Javier (Romance militar de héroes alfa nº 12) Capítulo veinticinco
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Capítulo veinticinco

Javier

—Cierra las correderas y echa las cortinas en cuanto salga —susurré, señalando con la barbilla hacia la esquina del fondo—. Escóndete detrás de esos cortinones. Con toda la tela que se acumula abajo, será difícil que te vean. ¿Entendido?

Asintió, pero el miedo que le agrandaba los ojos y el terror que emanaba de cada poro de su piel me golpearon en las entrañas. Se me encogió el pecho con una necesidad imperiosa de protegerla.

—Todo va a salir bien —le prometí.

—Ten cuidado —susurró, retorciéndose las manos.

—Confía en mí —le susurré—. He hecho esto muchas veces.

No pensaba fallarle.

La aplicación de seguridad indicaba que la alarma venía del detector de movimiento tres, situado fuera de la casa del árbol, a las once. Abrí las correderas del lado opuesto, eché un vistazo rápido, salí a la terraza y cerré tras de mí.

Clic. Mi valiente Ángel cerró las correderas y echó las cortinas.

Agachado en la oscuridad, me llevé la carabina a la mejilla y barrí la terraza. No había objetivos, pero aun así se me erizó el vello de la nuca. Un operador como yo no necesitaba ver venir el peligro para saber que estaba ahí, agazapado en las sombras. Sentía que alguien me observaba.

Vamos, Bekker. Provoqué al cabrón mentalmente. Acabemos con esta mierda de una vez.

Avancé por la terraza. Dejé que la madera crujiera una vez bajo mis pies descalzos.

Bajé las escaleras sigilosamente y me pegué a los cimientos del edificio.

Con el rifle en ristre, escudriñé la noche.

Nada parecía fuera de lo normal. Bueno, salvo yo.

Yo sí que estaba fuera de lo normal. Y cabreado. Jodidamente cabreado.

Rodeé la siguiente esquina, despejando la zona con precisión de veterano.

Aguzando el oído, rastreé hasta el más leve sonido.

Llegué al lado opuesto de la terraza y examiné el suelo junto a la pared y la zona de la ducha.

Efectivamente. A mi lado del muro curvo de piedra caliza, un único rastro de huellas se adentraba en el bosque.

El clásico juego del gato y el ratón. Salí de las sombras, seguí las huellas y me interné en la jungla.

***

Missy

El silencio zumbaba a mi alrededor y la oscuridad retumbaba en mi cabeza. Los minutos se alargaban, torturando mis nervios. El corazón me latía desbocado y luché contra la tentación del desmayo que me aflojaba las rodillas.

No me voy a desmayar, no me voy a desmayar, no me voy a desmayar.

Me quedé rígida cuando un tintineo metálico rompió el silencio. Venía de las puertas correderas de cristal, seguido de un suave clic que me hizo encogerme hasta hacerme lo más pequeña posible. Alguien había forzado la cerradura. El corazón se me subió a la garganta.

Suuush.

Las puertas se abrieron. El sonido de las cortinas ondeando con la brisa cesó cuando las puertas volvieron a cerrarse.

La habitación quedó en silencio durante sesenta segundos enteros.

Un paso sigiloso y cauteloso resonó en el suelo, seguido de varios más.

Una pausa y un roce. Alguien estaba registrando la cama, sin duda aún tibia por nuestros cuerpos.

No me atreví ni a respirar.

—¿Dónde estás? —llamó el intruso desde el otro lado de la cama. Su voz amortiguada destilaba una sonrisa condescendiente—. Sal, princesita Astor. Te lo prometo. No he venido a hacerte daño.

Me asomé entre las cortinas. A la luz de las estrellas, vislumbré el destello de un arma y a un asaltante enmascarado vestido de negro de pies a cabeza. Claro. Porque yo creía en los cuentos de hadas y los intrusos armados y enmascarados eran amiguetes que pasaban a tomar el té.

Apreté los dientes y me obligué a dejar de temblar.

—Artemis Astor —la voz áspera volvió a sonar, severa a pesar de estar amortiguada por la máscara de punto—. Tenemos que irnos. Veo que te encanta jugar al escondite, princesita. No me extraña que te llamen Missy Ratoncita.

Me mordí los labios e ignoré la provocación.

—Vamos —un deje de frustración se coló en sus palabras amortiguadas, pero ya estaba cerca, muy cerca de mi esquina—. No quiero...

El suelo tembló bajo mis pies y la voz de Javier retumbó en la habitación. —Suelta el arma. Ya.

El estrépito del metal contra la madera confirmó que Javier había convencido al intruso de soltar el arma. Su voz de mando prometía violencia y muerte. No era el tipo de orden que nadie en su sano juicio desobedecería.

—Manos arriba —ladró Javier—. Te sugiero que te muevas muy despacio.

Me atreví a echar otro vistazo y capté la silueta del intruso. Ya estaba desarmado, con los brazos en alto. Javier se encontraba detrás de él, con la carabina apuntando a la nuca del asaltante enmascarado.

Luché por calmar el pulso y controlar la respiración.

El plan que Javier me había explicado en detalle antes de tender su propia trampa había funcionado.

Había salido sigilosamente de la casa del árbol, evaluado el número potencial de enemigos y determinado que probablemente solo había un mercenario.

Después había fingido caer en la trampa que el mercenario le había tendido: seguiría las huellas hacia la jungla y haría creer al intruso que se había marchado y que yo estaba sola.

Pero no era verdad.

En realidad, en cuestión de minutos, Javier había rodeado el edificio sigilosamente y se había colado de nuevo en la suite por la puerta principal, incluso antes de que el mercenario llegara a la terraza trasera.

Entonces me levantó el pulgar, trepó a las vigas del techo y se ocultó tras una de ellas.

Esperó entre las sombras como un puma acechando a su presa.

El mercenario nunca supo que estaba allí hasta que Javier le cayó encima.

Una jugada audaz. Una estrategia brillante que me había dejado sola menos de tres minutos en total. Y ahora que tenía al mercenario en el punto de mira, un plan ejecutado a la perfección.

Me arriesgué a mirar de nuevo.

—Al suelo. Boca abajo. Brazos y piernas abiertos —ordenó Javier, con las piernas separadas, el arma apuntando y el dedo en el gatillo. Hubo una pausa y un gruñido cuando el intruso obedeció—. Si te mueves, disparo.

El corazón me palpitaba en la garganta. Nada de desmayarse. Hay que respirar.

—¿Estás sola? —exigió Javier.

—Sí —murmuró la matona tras su máscara.

—Más te vale estar diciendo la verdad —advirtió Javier con un tono cargado de violencia.

—Déjame levantarme y te lo explicaré —murmuró la intrusa con la voz amortiguada por la máscara.

—Si te mueves, si intentas algo, si respiras mal, morirás. ¿Claro?

Un chillido ahogado.

—Clarísimo.

—Missy —llamó Javier—. Ya puedes salir.

Me costó todo lo que tenía ponerme de pie, trabar las rodillas temblorosas y mantener a raya el desmayo.

Salí de detrás de las cortinas, recogí del suelo el arma que había soltado la mercenaria y la arrojé a un cajón como Javier me había indicado.

Luego apunté mi pistola a la invasora tendida en el suelo, inmovilizada bajo el arma de Javier.

—Dispara si intenta algo —ordenó Javier antes de colgarse el fusil al hombro.

Aferré la pistola con más fuerza y la mantuve apuntando a la matona, ignorando la garganta seca y mi respiración entrecortada. Estaba decidida a proteger a Javier, pero… Por favor, Dios, no dejes que me desmaye y no me obligues a disparar a la mercenaria, aunque sea una persona terrible.

Javier sacó varios juegos de bridas del bolsillo.

Con movimientos cautelosos pero rápidos, le sujetó las muñecas a la espalda y luego le ató los tobillos.

Comprobó su trabajo e hizo un cacheo exhaustivo.

La volteó y repitió la operación por delante.

No encontró más armas, pero frunció el ceño como si cayera en algo.

—¿Qué coño?

Javier levantó a la intrusa, la arrastró por la habitación y la arrojó al sofá.

La mercenaria era baja pero compacta y musculosa.

Logró incorporarse en el sofá. La seguí con el arma aún en alto.

Javier se descolgó el fusil del hombro y estudió a la asaltante enmascarada, que nos miraba parpadeando tras la máscara.

Un destello feral brilló en los ojos de Javier y le retorció los labios en una mueca feroz.

¿Era la máquina de guerra que tenía ante mí el mismo amante tierno que poco antes le había hecho cosas dulces y maravillosas a mi cuerpo?

—Tienes un descaro increíble.

Sin dejar de apuntarla, Javier se acercó al sofá y le arrancó la máscara.

Jadeé y aspiré todo el aire de la habitación.

—¿No es…?

—Sí.

La rabia endureció el rostro de Javier.

—En cuanto me acerqué, reconocí su voz ronca y su silueta.

—Es la mujer del bar, la que estaba coqueteando contigo —solté, todavía asombrada.

Observé su atuendo masculino, su cuerpo compacto y su pecho, ahora plano como una tabla. Aturdida por la conmoción, lo primero que salió de mi boca fue:

—¿Dónde están tus pechos?

—¿En serio? ¿Eso es lo que la Princesita quiere saber? —el resoplido de la mujer le retorció el rostro, por lo demás hermoso—. Supongo que tienes envidia de tetas, ¿no, cariño?

—Responderás a todas las preguntas que te hagamos o atente a las consecuencias —gruñó Javier—. ¿Entendido?

La bruja impertinente me dirigió su mueca.

—Si tanto te interesa, llevo los pechos vendados bajo la ropa. Ya sabes, ¿para ocultar mi identidad? Tú, claro, no necesitarías hacer eso.

Me mordí los labios y me negué a mostrarle ninguna reacción.

—Rozina.

Su nombre sonó como una maldición en labios de Javier.

—¿Qué coño haces aquí?

Ella ladeó la cabeza hacia mí.

—¿No es obvio?

Tenía muchas preguntas, pero lo primero era lo primero.

—¿Qué le has hecho al guardia de fuera?

—¿Te refieres a Pedro? —arqueó las cejas de forma sugerente—. Lo distraje con mis encantos y luego lo dejé durmiendo en la casa del árbol de al lado. Mañana tendrá dolor de cabeza, pero estará bien.

Javier gruñó.

—Más te vale que sea verdad.

Saber que Pedro estaba a salvo me desanudó un poco las tripas. Entonces recordé a los chicos.

—¿Y Pierre y Gerard? ¿Dónde están? ¿Les has hecho daño?