Capítulo cuarenta y tres #2
El coño se me apretó tan fuerte que tuve que dejar la bandeja, pero últimamente yo podía provocarlo tan bien como él a mí, así que, poniendo mi mejor cara de mosquita muerta, incliné la cabeza y pestañeé.
—¿Estás hambriento de esta servidora?
—Ya lo creo.
Esbozó una sonrisa pícara y me hizo señas con el dedo.
—Ven aquí.
—Un momento.
Ya estaba hirviendo ahí abajo, pero primero necesitaba aclarar un pequeño asunto.
—Mmm.
Me di golpecitos en los labios con los dedos y, haciéndome la difícil, fingí estudiar el dormitorio circular.
—Puede que tengamos que redecorar nuestra torre para que refleje mejor nuestro estilo.
—¿Nuestra torre? —Se quedó boquiabierto y la polla le dio un respingo.
Arqueé las cejas, interrogándolo.
—¿A menos que tengas alguna objeción a que vivamos juntos en nuestra torre?
—Ninguna en absoluto —se apresuró a decir—. Iba a preguntarte si querías mudarte arriba conmigo, pero a mí me encantan las torres. Son fuertes, robustas y duraderas.
—Como cierta parte de ti que ahora mismo está a la vista —me senté en el colchón junto a él, me incliné y le di un beso lento en los labios, sintiendo cómo el ardor pasaba de hervir a chisporrotear. Dios, las cosas que este hombre me hacía.
Me atrapó la boca y me devolvió el beso.
—Rosa o morado, con torre o sin ella, voy a dormir donde tú duermas... si es que alguna vez llegamos a dormir de verdad.
—Me gusta cómo suena eso —solté una risita contra su boca—. ¿Puedo preguntar si tienes algo perverso en mente?
—Muy perverso —atrapó mi labio inferior y lo mordió con suavidad.
—¿Estás seguro de que estás listo para esto? —pregunté—. Has mejorado muchísimo, pero los médicos dijeron que deberías descansar.
—La única medicina que necesito eres tú.
Deslicé una mano por su pecho firme y recorrí los cuadros de su abdomen.
—Sabes exactamente qué decir para hacerme arder y derretir.
—Me basta con que existas para ser feliz —su siguiente beso fue pura pasión, labios y lenguas, avivando mi fuego hasta que mis bragas quedaron empapadas—. Así que —murmuró al terminar el beso— ya han pasado suficientes días desde que te pusieron el anticonceptivo en el hospital.
—Has estado contando los días —nuestros ojos se encontraron y la necesidad que compartíamos ardió entre nosotros—. ¿Estás en modo cuenta atrás?
—Piel con piel —susurró—. ¿Vas a hacer mis sueños realidad?
—Cuando me miras así —susurré entre más besos—, ¿cómo voy a negarme? Además, te he echado muchísimo de menos.
Su sonrisa sexy me recorrió el cuerpo como una melodía erótica, haciéndome estremecer.
—Ayuda a este adorador con una sola mano a desnudarte, por favor.
Recorrió mi boca con la suya mientras me desnudaba lentamente, con mi ayuda, por supuesto.
Primero cayó mi camisa, luego mi falda, seguida del sujetador.
Sus ojos me devoraron como si fuera su propia maravilla.
Hundió la cara en mis pechos, lamiéndolos mientras me bajaba las bragas, que acabé lanzando por encima del hombro.
—No puedo permitir que me eches de menos —me mordisqueó el lóbulo—. Eso sería un crimen, abandono de alma gemela. Mientras me desees, nunca te vas a quedar sin... eso, quiero decir, sin mí.
—Oh, te deseo —le pasé la lengua por el cuello y le rocé la garganta con los labios—. Te deseo tanto que mi coño quiere que te diga todo tipo de cosas sucias y guarras.
—Cuéntamelas —me rodeó con los brazos y, usando la mano buena, paseó sus dedos hábiles por todo mi cuerpo.
Le susurré todo tipo de guarradas cariñosas y observé encantada cómo su erección reaccionaba.
Me dejé llevar por el mundo de sus caricias exquisitas.
La habitación daba vueltas a mi alrededor mientras repasábamos algunas de esas deliciosas lecciones que me había dado.
En algún momento, acabamos con las bocas el uno en el otro en lo que él llamó un suculento sesenta y nueve.
Cuando ya no pude más, me di la vuelta, me senté a horcajadas sobre él y lo miré a los ojos luminosos.
—Ángel arriba —anunció con expresión seria, y descubrí que cada parte de mí podía reír y palpitar de deseo insoportable al mismo tiempo: los labios, la garganta, los pezones, el coño.
—No puedo esperar más —lo guié hacia mi interior empapado.
—Yo tampoco —de una sola embestida, me llenó por completo.
—Oh, Dios, sí —gemí. Ningún látex separaba nuestras pieles. Era una sensación embriagadora que me hacía jadear de placer.
—Exquisito —murmuró, con los ojos brillantes fijos en mi rostro mientras yo movía las caderas—. Missy Astor, sabes cuánto te amo, ¿verdad?
—Oh, lo sé —me incliné sobre él y murmuré contra su boca—. Y tú deberías saber que te adoro y que eres mío de por vida.
—De por vida —asintió justo antes de besarme y embestir con fuerza.
El placer era él. La alegría significaba tenerlo dentro de mí. No había lugar más seguro para mí que entre sus brazos, ni espacio más libre para mi alma que al refugio de su enorme corazón.
Me hizo el amor, lentamente al principio y con fiereza muchas veces después.
Me enseñó que todavía tenía mucho que aprender y me recordó lo placentero que se volvía el aprendizaje cuando implicaba nuestros cuerpos.
Para cuando nos calmamos, la tarde había llegado a su fin y las primeras estrellas asomaban en el cielo.
Estaba saciada y plena, con su semilla, con su confianza, con su amor.
Me recosté sobre su pecho y observé cómo el sueño se apoderaba de sus rasgos. Parecía más joven cuando dormía, su rostro de belleza ruda se volvía juvenil e inocente de una manera que solo yo comprendía.
El día que conocí a Javier Guzmán, mis sueños me habían desviado del camino, sin duda, pero de la mejor manera posible. Habíamos superado el desastre y salido vivos del otro lado, maltrechos pero no derrotados, más fuertes y cambiados para bien.
Confiaba en mí misma, en mis sueños y en Javier. Quien dijera que los sueños no se cumplen no tenía ni idea. Ya no tenía miedo de soñar. De vivir mis sueños. De ser una caminante de sueños, fuera lo que fuera lo que implicara mi don.
Era libre de ser yo misma.
Cerré los ojos y pasé un brazo sobre mi amante, entregándome al mundo interior. Soñé con el futuro, con los desafíos que nos esperaban y con la vida que iba a construir con el hombre de mis sueños.