Capítulo Diecisiete #2
—La madre murió de una mordedura de serpiente cuando Junior tenía diez años —dijo King—.
La tía contó que el crío experimentaba con las serpientes venenosas de su padre en todo tipo de bichos: ratones, perros, gatos, cerdos.
Dijo que el niño tenía una fascinación enfermiza con los efectos de los venenos, ya sabes, necrosis, paro respiratorio, hemorragias, el pack completo.
Resoplé. —Qué va, eso no suena mórbido en absoluto.
—Además, resulta que la mamba negra que mordió a la madre de Bekker era la mascota de infancia de Snake —añadió King—. Por eso la tía cree que mató a su madre.
—Joder.
Bekker había sido un cabrón retorcido desde pequeño.
—¿Lo denunció a la policía?
—En su momento, Bekker padre le impidió presentar denuncia —respondió King—.
Su mujer había pedido el divorcio. Quién sabe, puede que hasta le enseñara al crío cómo hacerlo.
La tía cuenta que Bekker padre le dijo que si llamaba a la policía por su hijo, podría encontrarse una víbora en el bolso y acabar como su hermana.
—Vale, entiendo que Bekker padre librara a su hijo de la cárcel, pero ¿cómo es que Bekker hijo no acabó entre rejas por matar a su padre?
—Creemos que Wilbur Bekker tenía contactos en el sistema judicial. Sobornó a las autoridades y se largó del país. Nunca volvió y nunca se presentaron cargos.
—Jodidamente fantástico —resoplé—. O sea, que nos enfrentamos a un psicópata asesino en serie con un coeficiente intelectual altísimo, entrenado por una fuerza de élite, financiado por una de las organizaciones más peligrosas del mundo y obsesionado con los reptiles venenosos.
—Resumiendo —respondió King.
—Suena de maravilla —negué con la cabeza.
—Se nos acaba el tiempo —advirtió King—. Ten cuidado, hermano.
—Tú también, tío.
Seguí los últimos segundos de la cuenta atrás.
—Mantén a salvo a las monjas. Cúbrete las espaldas, K-man.
—Hecho —dijo cuando sonó la alarma del temporizador—. King fuera.
La pantalla se quedó en negro. Borré el historial y apagué el portátil. Caí en la cuenta de que King se había jugado el cuello para hacerme llegar información vital.
Desde mi llegada al Equipo Rastreador, él y yo habíamos chocado constantemente.
No me cabía duda de que el tipo recto como una flecha pensaba que yo era un impulsivo, un mujeriego y un imbécil, lo cual era cierto.
Y sin embargo, al final de esta conversación, había sonado como si le importara algo más que Missy y la misión.
Casi había sonado como si yo le importara.
***
Missy
Me desperté jadeando en medio de la noche.
Había tenido un sueño que me dejó aturdida.
Recordaba una serpiente —una cobra real, para ser más específica— con su capucha desplegada y sus colmillos goteando veneno.
El corazón aún me latía con fuerza en el pecho y tenía la boca seca como un desierto, pero me recordé a mí misma que las cobras no eran endémicas de las Américas.
Mi pesadilla probablemente había nacido de la conversación que había tenido con Javier ese mismo día, antes de salir a cenar con Pierre y Gerard por segunda noche consecutiva.
Javier me había sentado para informarme sobre Wilbur Bekker, alias Snake.
Con su tono distante de soldado, Javier había compartido detalles espeluznantes sobre el pasado del mercenario.
Era material de pesadillas, y como Javier insistió en que necesitaba conocer a mi enemigo, mi mente había estado dándole vueltas el resto del día.
Otra noche divertida con Pierre y Gerard no había logrado borrar las imágenes que se formaron en mi mente, lo que explicaba por qué estaba completamente despierta en medio de la noche, con la cobra tatuada en el rostro de Bekker grabada en mi memoria con una claridad inquietante.
No era un presagio, no era una predicción. Era solo mi imaginación desbocada. Lo último que recordaba del sueño era una voz que resonaba en mi cabeza. Depende de ti, había dicho la voz.
Incapaz de volver a dormirme, me levanté, cogí una botella de agua de la nevera y me bebí la mitad de un trago.
De vuelta a mi cama, no pude resistirme a echar un vistazo afuera.
Javier dormía en la terraza. La hamaca no podía ser ni de lejos tan lujosa y cómoda como la cama grande que yo disfrutaba para mí sola.
A esas alturas, su columna vertebral tenía que estar resintiéndose de la curvatura.
Pero bueno, era decisión suya. Que eligiera pasar las noches apretujado en la colorida hamaca decía mucho de su actitud hacia mí. Con él dentro, parecía un tamal a punto de reventar.
Estaba a punto de volver a mi cama cuando oí un ruido afuera.
Entreabrí las puertas correderas de cristal y capté algunas palabras ininteligibles.
Aparté las puertas mosquiteras, salí y me acerqué a la hamaca.
La luz de la luna iluminaba la terraza. Javier se agitaba dentro de la tela.
Agucé el oído y logré distinguir algunos de sus murmullos.
Estoy bien. Su rostro se torció en una mueca de dolor. ¡Sal de aquí, ahora!
La urgencia era palpable en su voz. Me acerqué un poco más. Bajo los párpados, sus ojos se movían de un lado a otro.
¿Fase REM?
El pecho se le agitaba, los brazos se le extendían rígidos a los costados y las manos se le cerraban en puños. Era como si luchara por respirar, como si se asfixiara con su propia respiración. Un sollozo le convulsionó la garganta. Sonaba como un gemido ahogado.
—No, no, no puede estar muerto —dijo con voz ronca—. Él no.
Me acerqué de puntillas. Llevaba solo el pantalón de chándal. La vergüenza me quemó el rostro cuando me detuve. No pude evitar admirar su pecho musculoso y los abdominales marcados en el vientre plano.
Otra vez comiéndomelo con los ojos, me regañé a mí misma. Él estaba angustiado y ahí estaba yo, recreándome la vista con él.
Arrastré la mirada hacia sus nudillos. Palidecían bajo la presión del agarre.
Se le apretó la mandíbula, y vi una sola lágrima que escapaba de la comisura del ojo y se perdía en la línea del cabello, en algún lugar detrás de la oreja.
Emitió un gemido bajo que me rompió el corazón y perturbó el inquietante silencio de la noche.
Era como si la selva comprendiera sus penas y se compadeciera de su dolor.
—No lo recuerdo, joder —murmuró con enojo—. No lo sé.
Estaba teniendo una pesadilla. Una mala. Peor que la que yo acababa de tener.
Las pesadillas eran sueños desagradables que arruinaban el descanso y torturaban la mente.
A veces eran recuerdos. Otras veces, agonía sin sentido.
Las mías habían sido particularmente extrañas últimamente, e incluso más aterradoras desde que algunas se habían hecho realidad.
Ojalá alguien las hubiera interrumpido antes de que me despertara con un grito atrapado en la garganta, el corazón acelerado y el pulso zumbándome en los oídos.
Despertarlo sería un acto de piedad.
—¿Javier? —susurré mientras me acercaba a la hamaca.
La cabeza se le sacudió de un lado a otro. El sudor le brillaba en la frente, y un destello de dientes apretados me indicó que la pesadilla solo estaba empeorando.
—Javier —dije un poco más alto.
—No, no puede ser —murmuró entre labios apretados—. No está muerto. ¡No lo está!
Qué triste. Debía de haber perdido a alguien muy querido. No podía abandonarlo a sufrir su pérdida de nuevo.
—Javi, por favor, despierta. —Extendí la mano y le sacudí el hombro.
Se movió tan rápido que no lo vi venir. Con reflejos sobrehumanos, me agarró la muñeca con una fuerza brutal.
Al mismo tiempo, salió disparado de la hamaca, me retorció el brazo detrás de la espalda y me giró hasta que quedé atrapada con la espalda aplastada contra su pecho.
No tuve tiempo de gritar. Me torció la cara hacia un lado. Un cuchillo brilló en mi garganta.
Casi me desmayé del susto, pero afiancé las rodillas y mantuve la compostura.
—¿Javi? —jadeé, sin moverme ni un milímetro—. Soy yo. Missy. ¿Te acuerdas de mí?
—¿Missy? —graznó, con la voz casi irreconocible y sin aflojar el agarre.
—Suéltame —dije, controlando el tono de voz—. Estabas teniendo una pesadilla.
—¿Pesadilla? —repitió y esta vez su voz no sonaba tan extraña.
—Soy yo, Missy —inhalé con cautela, muy consciente de la hoja rozando mi piel—. ¿Te acuerdas de mí?
—¿Ángel? —la hoja se retiró de mi garganta y su agarre se aflojó.
Me tambaleé hacia delante, tropecé con mis propios pies y caí sobre la cubierta. Mis rodillas se llevaron lo peor de la caída, pero fue mi orgullo el que recibió el mayor golpe. Los recuerdos de los arrebatos de ira de mi padre volvieron para atormentarme.
«No», aparté los recuerdos. «No más Missy Ratoncita». No iba a permitir que mi padre definiera a la nueva versión de mí misma. El pulso me latía con fuerza en las costillas, pero la ira me sacó del estado de shock.
—¿Qué te pasa? —me di la vuelta y me senté sobre las piernas, fulminándolo con la mirada—. Estaba intentando hacerte un favor.
Se quedó allí plantado varios segundos mirándome, con el pecho desnudo agitándose demasiado rápido, los ojos muy abiertos y atormentados.
—¿Un favor? —murmuró al fin.
—Tenías una pesadilla —expliqué una vez más—. Te agitabas y gemías, y...
—Casi te mato —desvió la mirada de mí al cuchillo que aún sostenía en la mano, y de vuelta a mí, antes de apretar la mandíbula—. ¿Es que no tienes sentido común?
—Pensé que tal vez podría ayudar...
—Jamás te acerques sigilosamente a un soldado dormido...
—No me acerqué sigilosamente...
—Eres imprudente —un músculo se tensó en su mandíbula cuadrada—. ¿Lo sabes?
—Estaba intentando ayudar —repliqué.
—Arriba —guardó el cuchillo, se acercó a mí y, levantándome como si fuera una muñeca de trapo, me puso de pie—. Así está mejor. ¿En qué demonios estabas pensando?
—La verdad es que no estaba pensando —admití—. Sentía tu dolor y no podía soportar verte tan alterado, así que...
—¿Pusiste tu vida en peligro y casi me obligaste a matarte sin motivo alguno?
—No —dije, y luego—, sí, supongo.