Javier (Romance militar de héroes alfa nº 12) Capítulo dieciocho
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Capítulo dieciocho

Missy

¿Cómo podía decir que no a mis sueños? ¿Cómo podía negarme lo que necesitaba con todo mi ser? ¿Cómo podía resistirme a lo que Javier me ofrecía cuando todo en mí quería decirle que sí?

Asentí porque mis labios no conseguían articular palabra, aunque no estaba segura de a qué estaba diciendo que sí.

Tampoco me importaba. En lo más hondo de la noche, el brillo de sus iris centelleaba con promesas de amaneceres espectaculares.

Javier ajustó el tejido de la hamaca y bajó la cabeza entre mis piernas abiertas.

Me besó.

Me besó ahí.

Su boca recorrió mi monte de Venus. Su aliento acarició el pequeño parche rojo que lo coronaba. Rozó mis pliegues con los labios y plantó pequeños besos a lo largo de mi hendidura antes de separarme con los pulgares para que sus labios alcanzaran mi clítoris.

Gemí cuando lamió mi sensible botón. Oh, Dios mío.

Un escalofrío de placer me encendió la piel.

Jadeé cuando su lengua se deslizó hacia abajo.

Bañó mis sensibles labios internos y luego recorrió mi abertura con la lengua, desatando sensaciones exquisitas que estallaban en torno a la punta de su talentosa lengua.

No tenía palabras para describir el placer que su boca despertaba en mi cuerpo.

Tampoco tenía pensamientos, solo sentimientos que se convertían en dicha mientras él chupaba, lamía y sorbía.

Las estrellas sobre mí brillaron con más fuerza, como si me animaran.

La selva se alzaba a mi alrededor en silencio, testigo de la desaparición de la Remilgada Missy, al menos por este momento.

Con las piernas bien abiertas y mi sexo húmedo y expuesto a los estragos de su boca, no había lugar para la Remilgada Missy aquí.

Quizás debería haber cerrado las piernas.

Tal vez debería haber contenido los gemidos, los gritos y los jadeos que marcaban cada pico de placer, pero no podía, no quería. La nueva yo no quería parar.

En cambio, extendí la mano y le pasé los dedos por el cabello mientras abría más las piernas y me presionaba contra su rostro, hambrienta de más, desesperada por saciar las fuerzas que se acumulaban en mi interior.

—Sabes tan bien, Ángel.

Sus murmullos llegaban húmedos y apagados desde entre mis piernas.

—Quiero beber tus jugos hasta saciarme, y puede que eso no ocurra nunca. Tu coño es tan delicioso. ¿Por qué? ¿Por qué tenías que saber tan jodidamente bien?

La aspereza que teñía su voz convirtió mi rubor en un ardor lento.

Su forma de hablar, las palabras crudas y directas que lanzaba, combinadas con el calor de su aliento, avivaban el fuego.

Las llamas viajaban justo bajo mi piel, encendiendo todo a su paso y alcanzando lugares tan profundos e íntimos que no podía nombrarlos.

Mi cuerpo estaba en llamas. Cada lamida se sentía como la caricia definitiva. Con cada succión, sus labios aumentaban mi necesidad. Deslizó la mano bajo mi camiseta y sus dedos fueron marcando un rastro en mi piel mientras subían hacia mi pecho.

—Oh, joder.

Amasó mi carne lentamente, posesivamente, y pasó el pulgar sobre mi pezón rígido, una caricia que también era una tortura.

—Eres tan suave, Ángel, tan sexy, tan perfecta entre mis manos. Lo único que quiero es devorar tu coño.

Cuando sus labios se cerraron una vez más sobre mi clítoris hinchado, mi cuerpo se tensó y se arqueó, suspendido en un estado de anticipación que superaba todo lo que había sentido jamás.

—Quiero estar dentro de ti —gruñó entre mis piernas, alzando la mirada hacia mi rostro—. Alguna parte de mí necesita estar dentro de ti.

Mi respiración se aceleró, pero asentí.

Presionó un dedo en mí, que se deslizó lentamente entre mis jugos. Me llenó, y las sensaciones se volvieron aún más poderosas cuando añadió un segundo dedo. Sin apartar los ojos de los míos, levantó las cejas en una pregunta silenciosa.

—Sí —dije con voz ronca—. Sí.

Su mano comenzó a moverse. Sus dedos entraban y salían de mí con suavidad, movimientos lentos y medidos que llenaban mi vacío interior. Cuando giró los dedos y rozó un punto particularmente sensible, mis caderas casi salieron de la hamaca.

—¡Oh, Dios!

Esto no se parecía en nada a las sensaciones suaves y tímidas que había logrado en el lago. Esto era poderoso. Intenso. Enorme. La necesidad convergía en lo más profundo de mi sexo, masiva, urgente y exigente.

Jadeé.

—¿Qué me estás haciendo?

—Estoy comiéndote el coño.

Su aliento caliente acarició mi humedad.

—Te estoy dando el placer que mereces.

Su lengua se afanaba en volverme loca. Sus labios, oh, sus labios. Ahora estaban entregados por completo a mi dicha. Cuando no estaban chupando mi clítoris, besaban partes de mí que nunca habían sido besadas.

Justo cuando creía que no podría soportar otra caricia de su lengua, rodeó mi clítoris con el pulgar.

Al mismo tiempo, aceleró el delicioso ciclo de intrusiones y deserciones de sus dedos.

Recapturó mi clítoris con los labios y lo recorrió con la lengua por encima, por debajo, alrededor, hasta que ya no pude contener las fuerzas que se acumulaban en mi cuerpo.

—¡Javi! —grité mientras cerraba los puños y me curvaba hacia el cielo nocturno.

—Déjate ir, Ángel —murmuró con los labios y la barbilla brillantes de mis jugos—. Déjalo volar, ahora.

Mi núcleo se contrajo y compactó mi necesidad acumulada en algo sólido y explosivo.

Mi cabeza cayó hacia atrás y mi cuerpo se tensó, justo antes de que la necesidad se convirtiera en un placer inimaginable.

Estalló dentro de mí. Perdí el control de mi cuerpo.

Y entonces estaba volando, volando sin parar, elevándome sobre un mundo nuevo donde solo Javier importaba.

***

Javier

Me arrodillé entre las piernas de Missy, embriagándome del sabor, las vistas, los sonidos y los aromas de su orgasmo.

Disfruté tanto al verla correrse como al saborear su cuerpo.

El rubor que encendía su pecho se extendía por su piel pálida en olas de rosas y rojos que coincidían con los hermosos tonos de su coño.

Era la vista más hermosa que había visto jamás, la liberación más apasionada, honesta y generosa que había presenciado. Podría acostumbrarme a darle placer a esta mujer. Llevaría el recuerdo de su clímax grabado en mi mente para siempre.

Cuando terminó, se acurrucó hecha un ovillo en la hamaca.

La levanté y, acunándola en mis brazos, la llevé a la cama.

Mientras la depositaba sobre las sábanas frescas, tenía los ojos cerrados y la boca curvada en la sonrisa más dulce y adorable.

Me arrodillé junto a la cama, le acaricié el cabello y le pasé los dedos por el rostro.

Se quedó en un estado de dicha que me llenó el pecho de emociones que no podía catalogar, y mucho menos explicar.

Mi polla estaba dura como una piedra, palpitando en mis pantalones, violentamente hinchada y exigiendo gratificación inmediata.

Lo único que quería era hundirme en su coño y perderme en las maravillas de su cuerpo, deleitarme con su pasión mientras se entrelazaba con la mía.

Pero esto no se trataba de mí. Se trataba de ella.

Después de probarla esta noche, estaba perdido.

A partir de ahora, no había nada en el bar, ningún otro sabor en el mundo que pudiera satisfacer mis ansias.

Lo que daría por terminar lo que habíamos empezado.

Fue difícil de cojones, pero de alguna manera encontré la voluntad para cubrirla con una manta, darle un casto beso en la frente y alejarme de ella.

Yo me alejé. Yo. Haciéndola de caballero.

Era impactante. Alucinante.

Esta mujer me hacía querer ser más de lo que era. Me hacía querer hacer lo correcto. Me hacía mejor sin siquiera intentarlo. Por ella, quería ser Goodman en lugar de Goofman. Eso no cambiaba que no pudiera tenerla. Me calcé las zapatillas y cogí mi camiseta y la linterna frontal.

—¿Javi? —Su voz me detuvo en seco—. ¿Adónde vas?

La miré. Estaba sentada en la cama, con las mejillas aún sonrojadas por el orgasmo, los labios húmedos y rosados, el cabello cayéndole sobre los hombros y cubriéndole los pechos perfectos.

—Fuera —Luché por mantener la voz firme.

—Pero... —Vaciló antes de tomar aire con un suspiro tembloroso—. ¿No quieres...?

—No puedo, no contigo —le recordé con más dureza de la que pretendía.

La dulce sonrisa se le borró del rostro. Parpadeó varias veces, como si intentara contener las lágrimas. Su decepción me dio un puñetazo en el estómago, pero fue el pequeño círculo naranja que se encendió alrededor de sus pupilas lo que más me afectó.

—Vete a dormir, Missy —murmuré—. Dulces sueños.

Puede que estuviera haciéndola de caballero, pero apenas aguantaba. Mi polla no estaba de mi lado. Jugaba en mi contra. Quedarme no era una opción. No si quería cumplir mis propósitos. Crucé la suite, abrí la puerta y no miré atrás al cerrarla.

—Cuídala —le dije al guardia de turno al pasar junto a él—. Mándame un mensaje si me necesitas.

—Sí, señor —respondió el guardia.

Necesitaba un trago de whisky.

O la botella entera.

En cambio, con el sabor íntimo de Missy aún fresco en mi boca y todo mi ser ansiando más de ella, me puse la camiseta y me ajusté la linterna frontal.

Bajé la colina al trote y atravesé el complejo corriendo.

Trotar no bastaba para darme ningún alivio.

Me dirigí a un sendero y eché a correr a toda velocidad, echando de menos una mochila de cuarenta kilos a la espalda.

Corrí hasta perderme en la noche tropical.

La oscuridad era mi única amiga esa noche.