9 Jayce
De nuevo, ella.
—Te voy a echar de menos —me dice Cassidy, mi hermana, asomando la cabeza por la ventanilla de su coche.
—Solo te vas dos semanas —le digo poniendo los ojos en blanco.
—Suficiente para echaros de menos a todos.
Niego con la cabeza y ella se echa a reír. Así es mi hermana. Se marcha dos semanas a Alemania por trabajo y se despide como si no fuéramos a vernos más en la vida.
Por fin se pone en marcha. Espero a que se aleje del aparcamiento y me dirijo a mi coche, que está en el otro extremo.
Antes de llegar, me llama la atención una figura en concreto, solo una de las cuatro o cinco que deambulan ahora por el aparcamiento.
Es ella. La chica con «conflictos de conciencia».
Después de nuestra aventura en el baño, la he visto sentada con dos amigas cerca de Cassidy y de mí. Me ha costado centrarme en la conversación con mi hermana. No he dejado de mirarla de reojo ni de volver mentalmente a la escena del baño.
La observo a cierta distancia.
Hay algo en su forma de caminar que no parece muy seguro. O quizás es la forma en que gira la cabeza en todas direcciones.
Dudo si debo acercarme a ella o no. La verdad es que no me han quedado ganas.
El instante del baño ha sido estupendo, pero su comentario me ha revuelto el estómago.
¿Qué pretendía insinuar? Ambos nos hemos metido en el baño con el mismo propósito y con las mismas ganas. O eso quiero pensar. Así que ese «No sé por qué lo he hecho», «Seguro que la culpa es del alcohol», «Esto no debería haber pasado» que ha insinuado me enerva.
Cualquier conflicto que tuviera podía habérselo ahorrado. Ha sido algo fugaz, algo improvisado; algo divertido y excitante. ¿Por qué darle tantas vueltas?
Confieso que cuando la he visto frente a los lavabos, en esa actitud tan sensual jugando con el agua y…
partiendo de que es increíblemente preciosa, entrar en el reservado y hacer lo que hemos hecho es todo lo que deseaba, pero…
tener que escuchar que menciona las copas que se ha tomado para justificar lo ocurrido me molesta. Siempre he detestado esa actitud.
¿Qué quería decirme? ¿Que no era consciente de lo que hacía? No me cuadra. De lo contrario no habría sucedido nada por mi parte.
Parece que las copas esta vez sí que han hecho efecto, a juzgar por lo que veo. Ha dado dos vueltas al mismo sitio en el aparcamiento, dos vueltas que no tienen ningún sentido.
No puedo mantenerme al margen.
Me acerco a ella.
Cuando descubre mi presencia, me mira como si nunca antes me hubiera visto.
Un gesto torpe y el brillo de sus ojos me hace pensar que estoy en lo cierto, que se trata de un exceso de alcohol. Ahora sí.
—Supongo que no pensarás conducir —le digo, intuyendo que lo que busca es su coche.
—No es asunto tuyo… ¿Qué te importa lo que haga?
—No me importas tú, sino el hecho de que una persona conduzca en ese estado.
—¿Qué estado?
—No negarás que has bebido.
—Solo un poco, pero no voy a conducir —me dice apoyándose en un coche y mirando a su alrededor—. Estoy buscando un taxi.
—¿Aquí?
—Es que no encuentro… el taxi… la salida.
—Es por allí, al lado de la puerta del club, pero no creo que sea buena idea que vayas sola en un taxi en esas condiciones.
—Vale —me dice dirigiéndose hacia donde le he indicado de todos modos.
Debería marcharme, pero… algo me lo impide.
—Espera —le digo poniéndole la mano en el hombro, aunque no se detiene, a pesar de sus pasos inseguros.
—¡Eh! —insisto, franqueándole el paso—. Puedo llevarte. ¿En qué zona de Boston vives?
—Pediré un taxi.
—No es buena idea. ¿Y tus amigas?
Me esquiva y emprende la marcha, pero al poco se detiene y se apoya en un coche.
—¿Estás bien?
No responde hasta unos segundos después.
—No, no estoy bien… Mi carrera se ha ido a la mierda, he roto con ese gilipollas, ¿no te pareció a ti gilipollas?
—Más bien sí —le contesto, atento a sus palabras.
—Y… esas no son mis amigas, lo eran, o eso creía, pero… quizás nunca lo han sido.
—Entiendo. ¿Algo más? No pareces tener buena racha.
—Sí, que ella se ha ido para siempre…
—¿Quién? —Ya no sé si es curiosidad o que siento que debo seguirle la corriente.
—Mi madre…
—Vaya… lo siento.
—Y… he follado en el baño con un desconocido —me mira como si fuera ahora cuando se diera cuenta de que me lo está contando a mí.
No puedo evitar sonreír por la forma en la que lo ha pronunciado, pero afortunadamente no me ve.
Emprende la marcha.
—Espera… —le digo, franqueándole el paso de nuevo.
—¿Prefieres que llamemos a alguien para que te venga a buscar?
—Me gustaría ver a mi primo Blake.
—Bien, podemos intentar llamarlo.
—Vive en Duluth.
—¿Dónde está eso?
—En Minnesota.
—Vale, descartamos a tu primo, te llevo yo a tu casa. ¿En qué zona vives?
—En Back Bay —me dice por fin.
—¿Te acuerdas de la dirección?
—Qué pregunta más estúpida… Pues claro —me suelta enfadada.
—Perfecto.
—No estoy tan mal, ¿de acuerdo? Solo… sí, quizás me he pasado, pero es que esas me sacan de quicio… Y tendría que haberme marchado, ya está, pero… Adiós, como sea que te llames.
Vuelvo a impedirle que reanude la marcha.
Se lleva la mano a la frente. Parece que no está bien, así que se apoya en un coche.
—¡Eh! Yo vivo en Beacon Hill, está al lado. Creo que es mejor que te lleve, es más seguro.
Esta vez asiente con la cabeza.
Llegamos a mi coche relativamente rápido, teniendo en cuenta el ritmo al que camina.
La ayudo a subirse y me fulmina con la mirada.
Por un momento, me arrepiento de mi propuesta. La última vez que llevé a alguien en ese estado vomitó en la alfombra trasera.
Bueno, ya es tarde. No voy a dejarla tirada.
Me giro hacia ella para ayudarle con el cinturón, pero me lo arrebata y tarda una eternidad en colocárselo.
Joder, qué nochecita.
Mira el interior del coche, como si buscara cámaras ocultas.
—¿Dirección?
—Eh… Commonwealth… por el paseo… ya lo verás…
—Puedes precisar. El paseo es… amplio.
—Doscientos… doscientos.
—¿Doscientos?
—Noventa y… noventa y cinco.
—¿Noventa y cinco o doscientos noventa y cinco?
Me mira como si fuera tonto y menea la cabeza.
—Dos, nueve… y cinco…
—Doscientos noventa y cinco. Perfecto, ahora está claro.
—Te he dicho en los árboles. En el paseo, al lado.
—Allí te dejaré, Ava.
—Gracias… como sea que te llames.
—¿Quieres saberlo?
—El que no folla en los baños porque es escru…puloso.
Confieso que si no estuviera tan incómodo me echaría a reír.
—Ese título ya no me corresponde, ¿recuerdas?
—¿Ya no eres escrupuloso…?
—He hecho una excepción.
Silencio. A ver cuánto dura.
Nada.
—¿Yo soy una excepción?
—Eso mismo.
—Pues llámame excepción.
—Lo haré. Pero tú búscate otro nombre más corto para mí… —le sugiero.
—Si no voy a volver a verte… ¡Qué más da!
Evito seguir hablando. No está bien, es evidente.
Llegamos a la dirección que me ha indicado y aparco delante del portal de un edificio de apartamentos nuevos.
Se baja del coche con algunas dificultades, no espera a que le ayude a hacerlo.
Me bajo a toda prisa y me acerco a ella.
Se apoya en mi coche y mira el portal, luego me mira a mí.
—Yo no vivo aquí.
¡Joder! Lo que me faltaba.
—¿Cómo? Vamos a ver, Ava, me has dicho el doscientos noventa y cinco. ¿Te has confundido?
—No sé. Pero yo no vivo ahí.
—Ava, busca tu carné de conducir, por favor.
Me mira y tarda en entenderlo, pero finalmente se decide a rebuscar en su bolso, uno que lleva cruzado desde el primer momento.
—No lo llevo.
—¿Seguro? ¿Me permites?
El bolso es pequeño y solo hay un móvil, una barra de labios, una cartera con varias tarjetas de crédito, unas llaves… Ni rastro de un carné.
Levanto la vista hacia ella y, por primera vez desde que hemos salido del club, la veo de verdad.
Está pálida, con la mirada perdida y ese equilibrio inestable que ya no puede disimular.
—Genial… —murmuro, más para mí que para ella.
Da un paso hacia atrás, torpe, como si el suelo se moviera bajo sus pies.
—Ava…
No llego a terminar la frase.
Se gira de golpe, llevándose una mano a la boca, y apenas le da tiempo a apartarse antes de inclinarse hacia un lado.
El gesto es brusco, descontrolado. Vomita.
Me aparto lo justo para no mancharme, pero no me alejo. Espero.
Tarda unos segundos en recuperar el aliento, apoyada en sí misma, respirando mal.
Se limpia como puede con el dorso de la mano, sin mirarme.
Cuando se incorpora, el cambio es evidente.
Está peor. Mucho peor.
Los ojos vidriosos, la piel sin color, el cuerpo sin fuerza para sostenerse con normalidad.
No sabe dónde está. Y, desde luego, no puede quedarse sola.
Exhalo despacio. Esto ya no tiene gracia.
—Vale. Se acabó.
No hay discusión posible.
Le sujeto el brazo antes de que vuelva a perder el equilibrio y la guío hacia el coche.
—Te vienes conmigo.