Javier (Romance militar de héroes alfa nº 12) Capítulo Trece
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Capítulo Trece

Javier

—Atento, Goof —la voz de King se impuso al rugido de los motores—. PR adelante.

Lo remató con un codazo. Totalmente innecesario, dado que apenas había pegado ojo. Había pasado casi todo el trayecto despierto, fingiendo dormir, esforzándome por no mirar a la mujer sentada detrás de mí e intentando quitarme de la cabeza la expresión de Missy cuando no le devolví el abrazo.

Se había encogido y su rostro se había puesto rojo como un tomate. Parecía... ¿sorprendida? ¿Triste? ¿Enfadada? ¿Todo a la vez?

Cuando clavó la mirada en sus zapatos, se me revolvió todo por dentro. Era como si se sintiera avergonzada, cosa imposible, porque ella no tenía nada de qué avergonzarse.

Si alguien tenía motivos para sentir vergüenza, era yo. Por todas las razones que había repasado minuciosamente durante mi tiempo con Missy, y otra vez durante mi siesta fingida, no podía tenerla. No era el hombre para ella. No me querría. No si supiera.

Aun así, la decepción que percibí en ella me dolía en lo más hondo. Y sin embargo, así tenía que ser. ¿Qué esperaba? No podía ponerme cariñoso delante de King. Ni delante de nadie. Eso no iba conmigo.

¿O sí?

No. No podía haber nada de eso entre nosotros, nada de tonteos, nada de líos.

No más besos robados ni caricias furtivas.

No más anhelos estúpidos ni deseos inapropiados.

Mi tren se había descarrilado unas cuantas veces durante la extracción, pero ahora que estábamos de vuelta en la vía principal, todo tenía que ser estrictamente profesional.

Tenía un buen plan. En cuanto regresáramos a Astor House, dejaría a Missy con Thena y me ofrecería voluntario para la siguiente misión.

Había otras dos hermanas Astor desaparecidas.

Yo podía encontrarlas. Seguro que ahora, después de encontrar a Missy, me había ganado suficientes puntos para conseguir otra misión o dos.

Mi esperanza era que la siguiente operación me llevara lo más lejos posible de la casa. ¿El Polo Norte? Apúntame. ¿Una infiltración en Siberia? Cuenta conmigo. ¿Una expedición por el Himalaya? Yo, yo, yo.

Estiré los brazos, me incorporé y me deshice de los nudos del cuello y la espalda.

Los moretones se habían asentado, los puntos del brazo me ardían y las articulaciones rígidas protestaban por la paliza que me había llevado al luchar contra Snake y sus mercenarios.

No es que fuera a admitir nada de eso en voz alta.

Gajes del oficio. O eso, o mi culo se estaba volviendo viejo y arrugado y me estaba ablandando de cuerpo y corazón.

De corazón, seguro. Missy había conseguido derretir mis defensas.

Nunca había estado tan obsesionado con una mujer, la única mujer en el mundo que no podía tener.

No podía sacármela de la cabeza. ¿Cómo me había encaprichado tanto de ella en tan poco tiempo?

¿Cuándo había ocupado cada rincón de mi mente?

¿Por qué no podía quitarme de encima esta necesidad de estar con ella, de complacerla?

Me bebí una botella de agua de un trago, cedí a mi impulso y eché un vistazo al asiento trasero. Missy estaba acurrucada de lado, con la mejilla apoyada en las manos juntas, dormida. Parecía exactamente lo que su indicativo sugería, ese indicativo que había aceptado, no de mí, sino de King.

Maldita sea. Ahogué un gruñido.

Quería estirar el brazo, pasar los dedos por su largo y sedoso cabello y despertarla con un beso. No era solo inteligente, amable y hermosa. Era irresistible. Eso convertía los próximos días en territorio peligroso para mí. Tenía que mantenerme alejado de ella pasara lo que pasara.

Acurrucadas en el asiento detrás de Missy, las monjas se apoyaban la una en la otra, también dormitando. Bien merecido. Mi pequeño Equipo B había hecho un trabajo increíble durante la exfiltración. Ahora eran de primera. Si pudiera, les daría medallas a todas.

—Ahí está —King señaló un elegante sedán Mercedes negro aparcado en una calle lateral junto a una bodega—. Para aquí.

Cuando la furgoneta redujo la marcha y se detuvo, K-man bajó y fue a hablar con el conductor. Llevaba uniforme y el logo de hojas verdes de algún resort. Me gustó la atención al detalle. Por aquí transportaban a cientos de turistas así. Solo seríamos dos más.

Metí la carabina en el macuto grande y lo cerré con la cremallera.

No tenía sentido llamar la atención llevando un arma así en un país pacífico.

Para cuando abrí la puerta corredera, las mujeres ya estaban despiertas.

Después de hablar con el conductor, King rodeó la parte trasera de nuestra furgoneta y abrió el maletero. Cogí mi equipaje y me reuní con él.

—Esto es para ti —me entregó un maletín y una maleta mediana—.

Registrarse en un hotel sin equipaje levantaría sospechas, y necesitarás el portátil para el trabajo.

Ahí dentro hay cosas para ti y algunos artículos de aseo que ella puede usar —caminó conmigo para pasar las cosas al sedán—.

Tengo entendido que hay una tienda en el resort si necesita algo más.

También metí un par de tarjetas de crédito que coinciden con vuestros pasaportes y algo de efectivo, por si te quedaste sin el tuyo.

—Gracias, tío —lancé nuestro equipaje al maletero y estreché la mano de mi compañero—. Te debo una.

—Tú hiciste el trabajo duro completamente solo —King tiró de mí para chocar hombros y me dio unas palmadas en la espalda antes de soltarme la mano—. Lo petaste. Omega lo verá. Joder, puede que hasta Bozeman esté de acuerdo.

Se me hizo un nudo en la garganta mientras el orgullo me hinchaba el pecho. Luché por no mostrarlo, pero sus palabras me llegaron.

—¿Micah Bozeman? ¡Ja! —oculté mi reacción tras un resoplido—. Me odia a muerte.

—Bah —King se encogió de hombros—. Quizás un poco menos de lo que crees.

Hasta ese mismo momento, no me había dado cuenta de cuánto ansiaba la aprobación de mis compañeros, su confianza. Para variar, hacer algo bien sentaba de maravilla.

—Sigue así —dijo King—. Aún no estamos fuera de peligro.

—Tú cuídate las espaldas, ¿me oyes? —me aclaré la garganta—. Nos vemos pronto, hermano.

Kai retrocedió unos pasos, levantó dos dedos en el aire y me hizo el signo de la paz.

Se desvió a la bodega para comprar unos plátanos que las monjas habían pedido.

La feroz monjita de lengua afilada que había llegado a respetar salió de la furgoneta y se acercó con su andar bamboleante.

Se plantó delante de mí, la boca recta, los brazos cruzados.

—¿Ibas a irte sin despedirte, muchacho?

—Yo no me despido.

Me puse a reorganizar el equipaje.

—Pues eso.

La Hermana Janet inclinó la barbilla cuadrada.

—Las despedidas son una mierda. Quiero que sepas que tienes todo mi agradecimiento por lo que hiciste por nosotras.

—Soy yo quien debería daros las gracias.

Dejé de trastear con las bolsas y le sostuve la mirada.

—Missy estaría muerta si no fuera por vosotras.

—No seas imbécil, pedazo de bruto. Seguro que se te habría ocurrido algo ingenioso.

Me sorprendió la confianza que tenía en mí.

—Y no me des las gracias a mí. Dáselas al Todopoderoso.

Le dediqué una sonrisa cómplice.

—Ya sabes que no soy religioso, hermana.

—Dios tampoco lo es —dijo ella—. Los humanos sí.

—Tienes toda la razón.

Resoplé una carcajada.

—¿Puedo preguntarte? ¿Dónde aprendiste a disparar así?

—Donde hay necesidad, allí voy.

Mostró los dientes torcidos y fue contando con los dedos rechonchos.

—La segunda guerra del Congo, la guerra civil siria y el conflicto de Darfur. Yemen, Nigeria y Haití. He tenido que luchar por la gente que debía proteger, igual que tú.

No sé por qué hoy había tanta emoción en el ambiente, pero me acosaba por todas partes. No me gustaba. Me sentía expuesto, vulnerable. Hice todo lo posible por bloquear las emociones y no perder el control.

—Luchar es mi profesión.

—También es la mía, solo que yo lucho por las almas.

Asintió secamente.

—Por eso entiendo tan bien tu dolor.

El malestar se revolvió en mis entrañas.

—¿Mi dolor?

—Lo ocultas bien detrás de ese cuerpazo, pero está ahí, en tus ojos, a la vista para quien quiera verlo. Te pesa. Lo llevas como un yugo invisible al cuello.

—Yo no...

—Si quieres confesarte, busca a un cura de verdad, imbécil.

Se plantó con los puños en las caderas.

—Si te pica el perdón, pídelo y lo tendrás. Pero por tu propio bien, tienes que currártelo. Así funciona el perdón, de dentro hacia fuera. Rezar está bien, pero lo que cuenta son los actos.

Era una gigante en el cuerpo de una mujer diminuta.

—Lo ves todo tan claro.

—Eso es porque soy una vieja arpía cascarrabias.

Su sonrisa se iluminó.

—El día que apareciste en el orfanato, fuiste la respuesta a mis plegarias, el instrumento de Dios.

—Eh, eh, para el carro, Tartita de Cereza —me burlé—. Las oraciones y yo no congeniamos, y Dios no querría que fuera su herramienta. Sería mala publicidad.

—Lo dudo.

Sonrió con suficiencia.

—Pero creo que tú sí te lo crees.

Hora de cambiar de tema.

—Hay algo que me reconcome.

Hice una pausa y solté la pregunta.

—¿Cómo supiste que era lo correcto?

—¿Te refieres a lo de disparar tu arma?

Asentí.

—Igual que tú, muchacho.

Se encogió de hombros.

—En el mundo hay cosas que están bien y cosas que están mal. La gente intenta decirnos lo contrario, liar las cosas, pero es simple. Le disparé a ese malnacido para defender a Missy. Estaba a mi cargo. También le disparé al malnacido para defenderte a ti. Creo en ti, Goodman.

Puse los ojos en blanco.

—Es Goofman.

—No, Goodman —replicó ella—. Eres buena gente. Dios todavía tiene un plan para ti, aunque tú y Missy seáis un par de tontos.

—¿Tontos?

—Sabes de qué estoy hablando.

Entrecerró los ojillos mirándome fijamente.

—Cuida de nuestra muchacha. Si le rompes el corazón, iré a buscarte y te arrancaré los ojos. Y me aseguraré de que duela. Si se la robaste a Dios, entonces dale lo que necesita de Él.

No quería preguntar, pero lo hice.

—¿Y eso qué es?

—Amor.

Hice una mueca. La palabra me golpeó como un martillazo en la cabeza.

—Yo no hago esa mierda.

—Ahora sí, aunque este zoquete cabezota no lo sepa todavía.