Javier (Romance militar de héroes alfa nº 12) Capítulo dieciséis #3
45%

Capítulo dieciséis #3

—No me preguntaron el número de habitación —¿qué demonios pasaba por la cabeza de este hombre?—. Si lo hacen, les diré que era la única disponible.

—Espera —frunció el ceño con fiereza mientras entornaba los ojos—. Estás diferente. ¿Qué te has hecho en el pelo?

—Me corté el flequillo —me lo toqué, sintiéndome un poco cohibida—. ¿Te gusta? —me contuve de inmediato—. Da igual. A mí me gusta. Eso es lo que importa.

—Pues a mí también me gusta —afirmó, como si eso debiera importarme, sobre todo cuando sus siguientes palabras me irritaron aún más—. ¿Qué quiso decir el imbécil ese con que te verían esta noche?

—Me invitaron a cenar y tomar algo.

Un músculo se tensó en su mandíbula.

—¿Javi? —arqueé las cejas y levanté la barbilla.

—Vale —replicó, como si necesitara su permiso—. Pero tenemos que tener cuidado.

—Por supuesto —asentí con convicción—. Según Kai, todos los huéspedes han pasado los controles de seguridad.

Así que no estoy corriendo ningún riesgo.

Les dije que me llamaba Miranda. No dejaré que me hagan fotos y Pedro está conmigo en todo momento —sonreí y saludé a mi simpático guardaespaldas, que me devolvió el saludo—.

Y ahora, ¿por qué estás aquí, irritándome con esa mala actitud que no me merezco?

—Pedro me envió un mensaje —su nuez subió y bajó en su garganta musculosa—. Dijo que esos hombres se estaban poniendo cariñosos contigo.

Me quedé boquiabierta.

—¿Cariñosos?

—Sobones, ¿sabes? —movió los dedos sobre mi cuerpo—. Manolargos. Que te meten mano por todas partes.

—Pedro debe de tener una definición muy conservadora de «cariñoso».

—O quizá tú no sabes distinguir —dijo con cara de póquer.

Hice un esfuerzo por mantener la calma, pero no funcionó muy bien.

—A ver si me explico. No soy monja y tengo derecho a hacer amistad con quien me dé la gana. Como me pediste, he borrado lo de ayer de mi mente, pero no voy a dejar que me pisotees. He tenido una mañana estupenda. ¿Estás intentando cabrearme?

—No —al menos tuvo la decencia de parecer algo avergonzado.

—Los franceses son encantadores —expliqué—. Los habrás investigado si están aquí. ¿Me equivoco?

Asintió de mala gana.

—Entonces, ¿a qué viene esta discusión?

—A los franceses les encanta meter a los americanos en líos —buscó las palabras—. Piensa en la Segunda Guerra Mundial y Vietnam.

—Por el amor de Dios, Javi. ¿De qué demonios estás hablando?

—De historia.

—Eso es una tontería —resoplé—. Los franceses son majos, igual que Gerard y Pierre.

—¿No lo ves? —escupió entre dientes—. Esos idiotas solo quieren llevarte a la cama.

—¿En serio? —Se me cortó la respiración. Sospechaba que les gustaba, pero no estaba segura de si buscaban algo más.

Javier puso los ojos en blanco y resopló mirando al cielo.

—En serio.

Si Javier percibía cierta atracción, ¿podría la nueva yo aprovecharla?

—Jugamos al voleibol —dije—. Contamos chistes. Si quieres saberlo, hoy me lo pasé genial. Estamos atrapados aquí, así que hasta que nos vayamos, pienso aprovechar la estancia. Y te lo dice una mujer que no se lo pasaba bien desde hace mucho.

Bajó la cabeza, aparentemente descolocado, pero solo por un segundo.

—¿Quieres pasártelo bien? Vale. Yo puedo hacer que te lo pases bien —murmuró, más para sí mismo.

Recogió mi pareo de la tumbona y me lo ofreció.

—¿Por qué no te vistes? Podemos preparar un pícnic e ir a la cascada...

—Ya he comido.

Le arrebaté el pareo de las manos. No sabía qué me irritaba más: si que sintiera lástima por mí y se creyera obligado a llevarme a almorzar, o que insinuara que no iba vestida.

—Que lo sepas, con un bañador me basta para ir a la cascada.

Sus ojos recorrieron mi cuerpo de arriba abajo.

—¿A eso lo llamas bañador?

—Sí —lo miré fijamente—. ¿Y tú cómo lo llamas?

—Hilo dental —replicó—. No deja nada a la imaginación.

—Dios mío —apreté los dientes—. ¿Y a ti qué te importa lo que lleve puesto?

—¡Porque... me importa!

—¿Te ha vuelto a picar el bicho del imbécil? —pregunté—. ¿O es que vas a por mí?

—Missy —gruñó en voz baja—. Me estás tocando las narices.

—¿Qué narices ni qué narices?

—Sabes de qué estoy hablando.

—¿Porque leo la mente?

—No, porque yo soy un hombre y tú una mujer, y todo lo demás.

—Gracias por esa lección tan perspicaz sobre identidad de género —me puse el pareo, agarré mis cosas de la silla y las metí en la bolsa de playa—.

Todo eso ya quedó claro en la conversación que me ordenaste olvidar.

Y ahora, si no te importa, me voy antes de que se me haga costumbre llamarte gilipollas.

—¡Espera!

Algo en su voz me detuvo e hizo que me diera la vuelta.

—¿Y ahora qué?

Pasaron los segundos. Con los puños cerrados, apretaba la mandíbula. Me pareció oír cómo le rechinaban los dientes. Parecía perdido, pero también enfadado. Yo estaba muy confundida. ¿Qué quería de mí?

Hizo varios amagos de hablar, como si librara una lucha interna, pero al final no dijo nada.

—¿Javi? —suavicé la voz—. ¿Qué te pasa?

—Nada —su voz sonaba teñida de tristeza y resignación, y sus ojos se ensombrecieron—. Tienes razón. Te mereces pasártelo bien. No me meteré en tu camino.