Jayce. Algo más que prohibido 7 ​​ Ava
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Segundo encuentro en el club

—Hoy hemos tenido un caso en el Brigham que era de manual —dice Sloane, apoyando la copa con una seguridad que roza la costumbre—. De esos que, si no sabes verlo rápido, no deberías estar ahí.

—Cardio —añade Blair, con una media sonrisa—. Pero bueno, ya sabes cómo funciona… no todos llegan preparados al Brigham.

Estoy sentada frente a ellas, en el club, escuchándolas como si hablasen desde un lugar al que ya no pertenezco del todo.

El día ha empezado bien y presiento que acabará mal, pero no puedo fingir que me sorprende.

He pasado el día con mi padre, y hasta ahora ha sido lo mejor que me ha pasado desde que he llegado a Boston.

Solo hace un año y medio que está en mi vida, pero empiezo a sentir que ha formado parte de ella más tiempo. O quizás es lo que quiero creer.

Entiendo lo que pretendía mi madre. Ella misma me dijo que quería que tuviera un pilar fuerte donde apoyarme cuando ella faltara y… es justo lo que he sentido con él.

A pesar de haber estado ausente la mayor parte de mi vida, ha estado en el peor momento y siento que hay un equilibrio.

Sé que cuando vuelva definitivamente a Boston seguiremos explorándonos y compartiendo minutos; hoy es lo único que me consuela si pienso en mi vuelta.

—En el Brigham estamos empezando a filtrar mucho más los casos —dice Blair, dando un pequeño sorbo—. Al final, si no estás a cierto nivel, no tiene sentido asumir según qué responsabilidades.

—Es lo mínimo —responde Sloane—. Para eso estamos donde estamos.

Parpadeo un par de veces y me doy cuenta de que he dejado de escucharlas hace rato. Asiento por inercia, como si hubiera seguido la conversación, aunque solo acabo de engancharme de nuevo a lo que dicen, pero voy a tardar poco en volver a desconectar.

«Brigham, Brigham, Brigham», me digo suspirando sin darme cuenta. Pronuncian ese nombre constantemente como si yo no supiera dónde trabajan. Es su forma de mantener las distancias, de marcar la diferencia…

¿Qué narices hago aquí?

Excepto por la visita a mi padre, no he tenido un buen día, y terminarlo reunida en el club con mis amigas Blair y Sloane no lo va a mejorar.

Quedan muy lejos los años universitarios donde todo eran risas y locuras. Ellas fueron mi pilar y mi puente cuando aterricé en Harvard, recién llegada de Silver Bay, dejando atrás una vida tranquila, en un pueblo tranquilo donde difícilmente ocurre algo interesante.

Las tres somos médicas, pero ahí es donde empiezan a marcarse las diferencias.

Blair se especializó en cardiología y Sloane en medicina interna; trabajan en el Brigham and Women's Hospital, uno de los hospitales más prestigiosos de la ciudad, y han crecido dentro de familias de médicos que prácticamente les han allanado el camino.

Buenos contactos, buenos puestos, carreras impecables.

Yo también vengo de una familia de médicos —mi madre, mi tío, mi abuelo—, pero lo mío nunca ha sido eso. Nunca ha tenido ese brillo perfecto ni esa sensación de encajar sin esfuerzo. Mi entrada en el Massachusetts General Hospital fue diferente, menos directa, más complicada.

Yo vengo de haberme criado en una clínica en un pueblo de apenas dos mil habitantes, donde la medicina no se mide en prestigio, sino en estar cuando hace falta.

Y lo más curioso es que, aun así, cuando llegué a Harvard, no partía de cero.

Había crecido entre consultas, escuchando diagnósticos a medias detrás de una puerta, viendo a mi madre, a mi tío y a mi abuelo resolver lo que llegara sin grandes medios, todos trabajando en la misma clínica.

No era mejor que ellas, ni mucho menos, pero tampoco iba por detrás.

Simplemente… veníamos de lugares distintos.

Entonces no se apreciaba la diferencia, solo éramos jóvenes alocadas con ganas de divertirnos y quemar cada minuto de nuestras vidas, soñando con ser médicas de prestigio y pasar a la historia de nuestro país con una firma médica impecable.

Pero ahora… ya no hay nada de eso, o poco.

Últimamente apenas nos vemos. En parte por los ocho meses que he pasado fuera, pero también porque he dejado de buscarlas. Porque cada vez me cuesta más encontrar algo en común con ellas. Tampoco sabría decir si la distancia la han marcado ellas o yo. Quizá ha sido un acuerdo tácito.

Sus vidas avanzan en una dirección muy clara, muy ordenada, demasiado perfecta… y a mí empieza a cansarme. No ellas exactamente, sino en lo que se han convertido.

Ahora mi unión con ellas la siento lejana, como si perteneciera a otra versión de mí que ya no encaja del todo con ellas. Seguimos compartiendo recuerdos, pero no el mismo lugar en el presente. Estos últimos ocho meses no han hecho más que confirmarlo.

Aun así, he aceptado reunirme con ellas aquí, en el club. No quiero olvidarme del precioso y gigante detalle floral que enviaron al funeral de mi madre.

—¿Sigues en contacto con Leah? —me pregunta Sloane, arrugando la nariz, lo que provoca que Blair se eche a reír.

Leah no estudió medicina, sino enfermería.

Nunca se soportaron; de hecho, era casi insufrible que estuvieran juntas, pero ahora me parece infinitamente mejor la compañía de Leah, a pesar de ser torpe, alocada, despistada y una vía segura para meterte en líos.

Al menos con Leah todo era más real, más caótico… pero también más honesto.

Aun así, debo ser sincera y confesar que mi vida no encaja ni con unas ni con otras, solo que con una estoy dispuesta a mantener más contacto que con las otras.

Conclusión: no tengo amigas. Y para celebrarlo he decidido ir al baño a pasar al menos los próximos diez minutos.

No tengo necesidad de ello, excepto la de alejarme un rato de ellas y también la de refrescarme un poco.

No ha sido buena idea aceptar la sugerencia de Sloane y tomarme ese horrible cóctel que tanto me está afectando. Este sí tiene la culpa de que mi mente no esté despejada del todo. Ayuda a la hora de aguantar la cita con ellas, pero poco más.

Cuando estoy de camino me viene a la cabeza la escena de ayer con el del hoyuelo, pero intento apartarlo de mi mente. Lo primero que he hecho al entrar al club es buscarlo con la mirada y desear que no se encontrara de nuevo. Por suerte, hasta ahora ha sido así.

Pero solo hasta ahora.

Entro en el baño justo en el momento en que salen dos chicas conversando.

Me detengo frente a la hilera de lavabos, con las manos apoyadas en el mármol, y hago un par de movimientos lentos y circulares con el cuello, intentando despejar la cabeza mientras aparto mi melena hacia un lado y la sujeto con una mano.

Al alzar la mirada, me encuentro con su imagen reflejada detrás de mí en el espejo.

Es él. El chico del hoyuelo.

Me quedo completamente inmóvil, como si me estuvieran apuntando con una pistola.

Él sigue detenido detrás de mí. No dice nada. No se mueve. Solo me observa. Nos miramos fijamente a través del espejo.

Un segundo. Dos. Tres…

Mantenemos la mirada.

Sin perderla, coloco una mano bajo el grifo del agua, que se activa en cuanto la detecta.

El chorro cae constante, frío. Me llevo lentamente una mano a la nuca, mientras con la otra recojo todo mi pelo hacia delante, dejando el cuello completamente expuesto, y hago pequeños círculos sobre ella.

Echo la cabeza hacia atrás ligeramente y dejo que el agua me despeje, perdiendo su mirada cuando cierro unos segundos los ojos.

Al abrirlos la imagen ha cambiado. Ya no está a cierta distancia, sino justo detrás de mí, casi rozando mi cuerpo.

Imita mi gesto sin apartar los ojos del espejo: recoge mi melena con una mano, sosteniéndola a un lado, alarga la otra, la coloca bajo el agua un instante y, segundos después, noto cómo sus dedos, húmedos y fríos, se deslizan por mi nuca y empiezan a masajearla con una lentitud precisa, casi deliberada.

No pienso. Solo actúo. Si me detengo a ordenar esto, desaparece. Y no quiero. Si alguien interrumpe este momento, juro que lo mato.

Me doy la vuelta lentamente, rozando ligeramente su cuerpo. Intento encontrar palabras y fuerzas para un enfrentamiento con él. Si tiene ganas de seguir con lo de ayer, hoy estoy más preparada. ¿O no? Puede que no. Ese maldito cóctel hoy no es una excusa, hoy es real. Y no ayuda.

Apoyo mi espalda en el borde de mármol con una actitud chulesca, altiva, y alzo la ceja, una muy flexible que, cuando quiero arquearla, me confiere una imagen de lo más interesante. Eso decía mi madre.

Sigue mirándome. Está cerca. Sus labios se mueven unos milímetros, lo suficiente para adivinar una leve sonrisa.

Mantenemos la mirada. Entra un hombre. Lo veo pasar por detrás de nosotros y meterse en un reservado.

El chico del hoyuelo da un paso hacia atrás, se separa lo justo. Otro hombre entra, nos mira como si pidiera permiso para pasar entre nosotros, pero lo ignoramos. Pasa de todos modos.

Tres segundos. Cuatro. Seis.

Doy dos pasos hacia él.

Él retrocede dos y empuja la puerta de un reservado con la mano. Yo avanzo uno más. Él retrocede.

Repite el movimiento, marcando el ritmo, guiándome sin tocarme apenas.

Así hasta tener casi el cuerpo dentro. Del resto se encarga él, que termina de cerrar la distancia tirando de mi mano y metiéndome dentro.

Cierra la puerta.

No hay palabras. Solo esa cercanía repentina que me descoloca y, al mismo tiempo, me deja clavada. Su mano se desliza firme en mi cintura, como si supiera exactamente dónde tocar, y mi cuerpo responde antes que mi cabeza.

Siento que pierdo el control, como si mi cabeza se quedara atrás y el resto de mí siguiera avanzando sin permiso.

Lo noto demasiado cerca. Su respiración roza mi piel y, durante un segundo, dudo… pero no me aparto.

Mis manos encuentran su camisa casi por inercia, como si necesitara comprobar que es real, que no me lo estoy imaginando.

El aire se vuelve más denso, más lento. Y lo único que tengo claro es que esto… no es una buena idea, pero no tengo ninguna intención de detenerme.

Se termina la calma y todo se vuelve caótico.

Sus manos, mi espalda contra la pared, la distancia que desaparece por completo.

Su boca en mi cuello, el calor, la presión, la forma en la que todo se reduce a sensaciones que llegan demasiado rápido.

Mi respiración se rompe, se acelera, se mezcla con la suya.

Sí…

Es intenso, descontrolado, y lo necesito más de lo que debería.

Sí…

Es… increíble.