Capítulo veintiséis
Javier
—Joder, mierda. —Miré a Missy, tras presenciar su mente brillante en acción, y luego volví la vista a Rozina—. Trabajas para Richard Astor, ¿verdad?
Mantuvo los labios apretados y fulminó a Missy con la mirada.
—Que le jodan a Richard Astor —murmuré—. Es el gilipollas que no para de joder.
—Esto es lo que pasó —dijo Missy.
Activó el seguro de la Glock y se dejó caer en una silla tapizada. Su expresión pensativa mientras observaba a la otra mujer me indicó que estaba procesando información a toda velocidad.
—Mi padre te reclutó. Te ofreció mucho dinero para encontrarme y arrastrarme de vuelta con él. Te eligió porque eres buena en tu trabajo.
—Así que la Ratoncita Missy tiene cerebro —se burló Rozina con esa sonrisa que yo quería arrancarle de la cara—. Admito que soy jodidamente increíble en mi trabajo.
—Tengo noticias para ti —Missy miró a la mujer directamente a los ojos—. Mi padre está muerto.
—¿Qué? —Por primera vez desde que la habíamos atrapado, Rozina dio un respingo. Se le aflojaron los labios y abrió los ojos de par en par.
—Está muerto —reiteró Missy con tono severo y seguro—. Desaparecido, enterrado, extinto.
—No —Rozina negó con la cabeza, frunciendo el ceño—. Lo habría sabido.
Su negación era una admisión en sí misma.
Missy se recostó en la silla. Casi podía oír los engranajes bien engrasados de su mente en funcionamiento.
—¿Cuánto tiempo llevas de baja en tu trabajo?
—Seis meses —dijo Rozina—. ¿Por qué lo preguntas?
—Has estado en Centroamérica todo ese tiempo —supuso Missy—. Debiste perderte las noticias. La muerte de mi padre tuvo poca cobertura por aquí. Yo no me enteré y tú tampoco. Supongo que mi padre te pidió que contactaras con él solo si me encontrabas. Te transfería una generosa cantidad trimestral.
La confusión en el rostro de Rozina me indicó que Missy tenía razón.
Conocía el modus operandi de su padre. Había acertado en todo.
Cruzó una pierna sobre la otra y se sentó erguida en su silla, con solo mi camiseta puesta, pero irradiaba la misma confianza que había visto en su hermana Thena cuando trataba con imbéciles y capullos.
—¿Has recibido tu último pago? —preguntó Missy—. Apuesto a que se ha retrasado, ¿verdad?
Rozina palideció, pero no se quebró.
—El hombre está muerto —continué, siguiendo el argumento de Missy—. Ya no la busca. Estás jodida. Más te vale sincerarte. ¿Cómo la encontraste?
Rozina bajó la cabeza y maldijo entre dientes.
—Por favor —dijo Missy—. Solo dinos.
—¿En serio, Ratoncita? —dijo con desprecio—. ¿Qué gano yo con eso?
Missy me miró.
—Que sigas viva —gruñí—. No te volaré la jodida cabeza ahora mismo. Cosa que haré si vuelves a insultar a Missy y no respondes a sus preguntas.
Rozina tragó saliva.
—Tengo un hijo.
El rostro de Missy se suavizó al instante.
Yo resoplé. Rozina estaba intentando tocarnos la fibra sensible, sobre todo la de Missy.
Mi fibra sensible era corta y no estaba disponible para criminales y secuestradores.
No tenía ninguna piedad por una mujer que había planeado secuestrar a Missy y había intentado utilizarme para llegar a ella.
Me enfurecía que Rozina hubiera creído que podía neutralizarme tan fácilmente.
Aunque habíamos demostrado que estaba equivocada, me cabreaba que hubiera llegado tan lejos.
—Pusiste a Missy en peligro —mi voz era tan fría como mi mirada—. Cortaste la línea fija y manipulaste la poca señal que tenemos aquí arriba. Más te vale hablar, y rápido.
—Júrame que no me matarás —suplicó.
—Lo jura —fue Missy quien respondió.
—No te neutralizaré si respondes a nuestras preguntas con sinceridad —maticé, interpretando mi papel. No era un asesino a sangre fría, pero Rozina no tenía por qué saberlo—. ¿Cómo nos encontraste?
Respiró hondo.
—Hace unos días, recibí un soplo.
—¿De quién? —exigí.
—Era un soplo anónimo.
—¿De qué tipo?
—Una llamada telefónica imposible de rastrear.
—¿Cómo sonaba la persona?
—Como un robot —dijo Rozina—. La voz estaba disfrazada con un vocoder o un modulador de anillo.
Mierda.
—¿Por qué tú? —exigí, y a pesar de la promesa que Missy había hecho en mi nombre, seguí apuntando a la zorra con el arma.
—El año pasado, el Sr. Astor me contrató para buscar a sus hijas en Centroamérica —explicó la mujer—. Me dijo que tenía recursos en otras zonas que hacían lo mismo. Así que, técnicamente, este era mi territorio. Quien me llamó lo sabía.
—¿No te pareció sospechoso recibir ese soplo así, sin más?
—Para ser sincera, pensé que probablemente venía del propio Sr. Astor.
Una imposibilidad, dado que Richard Astor estaba muerto.
Missy y yo intercambiamos miradas preocupadas.
Quienquiera que hubiera dado el soplo conocía los detalles de las búsquedas de Richard Astor.
Podía ser alguien de dentro, alguien cercano a Richard antes de su muerte, o alguien que de algún modo estaba al tanto.
O podía ser el NWO. Habían enviado mercenarios tras Missy en Nicaragua.
También sabían que había cruzado a Costa Rica.
Yo apostaba por Bekker. Lo cual llevaba a otra pregunta.
—¿Te dijeron que vinieras a este resort?
—Sí —asintió Rozina—. Me registré un par de horas después que vosotros.
Joder.
Quienquiera que estuviera detrás del soplo se lo había puesto muy fácil a Rozina. Si ella conocía nuestra ubicación, seguramente el NWO también la conocía. ¿Por qué no habían hecho ningún movimiento contra nosotros todavía? ¿Por qué darle la información a Rozina?
La respuesta me dio de lleno en la cara.
Bekker no podía llegar hasta nosotros. Tenía que mantenerse oculto.
Su cara estaba en todas las listas de los más buscados del mundo, y yo había convertido el resort en una auténtica fortaleza.
Por otro lado, Rozina tenía su placa para registrarse en el hotel sin levantar sospechas, y no aparecían señales de alerta en su verificación de antecedentes.
Esto explicaba el soplo anónimo. Rozina no tenía ni idea de que la estaban utilizando, pero el plan de Bekker era esperar a que ella sacara a Missy del recinto y entonces atacar.
Una mirada rápida a Missy me confirmó que lo entendía tan bien como yo.
—Así que —dijo Missy— viniste aquí para secuestrarme contra mi voluntad.
—Estoy trabajando como detective privada para un padre angustiado que quería encontrar a su hija —se enderezó Rozina—. No hay nada malo en eso. Si la paga es buena, pues mejor aún.
—Palabras clave que deberías recordar —dijo Missy—. Pretendías secuestrarme contra mi voluntad. Como soy mayor de edad, tus acciones y tu intento de obligarme a volver contigo no son legales. Quizá hiciste esto por tu hijo.
Missy examinó el rostro de Rozina, y habría jurado que, incluso después de todo lo que había pasado, sentía algo de compasión por la mujer.
—Tal vez lo hiciste por codicia. No lo sé, pero creo que todo el mundo merece ser tratado con dignidad.
Aspiré aire entre los dientes. ¿Iba Missy a dejar que esta zorra se fuera de rositas?
—Ángel —empecé—. Entiendo lo que quieres decir, pero...
—No he terminado.
Missy me lanzó una mirada que me hizo callar antes de volver su atención a Rozina.
—Llevarse a alguien contra su voluntad está mal. Todo el mundo debería poder vivir su vida en libertad. Sé lo que eso significa para mí. Tendrás que averiguar lo que significa para ti, detective.
Extendió la mano.
—Javi, ¿puedo tomar prestado tu móvil?
Manteniendo a Rozina en mi punto de mira, luché por controlar mi indignación. El altruismo apestaba. La bondad era peligrosa. La gente buena moría mientras la gente mala prosperaba.
Cuando dudé, Missy preguntó de nuevo.
—Por favor, Javi. ¿Confías en mí?
Sus súplicas siempre me mataban. A pesar de mis instintos, saqué el móvil del bolsillo y se lo entregué a Missy.
—Vuelvo enseguida.
Salió de la casa del árbol y nos dejó a Rozina y a mí mirándonos en silencio. Nunca antes había querido golpear a una mujer. Esa noche, sí.
Missy regresó unos momentos después.
—Bajé la colina y conseguí buena señal. Hablé con Allen. Le dije que teníamos una situación. Está de camino. Te queda muy poco tiempo.
—¿Para qué? —preguntó Rozina.
—Mi padre, tu empleador, se ha ido. No hay ningún pago en tu futuro.
—Cero —añadí con regocijo—. Ni un duro. Nada.
—Has cometido varios delitos: allanamiento de morada, agresión con arma mortal, intento de secuestro, y la lista sigue —dijo Missy—.
Si presento cargos, pasarás mucho tiempo en una prisión de Costa Rica.
Tampoco podrás ver a tu hijo. Además, se notificará al Departamento de Policía de Nueva York y te despedirán. Estarás desempleada e inempleable.
Los hombros de la mujer se hundieron y, sin embargo, un momento después, levantó la cabeza de golpe y entrecerró los ojos mirando a Missy.
—¿Si presento cargos?
—Me has oído bien.
Nunca había visto esa sonrisa astuta en el rostro de Missy, pero era a la vez calculadora y cautivadora.
—Quiero tu silencio y tu garantía de que nos dejarás en paz, olvidarás que existo y nunca, jamás mencionarás mi nombre a nadie durante el resto de tu vida.
Captó la atención de Rozina.
—Haz lo que te pido y serás escoltada de vuelta a Estados Unidos. No presentaré cargos contra ti... todavía.
Hizo una pausa para que asimilara sus palabras.
—Quiero ayudarte, detective, pero necesito asegurarme de que cumplirás nuestro acuerdo.
—¿Qué se supone que significa eso? —preguntó Rozina, con voz cautelosa.
—Voy a darte algo que mucha gente nunca consigue.
—¿Y eso es?
—Una segunda oportunidad —dijo Missy—. Una alternativa a la prisión y la ruina.
De repente entendí lo que Missy estaba haciendo. Mi ángel era amable pero también brillante. Debería haberlo recordado desde el principio. Mi cabreo empezó a disiparse. Me alegraba de ser un mero espectador de aquel enfrentamiento.
La frente de Rozina se arrugó en un ceño suspicaz.
—¿Por qué me darías una opción?
—Porque todos somos humanos. Todos cometemos errores.
Missy levantó un delicado dedo en el aire.
—Sin embargo, la alternativa que propongo implica expiación y sacrificio.
Rozina me miró y hizo una mueca.
—¿De qué coño está hablando?
Le sonreí con suficiencia a la jodida zorra.
—Te sugiero que la escuches.
Con el rostro endurecido por la desconfianza, Rozina volvió su mirada a Missy.
—El señor Allen llegará pronto —explicó Missy con esa voz suya tan serena y tranquilizadora—.
Documentará todo lo que ha pasado hoy aquí.
Firmarás una declaración jurada legalmente vinculante en la que confiesas tus delitos.
También conservaremos fotografías, datos del detector de movimiento, pruebas de ADN, testimonios, tu arma, máscara y ropa, todo lo necesario para meterte en prisión.
Sellaremos las pruebas y certificaremos la investigación.
Después nos aseguraremos de guardarlo todo a buen recaudo para la posteridad.
Si no cumples tu parte del trato, empezaremos entregando esas pruebas al Departamento de Policía de Nueva York.
Rozina se quedó mirándola boquiabierta, el rostro bronceado pálido como la cera.
Reprimí una carcajada. El cielo no tenía un ángel tan brillante como el mío. Mi cazadora era implacablemente dulce y despiadadamente amable. Me dejaba alucinado con sus jugadas mentales. Sí, Missy era compasiva, pero no era ninguna blandengue. Era decidida, resolutiva, poderosa.
Rozina soltó una retahíla de improperios. —Me tienes cogida por los huevos.
—¿Eso significa que aceptas la propuesta de Missy? —le exigí saber.
—Supongo.
Missy se limitó a mirar a la mujer, los ojos convertidos en un remanso de serenidad.
—Vale —escupió Rozina.
Missy inclinó la cabeza. —Enhorabuena por tomar lo que espero sea la primera de muchas buenas decisiones.
—¡Guzmán! —El golpe de Allen hizo retumbar la puerta en sus bisagras—. ¿Estás ahí?
—Dame un segundo —grité, disfrutando del espectáculo de Missy desplegando todo su poder estelar para poner orden en nuestro desquiciado universo—. Ahora salgo. —Miré a Missy—. ¿Has terminado?
—Mmm... —Su vacilación fue tan adorable como breve—. No.
Hice un gesto amplio con la mano. —Por favor, continúa.
—Como parte de nuestro acuerdo —le dijo a Rozina—, compensarás a Pedro por los daños en la cantidad que Pedro y Allen consideren justa.
—Pero...
—Para. —Missy negó con la cabeza—. Esto es innegociable para mí.
La mujer gimió. —Vale, de acuerdo. ¿Hemos terminado ya?
—Tengo un último consejo para ti, porque, bueno, ¿por qué no? —Missy se encogió de hombros—. Los cachas también tienen alma, ¿sabes? No vuelvas a intentar usar a un tío para conseguir lo que quieres. No está bien. Ni es justo.
Missy me lanzó una mirada discreta y apenas logré contener la carcajada desquiciada que pugnaba por escapar de mi garganta. Ella me estaba protegiendo a mí, dando la cara por mí, indignada en mi nombre.
—Además —añadió Missy—, dale un respiro a las demás mujeres. No somos débiles, ni lloronas, ni ratoncitas. Solo luchamos por ser nosotras mismas como buenamente podemos.
—Eres muy rara —Rozina miró a Missy como si fuera un bicho raro de otro planeta—. Pareces dulce y suave y mansa, pero das escalofríos. Lo sabes, ¿verdad?
—Ahora sí. —Missy me dedicó una sonrisa triunfal—. Voy a abrirle a Allen.
Mantuve el arma lista, pero mi mirada siguió a Missy por la habitación, admirando cómo había manejado la situación, maravillado ante ella.
Rozina volvió hacia mí su mirada aturdida. —¿Va en serio?
—Oh, sí. —Ensanché la sonrisa hasta que me dolió la cara—. Va muy en serio.
Y yo iba a hacerla mía.