Capítulo veinticuatro
Missy
El guiño de Javier me recorrió entera como el tintineo de unas campanillas de viento.
Su sonrisa traviesa le curvó medio labio, prometiendo más diversión y juegos.
Las promesas que brillaban en sus ojos me henchían el pecho.
Había disfrutado dándome placer y, oh, qué placer tan increíble había sido.
En sus brazos me sentía a gusto. Podría haberme quedado dormida, pero su dureza caliente presionada contra mi cadera me recordaba que, hasta ahora, solo había sido una aprendiz de conductora limitada a una calle de sentido único.
Una pregunta surgió en el fondo de mi mente y la inquietud me revolvió el estómago.
—¿Vas a irte ahora? —aventuré sin mirarlo—. Ya sabes, como la última vez.
—No —gruñó con determinación—. Eso fue un error, mi error. No pienso irme a ninguna parte —me tomó el rostro y estudió mis rasgos—. ¿A menos que quieras que me vaya?
—Quiero hacerte lo que tú acabas de hacerme a mí —me senté en su regazo y luego me arrodillé a su lado—. Es lo justo.
Me deslumbró con su sonrisa.
—Joder, cómo me encanta tu sentido de la justicia.
—Quiero hacerlo ahora.
—Ángel mandón —se rio entre dientes—. Me encanta, pero no hace falta que nos apresuremos. Tenemos toda la noche.
No tenía tiempo que perder. Podrían ordenarnos volver a Astor House en cualquier momento. Mi FOMO —miedo a perderme algo— se disparó. No quería renunciar a un solo segundo con Javier.
—Si el sexo oral debe estar al alcance de cualquier mujer que lo desee, también debe estarlo para cualquier hombre que lo disfrute —señalé su erección con la barbilla—. ¿Puedo?
Su garganta se movió. Se recostó sobre la pila de almohadas. Con las manos entrelazadas tras la nuca, el cuerpo extendido ante mí y su sexo largo y endurecido descansando contra el vientre, se ofreció a mí. Sus ojos brillaban con ese deseo salvaje tan suyo.
Tomé aire y extendí la mano. Había hecho esto en mis sueños, pero no en la vida real.
Su hermoso sexo se erguía grande y orgulloso entre sus piernas.
El pulso se me aceleró y me temblaron los dedos al posar la mano en su miembro.
Era duro como el metal y caliente como una llama, y se estremeció con mi contacto.
—Ah, joder —aspiró entre dientes y todo su cuerpo se contrajo.
Me detuve y observé la expresión que le contraía el rostro.
—No, no pares —ordenó con voz ronca—. No pares nunca.
Con movimientos lentos, deslicé las yemas de los dedos a lo largo de su miembro, rozando suavemente su sexo de arriba abajo, una distancia mayor de lo que había imaginado.
El escalofrío que le recorrió el cuerpo y le erizó la piel era contagioso.
Me estremeció por dentro, se enroscó en mi centro y me apretó entre las piernas.
Empecé a fluir de nuevo. Su sexo me recordaba a algo vivo, una criatura tensa que suplicaba en silencio mi atención.
Me atreví a mirarlo a la cara.
—Es tan...
—¿Es tan qué? —preguntó con voz áspera.
—Es mucho más grande de lo que imaginaba, tan fuerte y rígido —me lamí los labios y seguí explorándolo—. Es... eh... Eres hermoso.
—¿Hermoso? —soltó una risa ronca—. No creo que nadie lo haya llamado así nunca.
—Pues lo es —sin soltar mi agarre suave, tracé con las yemas de los dedos las venas azules que sobresalían en su carne hinchada—. ¿Te gusta así?
—Así, pero más firme —puso la mano sobre la mía y apretó hasta que mi puño lo sostuvo con fuerza. Me guio la mano arriba y abajo con movimientos firmes y enérgicos que a mí me parecían bruscos, pero que a él parecían complacerlo enormemente.
—Sí, así —gruñó—. Qué bien se siente. Podrías... —un gemido le cortó las palabras.
—¿Podría querer qué? —pregunté, maravillada de cómo su sexo seguía creciendo entre mis dedos, disfrutando de su intensa respuesta a mis caricias.
—¿Añadir un poco de humedad? —sugirió con voz tensa.
—¿Humedad? —parpadeé un par de veces sin soltarlo—. Oh.
Reuní saliva bajo la lengua y, ahuecando la boca, me humedecí la palma. Volví a acariciar su sexo, cubriéndolo por completo, deslizando los dedos a lo largo de su miembro, resbalando con facilidad sobre su carne caliente.
—Por todos los dioses, qué hermosa eres —ronroneó—. Tu mano es increíble. Tus dedos son exquisitos.
Con suavidad, me atrajo el rostro hacia el suyo y me plantó otro beso largo en la boca que me derritió el sexo y me hizo gemir contra sus labios.
—Qué bien se siente —jadeó, y luego me detuvo la mano—. Pero vas a tener que parar ya.
—No quiero parar. Quiero probar algo que vi una vez —en mis sueños—. Quiero descubrir qué se siente, a qué sabes.
Se le abrieron los ojos como platos.
—¿Quieres chuparme la polla?
—¿Por qué no? —dije—. Es lo justo.
Tragó saliva, la nuez moviéndose, y asintió. Me incliné sobre su regazo, lo sujeté por la base, bajé los labios y le planté un besito en el glande.
—Maldita sea —él y su sexo se pusieron rígidos; este último se hinchó igual que todos los músculos de su cuerpo—. Me estás matando.
Le sonreí, cada vez más segura de mí misma.
—Ya lo veo.
Una pequeña gota brotó de la abertura de su glande. La recogí con la punta de la lengua. Era la primera vez que probaba su esencia, y me encantó aquel sabor suave disolviéndose en mi boca.
—Joder —siseó—. Verte haciendo eso...
No terminó la frase. Evocando mis sueños, lo lamí desde la base hasta el glande.
—Ah, mierda —siseó—. No duraré ni tres segundos si haces eso.
—Tengo fe en ti —hice una breve pausa mientras lo acariciaba con la mano, maravillada por la anchura de su cabeza en forma de hongo, por su imponente grosor y longitud—. Puedes aguantarlo.
Hizo una mueca y esbozó una media sonrisa de dolor.
—Mujer malvada, malvada.
Fruncí los labios a su alrededor y lo introduje un poco en mi boca. Su gemido me animó a engullir más.
—¿Así? —pregunté, liberándolo un instante antes de engullirlo de nuevo.
—Sí, así —respondió con voz ronca.
Incliné la cabeza para abarcar más. Tragué todo lo que pude, hasta que mi boca y garganta quedaron llenas de su carne, luego invertí el recorrido y deslicé mis labios fruncidos de vuelta hacia la punta.
—Joder —gimió, entrelazando los dedos en mi cabello—. Tienes un don natural, Ángel. Tu boca es el puto paraíso.
Su elogio me envalentonó. Apoyándome con una mano y sosteniéndolo con la otra, profundicé las embestidas.
Con cada pasada de mis labios, su sexo se engrosaba y alargaba.
Todo mi cuerpo ardía de deseo. Mi sexo estaba caliente y húmedo, mis pezones duros, y cada parte de mí encontraba placer en complacerlo.
—Tómalo —murmuró, empujándome la cabeza hacia abajo con suavidad—. Es tuyo. Tómalo todo.
Sus palabras avivaron mi fuego. Me lancé sobre él con entusiasmo, devorando aquel enorme banquete.
Requirió esfuerzo. La mandíbula se me tensó.
Mi boca no era lo bastante grande para contenerlo, pero más allá había más espacio.
Me hundí hasta que mis labios rodearon su base y su carne llenó el fondo de mi garganta. Tuve una arcada y tragué.
—Sí, joder —eso le encantó.
Era tan grande, tan delicioso. Me retiré y me hundí de nuevo, esta vez mejor preparada para albergarlo entero en mi boca y garganta. Curvó las caderas, hundiéndose aún más en mi garganta. Cada embestida era más satisfactoria que la anterior.
Estaba hambrienta de él, salivando como loca, ansiosa por más de su esencia.
También era muy consciente de los abdominales que se contraían bajo su piel y del peso creciente de su mano imperiosa.
Se extendía sobre mi nuca, tirando y empujando, llena de propósito y dirección, mandona como él, animándome a ir más rápido, a engullir más.
—Me estás volviendo loco —dijo con voz ronca, meciendo las caderas, llenándome la garganta—. Tus labios. Ángel, eres increíble.
Lo quería todo. Evocando el sueño, lo chupé con fuerza y profundidad. También ahuequé su saco arrugado, amasándolo con suavidad, plenamente consciente del peso en mi mano.
—Tienes que parar, nena —me atrapó la muñeca—. Es demasiado bueno.
Mi objeción salió como un gorgoteo húmedo.
Me enmarcó la cara con las manos y me apartó de él.
Su sexo se deslizó fuera de mi boca y se quedó allí, brillando con mi humedad.
Lamenté perderlo en mi boca, la emoción de volverlo loco de lujuria.
Mis pechos subían y bajaban con cada respiración.
Tenía los labios y la barbilla húmedos, igual que el coño.
Levanté la cara y lo fulminé con la mirada.
—Pero me gusta esto.
—Y a mí me encanta que me lo hagas —sus ojos centelleaban.
—Entonces, ¿por qué me has parado? —pregunté, sentándome sobre los talones.
—Lección número seis —me plantó un beso en los labios, con el pecho aún agitado—. Chupar la polla vuelve loco de lujuria a cualquier tío. ¿Tú chupándome la polla? Locura.
Un escalofrío me recorrió hasta el sexo.
—Quiero hacerte acabar, sentir tu clímax en mi boca, como tú hiciste conmigo.
—Yo también quiero, pero todavía no —sus labios se deslizaron sobre mi boca húmeda mientras me besaba a fondo—. Tengo otros planes.
Me cubrió el sexo con la mano y sintió mi humedad. Estaba empapada. Temblé al sentir su contacto.
—Estás tan lista, Ángel —me masajeó con suavidad—.
Tu coño está empapado, y puedo oler tu deseo emanando de cada poro.
Te he deseado durante tanto tiempo, desde el día en que te sostuve por primera vez en mis brazos —me besó de nuevo, dejándome sin aliento cuando se apartó—.
Me pusiste duro en medio de toda esa mierda.
Lo había sabido. Lo había sospechado, lo había sentido, todo el tiempo, pero no había confiado en mis sentimientos, en mis sueños, en mí misma.
—Te he deseado desde... —vacilé—. Desde la primera vez que te vi en mis sueños.
—Missy —su mirada ardiente me calentó el corazón—. Necesito follarte. Quiero estar dentro de ti, ahora mismo.
Contuve el aliento para decir sí y sí.
Fue entonces cuando un sonido nos sobresaltó a los dos, un pitido apagado e insistente.
—¿Qué pasa? —miré fijamente la mesita de noche, donde el móvil de Javier parpadeaba con destellos rojos.
—Se ha activado mi aplicación de seguridad —susurró, saliendo de la cama de un salto y agarrando el móvil—. Se ha disparado uno de mis detectores de movimiento.
Se me fue la sangre de la cara. El terror acabó con mi calidez y la reemplazó por un pavor frío.
Moviéndose con rapidez, pulsó el interruptor y apagó las lámparas.
La única iluminación que quedó en la habitación provenía de un tenue haz de luz azulada de las estrellas que se filtraba por un hueco en las cortinas.
Me permitió seguir los movimientos rápidos de Javier.
Agachándose, recuperó la Glock de la mesita de noche, estudió el móvil durante unos segundos, luego se deslizó hasta la ventana delantera y se asomó entre las cortinas.
—Joder —susurró—. Pedro no está en su puesto.
Una oleada gélida de miedo me recorrió, no solo por nosotros, sino también por Pedro.
En la oscuridad, Javier no era más que una silueta borrosa mientras se ponía los vaqueros y se guardaba el móvil y la tarjeta de acceso en el bolsillo antes de ir hacia el armario.
—¿Es...? —No quería susurrar el nombre de Bekker, no quería invocar semejante maldad. El recuerdo de aquella bestia despiadada me provocó un escalofrío.
—Las cámaras no muestran una mierda —dijo con voz apenas audible mientras abría la cremallera de su bolsa y sacaba la carabina.
Se me heló la columna.
—No irás a salir ahí fuera, ¿verdad?
—Seguro que alguien ahí fuera piensa que eso debería encabezar mi lista de prioridades —se agachó y pulsó un icono en el móvil—. Joder. No hay señal. Allen no recibirá mi alerta.
—Déjame probar con el fijo —cogí el auricular de la mesilla y pulsé varios botones—. Mierda. No hay tono.
—Han cortado la línea —concluyó Javier con gravedad.
Que Dios nos ayudara. Estábamos solos.
Tragué saliva con tanta fuerza que seguro me oyó desde el otro lado de la habitación.
Un momento antes había estado ardiendo de deseo, disfrutando entre sus brazos y preparándome para dar el siguiente paso.
Al instante siguiente, todo el placer y la alegría se esfumaron, y nos enfrentábamos a un peligro que me tenía al borde de la hiperventilación y a punto de desmayarme.
No te desmayes. Respira, Missy. Respira.
Salí de la cama a trompicones y busqué ropa a tientas, cualquier cosa. Encontré la camiseta de Javier arrugada en el suelo y me la puse. Casi grité al ver a Javier agachado junto a mí. Se había movido tan sigilosamente que no lo había visto volver.
—Toma —susurró mientras me pasaba la pistola y señalaba cada parte—.
Recordatorio rápido. Seguro. Apuntar. Gatillo.
Agarre a dos manos. Así —me colocó las manos sobre el arma y me hizo una demostración—.
Levanta la pistola, apunta, dispara. Escóndete detrás de las cortinas.
No te muevas ni hagas ruido hasta que te dé el visto bueno. ¿Entendido?
Las manos me temblaban bajo el peso de la pistola.
—¿De verdad vas a salir ahí fuera?
—Eso es justo lo que esperaría nuestro enemigo.
—Antes has dicho que nunca haces lo que el enemigo quiere.
—Exacto —en la oscuridad, sus ojos relucían con un brillo negro como la obsidiana. Al escrutarle el rostro, no detecté ni rastro del miedo que me atenazaba las entrañas.
—Quiero quedarme contigo —supliqué en voz baja—. Estaremos más seguros si permanecemos juntos.
—En eso estoy de acuerdo —esbozó una sonrisa depredadora—. Pero primero tenemos que responder a una trampa con otra. Que empiecen los juegos.