Jayce. Algo más que prohibido 8 ​​ Ava
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El cóctel

Todo se detiene de golpe. El aire vuelve poco a poco, como si alguien hubiera abierto una ventana.

No hay silencio, hay algo peor: esa calma extraña que llega después de perder el control. Una que te abofetea con la «realidad». No hay manera de evadirla.

Realidad es igual a baño del club, igual a chico del hoyuelo, igual a desconocido, igual a todavía está dentro de mí.

Y aquí estoy, quieta, con la espalda contra la pared, intentando recomponerme de esa «realidad».

—La culpa la tiene un cóctel explosivo de esos que nubla la mente —le digo, más para convencerme a mí misma que a él.

No debería haberlo dicho en voz alta, pero ya es tarde. Me conformo con creer que es el efecto secundario del impacto con «la realidad».

No parece haberle gustado el comentario porque su expresión se oscurece.

—¿Conflictos con la conciencia? —me pregunta mientras me libera de su cuerpo, dejándome caer suavemente hasta que mis pies tocan el suelo.

Esta vez no voy a abrir la boca para decir alguna tontería más. Prefiero centrarme en recolocar mi vestido y ajustar lo que se ha desordenado, igual que está haciendo él.

En menos de dos minutos estamos listos para salir.

Me dispongo a abrir la puerta.

—Haz las paces con tu conciencia, Ava. Técnicamente no le has sido infiel. Si no recuerdo mal, te dejó ayer. ¿O habéis vuelto?

—Ese comentario ha sido… muy poco elegante.

—Igual de elegante que el tuyo.

Puede que tenga razón, pero no voy a comentarle nada más.

Salgo del baño a toda prisa y me reúno con mis amigas, que después de casi media hora fuera no parecen haberme echado de menos. Están hablando con un hombre que parece hacerlas reír y se despiden de él en cuanto llego.

—Es fantástico —dice Sloane refiriéndose al que se ha marchado—. Tiene un futuro prometedor en cirugía.

—¿Cómo lo sabes? —pregunta Blair entre risas—. ¿Te has familiarizado con sus manos?

Se echan a reír como dos adolescentes.

Creo que no voy a soportarlo mucho rato. Estoy rígida como un palo, confundida por lo que acaba de pasar, escuchando chistes estúpidos y con ganas de salir corriendo.

Se esfuerzan en meterme en su conversación, aclarándome detalles que creen que pueden importarme, mientras yo siento que mi cuerpo se va contracturando poco a poco por la tensión.

Por fin me atrevo a mirar a mi alrededor.

Localizo al chico del hoyuelo justo en la misma mesa que ocupaba ayer.

Está solo y de espaldas y agradezco que no pueda verme.

Intento concentrarme en la conversación de mis amigas, pero la mirada se me escapa hacia él una y otra vez.

Algo llama mi atención.

Alguien se acerca al chico del hoyuelo. Es una mujer joven y atractiva.

Él se levanta, la besa en la mejilla y, por lo que puedo apreciar de perfil, le sonríe. Ambos sonríen. Ambos están encantados con el encuentro.

Se sientan. Ella le acaricia la mejilla, luego la mano.

La escena me repele, y todavía no entiendo por qué.

«Tú has querido formar parte de ese juego, Ava», me digo recordando la escena del baño. «Y no le eches la culpa al cóctel», me digo también.

—¿Estás bien, Ava? —me dice Sloane.

Asiento con la cabeza.

—Hoy estás muy callada. Cuéntanos cómo estás. ¿Cómo te va la vida?

—Pues… —empiezo a decir mientras las observo—. Exceptuando que perdí a mi madre hace poco tiempo, me han rebajado dieciocho categorías en el trabajo, he roto con Andrew y me acabo de tirar a un desconocido en el baño… ¡bien!

Ambas me miran abriendo ligeramente la boca. Se miran entre ellas.

—Vaya… —dice Sloane.

—¿Otra copa? —dice Blair.

—Vale —les digo con una sonrisa forzada.

Es lo único que ahora mismo puede mejorar mi realidad. Esta vez no le echaré la culpa de nada.