Javier (Romance militar de héroes alfa nº 12) Capítulo Diecisiete
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Capítulo Diecisiete

Javier

Tumbado en una hamaca con vistas al lago, fingía leer una revista deportiva.

Con mi bañador y una camiseta de licra, intentaba hacerme pasar por turista, esforzándome por parecer relajado y despreocupado.

Pero todos mis sentidos estaban puestos en Missy, que estaba sentada al otro lado de la terraza de piedra, al borde de una de las piscinas termales naturales del complejo, hablando con sus nuevos «amigos».

Pasé una página que no había leído, respiré hondo para calmarme y solté el aire.

El día anterior prácticamente había perdido la cabeza cuando Pedro me escribió para avisarme de que tenía compañía.

Entré en la piscina principal como un cavernícola prepotente y descubrí que se estaba divirtiendo con los franceses.

Eso solo avivó mi furia. Mi forma de actuar había sido impulsiva, compulsiva y totalmente fuera de lugar.

Había pagado por mi error.

Durante todo el día de ayer, la noche y esta mañana, había sufrido el silencio de Missy.

No podía culparla. Me estaba costando mucho respetar los límites que yo mismo me había impuesto.

Eché un vistazo por encima de la revista y observé a la mujer una vez más.

Si no hubiera estado a cargo de su protección, me habría considerado un acosador.

Tenía vigilancia desplegada a su alrededor, pero como mi misión era ella, mi presencia aquí estaba justificada.

Al menos eso era lo que me repetía.

Con una sonrisa que le iluminaba toda la cara, chapoteaba con los pies en las aguas cálidas.

Llevaba el mismo bikini minúsculo que me volvía jodidamente loco.

Estaba tan malditamente sexy que en cualquier momento me iban a reventar los huevos de la frustración.

Los dioses me dieron un respiro cuando mi móvil vibró, interrumpiendo la lista que estaba elaborando mentalmente de todas las cosas que le haría a Missy, y con ella, si alguna vez volvía a tenerla entre mis brazos.

Aparté la mirada de Missy a la fuerza, saqué el móvil desechable del bolsillo delantero y lo miré. El alias de King apareció parpadeando en la pantalla. Un mensaje encriptado.

Llega información, decía el mensaje. Canal seguro. Diez minutos.

Con un poco de suerte, me llegaban buenas noticias, justo a tiempo para salvarme a mí —y a Missy— de... bueno... de mí mismo.

Volví a mirarla. Enfrascada en una animada conversación con sus amigos, parecía estar pasándoselo bien. Ellos estaban sumergidos en el agua hasta las axilas, devorándola con los ojos y volcados en hacerla reír. Ojalá pudiera cambiarme por ellos. Quería ser yo quien la hiciera reír así.

El nuevo peinado de Missy le daba un aire chic que realzaba su belleza natural. El vapor se elevaba de la fuente termal y emanaba de su piel en nubes suaves que me recordaban lo ardiente que era. La imagen avivó el fuego que mantenía mi polla a punto y mi sangre en ebullición constante.

Sí, más le valía a King tener buenas noticias para mí.

Les había hecho una segunda investigación exhaustiva a los franceses, escarbando en sus vidas hasta dejarlos sin secretos.

Había escudriñado sus antecedentes en busca de cualquier cosa que pudiera —aunque fuera remotamente— convertirlos en una amenaza para Missy y así justificar que los apartara de su vida y los echara del complejo.

Pero no hubo suerte. Los cabrones estaban limpios como una patena.

Cuando el rubio Pierre le puso despreocupadamente la mano en el muslo desnudo, la presión en mi cabeza se disparó con tanta fuerza que me pregunté si me salía vapor por las orejas. Pero no era un vapor suave. Era violencia en estado puro. Me rezumaba por los poros y me cerraba las manos en puños.

Maldito imbécil.

Era más de lo que podía soportar y encendió mi ya de por sí corta mecha.

Apreté la mandíbula y reprimí el impulso de ir hasta la piscina termal, partirles la cara a esos tipos, echarme a Missy al hombro y encerrarla en la suite.

Pero le había prometido que no le estropearía la diversión. Tenía que cumplir esa promesa.

Contuve un gruñido en la garganta y abandoné mi posición de vigilancia.

De un tirón, me ajusté la mochila de turista que llevaba por el complejo para ocultar el portátil y las armas.

La revista se arrugó en mi puño. Encontré a Pedro de pie en lo alto de las escaleras de piedra que bajaban a la piscina termal.

—Volveré pronto —le dije—. No le quites el ojo de encima. Avísame si pasa algo. Y avísame también si esos dos empiezan a meterle mano otra vez.

—Sí, señor —respondió el guardia, y luego—: Lo siento, señor.

Joder. Hasta el guardia se daba cuenta de lo jodido que estaba.

Fui directo a la oficina de Allen y le pedí que me dejara usarla unos minutos. Tenía la mejor cobertura del hotel y la privacidad que necesitaba. El jefe de seguridad del complejo entendió mi petición y se marchó, cerrando la puerta tras de sí.

Saqué el portátil, lo coloqué en el escritorio de Allen e inicié sesión en una web segura.

King debía de haber encontrado la forma de asegurar su lado de las comunicaciones.

Mientras activaba el programa de encriptación, me permití albergar la esperanza de que tuviera buenas noticias.

Quizás estábamos listos para la exfiltración.

Tal vez hoy sería el último día que pasaría siguiendo a Missy por el complejo, deseándola como un ciervo en celo.

Tras unos cuantos clics más, la cara de King apareció en la pantalla.

—Hola —dijo—. Para evitar que nos detecten, tengo que ir rápido. ¿Ves el temporizador en la parte inferior de la pantalla?

—Entendido. —Levanté el pulgar—. ¿Salimos hoy?

—No, hermano. —Pareció notar mi decepción—. Lo siento.

—Está bien. —Oculté mi impaciencia, aunque a duras penas—. ¿Qué hay de las monjas?

—Las he dejado en el convento, pero tengo que quedarme por aquí.

—¿Por qué?

—He detectado patrones de vigilancia sospechosos alrededor del lugar.

Se me encendieron todas las alarmas.

—¿Tienes mercenarios encima?

—Exploradores, quizá. —King se encogió de sus anchos hombros—. La policía está en alerta, pero no puedo dejar a las monjas en el convento sin protección, y no puedo salir corriendo hacia donde estáis si hay riesgo de llevar a Snake y a sus mercenarios hasta vosotros.

Asentí con un gesto seco. —De acuerdo.

—Omega ha ordenado silencio total de comunicaciones —informó King—.

Estamos en protocolo de silencio de radio, pero conseguí hacer llegar a Mina las pruebas que sacaste de los mercenarios.

Las procesó y extrajo algunos datos útiles.

Me pasó su último informe de inteligencia a través de un videojuego que jugamos los dos.

—Lista la tía.

Nuestra espectacular hechicera informática era la mejor baza del Equipo Rastreador.

—¿Y?

—Tengo los trapos sucios de tu amigo Snake —anunció King.

—Por fin, algo interesante.

Captó toda mi atención.

—Dispara.

—Nombre real, Wilbur Bekker —informó King con su eficiencia habitual—. Nacido en Sudáfrica. Coeficiente intelectual impresionante. Se entrenó en la Legión Extranjera Francesa. Muy preparado y con experiencia. Le fue bien, fue subiendo de rango hasta que lo echaron por masacrar civiles.

—Lo típico de los asesinos narcisistas que se hacen pasar por soldados.

Eché un vistazo a la cuenta atrás.

—Sigue.

—Trabajó para Bruckner una temporada —dijo King—. ¿Te acuerdas de esos cabrones?

—¿Cómo iba a olvidarlos? —puse los ojos en blanco—. Una organización brutal. Grupo de mercenarios genocidas. Con base en Rusia, pero operan en todo el mundo. Nos hemos enfrentado a ellos varias veces.

—Sí, esos cabrones —continuó King—. Bekker se llenó de tatuajes y toda esa mierda cuando trabajaba para Bruckner. Creemos que los rusos lo metieron en la NWO. Nuestra inteligencia indica que es el nuevo favorito de Li, que, como bien sabes, es el agente principal de la NWO.

—Me acuerdo de Xao Li de nuestra última misión.

El recuerdo avivó la violencia que bullía en mi interior.

—¿Tienes una conexión sólida?

—Mina la tiene —dijo King—. Rastreó los vínculos financieros de Bekker a Bruckner y de ahí a Li mediante ingeniería inversa. Resulta que Li usa a Bruckner para nutrir las filas, igual de brutales, de la NWO.

—Tiene sentido.

Mina nunca fallaba con sus verificaciones.

—¿Qué más sabemos de Li?

—No mucho —dijo K-man—. Sin fotos. Mucha seguridad. Dagger le sigue la pista. Es posible que use varios nombres. Pero tengo más sobre Bekker.

—Dime.

—Está obsesionado con los reptiles —dijo King, pasando el dedo por el informe en su pantalla.

—Sí, no me digas. Los tiene tatuados por todo el cuerpo. Cuéntame algo que no sepa.

—Omega envió agentes a investigar sobre el terreno —dijo King—.

El padre de Snake, Bekker sénior, era cazador de reptiles y había acumulado una gran colección de especies venenosas en su casa.

Era un alcohólico violento. No era precisamente el padre del año, pero padre e hijo compartían la fascinación por los reptiles. Murió cuando Junior cumplió dieciocho.

—¿Cómo?

—Una pitón enorme se escapó de su jaula. Encontraron al padre estrangulado en la cama y medio devorado.

—Vaya muerte de mierda —negué con la cabeza—. ¿Juego sucio?

—Yo diría que sí —King se permitió un bufido sarcástico—.

Conseguimos el informe del forense. Los niveles de alcohol del tipo eran astronómicos.

También encontraron rastros de un cóctel de somníferos en su sangre.

La hora estimada de la muerte fue una semana antes del hallazgo.

El jardinero encontró el cuerpo. Wilbur Bekker se había ido al campamento de entrenamiento cinco días antes. Echa cuentas.

—Hijo de puta —me froté la cara—. ¿Mató a su propio padre?

—Y según su tía materna, también mató a su madre.

Me eché hacia atrás. —¿Cómo?