Javier (Romance militar de héroes alfa nº 12) Capítulo cuarenta y tres
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Capítulo cuarenta y tres

Javier

Me senté en el sillón acolchado junto a la ventana, observando a Missy pasear por los jardines con Thena, del brazo.

Me habría encantado pasear por los terrenos con mi Ángel, pero ella había dictaminado que debía descansar.

Me sentía mejor, pero aun así acaté los deseos de Missy porque complacerla era mi definición de alegría, mi nueva noción de felicidad.

Para ser un pobre desgraciado hecho polvo, me sentía tremendamente completo.

Las monjas habían rezado tanto por mí que su Dios probablemente me había concedido una dispensa, pero solo para que dejaran de darle la tabarra.

Missy había rescatado mi alma del infierno, la había remendado y la había cuidado como si fuera suya.

Bajo su cuidado, podía ser un buen hombre y mi alma tenía esperanzas más allá de la condenación.

Sonreí al ver a las dos hermanas Astor con el lago de fondo. Caminaban despacio, con las cabezas juntas, una rubia, la otra pelirroja, mientras hablaban, sonreían y de vez en cuando se reían. Dos hermanas, separadas durante años, ahora volvían a estar juntas.

Por una vez, estaba orgulloso de mí mismo.

Había traído a Missy con Thena, al hogar donde pertenecían.

Nix estaría feliz por eso. También había encontrado un hogar para mí.

El nómada errante que había sido desde que dejé a los Raiders ya no estaba perdido.

Ya no me faltaba propósito ni dirección.

Ahora pertenecía a un equipo, uno sólido, y Missy era mi hogar.

Dondequiera que la vida la llevara, ahí iba a estar yo, caminando justo a su lado, pasara lo que pasara.

Llamaron a la puerta y el rostro serio de Dagger asomó por el hueco.

—¿Todo despejado?

—Todo despejado, jefe —le hice un gesto para que pasara—. Estoy confinado en mi habitación.

—Me enteré —apoyándose en su bastón, entró pausadamente en la habitación, imponente e impecablemente arreglado como siempre.

Me sentí como un vago con mi chándal raído, pero bueno, a Missy le encantaba el look y técnicamente estaba de baja médica.

Omega clavó el bastón en el suelo mientras se dejaba caer en la silla frente a la mía, sin permitirse ni un gesto de dolor.

Por un momento, sus ojos oscuros recorrieron el espacio mientras examinaba la habitación de Missy.

—Recordaba que era rosa y morada. Lo que no recordaba era lo rosa y morada que era.

Solté una carcajada.

—Era una niña por aquel entonces. No me molesta en lo más mínimo.

—Ahora es toda una mujer —Dash miró por la ventana con un toque de nostalgia en los ojos. Esbozó una sonrisa cuando su mirada se posó en las mujeres que paseaban por el jardín, su amante y la mía.

—Parecen felices —murmuró.

—Lo están.

—Aunque sigan en peligro —dijo—. Aunque sea solo por este momento.

—Un momento que pienso alargar hasta el resto de la vida de Missy.

Sus ojos hundidos se posaron en mí.

—Has recorrido un largo camino, Guzmán.

—No tienes que recordármelo, jefe —esbocé una media sonrisa y me encogí de hombros—. Estoy tan sorprendido como tú.

—Nix estaría tan orgulloso de ti, de ella —murmuró Dagger—. Cumpliste con él, Guzmán. Lo hiciste de maravilla.

Tragué el nudo que se me había formado en la garganta.

Omega se enderezó en su asiento.

—Tengo algo que decirte.

—Espera, jefe —levanté la mano buena—. Si es por la broma que le gasté a Bozeman, déjame explicar...

Frunció el ceño.

—¿Qué broma?

—Nada, olvídalo —el jefe no tenía que saberlo todo, ¿verdad?—. ¿Querías hablar de algo?

—Sí —se aclaró la garganta—. Quiero darte las gracias por salvarme la vida.

Joder. No todos los días un currante como yo recibía las gracias de una leyenda como Omega. Casi me quedé sin palabras.

Me hice el tranquilo.

—Habrías hecho lo mismo por cualquiera de nosotros.

—Pero fuiste tú quien actuó —dijo con voz serena—. Tú quien recibió la mordedura en mi lugar. Tú quien cargó con las consecuencias. Y por ahorrarme ese dolor, debo darte las gracias.

—No sé qué decir —me removí incómodo en el asiento—. De nada, supongo.

—Eso vale. Sin embargo...

Ah, sí, aquí venía el «pero» de Dagger, gracias al universo, porque un tipo como yo solo podía aguantar cierta cantidad de elogios de él. Escuchar estos cumplidos de Omega era bueno para mi autoestima, pero de alguna manera, mi ego ya no tenía tanto ego.

—Si vuelves a hacer esa mierda —gruñó Dagger—. Si alguna vez te interpones para protegerme o arriesgas tu vida por mí, te voy a patear el culo.

—Ahí estás, jefe —exhalé un suspiro de alivio—. Sabía que no podrías aguantar mucho sin darme la vara. Entiendo lo que dices, pero supongo que tendré que ir por ahí con el culo morado. Eres mi oficial al mando. Mi trabajo es protegerte. No pienso fallarte.

—Guzmán...

—Solo digo —me encogí de hombros—. Aunque me vendría bien que te mantuvieras alejado de las serpientes venenosas. El zoo queda prohibido. No quiero volver a ver una de esas en lo que me queda de vida.

—En eso estoy de acuerdo —hizo una pausa y, con la mirada puesta en las mujeres, murmuró—: Sin embargo, la misión aún no ha terminado.

—Lo sé, y le prometí a Missy que íbamos a encontrar a Cece y Affie.

—Y eso es exactamente lo que vamos a hacer —asintió.

Se hizo una pausa incómoda. Ambos seguimos con la mirada a nuestras mujeres mientras se detenían junto a los rosales recién plantados en la parte trasera del jardín, arbustos escuálidos aún sin flores.

Thena los había plantado en memoria de su madre y ahora Missy iba a estar allí para ayudarla a cuidarlos.

—Tú y yo —murmuró Omega—. Somos un par de bastardos con suerte.

—Afirmativo, señor. —No podía discutir con la verdad.

—Muy bien, eso es todo por ahora.

Dagger se levantó de la silla y cruzó la habitación sin prisa. Se detuvo en la puerta y se volvió hacia mí, con el rostro pensativo.

—Lo demostraste.

Arqueé las cejas.

—¿Demostré qué?

—Que la amas.

—¿Cómo no iba a amarla?

Miré por la ventana.

—Es la luz en mi oscuridad. El sueño que nunca me atreví a soñar.

El consuelo que nunca tuve. La guardiana de mis pesadillas.

La dueña de mi corazón y la única persona en el mundo que conoce mi alma.

Joder, la única persona que creyó que tenía alma cuando yo mismo no estaba seguro, y la única mujer que pensó que valía la pena salvarla.

Dagger arqueó las cejas.

—No sabía que te iba la poesía.

—No me va, pero Missy... ella me hace querer soltar mierdas así en voz alta.

—Es el centro de tu mundo, desde luego.

Dagger esbozó una sonrisa dolorida.

—Sé lo que se siente.

—Entonces entiendes cómo ha cambiado mi vida... para mejor.

Nuestras miradas se desviaron una vez más hacia las mujeres que amábamos.

—Hermanas.

Omega volvió a aclararse la garganta.

—Supongo que eso nos convierte en hermanos.

—¿Te refieres a hermanos de armas?

—Lo somos, lo hemos sido desde que llegaste al Equipo Rastreador, aunque te costó aceptarlo.

No se equivocaba.

—Pero ahora somos hermanos a través de hermanas.

Su poderoso pecho se hinchó al respirar hondo.

—Familia por elección.

—Hermanos a través de hermanas.

Joder. Tenía razón.

—Familia por elección.

La magnitud de lo que acababa de decir me hizo levantarme de la silla y cuadrarme.

—Es un honor que no merezco, señor, pero me comprometo a ganármelo.

—Déjate de «señor».

Omega sonrió de verdad.

—Ahora somos civiles. Nunca pensé que te diría estas palabras, Guzmán, pero con Nix ausente, el deber recae en mí.

—¿Qué deber?

—El de darte la bienvenida a la familia.

Parpadeé y la puerta se cerró con un chasquido suave.

Omega se había ido.

Me dejé caer en la silla y respiré, simplemente respiré.

Me costó aceptar las palabras de Dagger, asumir los nuevos privilegios y responsabilidades que recaían sobre mí.

El universo me había dado una oportunidad única de redención.

Nunca podría pagarle a Nix su sacrificio, pero podía amar a su hermana con todo mi corazón y proteger a su familia con todo lo que tenía.

Cuando las palabras de Omega por fin se filtraron en mis venas y se disolvieron en mi torrente sanguíneo, mi alma no se sintió pesada. Se sintió ligera y fresca, ansiosa por afrontar el desafío. Eché la cabeza hacia atrás y solté una carcajada.

—¿Oíste eso, Nix?

Alcé el rostro hacia el cielo.

—Ahora somos familia.

No hubo respuesta, por supuesto, pero en mi cabeza vi a mi amigo sonriendo con un horizonte en llamas de fondo.

***

Missy

Abrí la puerta y, haciendo equilibrios con la bandeja que llevaba un vaso de leche y un plato de galletas calientes, entré en mi dormitorio.

Si volver a la mansión me había exigido un ajuste mental importante, la visión de Javier atrincherado en mi torre, rodeado de papel pintado de damasco rosa y alfombras florales, era un impacto aún mayor.

No podía quitarle los ojos de encima.

Estaba tumbado sobre el edredón de seda, completamente desnudo, enmarcado por el encaje de los doseles que colgaban del techo.

Su cuerpo cincelado y su musculatura contrastaban en todos los sentidos con los cojines con volantes y el cabecero de terciopelo púrpura que en otro tiempo había presidido la habitación.

Usé el tiempo pasado porque mi novio desnudo, sexy, magnífico, magníficamente dotado, le había robado a la cama su papel de punto focal en cuanto llegó. Ahora mismo, mi esplendor hecho carne y su polla dominaban el espacio.

Mi rostro —todo mi cuerpo— ardió en llamas. Mis ojos se deleitaron con su erección. Me dolían los pezones, la boca se me hizo agua y el coño se me apretó tan fuerte que casi se me cae la bandeja.

—Como puedes ver, el rosa y el púrpura me sientan bien.

Cruzó los brazos detrás de la cabeza y señaló con la barbilla hacia su generosa erección.

—Eso lo veo perfectamente.

Me reí, admirando la prueba de su afirmación, deseándola dentro de mí.

—La modestia nunca será un problema para ti.

—Ven a buscarla —bromeó, meneando un poco las caderas.

—Te he traído galletas.

—Luego.

La intensidad de sus ojos me encendió la mecha.

—Las galletas son para el postre. Tú eres el plato principal.

—Debes de estar muerto de hambre.