Javier (Romance militar de héroes alfa nº 12) Capítulo catorce #2
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Capítulo catorce #2

—De acuerdo. Nada de hablar.

Dudé un momento antes de decidirme. Estaba harta de ser yo: tímida, aburrida, cautelosa, insegura. Algo había cambiado en mi interior. Algo que exigía acción, que descartaba los desmayos y apostaba por la valentía.

Al mismo tiempo, estaba tan nerviosa que tuve que entrelazar las manos temblorosas y obligarme a respirar. Armándome de valor, me acerqué a Javier y planté una mano en su pecho, luego la otra.

—¿Ángel? —aquel pecho formidable se elevó bajo mis palmas—. ¿Qué estás haciendo?

—Yo... eh... —me costó un mundo pronunciar aquel susurro tembloroso—. Necesito saber.

—¿Saber qué? —preguntó con voz ronca.

—Si todo fueron imaginaciones mías.

Tras atravesar un muro mental de miedo y nervios, me puse de puntillas, estiré el cuello y, con los ojos cerrados, le rocé la mandíbula erizada con los labios.

No me apartó, pero un gruñido le retumbó en el pecho, como un volcán despertando.

—Missy...

Abrí los ojos y descubrí en sus iris color caramelo el mismo calor fundido que fluía por mis venas.

Su mirada me robó el aliento. Lentamente, deslicé los labios hasta la comisura de su boca y me quedé allí, respirando su aire en bocanadas cortas y ávidas, embriagándome de su aroma: fuego, tierra y sal envolviéndome, aunque sus brazos no lo hicieran.

Casi me rendí.

La tensión nerviosa que me recorría casi venció, pero el latido acelerado de su corazón palpitaba con fuerza bajo mis manos, y mi propio pulso me zumbaba en los oídos. Saboreé el contraste entre la textura áspera de su barba y sus labios suaves y cautivadores.

Esto no es nada propio de ti. Mi sentido común asomó la cabeza. ¿Qué demonios estás haciendo?

Ignorando mis propias preguntas, incapaz de calmar los latidos de mi corazón, continué.

Deslicé los labios sobre los suyos hasta que nuestras bocas se alinearon.

Sus pestañas descendieron, dibujando una media cortina sobre sus ojos.

Su respiración se hizo más profunda. Cada vez que inspiraba, el pecho se le hinchaba, y cada vez que exhalaba, su aliento me envolvía en ráfagas ardientes que llenaban mis pulmones de su aire y mi mundo de su presencia.

Me incliné hacia su boca, un contacto tan ligero que apenas sentía el roce de sus labios.

Temblando de pies a cabeza, subí ambas manos hasta su cuello y luego las separé para acariciar la curva de sus anchos hombros.

Dejé que mis dedos descendieran por los costados de sus brazos, deslicé las manos sobre sus bíceps en tensión, percibiendo la fuerza que los hinchaba, la rigidez de cada músculo de su cuerpo, el poder que palpitaba en su interior.

No se movió, pero tampoco me pidió que parara. Se quedó allí inmóvil, con los puños cerrados, como si fuera de granito. Una corriente subterránea de calor ondulaba como lava bajo su piel. Su delicioso calor me envolvía, irradiando emociones que no me atrevía a adivinar.

Bajé las manos y rocé con las yemas de los dedos los finos vellos que cubrían sus antebrazos hasta llegar a sus puños. Acaricié sus dedos fuertemente apretados, anhelando que se abrieran para mí.

Era como acariciar piedras.

Eres mucho más valiente de lo que crees. Las palabras de la hermana Elsa resonaron en mi cabeza.

—Soñé contigo —susurré contra su boca, oponiendo mi deseo a su resistencia—. Soñé con este momento semanas antes de conocerte.

—No sé a qué te refieres —gruñó con los labios tensos—. Pero esto no es justo.

Alcé las cejas.

—¿Qué no es justo?

—Tú, aquí, ahora —se estremeció como si le doliera.

—Me has besado antes, ¿recuerdas? —Mi deseo buscaba el suyo. El voltaje de nuestros cuerpos vibraba entre nosotros, un zumbido intenso, casi audible—. ¿Quieres que pare ahora?

—No —su voz sonó como un gruñido grave—. Pero...

—¿Pero qué? —Nuestras miradas se cruzaron y la turbulencia en sus ojos me oprimió el pecho con temor y esperanza a la vez.

—No sabes nada de mí —murmuró.

—Quizás, si me dejas, podría aprender —Atrevida. Estaba siendo muy atrevida. Y descarada, pero necesitaba saberlo de verdad—. Ahora mismo, lo único que quiero es un beso. Un solo beso. ¿Podemos?

Contuve el aliento y esperé su respuesta, aferrada a sus puños. Un músculo le tembló en la mandíbula y cerró los ojos un instante. Su respiración se volvió entrecortada. Cada jadeo marcaba el paso de preciosos segundos.

Oh, Dios, oh, Dios, oh, Dios.

¿Y si decía que no? El estómago se me desplomó antes de dispararse a la garganta.

Oh, Dios, oh, Dios, oh, Dios.

¿Y si decía que sí?

Mis dudas e inseguridades crecían con cada momento que pasaba. Estaba siendo estúpida. Necesitada. Estaba arriesgando mi orgullo y mi dignidad. ¿Y para qué?

Las ganas de huir me tensaron las piernas. Luché por no apartar la mirada, por no ceder.

—Un beso —murmuró finalmente, con la voz tan baja y ronca que apenas lo oí—. Uno.

Oh. Dios. Mío. Había dicho que sí. Mi corazón coqueteó con un caso de arritmia. Santa Madre.

No tuve tiempo de asustarme.

Sus labios hambrientos cayeron sobre los míos como una avalancha. Sus puños se abrieron de golpe y sus manos rodearon mi cintura para encerrarme en un abrazo feroz. La pura vitalidad de su boca me robó el aliento, igual que el latido furioso de su corazón golpeando contra mi mano en su pecho.

Burbujas de alegría ascendieron desde mi estómago, me llenaron el pecho y se precipitaron a mi cabeza.

Cuando su lengua recorrió la comisura de mis labios, mi alegría se transformó en placer.

Separé los labios y acogí sus sabores, su pasión, el efecto inexplicable pero devastador que este hombre ejercía sobre mí.

Una oleada de sensaciones nuevas me inundó, abrumadoras y divinas.

Mi lengua siguió a la suya cuando se retiró.

Me sumergí en el pozo de su boca. Él gruñó y me estrechó aún más fuerte, hasta que todo mi cuerpo se amoldó al suyo, fuerte y musculoso.

Reuniendo más de mi recién descubierto coraje, exploré su boca, devorándolo.

Esto era más que un beso. Era una cadena de posesiones apasionadas unidas por nuestras bocas hambrientas, nuestros cuerpos entrelazados y nuestras respiraciones jadeantes.

Oh, sí. De esto trataban mis sueños. Esto, y más.

Oh, Dios, cómo lo deseo. Lo deseo ahora.

Enredé los dedos en su cabello, disfrutando la sensación de las hebras cortas contra mi mano.

Con la otra mano, recorrí cada curva y recoveco de su maravilloso cuerpo, que me había tentado e intrigado durante más tiempo del que quería admitir.

Memoricé su forma y su tacto bajo mis dedos.

Quería capturar su pasión y guardarla dentro de mí para siempre.

Un incendio ardía en mi centro, encendiéndome la piel.

El anhelo entre mis piernas me hacía jadear entre besos.

Pegada a él, su pecho cincelado presionaba contra mis senos suaves y mis pezones tensos ardían contra su camiseta.

Su entrepierna se hinchaba contra mi vientre y su calor abrasador se frotaba contra mí, instando a mis caderas a moverse con él.

El beso continuaba. De algún modo crecía, expandiéndose dentro de mí, nutriendo mi cuerpo y mi corazón, floreciendo hasta convertirse en una presencia gigante que colmaba mis espacios vacíos, transformándose en algo imparable, esencial, incandescente.

Su boca llevaba el control, feroz pero también tierna, posesiva pero también liberadora.

Me dejé guiar, ansiosa por complacerlo y complacerme.

Mis terminaciones nerviosas hormigueaban con sensaciones nuevas y asombrosas.

Nacían del tacto de sus manos recorriendo mi cuerpo, de la ondulación sutil de sus caderas presionando contra mí, del placer que su boca y su lengua desataban en mí.

Una de sus manos se deslizó bajo mi camisa.

Sus dedos apartaron la copa del sujetador y reclamaron mi pecho.

Oh, Señor.

Su agarre era exquisito, firme pero fluido mientras amasaba mi carne. Su pulgar acarició mi pezón hasta que gemí. Mi pezón era un vórtice de placer en sí mismo, uno que me llevaba peligrosamente cerca del borde de algo desconocido.

Dios, no dejes que este beso termine.

Ni siquiera en mis sueños más vívidos me había sentido así, viva, en llamas, lista para estallar en una erupción de placer.

Deslicé la mano por el centro de su torso y jadeé al notar la dureza que abultaba sus pantalones.

Me detuve sobre la cintura de sus vaqueros, luego bajé aún más.

A través de la tela, abarqué toda su erección.

Él gimió, un gruñido profundo en su garganta, el sonido más sexy del mundo. Presionó su dureza contra mi palma. La sensación de su excitación en mi mano disparó mi deseo y me empapó las bragas. Estaba encendida de deseo y atónita ante las reacciones que lo recorrían.

Más. Necesitaba sentirlo, desnudo bajo mi mano y también profundo en mi cuerpo. Hazlo, me desafié a mí misma. Puedes hacerlo.

Mientras nuestras bocas se devoraban en un frenesí de labios chocando, lenguas enredadas y succiones deliciosas, desabroché el botón de sus vaqueros.

La cremallera cedió y hundí los dedos en sus pantalones.

La superficie firme de su bajo vientre se deslizó contra mi palma.

Se me cortó la respiración al darme cuenta de que no llevaba nada debajo.

Deslicé la mano más abajo y jadeé, descubriendo el contraste entre su miembro duro y la piel suave, aterciopelada y lisa que lo cubría.

Un momento lo tenía agarrado, lista para entregarme a todos mis deseos. Al siguiente, gruñó. —Joder, no. —Se apartó de mí, arrancando sus labios de mi boca y su sexo de mi mano. Su espalda chocó contra la pared—. Esto no va a pasar.