Javier (Romance militar de héroes alfa nº 12) Capítulo catorce #3
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Capítulo catorce #3

No sabía si me hablaba a mí o a sí mismo, pero en cualquier caso, su furia me golpeó.

Parpadeé, aturdida por la repentina ausencia de todas esas ricas sensaciones.

El segundo golpe de su rechazo me alcanzó después, casi de rebote.

Era difícil pensar, moverme. Logré dar un paso tembloroso hacia atrás, luego otro.

Las rodillas me temblaban y la excitación seguía recorriéndome en oleadas de necesidad.

Me toqué los labios, preguntándome si había estado soñando otra vez, pero la expresión de su rostro era demasiado real. Sus ojos se veían oscuros y atormentados, y el terrible ceño que le torcía la boca y le fruncía las cejas me asustó.

—¿Qué hice? —Me apoyé en la tumbona más cercana e intenté con todas mis fuerzas mantenerme de pie—. ¿Por qué estás enfadado?

—Un beso. —Se subió la cremallera y se abrochó los pantalones—. Dije que podías tener un beso.

—¿Fue demasiado largo? —pregunté, incapaz de entender la ira que destilaban sus palabras—. ¿Lo hice mal?

—¿Mal? —Frunció más el ceño—. Demonios, no. Lo hiciste bien. Demasiado bien.

—Entonces... —Clavé las uñas en el ratán de la silla, luchando por darle sentido al momento roto, a mi confianza destrozada—. ¿Qué pasa?

—Hemos terminado. —Despegó la espalda de la pared y se afirmó sobre las sandalias.

—¿Por qué? —Mi curiosidad asomó, y lentamente, una marea de ira despertó en mi estómago, revolviéndose en mis profundidades como un mar tormentoso.

—Porque lo digo yo —dijo con severidad.

—¿Porque tú lo dices? —Abrí la boca y la cerré. Tuve el impulso de huir, pero me mantuve en mi sitio. El ceño me torció el rostro y un estallido de ira se encendió en mi interior—. ¿Y yo qué? —Luché para que no se me quebrara la voz—. ¿No tengo voz ni voto?

Su respuesta fue un rotundo: —No.

La furia rugió en mis oídos, nueva pero fuerte, desconocida dentro de mí, pero también de alguna manera necesaria para sobrevivir a este momento.

Hacía un minuto, me había sentido viva. Ahora, sentía como si me estuviera muriendo, privada de aliento y luz.

Estaba ahí, necesitada pero insatisfecha, rechazada y abandonada, además de desorientada y desaliñada.

Con un tirón, me alisé la camiseta arrugada.

Estaba tan húmeda que temía que se viera una mancha entre las piernas.

Me ardían los labios y también la barbilla y las mejillas, donde su barba incipiente me había rozado la piel.

La Missy ratoncita intentó apagar los fuegos y minimizar mi horror ante este momento, escabulléndose, quizá para encontrar una maldita cueva donde esconderse.

—No me deseas. —La revelación casi me tira al suelo. La vergüenza me ardió en el rostro y la humillación me hizo bajar la mirada hacia la cubierta—. Todo el tiempo, todo estaba en mi cabeza —murmuré, sobre todo para mí misma—. No tengo pechos grandes, ni curvas, ni culo. No estoy a tu altura.

Las lágrimas me picaron en los ojos. Me sentía tan pequeña, abatida e insignificante.

—Siento haberte obligado a besarme.

Se me echó encima tan rápido que me sobresaltó.

—Missy Astor. —Me agarró de los hombros y me sacudió un poco—.

No te atrevas a disculparte por besarme.

Ni por tomar lo que necesitas. Ni por desear lo que quieres.

—Sus dedos se me clavaron en la piel—. Eres hermosa.

¿Me oyes, Ángel? Eres perfecta. Estás más allá de lo que cualquier hombre tiene derecho a esperar, y ya no digamos a aspirar.

—Yo... no entiendo. —Señalé entre nosotros—. Entonces, ¿de qué va esto?

—De algo que no puede ser, que no puede pasar. —Me soltó y se puso a caminar por la cubierta, dejándome aún más confundida.

—Si no me deseas, dilo y ya.

—No es eso... —Se le contrajo la garganta—. Eres muy tentadora, Ángel, pero no puedo acostarme contigo.

—¿Por qué?

—Eres la hermana de Goddess. Estás a mi cargo.

—¿A tu cargo? —Torcí el rostro en una mueca y mandé a la Missy ratoncita a arrastrarse de vuelta a su agujero—. No soy una maldita cría.

—Soy un profesional —dijo en un tono arrogante que me puso los dientes de punta—. Eres mi misión, y una relación entre nosotros sería completamente inapropiada en este contexto.

—Vaya, eso es lo más maduro que te he oído decir hasta ahora. —«Míralos a los ojos». «Orgullo y dignidad». «Actitud»—. Pero ¿quién ha dicho que quiero una relación contigo?

Se paró en seco. —¿Perdona?

—Relación es una palabra muy grande. —Mantuve mi postura—. No necesito un tío ni una relación, y tú ya me dijiste que no crees en el amor. ¿Recuerdas?

—Dije eso, una vez. —Entrecerró los ojos mirándome.

—Quizá lo único que quiero son unos cuantos besos más y un poco de magreo. —Las palabras tenían todo el sentido del mundo mientras las pronunciaba—. Nadie tiene que enterarse. Quizá solo quiero probar la lujuria. Además de ser un profesional, eres un hombre, ¿verdad?

—Correcto.

—Y tienes necesidades.

—Claro.

—Bueno, yo soy una mujer.

Enderecé los hombros.

—Una mujer adulta que también tiene necesidades. Estamos en la suite nupcial.

Alcé las manos.

—¿Captas por dónde voy?

—No vamos a llegar a eso, y punto.

Miró al cielo y se frotó la cara.

—El beso fue un error. Mi error, no tuyo.

—Pero—

—Estás cansada y yo tengo trabajo.

Se hizo cargo.

—Dúchate. Te mandaré ropa y lo básico de la boutique del hotel, y te pediré algo de comer. Come, duerme y olvida que esto ha pasado. Es una orden. ¿Entendido?

—Esa no es una orden.

No me molesté en disimular mi irritación.

—Son cuatro órdenes. ¿También vas a decirme cómo lavarme los dientes y limpiarme el culo?

—¡Missy!

Abrió los ojos como platos.

—Esto no es propio de ti.

—Sí, porque soy tan j-j-j—

Me obligué a empezar de nuevo y decir la palabra en voz alta.

—¿Porque soy tan jodidamente angelical que no volverás a besarme?

Me señaló con el dedo.

—Te ordené que olvidaras el beso.

Me miré las uñas.

—Supongo que eso significa que tampoco te acostarás conmigo.

Levantó la cabeza de golpe, con los ojos desorbitados por la sorpresa.

—¿Qué has dicho?

—Lo que has oído.

Estaba harta de que me dijeran qué hacer, de vivir encajonada, etiquetada, acorralada y reprimida, de ser una «buena chica». También estaba furiosa. A nadie le gusta el rechazo. Tenía derecho a estar cabreada, a decir lo que nunca antes había dicho.

—Creo que puedo dar por hecho que no vas a enrollarte conmigo, follarme, tirarte a mí, como quieras llamarlo.

Se quedó boquiabierto.

—¿Quieres que te folle?

—O tal vez pensé que yo podría follarte a ti —repliqué, incapaz de contener mi furia—. Desde luego, lo consideré como opción. Puede que no sea una cualquiera... todavía. Pero quizá quiera serlo. Pensé que incluso podrías disfrutar follándome, antes de darme cuenta de que te doy asco.

—¿Qué? ¡No!

Se le salían los ojos de las órbitas.

—No estoy—

—Y una mierda.

Crucé los brazos y lo fulminé con la mirada.

—No quieres follarme ni que te folle, como sea que funcione eso. Bien. Me buscaré a alguien con quien follar.

—Ni se te ocurra.

Se le hinchó una vena en la frente.

—¿Qué diría la hermana Elsa si te oyera soltar esas guarradas y usar ese vocabulario?

—¿Te refieres a que estoy diciendo «follar» y «mierda» y «culo»?

Dibujé comillas en el aire.

—¿Como en capullo? ¿Imbécil? ¿Gilipollas? Elige las que quieras.

—Vale, vale.

Hizo un gesto con las manos.

—Cálmate.

—¿Calmarme?

Destellos rojos estallaron ante mis ojos.

—¡Quizá no quiera calmarme, y sobre todo no quiero que tú me digas a mí lo que tengo que hacer!

Tras mi precipitada caída desde lo más alto a lo más bajo, aquella repentina liberación de mi temperamento reprimido me parecía justificada. Sí. Quería justicia. Y respeto. Hacia mi persona. Era como si alguien hubiera abierto las compuertas y ríos de ira manaran de mí.

—¿Ángel?

Se aventuró a decir.

—Lo entiendo. Esto ha sido un desastre. No volverá a pasar. Te lo prometo.

Esbocé una sonrisa sarcástica.

—Y se supone que eso me hace sentir mejor... ¿cómo?

—Estás enfadada conmigo. Fue un rescate complicado, y ahora tienes que esperar, y tienes necesidades, y yo no soy el tío adecuado para ayudarte con eso—

—¿Así que ahora tienes derecho a decirme cómo debo sentirme?

—¡Basta! —ladró.

Pegué un brinco y sentí cómo el color se me iba de la cara.

—Lo siento.

Bajó la voz y se frotó la cara.

—No quería gritarte.

Tragué con dificultad y mantuve mi expresión de enfado, pero por un segundo luché contra los recuerdos que me asaltaron: mi padre gritando, insultándome. Apreté los puños y aguanté, tragándome amargas oleadas de miedo y rabia.

—Missy.

Javier hizo una pausa para respirar hondo y calmarse.

—Necesito asegurarme de que estés a salvo aquí. No puedo con que estés enfadada conmigo ahora mismo. Ni nunca.

—¿Qué se supone que significa eso? —ronroneé, en voz baja y suave, pero con un filo cortante.

—No quiero pelear contigo y no voy a... hacer eso contigo.

Tragó saliva visiblemente.

—Porque no soy tu tipo y te gustan los polvos duros sin compromiso —entrecerré los ojos mirándolo—. Bueno, tal vez yo quiera lo mismo.

Cruzó la terraza a grandes zancadas.

—Me voy.

—Sí, vete —lo despedí con un gesto de la mano—. Huye y no vuelvas.

—Tengo una misión y la llevaré hasta—

—Hasta el final, no hace falta que me lo recuerdes —solté con indiferencia—. Pero ahora estamos a salvo, tú mismo lo dijiste, y Equipo Rastreador ha contratado seguridad local para protegerme. ¿Verdad?

—Verdad.

—Si ese es el caso, gracias por tus servicios. Buen trabajo. Zulu Bravo.

—Es Bravo Zulu —masculló entre dientes, con los ojos brillantes—. ¿Adónde quieres llegar?

—Estoy diciendo que tus servicios ya no son necesarios —alcé la barbilla un poco más—. En lo que a mí respecta, considera tu misión terminada.