Javier (Romance militar de héroes alfa nº 12) Capítulo cuarenta y uno
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Capítulo cuarenta y uno

Javier

Parpadeé, con los párpados pesados. Tardé un momento en orientarme, pero bajo las luces ambientales atenuadas, reconocí los paneles oscuros y la madera pulida del jet de nuestro equipo.

Estaba tumbado en la cama del compartimento trasero, bien arropado bajo las sábanas.

Tuve que hacer un esfuerzo para recordar los últimos días.

Esos malditos cócteles de medicamentos siempre me dejaban atontado de cojones.

Esa misma mañana, los médicos por fin me habían dado permiso para volar. Una hora después, el jet estaba en la pista listo para despegar, y Dagger nos había arreado a todos como si fuera un auténtico pastor alemán. Estábamos en el aire antes del mediodía.

El jefe tenía recursos. Incluso teníamos jets armados escoltándonos durante todo el trayecto para asegurarnos de que el NWO no nos la jugara. El objetivo de Omega era poner a salvo a Missy, Thena y al resto del equipo.

Yo secundaba la moción.

Nada más subir, me habían mandado al dormitorio de la parte trasera del avión. Por mucho que me quejé, no conseguí quedarme en la cabina con el equipo. Entre Dagger y Missy, me habían ganado la partida. Tampoco era para tanto. Me había quedado frito en cuanto toqué el catre.

Los últimos días en el hospital habían sido una lucha constante.

Incluso con el antiveneno haciendo efecto, el dolor había sido agudo y persistente.

Los médicos me repitieron al menos cien veces que tuve suerte de que mis amigos me llevaran al hospital a tiempo.

Como si no supiera que casi habían dado la vida por mí.

El día que me uní al equipo, me tocó la lotería.

El rostro y la voz de Missy habían sido mi compañía constante mientras luchaba contra los intentos de mi cuerpo por apagarse. Había estado pegada a mi lado durante todo el calvario.

—Eh, Goof. ¿Estás despierto? —el susurro de King precedió al momento en que su rostro se enfocó ante mí—. ¿Cómo vas, tío?

—Diría que bien, ahora que estoy fuera del hospital y vamos de camino —me froté los ojos con la mano buena y levanté la vendada—. Conservé todos los dedos y la polla, además. Agarrar y follar. Lo considero una victoria.

King soltó sus risitas quedas.

—La tuya es una polla diminuta, pero menos da una piedra.

—¿Dónde está Missy? —pregunté—. ¿Está bien?

—Compruébalo tú mismo, Romeo —King señaló con la barbilla.

Giré la cabeza y encontré a Missy acurrucada entre la pared de paneles y yo. Su cabello rojo se derramaba sobre las sábanas. Tenía la piel del rostro aún más pálida de lo habitual, y unas ojeras oscuras marcaban sus ojos cerrados.

—Quería que la despertara cuando tú despertaras —dijo K-man en voz baja.

—Nah, déjala dormir —dije—. Necesita descansar.

—Desde luego, tío —dijo King—. ¿Te traigo algo?

—Un whisky estaría bien.

—¿Qué tal un poco de hidratación electrolítica?

—Suena de maravilla.

—Te lo traeré, pero solo porque lo has pedido con educación —cogió una de las botellas alineadas en el escritorio detrás de él, la abrió y me la pasó.

Le di un trago e hice una mueca.

—He probado aguardiente que sabe mejor que esto.

—Tus días de abusar del alcohol quedaron atrás.

—Tienes razón —miré la botella que tenía en la mano—. Pero ¿sabes qué?

—¿Qué?

—Me parece bien, y también cualquier mierda que haya en esta botella, siempre que me ayude a recuperarme para poder cuidar de ella —miré a Missy y di otro trago.

—¿Dónde está Goof y qué has hecho con mi amigo? —bromeó King—. Exijo que me lo devuelvas. Aunque pensándolo bien, que le den. Este Goof me gusta más.

Me reí entre dientes y, por una vez, no me dolió.

—Ahí tienes a tu campeona —señaló a Missy con un dedo largo—. Esa tía es una fuerza de la naturaleza.

—Y que lo digas —sonreí mirándola—. Mi mujer es una fuerza de la naturaleza.

—¿Qué se siente al tener eso, al decirlo?

—¿Decir qué?

—Mi mujer.

—Se siente bien, tío, muy bien. Lo recomiendo totalmente.

—Mira a nuestro Goof, todo crecidito y esas mierdas.

—Solo estás celoso.

—Puede que un poco. Hace tiempo de eso, pero todavía recuerdo lo que se siente.

—Joder —maldije—. Lo siento, K-man. Me enteré de lo de tu chica.

Apartó la mirada.

—No hablas mucho de ella —me aventuré.

—Se fue —se encogió de hombros—. No hay nada que contar. Ahora te toca a ti. Me alegro por ti.

—Gracias, tío —los párpados se me cerraban—. Malditos cócteles de medicamentos. Me dan un sueño...

—Vuelve a dormir. Nos queda un buen trecho y me han dicho que hay noticias esperándonos cuando lleguemos. Estaré aquí fuera. Llámame si me necesitas.

—Vale.

Se levantó y se detuvo junto a la puerta.

—¿Y Goof?

—¿Sí?

—La vida es corta —las sombras de la tristeza velaron los ojos de K-man—. Aférrate a esa mujer con todas tus fuerzas.