Capítulo cuarenta y dos
Missy
Después de tres años fuera, vi Astor House por primera vez desde la parte trasera del Land Rover que nos recogió en la pista de aterrizaje.
Bajo la luz de los faros, las enormes puertas de hierro se abrieron, dividiendo por la mitad la «A» ornamentada del centro.
En la oscuridad de la noche, la pequeña caravana de vehículos aceleró por el camino.
En lo alto de la colina se extendía la enorme mansión de mi padre, una monstruosidad ostentosa y caótica que combinaba todos los estilos arquitectónicos grandiosos habidos y por haber en una de las fincas palaciegas más grandes y extravagantes de Estados Unidos.
Iluminada por una luna tenue y enmarcada por las majestuosas Montañas Rocosas, la mansión se alzaba en el centro de un valle pintoresco, dominando un jardín escalonado y un vasto lago azul.
Cuatro torres macizas se elevaban hacia el cielo nocturno y anclaban el edificio, cada una con las habitaciones asignadas a una de sus cuatro hijas. Una de esas torres era la mía.
La vista era agridulce. Los recuerdos de las risas de mis hermanas compartían espacio en mi cabeza con los ecos de la ira de mi padre. El viejo nervio vago se rebeló. Respiré hondo y lo puse en su sitio.
Javier, sentado a mi lado, me apretó la mano.
—¿Estamos bien?
Antes de que pudiera responder, el vehículo se detuvo bajo el pórtico.
Nuestro pequeño grupo atravesó las enormes puertas medievales, avanzó entre las armaduras por el oscuro corredor y salió a la luz que derramaban las arañas de cristal sobre el atrio, grande como un salón de baile, donde nos habían obligado a todas a aprender el maldito vals.
—¡Sorpresa!
El coro alegre resonó en el enorme espacio.
Las dimensiones grandiosas de la sala, la enorme escalera de piedra y los balcones dorados que lo dominaban hacían parecer pequeña la mesa del centro, que no lo era en absoluto.
Estaba repleta de bebidas y bandejas escalonadas de comida, rodeada de rostros familiares.
Pegado al mantel había un cartel escrito a mano que decía Bienvenida a casa.
—Tú.
Dash señaló a Javier y luego a la silla en un extremo de la mesa.
—Siéntate.
Javier puso los ojos en blanco, pero cedió.
Con la mano en el cabestrillo y flanqueado por Kai y por mí, se acomodó en la silla.
Aquello pareció ser la señal para que comenzaran las celebraciones.
El resto del equipo se abalanzó hacia delante.
Las conversaciones y las risas resonaron por toda la casa mientras todos intercambiaban saludos.
El equipo atacó el festín como una manada feroz en pleno frenesí alimenticio.
Por un momento, me quedé allí de pie con la mano en el hombro de Javier, como si lo protegiera de mis fantasmas.
A pesar de lo tarde que era, un fuego rugía en la chimenea gigante. Su luz se reflejaba en las baldosas de mármol blanco y negro y calentaba no solo el espacio, sino también mi interior. Las bromas y risas del equipo resonaban a mi alrededor como música, despertando otros recuerdos.
Con los ojos de la memoria, vi a Thena y Cece practicando sus pasos de ballet en medio del vestíbulo.
Recordé a Affie haciendo el payaso, fingiendo un estriptis mientras bajaba las escaleras, y a las demás muertas de risa.
Recordé a Nix y Dash, acaloradas y sudorosas, desparramadas sobre las baldosas frescas después de una carrera de dieciséis kilómetros en un día de verano.
Caí en la cuenta de que, hasta ese momento, había tenido miedo de volver a Astor House, de los recuerdos espantosos y del frío que se me metía en los huesos cada vez que pasaba tiempo aquí.
Cuando era niña, la mera visión de mi padre, con su ira a punto de estallar, acechando esta enorme casa me hacía temblar, acobardarme y llorar.
Pero ahora no tenía ganas de llorar. Incluso rodeada de estos hombres grandes, fuertes y poderosos, me sentía segura, dueña de mí misma y capaz de mantenerme firme.
El viejo miedo había desaparecido de mi alma. Al mirar a los hombres del Equipo Rastreador, al ver a Javier tal como era, supe la verdad. Había hombres buenos en el mundo, hombres que valoraban a las mujeres como iguales, dispuestos a embarcarse en la peligrosa aventura del amor.
Javier tenía razón. Con el Equipo Rastreador instalado en la mansión, algo había cambiado. La casa resultaba acogedora y esperanzadora. Era como si el lugar hubiera evolucionado con los tiempos y cambiado junto conmigo.
—¡Missy!
Sandy me envolvió en sus brazos con una sonrisa radiante.
—¡Por fin estás en casa!
Sandy había sido nuestra ama de llaves desde siempre.
Ahora gestionaba la finca. Su cabello oscuro se había vuelto gris, pero la misma fuerza de carácter permanecía en su figura alta y su rostro largo y delgado.
Su marido, Cook, fue el siguiente en abrazarme.
El hombrecillo regordete era el chef de la casa.
Me puso en la mano un pequeño plato dorado coronado con un pastelito decorado.
—Tu favorito —dijo con su acento británico, y su sonrisa me hizo sonreír—. Tarta de fresa. Y para usted, señor.
Colocó otro plato ante Javier, con galletas cuidadosamente apiladas.
—Todavía están calientes del horno.
Javier cogió una galleta y se la metió en la boca.
—Cook, eres el mejor.
Una belleza de piel cobriza y cabello rubio ocupó el lugar de Cook y plantó un beso en la cara de Javier. Una pequeña punzada de celos me recorrió. Bueno, no tan pequeña. Me sentía como una loba alfa lista para luchar por su pareja.
—Bienvenido, Goofman —dijo la mujer—. Supongo que ahora eres de la realeza por aquí.
Cogió los lados de su falda gitana e hizo una reverencia burlona antes de provocarlo con una sonrisa juguetona.
—Admito que me tuviste preocupada, unos sesenta segundos. Seguro que la serpiente vomitó después de morderte. Es broma —se apresuró a añadir cuando fruncí el ceño—. Seguro que estás delicioso.
—Esta preciosidad con cerebro es Mina Moses —Javier señaló a la mujer—. Como sabes, Mina es nuestra brillante jefa de ciberrastreo.
—Brillante está bien, aunque podrías haber añadido guapa y extraordinaria, ya sabes, para hacerme quedar bien.
La mujer me estrechó la mano con energía, haciendo tintinear todas las pulseras y brazaletes que llevaba.
—Te escondiste bien, chica. Respeto.
—Fue ella quien te encontró —me recordó Javier.
—Sí.
Se me iban a caer los dedos si seguía sacudiéndolos así.
—Gracias.
—No hay de qué.
Me dedicó otra sonrisa radiante, cogió el pastelito de mi plato y le dio un buen mordisco.
—No te enfades —dijo con la boca llena—. Hay muchos más. Siempre podemos compartir.
—El pastelito, quizás —miré a la mujer frente a mí—. A Javier no.
Por un instante se quedó rígida. Luego estalló en carcajadas.
—Y yo que pensaba que serías blandita, ya sabes, fácil de moldear. Pero eres feroz, chica. Eres como una leona. Me encantan tus colmillos. Eres auténtica.
—Veo que ya conoces a Mina —Thena nos pasó un brazo por encima a cada una, acercándonos—. Desde que llegó, ha sido mi salvavidas.
—No sé yo eso —Mina se sonrojó, igual que yo, y sentí una conexión instantánea con una mujer cuya piel también la delataba—. Soy un poco salvaje, pero te acostumbrarás a mí.
—Me gusta lo salvaje —sonreí—. Yo voy camino de serlo.
—Chica, eres la monda —Mina se rio un poco más antes de ponerse seria—. Goddess te echaba muchísimo de menos. Me tiene siempre provista de ánimos y dulces. Lo menos que podía hacer era encontrar a su querida Missy.
—Gracias por estar ahí para mi hermana cuando yo no pude —le sonreí.
—Me encantan las reuniones familiares —parpadeó para contener las lágrimas—. En cuanto a tu advertencia de no compartir a Javier, quédatelo. Yo tengo mi propio bombón —agitó un brazo en el aire—. Y aquí viene. ¡Ta-chán!
—¡Trev! —exclamé cuando se acercó en su elegante silla de ruedas—. Qué alegría verte. Estás...
—¿Para morirse de bueno? —interrumpió Mina, dejándose caer en su regazo—. ¿Guapo como el diablo? ¿Espectacular como un semidiós? Pues sí, es todo eso y más. Y es muy mío.
Riéndome de las payasadas de Mina, abracé a Trevor Marks, uno de los mejores amigos de mi hermano y de Dash.
—No me puedo creer que estés aquí. Tienes muy buen aspecto, se te ve feliz. ¿Te ha hecho esto esta borde?
—Culpable de todos los cargos —Trev me soltó y sonrió a su devota esposa antes de volver a mirarme—. Me alegro muchísimo de que hayas vuelto, Naricita. Tú también, Goof. Creo que King os ha preparado una sorpresa.
—No es por nada, pero ya hemos tenido sorpresas para toda una vida —Javier arqueó las cejas.
—Esta es buena —Trev giró la silla de ruedas.
—Os gustará —nos aseguró Kai—. Sin reptiles. Señoras, ¿hacéis el favor?
La hermana Janet y la hermana Elsa salieron a la luz y se acercaron bamboleándose con sus hábitos negros. Chillé de alegría y fui a su encuentro.
—Que las madrugadas os sean propicias —la hermana Janet me abrazó con fuerza antes de soltarme y examinarme con su mirada astuta—. Me alegra ver que nuestra criatura está bien.
—Bendito sea tu corazón, Missy —la hermana Elsa localizó mis pies con el bastón y me abrazó antes de que enlazáramos los brazos y regresáramos junto a Javier—. Lo lograsteis todos, alabado sea el Señor.
—Maldito bribón —la hermana Janet agitó un dedo regordete hacia Javier—. Nos diste un susto de muerte, grandullón. ¿Te creías San Patricio expulsando a las serpientes de Irlanda? Se acabaron las serpientes para ti, muchacho.
—Créame, hermana —Javier se inclinó en la silla y rodeó a la pequeña monja con el brazo bueno—. Estoy feliz de estar vivo. Demonios, hasta me alegro de volver a verla, Tartita de Cereza.
La hermana Janet soltó una carcajada y se hizo a un lado para que la hermana Elsa tuviera su turno con Javier. Nos tomó de las manos y las apretó con fuerza.
—Sabía que esta olla encontraría su tapa.
—Estoy tan feliz de volver a veros —dije, incapaz de borrar la sonrisa de mi cara—. Pero ¿qué demonios hacéis aquí?
—Yo las invité —dijo Kai, con el rostro extrañamente hermético.
—Esta casa necesita oraciones —la hermana Janet esbozó su sonrisa torcida.
—Estamos aquí para asegurarnos de que todos las recibáis —añadió la hermana Elsa—. Hemos montado una pequeña capilla en el spa.
—Bueno, quizá podáis rezar y recibir un masaje a la vez —bromeó Javier.
Cuando las risas se apagaron, Kai habló:
—Las traje aquí para protegerlas.
—¿Para protegerlas? —fruncí el ceño—. ¿De quién?
Como nadie respondió, las palabras me salieron solas:
—El NWO y Xao Li. ¿Me equivoco?
La fiesta de bienvenida había terminado. Todos los rostros de la sala se ensombrecieron. Había pensado que las monjas estarían a salvo tras los muros de su convento. Me había equivocado.
—Reunámonos en la biblioteca —sugirió Dash—. Hermanas, Sandy, Cook, gracias por esta maravillosa bienvenida. Disculpadnos, tenemos que ponernos a trabajar.
—Por supuesto —respondió Sandy en nombre de todos—. Estaremos en la cocina si nos necesitáis.
Dash y Thena nos guiaron hasta la biblioteca. A juzgar por la cantidad de pantallas y portátiles que abarrotaban el lugar, la biblioteca se había convertido en el cuartel general del Equipo Rastreador.
Cuando todos estuvimos sentados alrededor de la mesa de reuniones, Javier miró de Kai a Dash:
—¿El NWO amenazó a las monjas?
—Intentaron secuestrarlas —dijo Kai—. Cuando no lo consiguieron, recurrieron a aterrorizarlas.
—¿Las amenazaron? —pregunté con un hilo de voz.
—No solo a ellas —dijo Dash—. También a ti y a Javier, a todos nosotros, en realidad.
—¿Cómo? —gruñó Javier.
—Alguien nos dejó un «regalo» en el altar.
—¿En el convento? —pregunté.
—Me aseguré de que el convento estuviera a salvo —explicó Kai—. No pudieron entrar allí ni tampoco en los servidores de BB. Así que quien entregó el mensaje de Li lo dejó en la catedral de la ciudad, después de una misa que habían organizado las hermanas.
Tragué en seco. Varias personas soltaron maldiciones en voz alta.
—Así que las hermanas encontraron el mensaje —concluyó Javier, y Kai asintió.
—¿Qué dice? —pregunté.
Dash le hizo un gesto a Mina, que sacó una pequeña tableta.
—Sin huellas. Sin direcciones IP. Imposible rastrear nada. Y tampoco hay rastreadores que puedan localizarnos.
—Hicimos un barrido completo —añadió Trev.
—Básicamente es una carcasa vacía —dijo Mina—. Solo muestra un mensaje. Uno permanente.
Javier tomó la tableta de manos de Trev. Todos nos apiñamos a su alrededor. La tableta mostraba un mensaje que se desplazaba como un teletipo. Equipo Rastreador, se os acaba el tiempo. Traédmelo antes de que la cuenta atrás llegue a cero o ella morirá.
—¿Quién es «ella»? —preguntó Thena con voz temblorosa.
—No lo sabemos —dijo Dash—. Podría ser Affie. O Cece. Li podría estar faroleando. O no.
—Dios mío.
Se me cayó el alma a los pies y sentí cómo se me helaba la sangre.
Javier me pasó el brazo por los hombros y me atrajo hacia él.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó.
—Dos semanas —dijo Mina—. Ya menos.
—El cabrón no nos dice qué es «eso».
Javier contempló el mensaje en sus manos.
—¿Cómo se supone que le llevemos algo si no sabemos a qué se refiere?
—Asume que lo sabemos —caí en la cuenta.
—Ese es el problema —Thena hizo una mueca—. No lo sabemos.
Finn maldijo entre dientes. Matt resopló. Micah apretó la mandíbula.
—Yo digo que le demos algo —propuso Javier.
—¿Algo como qué? —pregunté.
—No lo nombró —señaló Javier—. Nosotros tampoco tenemos que nombrarlo.
—Podemos ganar tiempo fingiendo que vamos a cumplir —Kai captó el plan de Javier.
Javier dejó la tableta sobre la mesa.
—Exactamente. Mientras tanto, podemos encontrar a Cece y Affie, y averiguar qué demonios quiere Li de nosotros.
—Pero ¿cómo contactamos con un cabrón al que no se puede localizar? —preguntó Micah.
—Dejádmelo a mí —dijo Mina con una sonrisa de suficiencia.
—A nosotros —intervino Trev—. Solo redactad un mensaje y lo entregaremos.
—¿Qué tal con una bala en la cabeza? —sugirió Finn.
Matt soltó un bufido.
—Encuentra al hombre invisible y podrás ser nuestro mensajero.
—La pregunta más importante es: ¿cómo sacamos a Cece y Affie del peligro? —les recordé a todos, mientras la urgencia me recorría el cuerpo en oleadas de ansiedad.
—Estamos trabajando sin descanso para localizarlas —dijo Mina.
Javier me susurró al oído.
—Las encontraremos. Ya lo verás, Ángel. Las encontraremos antes de que se acabe el tiempo.