4 Ava
Primer encuentro en el club
Cuando Andrew me ha dicho que llegaría tarde por culpa de un incidente en el tráfico, he pensado que me aburriría; odio esperar.
Pero no me puedo quejar. Estoy en mi club favorito con un delicioso cóctel en la mano y acabo de comprobar que la conversación de la pareja de al lado es de lo más interesante.
Nos separa apenas un metro y, aunque el club es amplio, ni la estructura baja de madera oscura ni la hilera de plantas perfectamente recortadas que delimitan la zona bastan para que sus voces se pierdan.
Vance está pensado para parecer íntimo sin serlo del todo: pequeños espacios que sugieren privacidad, pero sin aislar realmente a nadie.
Mesas bajas, luz tenue, separadores elegantes que cortan la vista, no el sonido…
Y en una noche como esta, con el ambiente lo bastante tranquilo como para conversar sin alzar la voz, basta con estar a un metro para enterarse de todo.
La primera frase que llama la atención es la que pronuncia la voz femenina, un poco angustiada.
—Cinco años, cinco malditos años… No me lo merezco.
Parece interesante. Mucho mejor que buscar una distracción que no voy a encontrar mientras espero a Andrew.
—Lo siento, Anne, de verdad que lo siento.
Finjo estar concentrada en mi móvil y me acomodo en el asiento con la clara intención de mirar a través de uno de los pequeños huecos que se abren entre las plantas.
No se aprecia bien quién hay al otro lado; apenas distingo movimiento entre las hojas y la silueta de alguien inclinado hacia delante.
Tendría que inclinarme un poco más en el asiento y buscar uno de los huecos más amplios, pero temo que me descubran.
Tampoco es que tenga tanta curiosidad… o eso me digo.
Solo pretendo matar el tiempo mientras aparece Andrew.
Silencio.
Vaya, se estropeó el entretenimiento. Mejor me busco otro.
Consulto mi móvil. Un nuevo mensaje de Andrew, con fotografía incluida, me indica que está a tan solo dos manzanas, pero la imagen refleja claramente uno de esos atascos que nunca sabes cuándo se van a descongestionar.
—Cinco malditos años tirados a la basura —insiste ella.
Esta vez la voz llega con más nitidez.
Se reactiva el entretenimiento.
—No son tirados a la basura —le explica él.
Después le dice algo que no consigo entender y es cuando decido arriesgarme.
Controlo la hilera de sillones que tengo al frente, para que no me vean hacer malabarismos en el mío.
No hay peligro. Son pocos y parecen distraídos.
Un grupo de cuatro que no deja de reírse y una pareja que parece recién llegada de un funeral, a juzgar por sus expresiones.
Ella, que luce un vestido azul precioso, parece más animada que él.
¡No más distracciones! Me interesa la conversación de al lado.
Deslizo mi cuerpo por el sillón, como si estuviera en el de mi casa, y me apego al borde para estar lo más cerca posible de las plantas que nos separan.
Qué bien se escucha. Entretenimiento garantizado. Esto huele a ruptura.
Ella está enfadada, él apenas interviene. Si pudiera verles las caras…
—He vivido engañada estos dos meses, no lo niegues. Esto no ha surgido sin más. Y cuando vuelvo me encuentro con que hay otra…
—No lo enfoques de ese modo… No es justo.
Escucho unos gemidos que me llaman la atención. Ella está llorando.
El camarero se acerca. Aún me queda la mitad del cóctel, pero me animo a pedirle otro. ¿No será demasiado? Yo… no suelo beber. No importa.
El llanto persiste.
No puedo aguantar la curiosidad. Me levanto, doy la vuelta rodeando la zona por el pasillo posterior, el que conecta los distintos espacios del club, y paso por detrás de su mesa. Cuando alcanzo la distancia más segura me giro hacia ellos. Solo puedo verle la cara a él.
¡Guau! Es guapo, muy guapo. Pelo castaño claro, algo largo y completamente despeinado, con mechones cayendo cada uno hacia donde le da la gana de una forma irritantemente atractiva.
Ojos entre azul y ¿gris? claros, imposibles de ignorar.
Barba de pocos días… y un hoyuelo en la barbilla ridículamente sensual.
¡Ya no puedo observar más! Al menos con discreción.
Al retomar el camino hacia mi sitio, sin detenerme, puedo verla a ella. También es muy guapa, pero lo que me llama la atención es su expresión de tristeza; me encoge el alma.
No se fijan en mí. Vuelvo a mi asiento, vuelvo a acercarme a las plantas. Puedo ver sus siluetas entre ellas, pero intento disimular.
Se cuela un brillo intenso entre las hojas. Uno fugaz, uno que me obliga a centrarme en el móvil.
Definitivamente, el chico de los hoyuelos tiene los ojos azules y grises. Azul grisáceo. Poco común… preciosos.
—… Siempre… Y lo he intentado… —dice él, aunque no entiendo a qué se refiere.
Mierda, me he perdido la conversación.
—Cinco años para nada, para nada —recalca ella sollozando.
Genial. Ya me he puesto al día.
—Se acaba una etapa y empieza otra —dice él.
Vaya, él no es que se moleste mucho en explicar. Aunque no he escuchado toda la conversación, es el tono de voz de ella el que impera.
—… He hecho lo que he podido… —sigue diciendo él. Parece que se ha animado a hablar.
—Siento decirte que no me lo creo —le dice ella enfadada.
—En ese caso, no puedo hacer más.
—¿Quién es ella? —le pregunta la chica con voz temblorosa.
¡Oh! No, no hagas eso… No preguntes esas cosas. Lárgate. Debes salvar tu dignidad.
—Eso no importa ahora —le contesta él.
—Sí, importa. Quiero saberlo. ¿La conozco? Podías habérmela presentado.
¿Presentado? ¡Guau! Esta chica se va a arrepentir mucho cuando recuerde esta conversación.
¡Vete, hazme caso! Lárgate, déjalo ahí plantado.
No vas a conseguir nada, excepto dejar tu dignidad a la altura del suelo.
¡Vete! Deja de llorar, levanta la barbilla, estira la espalda, sal despacio y corre cuando nadie te vea.
—Dime… ¿La conozco?
—No, no la conoces.
—¿Desde cuándo la conoces tú?
—Desde hace poco… un mes.
—¿Un mes? ¿Y no has tenido tiempo de decírmelo antes?
Vaya, esta chica está fatal. Entiendo que está dolida y tenga curiosidad, pero esas preguntas son lo peor que puede hacer. ¿Un mes? Bueno, al menos no le ha dicho un año o una cifra estrambótica.
—Anne, ¡basta! No nos lleva a ninguna parte seguir hablando de ella.
—Yo quiero hablar de ella. Quiero saber por qué has esperado tanto para decírmelo.
—Yo no sabía qué iba a pasar, Anne. Me la presentó Morgan, pero… como a una más.
¡Ufff! Qué mal suena eso. ¡Lárgate, Anne, lárgate! Deja el interrogatorio.
Estoy tan metida en la conversación que cuando soy consciente de ello me siento ridícula. Si hasta estoy sufriendo por la pobre chica.
¡Basta, Ava!, me digo. Esto es ridículo. ¿No será el cóctel el que me está afectando?
El caso es que… sé que esto no tiene sentido, pero me tiene enganchadísima.
Escucho un sonido más intenso. Ella llora. Miro por el hueco con disimulo. Él le acaricia un brazo, pero lo hace como si estuviera tocando un cactus. Ella se echa hacia atrás.
¡Qué tío más frío!
Entonces él desaparece de mi visión. Se ha echado hacia atrás también. Es el momento de que me incorpore un poco para observarlo mejor, pero no funciona.
Me levanto y finjo rebuscar en mi bolso.
Me muevo entre los sillones con naturalidad, sin detenerme demasiado, para encontrar mi ángulo perfecto de visión.
Por el rabillo del ojo veo que él gira la cabeza hacia mí, pero solo dura unos segundos.
Después se gira por completo en el asiento, dándole la espalda a la chica que llora y orientándose hacia la hilera de enfrente, como si algo al otro lado captara su atención.
¡Un momento! Aquí pasa algo.
Él se queda mirando a la del vestido azul, la de la pareja recién salida del funeral.
Ella le devuelve la mirada. Ahí saltan chispas. Aquí pasa algo.
Después, él vuelve a girarse hacia la chica que llora, recuperando su posición frente a ella, y la chica del vestido azul devuelve su atención al hombre que la acompaña, que está cabizbajo. Después, la del vestido azul se levanta y mira en dirección al chico del hoyuelo, pero está de espaldas.
Un segundo después, como si el chico del hoyuelo lo intuyera, se gira y sus miradas se cruzan de nuevo, pero dura muy poco.
La chica de al lado ya no llora. Hace un rato que no pronuncian palabra.
Me voy a aburrir.
¿Dónde está Andrew?
Pero… algo llama mi atención. Algo que ocurre en pocos segundos.
Observo a la chica del vestido azul hasta verla desaparecer en dirección al pasillo que conduce hasta los baños.
El chico del hoyuelo vuelve a girarse, pero al ver que no está se centra de nuevo en la que llora, o…
lloraba. La mira solo unos segundos y después le dice algo que no entiendo, se levanta y se dirige a los baños.
¡No me lo puedo creer! Ya sé lo que ocurre.
El del hoyuelo acaba de decirle a su novia de cinco años que la deja.
La pobre está destrozada, sin dignidad. Le ha dicho que hay otra y que llevan un mes juntos.
Puede que sea la del vestido azul. He visto cómo se miraban.
Están jugando. Ambos han desaparecido en dirección al baño.
El baño es unisex. Es un juego peligroso, excitante.
Y sus acompañantes se han quedado esperando a que acaben su jueguecito. ¡Patético!
Eso es muy ruin, muy cutre, muy sucio.
Repaso los movimientos, convenciéndome cada vez más de que es eso lo que está pasando.
«Menos de quince minutos». Eso es lo que Andrew me acaba de decir que tardará en llegar.
Espero que esto no sea una bromita o algo tan sucio como lo que estoy presenciando.
Él nunca llega tarde a ninguna parte y me sorprende.
Pero confieso que estoy muy entretenida y apenas me he dado cuenta de la espera.
Ni siquiera he pensado en la conversación que vamos a tener ni en lo que he vivido esta tarde en el hospital. Ni en mi madre, ni en mi abuelo…
La chica de al lado, sola, se echa a llorar. Esta vez se escucha claramente. ¿Sigue destrozada por la ruptura o es que también se ha dado cuenta de la jugada de su novio?
No, no puede ser. ¿Quién aguantaría eso? Claro que… no parecía muy dispuesta a salvar su dignidad durante la conversación…
¡Vete! ¿Es que no te has dado cuenta de que se ha largado al baño con otra?
Actúo cuando el llanto es más sonoro.
—Disculpa… No quiero entrometerme, pero… ¿estás bien? —le pregunto inclinándome ligeramente hacia su espacio mientras observo sus ojos enrojecidos.
Me mira con curiosidad y temo que me diga que me meta en mis asuntos, pero no lo hace.
—La vida es una mierda, una auténtica mierda —me aclara mientras solloza y se seca las lágrimas con la mano—.
Cinco años de mi vida y una puñalada. Dejas de importar y ponen a otra en tu lugar.
He estado fuera dos meses y cuando vuelvo me encuentro con esta basura.
¿Y ahora qué? La vida te cambia en un segundo y… y… no sé cómo lo voy a hacer.
Asiento con la cabeza y me atrevo a acercarme un poco y apoyar la mano en su brazo, con cuidado.
—Ya… es terrible —le digo por no mantenerme callada.
Entonces se levanta, se apodera de su bolso bruscamente.
—¿Vas a seguir aquí un rato más?
—Sí —le contesto sin pensar.
—Necesito salir de aquí. ¿Puedes decirle a mi acompañante que me he ido?
«Seguro que lo nota», me digo, pero solo asiento con la cabeza.
Desaparece mientras yo me pregunto si no hubiera sido mejor esperar o enviarle un mensaje. Dejarme el recado a mí no sé si es algo… No importa. ¡Pobrecilla! Está destrozada. ¿Cómo va a pensar con claridad?
Quiero volver a mi asiento, pero necesito comprobar lo que pasa. Sé que esto traspasa toda lógica, pero se ha apoderado de mí una necesidad de cotillear en ese caso que no puedo ignorar.
Me dirijo al baño. Es unisex y casi podría decirse que es un lugar de reunión más del club. La de secretos que guardan sus reservados… Es lujoso, amplio y contiene al menos diez reservados.
En cuanto llego, veo a la chica del vestido azul frente al espejo, lavándose las manos. Está roja como un tomate. Se toma su tiempo para pintarse los labios y arreglarse el peinado.
Luego desaparece. Irá a reunirse con el pobre chico cabizbajo que está con ella.
Yo estoy plantada en el centro, mirando en dirección a los reservados. De los diez, hay solo dos cerrados.
Se abre uno de ellos, el del final, el más amplio, y aparece el del hoyuelo.
¡Confirmado!
¡Menudo cabrón!
Primero uno y luego otro. Deben haberse asegurado de que nadie los veía.
Cuando sale, me mira fijamente y yo a él. Estoy tentada a decirle algo, pero desisto. Entran dos chicas en el baño y aprovecho para marcharme y volver a mi sillón.
Estoy tan sofocada como la chica que se miraba al espejo y me pregunto por qué. Quizás porque la mirada fija de ese hombre me ha inquietado. Quizás solo sea el cóctel y medio que he tomado.
Espero su llegada sentada para darle el recado de su novia, o exnovia…
Y Andrew sin aparecer.
Y yo fisgoneando en la vida de dos desconocidos.
Tomando cócteles.
Estoy un pelín desubicada.