Capítulo Doce #3
Mis amigas estarían más seguras lejos de mí.
Una vez que nos separáramos, las hermanas no tendrían motivo para temer por sus vidas.
Ahora que estaban en un país libre, podían practicar su religión, hacer lo que quisieran.
Las mujeres también necesitaban descansar y estar entre las suyas.
Una mirada a los ojos sinceros de Kai me convenció de que era de fiar, bueno, tan de fiar como podía serlo un hombre más amable de lo normal.
—De acuerdo —concedí—. Gracias.
—No hay problema.
Kai rebuscó en su mochila, sacó una bolsa de plástico con un par de móviles desechables y se la entregó a Javier.
—Mis contactos están programados en estos. También tengo un portátil para ti en el macuto.
Se volvió hacia mí.
—¿Qué tal si nos largamos de aquí?
—Hagámoslo.
Estaba deseando alejarme de la frontera.
Kai se llevó dos dedos a la boca. Su silbido atravesó la quietud sofocante del mediodía tropical. Una furgoneta blanca con el logo de una compañía turística impreso en el lateral salió del bosque. Dos hombres iban en el vehículo. El conductor aparcó junto a la cabaña.
El pasajero bajó de un salto, abrió la puerta corredera de la furgoneta y se hizo a un lado como si esperara instrucciones. Si a los hombres les pareció rara la carabina de Javier, no dijeron nada.
—Ah.
Javier esbozó una sonrisa.
—Aquí vienen las mejores guerreras de las Hermanas de la Caridad, y con uniforme de batalla completo, por lo que veo.
—Mientras que tú pareces un pecador atrapado en vaqueros —replicó la hermana Janet—. Magic Mike en su puñetero día libre.
Javier se rio.
—Viniendo de ti, me lo tomaré como un cumplido.
Cogió la bolsa de la hermana Janet y se detuvo frente a la hermana Elsa.
—¿Me permite?
—Claro.
Ella levantó una mano y él se la colocó sobre el brazo.
—Por aquí.
Las condujo a la furgoneta.
—Debo decir que ambas están encantadoras de negro pingüino.
—Lo sé.
La hermana Elsa dirigió la sonrisa hacia él.
—Dios me dijo que este era mi color.
—Vamos, queridas.
Aún riéndose entre dientes, las ayudó a subir al vehículo.
—Vamos a llevaros a casa.
Me irritaba que sus carcajadas fueran solo para las hermanas.
Con ellas era puro cachondeo y diversión, pero conmigo se mostraba serio y distante.
Idiota. Besa a una chica y déjala con ganas de más.
Siembra el deseo y luego deja de regarlo.
Finge que te importa y luego finge que no cuando tu amigo está delante.
Aunque, pensándolo bien, era un hombre. ¿Qué más podía esperar?
Yo también lo había decepcionado. Decepcionar a la gente era algo que se me daba bastante bien, sobre todo teniendo en cuenta que había crecido sin que nadie esperara gran cosa de mí.
Javier nunca me había dado a entender que quisiera más que unos cuantos besos y caricias robados cuando nadie miraba.
Ahora que lo pensaba, yo puede que hubiera sido la principal arquitecta de esos momentos.
Lo que hubiera pasado o no entre nosotros, todo estaba en mi cabeza.
Yo era quien había desarrollado un apego enfermizo hacia él.
Yo era quien había soñado con él, no al revés.
En realidad, era tonta, tenía una pinta rara y era una necesitada que ansiaba que la gente me quisiera y me protegiera: el vivo ejemplo del fracaso.
No iba a llorar por algo que no había sido real. Acaricié el cuello aterciopelado del burro y pregunté:
—¿Qué será de este pequeño ayudante?
—Estará bien.
Kai hizo un gesto para que uno de los hombres se acercara.
—Luis se encargará de él.
Mientras Kai daba instrucciones al hombre en un español perfecto, Javier ayudó a las hermanas a acomodarse en el asiento de atrás. Rebuscó en una bolsa de la compra que cogió del asiento delantero y repartió aperitivos y refrescos a mis amigas.
—¿Missy?
Era una orden, nada más, y no me tocó mientras subía al vehículo.
De hecho, casi se apartó de mí cuando subí el escalón.
Me senté sola en el asiento del medio. Las hermanas, que charlaban detrás de mí, me pasaron una Orange Crush y una barrita energética.
Rasgué el envoltorio de la barrita, pero de repente ya no tenía hambre.
El conductor subió a la furgoneta. Kai estrechó la mano de Luis, que aparentemente se quedaba atrás para borrar todos los rastros de nuestro paso y encontrarle un nuevo hogar al burro. Sin siquiera dirigirme una mirada, Javier cargó su mochila, el equipo y el petate en el vehículo.
Me mordí el labio. El bombón había pasado por la transformación de siempre. Inevitablemente, se había convertido en un imbécil. Y ahora que ya no estábamos en peligro, se esforzaba al máximo por demostrarme lo imbécil que era.
Punto hecho. Mensaje recibido. Como él diría, enterado.
Me abroché el cinturón de seguridad y, canalizando a Affie, le lancé su actitud de «vete a freír espárragos». Bueno, al menos eso esperaba. No tenía mucha práctica con eso de la actitud, pero bueno, iba a aprender.
Kai ocupó el asiento del copiloto. La furgoneta se balanceó cuando Javier subió al vehículo, cerró de un portazo y se dejó caer en el asiento delante de mí.
—¿Lo tienes controlado? —preguntó mientras abría el petate y metía dentro su mochila y todo el equipo.
—Lo tengo controlado —le aseguró Kai—. Duerme un poco.
Sin decir otra palabra, Javier se metió la pistola en la parte trasera de los vaqueros, guardó el petate debajo del asiento y apoyó la carabina junto a él para tenerla a mano.
Se dobló sobre las rodillas y, ocupando todo el espacio del asiento, se tumbó de lado.
Su cuerpo apenas cabía y sus grandes pies sobresalían del borde mientras cerraba los ojos y se quedaba dormido.
Y así, sin más, nuestra peligrosa aventura había terminado y yo iba camino de mi destino turístico, dejando atrás todos los rastros de mi vida en Nicaragua, junto con la lujuria y el afecto incipiente que una vez había sentido por un tal Javier Guzmán, imbécil en jefe.