Capítulo veintisiete #2
El deseo me recorrió como una descarga, endureciéndome los pezones ya tensos y también el clítoris.
Ya estaba empapada ahí abajo. La forma en que su mirada me devoraba mientras me sentaba completamente desnuda en la cama me hizo temblar entera.
Recordé la gloriosa habilidad de sus labios y dedos, el sabor de su sexo entre mis labios y la sensación de deslizarse por la curva de mi garganta.
Si me arrodillara y le metiera el sexo en la boca en ese momento, quizá necesitaría una boca más grande y una garganta más larga.
—Entonces —alzó las cejas—. ¿Dónde estábamos?
—Yo acababa de… eh… ya sabes —mis mejillas ardieron como un plátano flambeado.
—¿Chuparme la polla? —soltó, dando un paso hacia mí, luego otro, hasta que se plantó frente a mí con el sexo casi al nivel de mi cara—. Sí. Apenas había sobrevivido a los placeres de tu boca.
Incliné la cabeza, me humedecí los labios y ofrecí con voz despreocupada:
—Puedo hacerlo de nuevo, si quieres.
—Oh, sí —rugió—. Vamos a hacerlo de nuevo. Vas a chuparme la polla y yo voy a comerte el coño, pero ahora mismo tenemos otras prioridades. ¿Recuerdas dónde lo dejamos anoche?
—Tengo una memoria excelente —y recuerdos increíbles de su magnífico sexo en mi boca—. Estábamos en la lección seis.
—Habíamos avanzado —su tono era severo, pero sus labios se curvaron—. Te dije que quería follarte —me atravesó con su mirada brillante—. Estaba esperando tu respuesta.
Mis labios se fruncieron en el perfecto:
—Oh.
¿Y si no le gustaba? ¿Y si lo hacía mal? ¿Y si no lograba darle lo que necesitaba? Las dudas me asaltaban desde todas direcciones y me hacían sentir más pequeña a cada momento.
—¿Ángel? —me sobresalté al oír su voz—. Le estás dando demasiadas vueltas. ¿Tu respuesta?
Respiré hondo. Ambos estábamos a salvo y ya habíamos hecho cosas sensuales y perversas que nunca me atrevería a hacer con ningún otro hombre. Era hora de seguir adelante.
—Sí.
—¿Sí a qué? —su mirada me abrasó hasta que tuve que apretar las piernas, y ni siquiera eso ayudó a calmar el dolor creciente entre los muslos.
—Sí, a… ya sabes —mostré una sonrisa irónica—. ¿Hacer el amor?
—¿Hacer el amor? —sus ricas carcajadas resonaron en la habitación y se deslizaron sobre mi piel como sus sensuales caricias, calentándome por completo—.
De ninguna manera. Ese nombre es demasiado suave para lo que necesito y lo que tú quieres —cruzó los brazos sobre el pecho—.
Lección número siete. Hablar guarradas mola.
Di siempre lo que necesitas y cómo lo necesitas.
Todo mi cuerpo se había sonrojado hasta ponerse del color del fuego.
—Quiero follarte —enunció las palabras con audacia—. ¿Qué quieres tú?
Algo perverso y lascivo se deslizó bajo mi piel y se instaló en lo más profundo de mí, desatándome la lengua.
—Quiero que me folles, Javi.
Sucias, tan sucias las palabras que quemaron mis labios.
—Yo también quiero follarte.
—Perfecto.
Su elogio burbujeó en mis venas como el champán fino que habíamos abandonado fuera.
—Ahora, recuéstate. Súbete a la cama y túmbate.
La autoridad en su voz tuvo un efecto electrizante en mi cuerpo.
Puede que no me gustara que me dieran órdenes durante el día, pero esta noche no quería pensar ni tomar decisiones.
Ese lado alfa de Javier me excitaba muchísimo.
Tenerlo como entrenador y profesor era más ardiente que el infierno.
Sin apartar la mirada de su rostro, me tumbé en la cama.
—Eres tan hermosa —suspiró, mientras su pecho se expandía al mismo tiempo que su sonrisa—. Me encanta tu cara preciosa, tu cuerpo desnudo, tu piel suave. Me encanta tu boca, tus pechos, tu coño. ¿Dónde quieres que ponga mi polla?
—Ya lo sabes —me encogí ligeramente de hombros, pero las palabras seguían atascadas en mi garganta.
—Dilo —gruñó—. Dímelo.
Siempre había sido una estudiante excelente.
—Quiero que metas tu polla en mi coño.
—Me pones tan duro cuando dices guarradas.
La intensidad que brillaba en sus ojos era oscura y seductora.
—Sube el nivel. Prueba otra cosa.
—Eh... —me quedé en blanco.
—Dime lo que quieres —explicó con paciencia—. Por ejemplo, podrías pedirme que meta mi polla en tu coño apretado y húmedo y te folle hasta dejarte ronca de tanto gritar y no me quede más semen que darte.
Me pareció una idea excelente.
—Javi —luché por controlar mi voz—. Mete tu polla en mi coño apretado y húmedo y fóllame hasta dejarme ronca de tanto gritar y no te quede más semen que darme.
—Mira lo que acabas de hacerle a mi polla —sonrió y se pasó una mano por la entrepierna—. Ahora enséñame tu coño.
—¿Mi coño? —puede que me quedara boquiabierta—. Pero... ya lo has visto.
—Sí, pero ahora quiero que tú me lo enseñes a mí.
Su lengua y sus dedos habían estado dentro de mí antes. Su boca había devorado mi sexo y me había llevado al éxtasis. ¿Por qué me sentía tímida de repente?
Programación antigua. Sé una buena chica. No seas vulgar. Sé una dama. Cierra las piernas, mantenlas cerradas. La remilgada Missy intentaba volver a escena.
No.
No se le permitía volver. No iba a sabotear a la nueva yo. Doblé las rodillas, separé las piernas y me expuse ante él.
—Más —sus ojos brillaron—. Enséñame más.
Apoyé los pies bien separados y se lo enseñé todo.
—Eres jodidamente exquisita —no se molestó en disimular que me miraba fijamente—. Tu coño está hecho para follar. Está hecho para mí.
El objeto de su admiración solo se humedecía más a cada segundo.
—Lección número ocho —su voz sonó baja y ronca—. El coño de una mujer es una creación maravillosa. El tuyo es jodidamente precioso. Mírame, Ángel.
Levanté los ojos hacia los suyos, pero era difícil concentrarme cuando extendió la mano, trazó mi hendidura con los dedos, los hundió entre mis pliegues y los deslizó sobre mis jugos, yendo y viniendo.
Gemí. Qué bien se sentía.
—No tiene sentido ser pudorosa en el dormitorio —dijo—.
No seas tímida, Ángel. Déjame tocar, oler, lamer y saborear tu precioso coño.
Déjame escuchar cada una de tus reacciones.
Déjame ahogarme en tus jugos y llenar mis pulmones con tu aroma —retiró la mano—.
Enséñame lo que te gusta y cómo te corres tú sola.
—Eh... —casi se me salieron los ojos de las órbitas.
Arqueó las cejas.
—¿Demasiado, demasiado pronto?
Puede que asintiera.
—Hagámoslo juntos —extendió la mano y se agarró la erección—. No tengas miedo. Tócate.
Sin rastro de vergüenza, comenzó a bombearse lentamente la polla con el puño.
Dios mío, joder. Qué espectáculo tan magnífico.
Me hizo hervir la sangre. Bajé la mano y dejé que mis dedos se deslizaran sobre mis jugos.
Arriba y abajo y luego alrededor del clítoris.
Mi coño palpitaba con una necesidad insoportable.
—Enséñame el agujerito donde mi polla va a encajar tan apretada.
Separé mis labios íntimos. Los mantuve abiertos con el índice y el anular. Mi entrada, descaradamente expuesta al aire, tembló mientras se la mostraba. Cuando pasé el dedo corazón alrededor, se apretó tan fuerte que dejé escapar un gemido. Mi necesidad aumentó y otro escalofrío me recorrió.
—Precioso —su sonrisa me calentó—. Préstales un poco de atención a tus pechos. A tus pezones.
Levanté la mano y me froté la parte superior de los pechos, deleitándome con las oleadas de placer que me recorrían mientras disfrutaba viéndolo agarrarse la polla con el puño.
—Así es, Ángel —mientras se acariciaba con más fuerza, su antebrazo se tensó y también su sexo... polla, me recordé—. Eres tan sexy —dijo—. Quiero participar. ¿Sí?
Oh, por favor, sí, ahora, ahora, ahora.
—Sí.
—Sigue tocándote. Quédate así, como el poema que eres. —Rodeó la cama y cogió un pequeño paquete de la mesilla de noche.
Me quedé sin palabras mientras se colocaba a los pies de la cama, rasgaba el envoltorio del condón y sacaba la goma. Lo desenrolló sobre su gruesa punta roma. Y lo desenrolló. Y lo desenrolló.
Tragué saliva ante la visión de su enorme polla envuelta en látex.
Se subió a la cama y se acomodó de rodillas entre mis piernas abiertas. Extendió la mano y me cubrió el coño con la palma, un gesto posesivo, de dueño.
—Me encanta cómo se siente tu coño en mi mano —murmuró—. Eres tan suave, tan húmeda. Me encanta cómo se te hincha el clítoris cuando lo acaricio así.
Gemí, incapaz de pensar o articular palabra mientras me hacía aquello.
La sonrisa que me dedicó fue gasolina para mi deseo.
—Estás tan jodidamente lista. —Hundió dos dedos gruesos en mi interior resbaladizo, los movió lentamente, los separó en tijera, preparándome para él.
—Estoy lista —jadeé—. Por favor, fóllame. Méteme la polla. Ya.
No habló, pero el brillo en sus ojos lo decía todo.
Se puso de rodillas y frotó la cabeza de su polla enfundada contra mi abertura, trazando círculos, deslizándola sobre mis jugos.
Alineó su polla y apoyó la punta, hundiéndola en mí lo justo para que se quedara en su sitio.
Se sentía caliente y enorme; una aventura nueva, excitante y descomunal a punto de comenzar.
—Un día vamos a hacer esto piel con piel. —Deslizó su cuerpo sobre el mío y se apoyó en los codos—. Un día voy a llenarte de semen hasta rebosar. Y tú, tú vas a adorarlo, igual que vas a disfrutar esto ahora.
Me lamí los labios como respuesta. Si seguía hablando así, mi coño iba a derretirse.
—Allá voy, Ángel —murmuró.
Bajó sus labios hasta los míos, un beso tan tierno y dulce que me abrí para él: labios, piernas, sexo, cuerpo, corazón y alma. Necesitaba que llenara ese vacío palpitante entre mis piernas, esas paredes que se contraían en torno a la nada.
Lenta, cuidadosamente, curvó las caderas. Mi abertura se tensó, pero él siguió empujando. Me penetró. Dejé escapar un pequeño jadeo y me apreté en torno a ese primer asomo de su punta. Era apenas un roce, hasta que empujó de nuevo, retrocedió y volvió a hundirse en mí.
—Me estás provocando. —Le acaricié el rostro con los dedos—. Quiero sentirte entero. Como en mis sueños.
—Lo tienes, Ángel.