Capítulo Once #3
—Tápate los oídos —dos disparos de la carabina y el cacharro saltó en pedazos. Bajé el arma—. Ya nadie va a rastrearte. Ni dios.
La estreché entre mis brazos y la abracé contra mi pecho con más fuerza de la que jamás había abrazado a nadie en mi vida.
Me colgué el rifle del mercenario muerto al hombro, le sujeté la nuca y le presioné la cara contra mi pecho, donde el corazón me latía tan fuerte que temí que fuera a salírseme de la caja torácica.
Lo peor de la tormenta había pasado y había dejado tras de sí una lluvia constante que nos lavaba parte del barro pegado, pero ¿el miedo? ¿El terror de perder a Missy cuando acababa de encontrarla?
Ese se quedaría conmigo para siempre.
—Lo siento —susurró, justo antes de desmayarse en mis brazos.
—¿Missy? —Sostuve su cuerpo inerte y la senté con cuidado en el suelo mojado—. Ángel, por favor, ¿qué te pasa?
La desesperación me oprimió el pecho y el pavor me revolvió las entrañas. ¿La habían alcanzado? Presa de la ansiedad, busqué heridas.
—Está bien, wain —la hermana Janet se acercó a mi lado—. A veces le pasa.
—¿El qué?
—Se desmaya —anunció la hermana Elsa mientras tanteaba el camino con el bastón hasta ponerse a mi lado—. Es una reacción al estrés, una misericordia de Dios, creo yo.
Ah, sí. Recordé que sufría desmayos. Me sentí como un idiota. Por un instante, esa extraña sensación de miedo me había nublado el juicio. Pero eso no significaba que me gustara más verla inconsciente.
—Joder —maldije—. No se despierta.
—Ya no tardará mucho —insistió la hermana Elsa—. Va a estar bien.
—¿Está segura? —exigí saber.
—Bastante —respondió la hermana Janet—. Mírela. Ya está volviendo en sí.
—¿Missy? —La sostuve contra mi pecho y le acaricié la cara—. Ángel, ¿me oyes?
—Dale un momento —aconsejó la hermana Elsa.
—Mientras tanto, ¿quiere que tiremos las armas de los matones? —preguntó la hermana Janet.
—Adelante —me obligué a pensar—. Tírenlas al pantano, pero quédense con mis armas. Registren a los mercenarios y saquen todo lo que pueda servir de información: móviles y esas mierdas.
—Muy bien. —La Hermana Janet cogió a la Hermana Elsa del codo—. Vamos, querida.
—Vamos, ángel. —En cuanto las monjas se dieron la vuelta, le planté un beso en la frente—. Despierta. Necesito que estés bien.
Abrió los ojos con un parpadeo. Un pequeño ceño le arrugó la frente. Parpadeó para despejar la confusión.
—¿Qué pasó?
—Te desmayaste —dije, arrastrado por una ola de alivio que me permitió volver a respirar.
—Maldita sea. —Se incorporó y, tras frotarse la cara, me miró a los ojos—. Odio cuando me pasa esto. Lo odio con toda mi alma.
—Yo también. —Mis tripas retorcidas no podían estar más de acuerdo—. ¿Crees que puedes levantarte?
—Sí.
Se aferró a mí mientras la ayudaba a ponerse de pie.
—Perdona —murmuró—. Es un trastorno neurológico...
—Lo sé. —La sujeté contra mí—. Aun así, casi me cago encima.
—Intento evitarlo. —Dejó caer los hombros y bajó la mirada—. Soy una blandengue.
—No te atrevas a menospreciarte. —Le levanté la barbilla y la miré a los ojos—.
Acabas de enfrentarte a un grupo de mercenarios, joder, y desarmaste a Snake como una profesional.
¿En qué demonios estabas pensando? —Se me quebró la voz y una oleada de emociones que no alcanzaba a comprender me oprimió el pecho—.
Te dije que te fueras. ¿Por qué coño has vuelto?
—Tenía que hacerlo —murmuró, con la vista clavada en sus manos.
—¿Por qué?
Tragó saliva y la forma en que me miró me dejó sin aliento.
—Tenía que ayudarte.
Puede que la zarandeara un poco, a la muy temeraria.
—¡Podrías haber muerto!
—Tú también podrías haber muerto —respondió, con los ojos húmedos—. No podía abandonarte. No podía dejarte atrás.
Me mordí los labios y casi lloré al oír sus palabras, por todo lo que significaban para mí. Una vieja herida palpitó en algún lugar detrás del esternón. Había dejado atrás a un hombre una vez. Nunca lo había superado. Pero Missy no era como yo. Ella era mucho más.
Algo se rompió dentro de mí. Esta mujer buena, amable y maravillosa había arriesgado su vida, había ido contra sus creencias, había empuñado un arma y había matado a alguien para protegerme.
Qué desperdicio de bondad.
Era culpa mía que su alma inmaculada llevara ahora la marca de una vida arrebatada.
La estreché contra mi pecho y le rocé la frente con los labios.
—Lo siento mucho, ángel. Sé que no querías usar un arma ni matar a nadie.
—No lo maté —susurró tan bajo que casi no la oí.
Me aparté y le escruté el rostro.
—¿No lo hiciste?
—Tenía razón. No pude hacerlo. —Su mirada acuosa fue del hombre muerto al arma en el suelo, y luego a mí—. Lo único para lo que sirvo es para desmayarme.
La mueca que le torció el rostro me llegó al alma.
—No digas eso.
—Es verdad. —Se le hundieron los hombros—. No pude apretar el gatillo.
—Pero si no lo mataste tú, entonces ¿quién coño lo hizo? —pregunté, frunciendo el ceño.
—Esa fui yo, pedazo de bombón. —La Hermana Janet se acercó con el arma que le había dado en las manos—. Yo maté al maldito hijo de puta. Que el buen Dios me perdone, pero buen viaje, digo yo. El mundo necesita menos de esos y más de vosotros.