Capítulo Trece #2
Sacó mi arma secundaria del bolsillo y me la entregó.
—Aquí tienes. Úsala pensando en Dios.
Me quedé sin palabras, sin saber muy bien qué decir.
—¿Gracias?
—De nada.
Se dio la vuelta y caminó unos pasos antes de detenerse y examinarme con su mirada atemporal.
—Estás un poco jodido, pero eres buena gente.
—¿Jodido?
Fruncí el ceño.
—¿Qué demonios significa eso?
—Jodido, ya sabes, como roto, o quizás un poco estropeado.
Abrí la boca para discutir con ella, pero entonces recordé.
En esas pocas ocasiones en las que me atrevía a hurgar dentro de mí mismo, había muchos fragmentos sueltos que chirriaban como cristales contra mis heridas en carne viva.
Me rasqué la barba incipiente. Quizás la hermana Janet tenía razón, y yo estaba aún más jodido de lo que creía.
—Cuida tu alma, muchacho.
Su mirada acerada se suavizó.
—Necesita que la remienden. Si alguien puede ayudarte con eso, es ella. Quizás se lo permitas... algún día.
***
Missy
—No estoy segura de esto —dije desde mi asiento en la furgoneta, observando a Javier mientras hablaba con la hermana Janet—. Debería acompañaros.
—Cada una tiene su sitio —dijo la hermana Elsa detrás de mí, sosteniendo su bastón plegado en el regazo—. El convento no es el tuyo.
—Quiero asegurarme de que llegáis a salvo —me di la vuelta, me arrodillé en el asiento y apoyé las manos en el respaldo—. Quizás, si me quedo, acabe encontrando mi vocación de verdad...
—Qué buena eres —la hermana Elsa me dedicó su sonrisa beatífica—. Eres muy amable, pero Kai cuidará bien de nosotras. Has recorrido nuestro camino durante tres años. Ahora es momento de que vuelvas a tu mundo y encuentres tu verdadera vocación.
—Ese es el problema —respiré hondo—. Ya no sé cuál es mi sitio.
Parpadeó varias veces.
—¿Cómo dices?
—Toda mi vida fui la menor, la más débil, la inferior.
Mi padre me trataba como si fuera una niña eterna y una imbécil además, y mis desmayos reforzaban esa impresión.
Mis hermanas cuidaban de mí. Era una carga para ellas.
Después de terminar enfermería, fui directamente a trabajar con la orden, y me sentí diferente.
Como si fuera capaz. Como si tuviera un propósito en la vida.
Quizás mi sitio sí esté en el convento, después de todo.
—Eres capaz en todos los sentidos, hija, pero no lo aceptarás a menos que vuelvas y recuperes tu vida —la hermana Elsa giró el bastón entre sus largos dedos—. Es cuestión de ir probando. Creo que aún puedes encontrar tu propósito.
—Os voy a echar muchísimo de menos —me tragué las lágrimas—. Sois las mejores.
—Cierto —sonrió con soltura—. Aunque esa vieja arpía irlandesa que parlotea ahí fuera me pisa los talones. Yo solo parezco más sabia, ya sabes. Más digna —se inclinó hacia delante, se cubrió la boca con las manos y, aún sonriendo, fingió susurrar—: Se me da mejor el papel.
Me eché a reír, pero luego, pensando en lo desconocido, me puse seria.
—Tengo miedo.
—Lo sé.
—De pequeña, tenía a mis hermanas para protegerme —murmuré, vacilante—. En los últimos tres años os he tenido a ti, a la hermana Janet y a la orden cuidando de mí.
—Sabes dónde encontrarnos —me recordó con dulzura—. Siempre nos tendrás.
—Es que... no soy muy valiente.
—Ay, por favor —negó con la cabeza—. Qué equivocada estás, hija. Fuiste muy valiente cuando te enfrentaste a esos matones en el complejo. Fuiste feroz anoche cuando luchaste contra esos viles mercenarios. Corriste como el viento para ayudar a Javier. Eres mucho más valiente de lo que crees.
—Y después me desmayé, maldita sea —hice una mueca y se me cayeron los hombros.
—¿Y qué más da si naciste con un interruptor de encendido y apagado? —extendió la mano, encontró la mía y me la palmeó con suavidad—. Durante tres años has luchado contra la desnutrición y la enfermedad, y lo has hecho con gran valentía.
—Soy enfermera —resoplé—. Para eso me formé.
—Hiciste más que tu trabajo. En el fondo, creo que estás lista. Es hora de dejar de huir, Missy. De tu familia. De ti misma. De tus sueños.
Me quedé boquiabierta.
—¿Lo sabes?
—Por supuesto.
—¿Cómo? —pregunté con la voz un poco ronca—. ¿Tú también eres soñadora?
—Tonterías, hija —agitó una mano lánguida en el aire—. Era fácil de ver.
—Con todo el respeto, hermana, pero eres ciega.
—Puede que mis ojos no vean bien, pero mis oídos tienen una visión 20/20 —esbozó una sonrisa dulce—.
Te oí revolviéndote en el catre muchas noches.
Noté cómo te levantabas de golpe para encontrar una rana venenosa en un cubo o un nido de escorpiones en la despensa.
No hablabas con nadie fuera del complejo, y sin embargo nos advertiste de que venían tropas a quemar el orfanato.
Podría ser ciega, pero veía más que nadie.
—Presto atención —continuó—. Te oí llamar a Javier en sueños. Fue toda una sorpresa cuando un hombre con ese nombre vino a socorrernos. También fue una revelación, y la razón por la que acepté viajar con él. Soñaste con él antes de que viniera a rescatarnos.
Así que por eso se había sorprendido cuando Javier mencionó su nombre por primera vez. Me sonrojé tanto que la cara me ardía.
—Te has quedado callada —observó—. ¿Te he avergonzado? Qué falta de delicadeza por mi parte.
—Siempre fuisteis amables conmigo. Las dos lo fuisteis —añadí mientras la hermana Janet subía a la furgoneta y se dejaba caer junto a la hermana Elsa—. Gracias.
—Venga, fuera —la hermana Janet agitó una mano rechoncha en el aire—. Te está esperando impaciente.
Seguí su mirada hasta donde Javier estaba de pie junto al coche.
—Lo de «impaciente» lo dudo.
La hermana Janet resopló.
—Por el amor de Dios, wain, ¿eres más ciega que la hermana Elsa?
—¿Qué quieres decir?
—Él te gusta y tú le gustas a él, y mucho.
Me quedé con la boca abierta.
—¿Le gusto?
—Eres más boba de lo que pareces, ¿verdad? —la hermana Janet puso los ojos en blanco—. Lánzate. O no. Es cosa tuya, pero los dos tenéis que dejar de fingir. ¿Me oyes?
—Deja de ser tan borde, vieja arpía —dijo la hermana Elsa en mi defensa—. Con esa lengua viperina vas a dejarla traumatizada.
—La chiquilla no se va a desmoronar solo porque le diga unas cuantas verdades.
Miré de reojo a Javier.
—¿Y si él no...?
—No hay olla tan fea que no encuentre su tapadera —dijo la hermana Elsa—. Ve, conviértete en la persona que estás destinada a ser. Ama con todo tu corazón y ama bien. Así encontrarás tu propósito.
Me levanté y, agachándome, le di un abrazo sentido a cada una. Cuando terminé, abrí la mochila, saqué el cuenco de comunión y se lo entregué.
—Gracias por respetar nuestras tradiciones —dijo la hermana Janet mientras lo acomodaba con delicadeza en su regazo.
Cerré la mochila y me sequé las lágrimas.
—Os voy a echar mucho de menos a las dos.
—Nosotras también te echaremos de menos —dijo la hermana Janet sorbiéndose los mocos, y luego me apuntó con un dedo admonitorio—. Ahora, vete. Pase lo que pase, no dejes que el diablo se lleve tu alma ni cedas a la llamada del cielo mientras aún te quede tiempo en esta tierra.