Capítulo quince
Javier
Al salir de la casa del árbol, agarré el portátil que King me había conseguido.
Eché un vistazo a la cama diseñada para follar, me acerqué y agarré por el cuello a los estúpidos cisnes de toalla que se burlaban de mí.
Los estrangulé con una mano, abrí la puerta de un tirón y salí a una puesta de sol anaranjada.
Habría sido bonita si hubiera podido apreciarla.
Pero estaba demasiado jodidamente furioso como para apreciar nada.
Eché mano al arma y casi la desenfundé contra el tipo armado que subía las escaleras. Cuando me di cuenta de que iba uniformado y su placa lo identificaba como personal de seguridad, solté el arma.
—Buenas noches —dijo mientras dejaba una silla plegable junto a la verja—. ¿Señor Guzmán?
—Sí.
—Soy Pedro —cambió al inglés—. Estoy aquí para vigilar a la señorita.
—Encantado, Pedro. Toma —le entregué los cisnes fláccidos y deshilachados—. Voy a enviar algunas cosas de la boutique y también comida del restaurante. Puedes llamar a la puerta y entregárselo a ella. Nadie más entra ni sale excepto yo. ¿Entendido?
El hombre bajo de rostro curtido me hizo la señal de aprobación con ambos pulgares.
Con los puños cerrados y las uñas clavadas en las palmas, bajé la colina a zancadas, golpeando los escalones con las sandalias.
El descaro de esa mujer. Me había besado.
Me había tocado. Íntimamente. Me había prendido fuego.
Su mano suave y sus ingeniosos deditos habían desatado la erección de mi vida, la que todavía me torturaba mientras caminaba torpemente con aquello atrapado entre las piernas.
Tiré de la entrepierna del pantalón, incapaz de aliviar la presión.
Incluso me había dicho que había soñado conmigo antes de conocerme.
¿Qué coño significaba eso?
Había estado hiperconcentrado en no correrme en los pantalones.
Era tan suave, tan suave. Su piel se deslizaba tersa y sedosa bajo el tacto.
Sus pechos eran pequeños pero firmes. Encajaban perfectamente en las palmas de mis manos.
Me había perdido en la sensación del pulgar trazando círculos sobre sus generosas areolas.
No sé cómo había podido controlar el impulso abrumador de tirarla en la cama y devorarle el coño.
Maldito cerebro.
Si seguía visualizando esas cosas, la maldita erección no iba a desaparecer.
La cuestión era que me había puesto a prueba y provocado hasta volverme loco de lujuria, y luego había ido y admitido abiertamente que quería follar conmigo.
Así, sin más. Me había retado a hacerlo, en realidad.
Yo había hecho un esfuerzo sobrehumano por ser noble y profesional, ¡virtuoso, joder!
Y entonces, la misma mujer que deseaba con toda mi alma me había acusado de encontrarla repulsiva.
Pero. Qué. Cojones.
Mi indignación alcanzó un nuevo máximo.
Había tenido que recordarle que era hermosa, la persona más exquisita que había conocido en mi vida. Y luego había tenido que darle la trágica noticia. No podía follarla. Menuda broma de mierda.
—Maldita sea —nada de esta mierda entraba en mis funciones.
Y ella había pasado a tratarme como si yo no quisiera follarla hasta fundirnos en uno; como si no me estuviera muriendo por cumplir la fantasía erótica que me traía loco desde que la tuve en los brazos por primera vez.
Ante mis propios ojos, se había transformado de la dulce Missy en una persona diferente, asertiva, incluso contundente.
Había dicho lo que pensaba, como si los actos no tuvieran consecuencias.
Incluso había dicho que se buscaría a otro con quien acostarse.
Por encima de mi cadáver.
Cómo no me explotó la cabeza en ese momento, no lo sé. Las sienes todavía me palpitaban. Desde luego, parecía que había tenido una hemorragia cerebral. Y la mujer me había endosado toda la jodida responsabilidad de ser el adulto y mantener los límites entre nosotros.
A mí. Al tipo que no quería ser el adulto en la habitación.
A mí. Al imbécil al que le encantaba el sexo.
A mí. Al idiota mediocre que quería follarla durante días hasta que su coño rebosara de mi corrida y la polla se me cayera a pedazos.
El deseo por esta mujer me estaba consumiendo por dentro.
¿Tan difícil le resultaba ver que era un profesional que intentaba actuar correctamente?
Como si toda esa mierda no bastara para amargarme la vida, encima me había despedido como si fuera su maldito empleado.
Cosa que no era. Le estaba haciendo un favor a su hermana Thena, pero trabajaba para Dagger, para Equipo Rastreador y para Battle Brothers, no para la señorita Estirada Astor. No podía despedirme.
¿O sí?
La irritación impulsaba mis zancadas. Con la mandíbula apretada y los puños cerrados, crucé el recinto a grandes pasos. La gente me vio venir y se apartó de mi camino. Bien. Largaos de mi vista. Missy Astor tenía la capacidad de convertirme en una bestia furiosa.
Cuando llegué al vestíbulo, hablé con la conserje.
Le dije que la maleta de Missy se había perdido durante el viaje y le pedí que seleccionara un surtido de ropa y otros artículos de primera necesidad de la boutique del hotel.
También encargué el servicio de habitaciones para ella.
En el edificio principal, por fin tuve suficiente cobertura para enviarle un mensaje a King.
No puede despedirme. Tecleé, aporreando la pantalla. ¿O sí?
Respondió a mi mensaje de inmediato. ¿Qué hiciste?
Nada. Quizás ese era el problema. Si ella estaba aunque fuera la mitad de frustrada que yo con esta situación, nuestras frustraciones habían chocado y se habían multiplicado.
Algo habrás hecho, respondió King.
Ahogué un gruñido en la garganta. ¿Por qué siempre asumes que la culpa es mía?
¿Porque te conozco?
QTJ
Está cansada, escribió King. Dale un respiro. Mañana será otro día.
Eso lo decía alguien que no había visto la indignación que le teñía el rostro ni el fuego que le ardía en las pupilas.
No voy a dejarla sola, escribí mientras caminaba por el amplio vestíbulo. Es mi misión.
De acuerdo. No puedes dejarla sola. Así de simple. No seas imbécil.
No era un—
Me detuve a mitad del mensaje y borré el texto. Quizás sí era un imbécil, pero estaba intentando protegerla y ser mi mejor y más noble versión. Era mucho aspirar a eso. Ni siquiera sabía si podía ser mi mejor versión. O noble. Mientras tanto, ella había intentado imponerse sobre mí.
Necesito hablar con Top Dog. O con Thena. Quizás, si Missy hablaba con su hermana, se sentiría mejor respecto a… todo.
Seguimos en protocolo de no contacto, respondió King.
—Mierda.
¿Ninguna noticia?, pregunté.
Nada.
¿Monjas?
En camino.
¿Por qué demonios nos conseguiste la suite de luna de miel?
¿Suite de luna de miel? Hubo una pausa y pasaron casi treinta segundos antes de que añadiera: Ahora entiendo tu problema.
No entiendes una mierda. Aporreé las teclas. Esto es tu puta culpa.
Negativo. No solicité la suite de luna de miel. Solicité acceso restringido, la mejor posición defensiva y la ubicación más segura disponible en el complejo. John Allen, el jefe de seguridad, debió de decidir que era esa.
Ahora me sentía como un idiota.
¿Has contactado con Allen?, preguntó King.
En camino.
En vez de eso, me dirigí al bar.
Compórtate, Goof. El mensaje de Kai me llegó mientras sacaba un taburete. Estás de servicio.
Joder. Ahora tenía a King dándome sermones encima de todo lo demás. Lo único que necesitaba para calmarme y volver a ser el tipo afable de siempre era un trago de whisky, o dos, o tres, pero King no se equivocaba. Empujé el taburete a su sitio y, portátil en mano, crucé el vestíbulo.
Me reuní con John Allen en su oficina. Era un viejo Marine curtido con cara de rottweiler, a cargo de la seguridad del complejo.
Me pareció un veterano experimentado que sabía lo que hacía.
Dado que los ricos y famosos visitaban el complejo a menudo y los paparazzi intentaban colarse constantemente, la seguridad de Allen era de primera.
Repasamos todas las medidas adicionales que había implementado después de que King contactara con él.
Me mostró el mapa de la propiedad y me explicó cómo funcionaban sus patrullas.
Luego revisamos los perfiles de todo el personal y los huéspedes que había recopilado.
Le pedí que me enviara la lista por correo electrónico.
Quería hacer mi propia revisión sin tener que seguir necesariamente las normas de privacidad que limitaban su margen de actuación.
Cuando terminé con Allen, hice mi propio reconocimiento. Identifiqué todos los accesos al complejo, recorrí los terrenos, exploré los senderos y grabé un mapa en 3D del lugar en mi cerebro. El lugar era extenso y el complejo lindaba con una reserva nacional, así que me llevó un buen rato.
Para cuando llegó la medianoche, estaba muerto de cansancio.
Pillé una hamburguesa en el bar y me la comí con una cerveza, porque, bueno, ¿por qué no?
Hablé con algunos huéspedes, bromeé un poco, me desahogué.
Conocí a la encantadora Rozina, una belleza morena que buscaba diversión y un rollo de vacaciones.
Como había repasado la lista de huéspedes actuales con Allen, sabía que era policía de Nueva York.
Tenía todos los atributos que buscaba en mis compañeras de cama.
Curvilínea. Pechugona. Sexy. Cachonda. Me tiró los tejos, y sinceramente, aceptar su oferta tenía sentido.
Habría hecho maravillas con mi humor y quizás incluso curado el severo calentón que me estaba torturando.
Entonces recordé que estaba de servicio e intentando ser mi mejor versión.
En lugar de rematar la noche con un polvo rápido y duro en la habitación de Rozina, puse una excusa patética y volví a la casa del árbol.
La verdad era que no me apetecía acostarme con ella.
Yo. El Señor Siempre Listo. Missy me había dejado hecho polvo antes, pero ¿también había matado mi libido, habitualmente hiperactiva?
Negativo. Mi libido estaba perfectamente, muchas gracias. El problema era que no quería a Rozina. Quería a Missy.
La noche era fresca y las estrellas brillaban, pero ni siquiera la caminata a paso rápido me alivió la tensión que me atenazaba las pelotas. Cuando llegué a la cabaña, el sustituto de Pedro estaba sentado junto a la pasarela privada.
—¿Todo bien? —pregunté.
El hombre asintió.
—Sin problema.
La suite estaba oscura y en silencio cuando me colé dentro.
Envuelta en el velo translúcido del dosel, Missy dormía en la cama de matrimonio.
Tras comprobar la bandeja y confirmar que había cenado, fui al baño.
A la luz de la luna, entré en la ducha circular al aire libre.
Me enjaboné y me masajeé los músculos para liberar la tensión que me agarrotaba los hombros.
Me planteé hacerme una paja, pero una vez más, no era mi mano lo que deseaba.
Después de la ducha, me miré en el espejo y vi que estaba lleno de moretones. Con la barba fuera de control, parecía un maldito neandertal. Me afeité con calma y luego volví a vendarme los puntos que Missy me había cosido en el bíceps, cortesía de Snake.
Snake. Contuve un gruñido en la garganta. Iba a pillar a ese hijo de puta, y cuando lo hiciera, se arrepentiría de haber perseguido a Missy y de haberse cruzado conmigo.
Rebusqué en la maleta que King me había preparado, encontré unos pantalones de chándal y una camiseta, y me los puse.
Mientras me acercaba a la cama, vi los pétalos rojos apilados en la papelera.
Ya no había corazón en las sábanas y, sin embargo, la cama seguía siendo tentadora solo porque Missy estaba en ella.
Estaba acurrucada bajo las sábanas blancas inmaculadas, con los ojos cerrados.
Parecía aún más joven con el rostro relajado y la trenza pelirroja esparcida sobre las almohadas.
Me llegó su aroma a jabón fresco y champú floral. Olía jodidamente bien.
Rodeé la cama hasta el otro lado, aparté la mosquitera y retiré las sábanas. Debajo, vi el contorno de su pierna desnuda y un atisbo de su nalga cremosa que asomaba por debajo de la camiseta.
Mi polla se convirtió en madera petrificada.
No podía compartir cama con Missy. No soportaba la idea de tenerla ahí tumbada, suave y medio desnuda, a mi lado. Si la tocaba, no habría vuelta atrás.
Eres un profesional. No podía dejar que eso pasara. Compórtate como un profesional.
Me pregunté si el voto de celibato de las monjas sería contagioso. Si lo era, puede que yo fuera susceptible, pero mi polla era inmune. Missy, yo y la suite nupcial. ¿Cómo coño había acabado metido en este marrón?
Agarré una almohada, salí a la terraza y me tumbé en la hamaca a lamentarme bajo las estrellas.