Capítulo veintisiete
Javier
El amanecer despuntó en el horizonte lejano, marcando el comienzo de un día dedicado casi por completo a poner orden.
Trabajamos con Allen para restaurar la seguridad, las comunicaciones y atar cabos sueltos.
Encontramos y liberamos a Pedro. Estaba avergonzado por haber caído en la trampa de Rozina, pero físicamente ileso.
Missy parecía agotada y, aun así, cumplió con su parte a pesar de las ojeras.
En algún momento, bajamos a la oficina de Allen y presenciamos los trámites legales previos a la liberación condicional de Rozina.
Una vez que sacaron a Rozina de las instalaciones y confirmamos que iba de camino a Estados Unidos, le conté a Missy la verdad sobre la llamada de advertencia de Bozeman y sobre King y las monjas, que se habían puesto en marcha. Se lo tomó mucho mejor de lo que esperaba.
—Confío en que Dash y Thena pueden con cualquier cosa juntos —me dijo—. En cuanto a las monjas, aunque acabo de conocer a Kai, les confiaría la vida. Por favor, la próxima vez, cuéntamelo todo, sea bueno o malo.
Su ecuanimidad era admirable, y le prometí que así lo haría.
Después, Missy y yo devoramos un almuerzo tardío.
Solo cuando anunció que no le cabía nada más, volvimos a la casa del árbol arrastrando los pies.
El servicio de limpieza había ordenado la habitación en nuestra ausencia.
Tras ducharse, Missy no podía con su alma.
Durmió una larga siesta. Pasé lo que quedaba de la tarde reforzando la seguridad del resort y de la suite, recolocando las cámaras y cambiando las pilas de los detectores de movimiento.
Llevábamos aquí seis días. Seis días que lo habían cambiado todo. Un suspiro en el transcurso de una vida y, sin embargo, algo se había transformado en mí, un giro profundo que me hacía cuestionarme quién era, quién quería ser.
Tácticamente, ya era hora de movernos, pero tenía órdenes estrictas de no moverme de allí.
Intenté contactar con King, pero no respondió.
Incluso intenté enviarle un mensaje a Mina a través del videojuego encriptado que King había usado.
Nada. Era un pequeño consuelo que hubiera sido Rozina, y no Bekker, quien viniera a buscar a Missy.
La próxima vez podríamos no correr la misma suerte.
No pensaba arriesgarme, así que tripliqué la guardia para esa noche.
Los desplegué de forma que quedaran ocultos entre la vegetación al pie de la colina, creando un cordón humano impenetrable que respaldara mi tecnología.
También me aseguré de que los guardias quedaran fuera del alcance visual y auditivo de la terraza trasera de la casa del árbol.
La noche anterior habían interrumpido bruscamente las lecciones de Missy, y ahora tenía planes de terminar lo que habíamos empezado.
Preparé todo con esmero antes de ducharme, afeitarme y ponerme la ropa más elegante que encontré en la maleta. Tenía otro objetivo que cumplir ese día y nadie, ni siquiera el NWO, iba a impedírmelo.
Cuando Missy despertó, yo estaba sentado en la terraza a la luz de las velas.
Me levanté cuando salió descalza, con un vestido de algodón blanco y nada más.
La brisa le mecía suavemente la melena y jugueteaba con su falda.
La tela fina y suelta no ocultaba nada, dejando entrever las curvas de su delicado cuerpo, los círculos oscuros de sus pezones marcándose bajo el vestido y el pequeño triángulo de vello púbico en lo alto de sus muslos.
Sabía que ese triángulo era tan pelirrojo como su cabello.
Coronaba un coñito húmedo, apretado y receptivo que adoraba mi lengua, que sabía a crema y mantequilla, y olía a gloria.
Recordaba cómo su cuerpo me había recibido y cómo sus paredes se habían contraído alrededor de mis dedos cuando se corrió.
Mi polla despegó como un cohete. Hice un esfuerzo supremo por no tumbarla sobre la mesa y follármela hasta perder el sentido allí mismo. Eso estaría mal. ¿Verdad? Sería desconsiderado, egoísta y poco amable. Respiré hondo para calmarme.
Tranquilo, marine.
Ella recorrió con la mirada las velas y el champán en su cubitera plateada junto a las copas, hasta que sus ojos se posaron en mí. Esbozó una pequeña sonrisa.
—Estás muy guapo de lino blanco.
—Estás perfecta con ese vestido —aunque lo que quería era arrancárselo.
Se sonrojó y señaló la mesa con un gesto.
—¿Qué es todo esto?
—Como comimos tan tarde, pensé que solo necesitaríamos picar algo esta noche. —Descorché la botella y, tras llenar las dos copas de la bandeja, le tendí una y alcé la mía—. Por ti, Ángel, por traer un poco de justicia a este planeta de mierda.
—Eso es mucho pedir y una exageración enorme, así que brindaré por tu salud. —Chocó su copa con la mía y dio un sorbo delicado. Se le iluminaron los ojos—. ¿Eso son fresas con chocolate?
—Ajá. —Acerqué la bandeja y le retiré la silla de al lado para que se sentara.
Con la copa en la mano, se sentó y me miró a los ojos.
—¿Qué estamos haciendo?
—¿No te das cuenta? —Me senté a su lado y di un trago de champán—. Champán, fresas y velas. ¿No es así como lo hacen en las películas?
Me escrutó con la mirada.
—No te tenía por ese tipo de hombre.
Sonreí.
—Estoy aprendiendo.
Cogió una fresa, le dio un mordisco e hizo el sonido más sexy del mundo.
—Mmmmm. —Masticó y tragó—. Delicioso.
No podía apartar los ojos de sus labios, húmedos y carnosos, como la fresa que acababa de comerse.
Me recordaban a sus otros labios, hinchados, húmedos y listos para que los penetrara.
Intenté quitarme de la cabeza la imagen de mi polla hundiéndose en ella, pero no pude.
Cuando asomó la puntita de la lengua y se lamió el jugo de los labios, mi polla hinchada palpitó y creció dentro de los pantalones.
Me incliné hasta rozarle los labios con los míos.
—Tu coño es aún más delicioso.
Dejó la copa y se quedó inmóvil. ¿La había asustado?
—¿Javi? —murmuró—. No tengo hambre. ¿Y tú?
Le dije la verdad.
—Solo de ti.
Nuestras miradas se cruzaron. Nos levantamos a la vez.
Frente a frente, respirábamos entrecortadamente.
Tenía los puños cerrados a los costados.
Yo también. Sus ojos se oscurecieron, convertidos en remolinos de deseo.
Sus pezones se marcaban bajo el vestido como si reclamaran mis manos.
El aire crepitó entre nosotros, y ya no pude contener la fuerza que me arrastraba hacia ella.
Los dos perdimos el control a la vez.
Nuestros cuerpos chocaron. Nuestras bocas se encontraron en una vorágine de labios, lenguas y dientes que mordían. El mundo estalló en llamas, y el fuego me abrasó las venas y concentró toda mi sangre hirviente en mi descomunal erección.
La bebí con todos mis sentidos. Sabía a frutos rojos, pero mejor; a chocolate fino, pero más intenso. Le lamí el jugo de los labios y hundí la lengua en su boca, saboreando cada uno de sus matices y el calor de su deseo. Combinaba a la perfección con el champán.
Todo mi ser se entregaba a ese beso, ansiando terminar lo que habíamos empezado la noche anterior.
Me puse duro hasta el punto del dolor. La apreté contra mi pecho y froté mi dureza contra su cuerpo suave.
Deslicé las manos por su espalda, le agarré el trasero con ambas manos y la presioné más fuerte contra mí.
—Oh, Dios —jadeó, echándome los brazos al cuello.
Me abrazó con fuerza, aplastando sus pechos contra mi cuerpo y rozando su vientre contra mi entrepierna mientras trepaba por mí como si fuera un árbol.
Le sujeté el trasero y la levanté hasta que quedamos perfectamente alineados.
Sus largas piernas se enroscaron en mi cintura, la falda se le subió por los muslos y su coño ansioso se frotó contra mí a través de una capa de lino.
Joder, joder, joder. Su cuerpo ágil se retorcía en mis brazos, acariciándome donde más me gustaba, volviéndome loco. Estaba tan cachondo que podría correrme en ese mismo instante.
—Cama —dije con voz ronca entre besos, tambaleándome hacia la puerta con ella enroscada en mí como una hiedra.
—Cama —jadeó, besándome la barbilla y deslizando la boca por mi cuello—. Date prisa.
Capté un destello de sus ojos, que brillaban con el mismo deseo y lujuria que me abrasaban.
—No necesito repasar lecciones pasadas —dijo con voz ronca—. No quiero esperar más.
Sus palabras me llegaron directamente a la entrepierna.
Cómo logré llegar a la cama sin meterle la polla en el coño, no lo sé.
La acomodé en el colchón, cerré las puertas correderas con llave y corrí las cortinas.
Sabía que la aplicación de seguridad estaba activada, que tenía diez guardias patrullando la casa del árbol y que estábamos a salvo esa noche.
Entonces me giré para contemplar mi obsesión.
—Retomemos donde lo dejamos anoche —dije, con voz grave—. Quítate el vestido.
***
Missy
Solté el aliento que había estado conteniendo, volví a inspirar y contuve un jadeo en la garganta.
Como si enseñara con el ejemplo, se quitó la camisa y se deshizo de los pantalones de lino.
Las luces tenues acariciaban su cuerpo desnudo.
El resplandor dorado resaltaba la espléndida definición de los abdominales que marcaban su vientre plano, la gloria de sus músculos tonificados y, sí, la magnífica erección que se alzaba entre sus piernas.
—Ahora tú —dijo, con los ojos brillantes de deseo.
Me levanté de la cama, me quité el vestido por la cabeza y lo dejé caer al suelo. Como él, no llevaba nada debajo. Me quedé ante él desnuda y ya empapada. Era como si nuestras lecciones nunca se hubieran interrumpido. Le miré el sexo y me quedé embobada.
—Eres tan… ¿Grande? ¿Imponente? ¿Enorme? —Listo.
—Así estoy siempre que estás cerca —esbozó una sonrisa de sufrimiento.
—¿Te duele?
—Es insoportable —admitió—. No sabes ni la mitad, Ángel. Tenemos que hacer algo al respecto. Siéntate en la cama.