Capítulo Diecisiete #3
—Missy... —caminó hasta la barandilla, se frotó la frente y se pasó los dedos por el pelo—. Nunca te acerques a mí cuando tenga una pesadilla. No puedo hacerme responsable de mis actos si me sobresaltas. ¿Queda claro?
—Lo siento si te sobresalté —dije—. Nunca fue mi intención.
Se frotó los ojos.
—Disculpa aceptada.
—Bueno, bien, gracias, pero...
—¿Pero qué? —preguntó, con el cuerpo vibrando de impaciencia.
—Tú también me debes una disculpa —me erguí cuan alta era—. Estaba intentando ayudar, y me diste un susto de muerte. No es culpa mía que tengas reflejos hiperactivos y puedas matar a alguien mientras duermes.
Eso bastó. Ahora parecía mortificado.
—Lo siento mucho —se acercó a mí y, tomándome la mano, me examinó la muñeca—. ¿Te hice daño?
La mueca de dolor que le crispaba el rostro me hizo ser indulgente con él.
—No fue para tanto.
La preocupación que brillaba en sus ojos me ablandó el corazón y satisfizo esa parte de mí que necesitaba hacerse valer. También contribuyó a diferenciar sus reacciones de las de mi padre.
El arrepentimiento brillaba en la mirada de Javier.
Su reacción esa noche había sido instintiva, automática, un reflejo.
En cambio, las acciones de mi padre siempre habían sido deliberadas y calculadas para causar el mayor daño posible.
Mi padre siempre se regodeaba después de aplastar mi autoestima.
Luego negaba lo que había hecho y me acusaba de ser una miedosa, una niña débil y una mocosa inútil y llorona.
Javier no había hecho nada de eso. Parecía avergonzado y arrepentido. Había asumido la responsabilidad de su reacción. Y lo más importante: Javier hizo algo que mi padre nunca pudo hacer. Reconocía sus errores y no le daba miedo pedir perdón.
Se me ablandó el corazón y la respiración se me calmó.
Me mantuvo la mano sujeta mientras frotaba muy suavemente las marcas rojas de mis muñecas, provocándome cosquilleos de placer que despertaban cada una de mis terminaciones nerviosas ante el hecho de que estaba a un beso de distancia.
Entonces hizo algo de lo más tierno. Me llevó la muñeca a los labios y me besó la mano con suavidad, a modo de disculpa.
—Por favor, Ángel, perdóname.
—Lo entiendo —murmuré—. Estabas alterado.
Luché por no derretirme bajo su mirada suplicante y el roce de sus labios, pero no pude evitar el derretimiento interno que me licuó la entrepierna. El calor de su boca siguió recorriéndome un buen rato después de que me soltara la mano.
Reprimiendo un suspiro, me aferré a mi cordura y estudié su rostro hermético.
—¿Tienes pesadillas a menudo?
—No —hizo una mueca—. No lo sé. Tal vez.
—¿Es siempre la misma?
Asintió con reticencia.
—¿Quieres contármela?
—No —se dirigió hacia la terraza.
Lo seguí despacio y me coloqué a su lado, no demasiado cerca, para no agobiarlo.
—A veces yo también tengo pesadillas —ofrecí, con la mirada fija al frente, como si le hablara a la noche—. Estaba despierta cuando te oí porque esta noche tuve una.
El peso de su mirada cayó sobre mí. Cuando lo miré, sus ojos brillaban con preocupación.
—¿Estás bien?
—Ya estoy bien, pero fue aterrador.
Contemplé la sombra del volcán, su silueta marrón alzándose contra el negro obsidiana, rodeada de estrellas que me recordaban a casa, a mis hermanas.
—Cuando era pequeña y tenía pesadillas, Thena solía despertarme.
No sé por qué necesitaba compartir ese recuerdo con él, pero lo hice.
—Siempre me consolaba. Decía que hablar de los sueños ayudaba.
—Goddess siempre ha sido nuestra gran consoladora.
Una sonrisa irónica animó sus rasgos.
—Tu hermana es muy sabia.
Me puso la mano en el hombro y me atrajo hacia él.
—¿De qué iba la pesadilla de esta noche?
—Yo... eh... soñé con una cobra —tartamudeé mientras su contacto desataba un cosquilleo que me recorrió desde los hombros, pasando por el vientre, hasta los dedos de los pies. Borrado mental. Tuve que hacer un gran esfuerzo para recordar lo que iba a decir—. Se parecía a la de la frente de Bekker.
—Ah, qué imbécil soy.
Se dio una palmada en la frente.
—Yo te metí esas imágenes en la cabeza.
—Quizás.
Me encogí de hombros.
—Pero a veces...
—Continúa.
—A veces mis sueños se cumplen.
Le lancé otra mirada, esperando que soltara un bufido o se burlara de mí.
Me miró y arqueó las cejas.
—¿Cómo es eso?
Vale, no parecía estar burlándose de mí.
—Eh...
Me aclaré la garganta.
—Una vez soñé que una viga del techo se desplomaba en mitad de la clase y mataba a dos de nuestros niños. Cuando desperté, subí al tejado y revisé todas las vigas. Efectivamente, una estaba muy agrietada. La cambiamos antes de que se partiera.
Abrió la boca y la cerró.
—Eso es...
—¿Raro? —ofrecí—. ¿Espeluznante? ¿Extraño?
—Iba a decir interesante.
Estudió mi perfil.
—¿Se te han cumplido otros sueños, ya sabes, en la vida real?
—Sí, unas cuantas veces. «Pasó contigo», no le recordé. —Soñé que los soldados quemaban el orfanato antes de que ocurriera. Por eso evacuamos antes de que llegaran.
—Por eso estabas tan alterada cuando me pediste los prismáticos —cayó en la cuenta—. ¿Me equivoco?
—Sí —suspiré—. No tiene explicación.
—Entonces... —entrecerró los ojos y me apretó los hombros—. Cuando dijiste que habías soñado conmigo, ¿lo decías en serio?
«Santa Madre, ayúdame». Esa era una pregunta que tenía que evitar.
No quería hablar de mis sueños subidos de tono con el objeto de mi lujuria desatada.
Seguramente pensaría que estaba desesperada por llamar su atención.
Lo cual podría ser cierto, pese a todos mis esfuerzos por ignorar cómo mis células cantaban como un coro celestial cuando él estaba cerca.
—No hablemos más de mis sueños.
Mi orgullo y mi dignidad acudieron en mi auxilio, tal como Thena había prometido.
—Hablemos de tus sueños, de la pesadilla que tuviste esta noche.
El surco entre sus cejas se acentuó.
—Lo siento, no puedo.
—¿No puedes o no quieres?
—Ambas cosas, supongo.
—Podrías intentarlo.
Se le veía tan afectado que le acaricié el brazo de arriba abajo.
—Le dijiste a alguien que se fuera, y luego negaste que otra persona estuviera muerta. Sonaba horrible.
—Lo fue.
Apartó la mirada.
—Siempre lo es.
—¿Fue algo que pasó cuando estabas en servicio activo? —pregunté—. ¿Perdiste a alguien querido?
Asintió, pero ni una palabra escapó de sus labios apretados. Los músculos de sus antebrazos se tensaron cuando aferró con fuerza la barandilla de madera.
—Sé escuchar —ofrecí con suavidad.
—Eres más que eso.
Bajó la mirada hacia mi mano.
—Eres buena en todo.
—¿Un cumplido viniendo de ti?
Sonreí, intentando animarle.
—Qué inesperado.
—Si pudiera, te haría cumplidos más a menudo —murmuró.
—¿Por qué no puedes?
—Ya te lo dije.
Apretó los labios de nuevo y no añadió nada más.
—¿Javi?
—No digas mi nombre así.
Apartó la mano de la mía y aferró la barandilla.
—¿Cómo que así?
—Tan dulcemente que ningún hombre en su sano juicio podría resistirse.
—Ah.
Una pequeña llama de esperanza parpadeó en mi interior. Sentía curiosidad, pero no estaba segura.
—¿Por qué no puedo pronunciar tu nombre con dulzura?
—Me hace sentir cosas que no puedo sentir.
—¿Como qué?
Separó las piernas y cruzó los brazos.
—No pienso hablar de eso.
—Ni de tus sueños.
—Ni de mis sueños —convino, con demasiada facilidad—. Vete a dormir, Missy.
—¿Estás seguro de que estás bien?
—Estoy bien.
Entrelazó las manos a la espalda y se quedó mirando la oscuridad de la selva.
Contemplé su perfil un momento. Los ojos fijos al frente, las fosas nasales dilatándose con las respiraciones controladas que le elevaban el pecho desnudo.
También percibí la duda que brillaba en sus ojos, su vacilación y su necesidad. Parecía tan triste y como... ¿asustado?
—Mírame.
Con mucha suavidad, le tomé la barbilla y le acaricié la barba incipiente con las yemas de los dedos.
—Sé que soy tu trabajo y que no quieres que esto se vuelva personal, pero si necesitas un amigo, puedo serlo. Puedes confiar en mí. En lo que sea.
Nuestras miradas se encontraron. Un torrente de emociones profundas me llenó el pecho y me elevó el corazón antes de precipitarse hacia mi centro y acumularse en lo más íntimo de mi sexo, electrificándome de pies a cabeza.
Si me quedaba algo de contención, salió volando por la ventana, junto con mi orgullo y mi dignidad.
Un beso. Necesitaba un beso. Tenía que besarlo.
Me puse de puntillas y, apoyando las manos en su pecho desnudo, le rocé los labios suavemente con los míos.
Un rugido retumbó en su garganta justo antes de que se apoderara de mi boca, me devorara los labios y borrara todas las pesadillas de mi mente.
No era yo quien lo besaba a él. Era al revés.
Sus manos me acariciaban con la misma voracidad que impulsaba su boca.
Las rodillas, todo mi ser, me temblaban en sus brazos.
Mi necesidad era tan intensa que dolía. Sentía el espacio entre mis piernas como si se hubiera convertido en una esponja empapada.
—No lo entiendo —susurré entre besos desesperados—. ¿Por qué te deseo tanto?
Me estrechó con más fuerza y, apretando los dientes, levantó el rostro hacia el cielo con expresión desgarrada.
—Hijos de puta —murmuró—. Estoy haciendo todo lo que puedo. ¿Por qué coño me hacéis esto? Que os jodan a todos.
Podría haberle preguntado a qué se refería, pero me levantó y me depositó de lado en la hamaca.
Un borde del tejido me acunaba la cabeza y la espalda mientras las piernas me colgaban por el lado opuesto.
Cuando intenté incorporarme, me detuvo. Mis labios, hinchados de tantos besos, se entreabrieron cuando me alzó las caderas sin esfuerzo y me deslizó las bragas por las piernas.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté.
—No puedo recibir y no tengo mucho que dar.
Se arrodilló.
—Pero esto, esto sí puedo dártelo.
Me sostuvo la mirada, con los ojos ardientes de fuego ámbar.
—¿Sí?