de lugar.
Bajo despacio intentando no hacer ruido, rezando para que no aparezca nadie.
El dolor de cabeza aumenta y el estómago se me revuelve cada vez más.
En una estantería observo una fotografía del chico del hoyuelo con quienes deduzco que deben de ser sus padres. Definitivamente vive aquí.
Llego al vestíbulo a toda prisa y rezo para que la puerta no esté cerrada, pero mis súplicas no son atendidas.
Junto a la entrada hay otra puerta. La abro y compruebo que conduce al garaje.
El coche me resulta vagamente familiar; una imagen breve y borrosa de anoche se cuela en mi cabeza, pero desaparece antes de que pueda retenerla.
No quiero detenerme ni pensarlo. La puerta auxiliar me permite el acceso al exterior.
Cuando por fin salgo a la calle, el aire me golpea la cara y me obliga a detenerme un segundo. Respiro hondo, pero no sirve de mucho.
Estoy nerviosa, más de lo que quiero reconocer.
Me alejo unos pasos del portal antes de detenerme y abrir el bolso con manos todavía algo torpes.
Móvil, tarjetas, llaves… Todo.
Cierro los ojos un segundo. Mi móvil. Lo intento de nuevo mientras sigo caminando, sin rumbo claro, solo con la necesidad de alejarme de este lugar. No tengo ni idea de dónde estoy.
El móvil sí reacciona esta vez. La pantalla se ilumina. Apenas tiene batería.
Quiero llamar a un taxi, pero aparece una notificación.
Un mensaje.
De Blake.
Cuando puedas, llámame. Se trata del abuelo.
Empiezo a sentir que me tiembla el cuerpo. Me temo lo peor.