Capítulo veinticinco #2
—¿Por qué iba a hacerles daño? —respondió Rozina, como si mis preocupaciones fueran absurdas y ella fuera inofensiva—. La última vez que los vi, estaban en la habitación de Pierre, recuperándose de nuestro rapidito a tres bandas. Fue, bah, un polvo de consolación. No te perdiste gran cosa.
—¿Quién eres? —pregunté apretando los dientes—. ¿Qué quieres?
—Vengo a por ti —soltó otra mueca que me provocó un escalofrío—. Casi te tenía. Hasta que apareció él.
Le lanzó una mirada fulminante a Javier.
La mirada furiosa de Javier podría haber reducido a la mujer a cenizas.
—¿Rozina Myers es tu verdadero nombre?
—Sí —ronroneó la mujer con un tono cargado de chulería—. No he venido a hacer daño a nadie.
—Entonces, ¿por qué coño has entrado aquí y has amenazado a mi mujer? —exigió él.
Se le dispararon las cejas. Para ser justa, a mí también. ¿Acababa de llamarme su mujer?
—Para convencerla de que viniera conmigo, obviamente —dijo, como si debiera resultarnos evidente—. Ya puedes bajar el arma. No soy su enemiga ni la tuya.
—Ni de coña bajo el arma —soltó Javier—. La pistola que has traído te convierte en su enemiga y en la mía. Solo lo voy a preguntar una vez: ¿estás con Bekker?
—¿Bekker?
Frunció el ceño.
—No conozco a ningún Bekker.
—Eres una buena mentirosa.
Javier frunció el ceño, imponente sin camisa, mostrando la pura fuerza de su cuerpo, y más cabreado de lo que lo había visto nunca.
—¿De verdad eres de la policía de Nueva York?
—Eres un tipo meticuloso —soltó ella con despreocupación—. Me investigaste, seguro. Comprobaste para quién trabajaba.
—Entonces, ¿qué coño haces aquí?
—Me tomé un año sabático para ganar un dinero extra.
¿Dinero extra?
—Esa mierda no cuela.
La sonrisa de Javier se volvió salvaje.
—Si estás aquí, armada y amenazando a Missy, estás con los mercenarios.
—¿Mercenarios?
Arrugó la frente.
—¿Qué mercenarios?
Estudié a Rozina de cerca. Quizá no estaba tan versada en técnicas de interrogatorio como Javier, pero parecía realmente desconcertada ante la mención de Bekker y sus mercenarios.
—No me creo nada de lo que sale de tu boca mentirosa —espetó Javier—. ¿Es Missy la razón por la que no dejabas de acosarme?
—Seré sincera contigo, machote.
Su sonrisa impertinente empezaba a resultar molesta.
—Tú eras el principal obstáculo para sacarla de aquí.
No podía acercarme a ella contigo y tus guardias revoloteando a su alrededor como un ejército de niñeras de lujo.
Los franceses cachondos no ayudaban. Acaparaban su atención, pero tú eras el verdadero problema.
Si hubiera intentado hacerme amiga suya, habría aparecido de inmediato en tu radar como una amenaza.
No se equivocaba en eso.
—Me habrías fichado y eliminado en un segundo —continuó—. Por otro lado, todas las mujeres cachondas del resort babeaban por ti. Era mucho más fácil acercarme a ti sin levantar sospechas. Como siempre estabas pegado a la Princesita aquí presente, no me dejaste otra opción.
—Necesitabas pasar por encima de mí para llegar a ella —concluyó Javier con ironía.
—Se suponía que ibas a ser la parte agradable del trabajo, una ventaja adicional, por así decirlo.
Amplió su sonrisa.
—Tenía ganas de follarte. Mientras a la Princesita le daban por todos los agujeros, yo iba a montarte como a un semental hasta quedar satisfecha.
—Y cuando hubieras terminado, ibas a quitarme de en medio —adivinó Javier.
—Temporalmente, quizá.
Bajó la barbilla y le lanzó una mirada coqueta.
—No soy una asesina. Habrías hecho lo mismo si la situación hubiera sido al revés, incluido lo de follar.
Apreté los dedos alrededor del arma. No sabía qué me afectaba más, que hubiera planeado «quitarlo de en medio», o «montarlo como a un semental hasta quedar satisfecha», o que tuviera la desfachatez de seguir coqueteando con él incluso ahora, cuando habíamos frustrado sus planes.
La mujer tenía unos cojones colosales. No me hacía gracia que usara a Javier.
Tampoco me gustaba que coqueteara con él.
La boca del estómago me ardía de furia y celos enfermizos.
—Si te apetece, todavía podríamos hacer algunas de esas cosas.
Ignoró mi mirada furiosa y mantuvo la atención en Javier. Para ella, él era el peligroso y yo solo otra chica sin agallas.
—Supongo que ella te paga para ser su guardaespaldas, con beneficios.
El calor me subió a la cara. Lo hacía sonar como si Javier fuera un gigoló de poca monta. Las palabras me salieron solas.
—Eres una arpía.
—Y tú eres una mocosa mimada, quejica y cobarde —replicó ella.
Nunca había sentido ganas de pegarle un puñetazo a nadie, pero ahora sí.
El gruñido de Javier fue una advertencia.
—Rozina…
—No seas tonto.
Lo desafió con la mirada.
—Te estoy ofreciendo la oportunidad de forrarte.
Javier sacudió la cabeza y refunfuñó:
—¿Por qué todos los imbéciles y las zorras psicópatas piensan que pueden comprarme?
—¿Sabes quién es ella realmente? —preguntó Rozina.
Javier arqueó las cejas.
—¿Tú sí?
—Por supuesto.
Resopló con fastidio.
—Es Missy Astor, la hija menor del multimillonario Richard Astor.
En efecto, lo era, y la forma degradante y burlona en que lo dijo me dio que pensar.
—¿Qué quieres con Missy? —preguntó Javier con voz áspera.
La mujer dudó en soltar más información.
Repasé todo lo que había dicho hasta entonces.
Había venido a por mí y se había tomado una excedencia para ganar dinero extra.
Me había llamado quejica, cobarde y mocosa mimada.
También me había provocado con apodos molestos como Princesita y Missy Ratoncita.
—Cuando se trata de la vida de Missy, no pienso correr ningún riesgo.
Javier curvó el dedo sobre el gatillo.
—Si no vas a colaborar, hemos terminado.
Lo dijo con tanta calma, con tanta indiferencia, y sin embargo el acero que brillaba en su mirada era tan real como el miedo que agrandaba los ojos de Rozina.
—Espera.
Le puse una mano en el hombro a Javier.
Me lanzó una mirada escéptica.
—Intentó matarte.
—Corrección: intentó secuestrarme.
—Matarte, secuestrarte, para mí es lo mismo.
Javier mantuvo la puntería sobre la mujer.
—No es una mercenaria.
Até cabos.
—No trabaja con Bekker.
Javier frunció el ceño. —Si no es Bekker, ¿para quién demonios trabaja entonces?
Clavé la mirada en Rozina, sabiendo perfectamente quién era esa mujer y por qué había venido. —Es detective del Departamento de Policía de Nueva York y está de permiso porque la reclutaron para un trabajo que le pagaría la prima más grande de su vida.
—Joder. —Javier siguió maldiciendo—. ¿Quieres decir que...?
—Sí. —Tenía todo el sentido—. Trabaja para mi padre.