Javier (Romance militar de héroes alfa nº 12) Capítulo Doce
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Capítulo Doce

Missy

Casi seis horas después, salimos de la reserva natural secos pero sucios, exhaustos pero vivos. Apenas nos habíamos detenido un par de veces para beber agua y darle un respiro al burrito. No paraba de mirar por encima del hombro, temiendo que Snake volviera con más mercenarios.

Dios, ojalá no volviera a desmayarme.

El estrés me había derrotado. Estaba furiosa conmigo misma, con mi estúpido nervio vago defectuoso, que me había traicionado al impedirme apretar el gatillo y proteger a Javier y a mis amigas cuando más me necesitaban.

Era como una de esas damiselas indefensas de las películas antiguas, siempre demasiado débil para hacer lo que había que hacer, siempre necesitando que la rescataran, un cliché con patas.

Me clavé las uñas en las palmas. Me odiaba a mí misma.

Mientras avanzábamos, el barro seco se me pegaba a los zapatos y las piernas, y el calor y la humedad de otra mañana de huida agotaban las pocas fuerzas que me quedaban. Necesitaba una ducha, una comida y una cama.

Todos lo necesitábamos.

Javier, que iba delante de mí, levantó un puño en el aire. Nos había entrenado bien. Me detuve bajo la sombra de los árboles, igual que el burrito que llevaba a las monjas.

—Esperad aquí —susurró—. Vuelvo enseguida.

Avanzó y desapareció en la jungla. Me pareció notar cierta rigidez en su forma de andar. Antes, el imbécil arrogante se había negado a que le curaran hasta que «terminara su trabajo».

Cuando terminó la pelea, recuperó sus armas, las limpió rápidamente y comprobó que funcionaran.

Rastreó a Snake y confirmó que había escapado en la lancha motora.

Tuvo mucho que decir al respecto, sobre todo en forma de palabrotas.

Luego recogió los dispositivos electrónicos de los mercenarios que tenían las monjas y arrojó los cadáveres al pantano inundado.

Solo entonces me dejó curarle el corte sangriento del bíceps.

A pesar de sus protestas de que estaba bien y de que aparentemente estaba acostumbrado a que lo golpearan, apuñalaran y le dispararan con una regularidad alarmante, me esmeré en desinfectar, suturar y cubrir la herida con un vendaje limpio de los suministros que había metido en mi mochila.

También le inyecté antibióticos de una jeringa que encontré en su botiquín compacto.

Si la hoja del mercenario hubiera alcanzado unos centímetros más arriba y hacia un lado, podría haberle rebanado la garganta a Javier. No habría podido salvarlo. Se me puso la piel de gallina solo de pensarlo.

Intenté apartar de mi mente el terror de la noche anterior. El burro dio una patada en el suelo y resopló. Las monjas y yo esperamos juntas en silencio. Después de todo lo que había pasado, ¿qué se podía decir?

La Hermana Janet y Javier habían salvado la situación. Habían hecho lo necesario para sobrevivir. ¿Y yo? No precisamente. Había dudado y luego me había desmayado. ¿Se puede ser más patética?

Les había fallado a Javier, a las hermanas y a mí misma.

Por otro lado, mi pesadilla sobre las serpientes no se había hecho realidad.

Eso era un alivio. No todos los sueños terribles que tenía se convertirían en realidad.

O quizá las serpientes de mi sueño habían sido una metáfora del mercenario tatuado que estaba a punto de dispararle a Javier cuando llegué. ¿Quién demonios lo sabía?

La falta de fiabilidad de mis sueños me carcomía. ¿Qué era peor que tener sueños que se hacían realidad? Tener sueños que socavaban la realidad y te hacían dudar de cuándo creer en ti misma.

—Toma un poco de agua, anda —la Hermana Janet me tendió una botella—. Pareces agotada.

Di un largo trago y le devolví la botella. Estaba agotada. Joder, hasta el alma me pesaba.

Estaba deseando volver con Thena. Ansiaba sus abrazos, su risa, sus consejos. Thena sabría qué hacer con mis sueños y mi atracción por Javier. Ella lo entendería todo. Me daría perspectiva y encontraría la manera de parar mis sueños de locos.

Quizá Cece y Affie ya habrían vuelto a Astor House. ¿No sería increíble? El pecho se me hinchó de esperanza. A lo mejor yo era la última en llegar a casa y estaríamos todas juntas de nuevo.

Podría pasar. Muy pronto. Una sonrisilla me asomó a los labios. Dash también estaría allí, y Cook y Sandy. Una sonrisa amplia me iluminó la cara. Todos en un solo lugar. Bueno, excepto Nix. Él se había ido para siempre.

La sonrisa se me murió en los labios.

Antes de que el dolor pudiera apoderarse de mí, Javier regresó.

Se materializó como una sombra que se desprendía de la jungla y nos hizo señas para que lo siguiéramos.

El corazón me dio un vuelco. Era como si hubiera estado ausente durante años en lugar de minutos.

Había sido tan amable conmigo después del ataque, tan cálido y generoso con sus abrazos y sus besos castos.

Había dejado que su alivio se notara de una manera que me hacía sentir que le importaba a alguien.

Algo había cambiado entre nosotros durante la huida de Nicaragua.

No estaba segura de qué era ni qué significaba, pero me llenaba por dentro.

Seguí sus pasos cautelosos mientras sorteábamos el terreno.

Diez minutos después, llegamos a un camino de tierra y nos detuvimos junto a lo que parecía una choza abandonada.

—Bienvenidas a Costa Rica —Javier señaló con el pulgar hacia atrás—. Eso de ahí era la frontera.

—Gracias al Señor —las dos monjas se santiguaron.

—Gracias a ti —sin pensarlo, me adelanté y abracé a Javier con todas mis fuerzas, agradecida por él, por su valentía, por su afecto—. Estamos vivas gracias a ti.

Se quedó rígido entre mis brazos.

Fue extraño. Cuando levanté la vista, su rostro estaba inexpresivo. Sus brazos no se alzaron para abrazarme. Sus ojos evitaron los míos. Era como abrazar una estatua.

Uy.

El afecto que me había mostrado cuando me besó antes había desaparecido.

La atención que me había prodigado en el camino hasta aquí, el cuidado que había puesto en mi bienestar incluso después de sobrevivir a nuestro encuentro con Snake y sus mercenarios se había evaporado en el instante en que cruzamos la frontera.

¿Qué demonios?

Quizá mi incapacidad de dispararle a un hombre para salvarle la vida le había calado hondo en algún momento de las últimas seis horas. Tal vez ahora se daba cuenta de que yo era inútil. Un sonido resonó en mi cabeza.

Riiiiip.

Unas tijeras invisibles rasgaron la conexión que había sentido entre nosotros y rompieron el frágil tejido que habíamos tejido a lo largo de nuestra huida.

El desgarro me dolió en lo más hondo del pecho.

Lo solté y me quedé mirando mis zapatillas embarradas.

Me ardía la cara. No podía quitarme de encima la sensación de que había traspasado algún límite invisible.

El hechizo que nos había unido antes ahora nos separaba.

—Os presento a mi compañero de equipo —se apartó de mí con un paso deliberado y señaló al hombre que salió discretamente de la cabaña—. Este es el K-man del Equipo Rastreador, también conocido como Kai King.

—Aloha, señoras —Kai hizo una reverencia respetuosa a las hermanas y me tendió la mano—. Missy Astor. He oído hablar mucho de ti. Es un placer conocerte.

Su mano envolvió la mía, grande y cálida.

El apretón era firme pero no aplastante.

La sonrisa le brillaba en los ojos castaños rasgados y animaba sus cejas rectas.

Una barba incipiente le sombreaba el labio superior y la mandíbula cuadrada.

Llevaba el pelo negro y liso largo por arriba pero muy corto a los lados.

Era alto, de metro ochenta y ocho más o menos, y su piel morena relucía como el cobre bajo la luz del sol.

Los pantalones cortos tipo cargo de color tostado y la camisa hawaiana amarilla estampada no lograban disimular su constitución de nadador: pantorrillas musculosas, brazos fornidos, hombros anchos y caderas estrechas.

¿Ser guapo era un requisito para entrar en el Equipo Rastreador?

Las sandalias Teva contribuían a su aire de turista, pero a mí no me engañaba.

Irradiaba un estado de alerta que igualaba el de Javier.

Apostaba a que Kai llevaba armas, quizá escondidas bajo la camisa holgada, o en la discreta mochila Adidas, o dentro del bolso de lona que sostenía en la otra mano.

—Tu hermana Thena se va a poner contentísima —Kai me soltó los dedos—. Omega también. Goofman se va a llevar un buen pellizco por esto.

—¿Ah, sí? —fruncí el ceño—. ¿Entonces Thena y Dash todavía no lo saben?

—Estamos en silencio de radio —Javier se adelantó a la respuesta de Kai.

—¿Eso significa que no puedo llamar a mi hermana desde tu móvil?

—Me temo que sí —Kai se encogió de hombros—. No podemos arriesgarnos a que alguien rastree nuestras comunicaciones o localice nuestra posición ahora mismo.

Dejé escapar un largo suspiro. Quería escuchar la voz de mi hermana, ver su cara, demostrarme a mí misma que estaba bien.

—¿Qué hay de Cece y Affie? ¿Alguna noticia sobre ellas?

—Que yo sepa, no —Kai debió de notar la decepción pintada en mi cara—. Estamos en ello. Las encontraremos, igual que Javier te encontró a ti.

—Eso espero —me aventuré a mirar a Kai—. Pero es difícil, ¿sabes?

—Paso a paso —sus ojos rebosaban compasión—. O quizá debería decir una hermana Astor cada vez —me animó con una sonrisa y señaló hacia la cabaña—. ¿Alguien necesita usar las instalaciones antes de ponernos en marcha?

—Yo —la hermana Elsa levantó la mano.

—Yo también —dijo la hermana Janet—. Me vendría bien usar el baño.

—No es un baño propiamente dicho —explicó Kai mientras ataba el burro a un árbol junto a la cabaña—.

Es un pequeño montaje que preparé para Guzmán, para que pudiera hacerse pasar por un fulano cualquiera después de su misión.

No os esperaba, señoras, pero hay algo de jabón, un par de garrafas de agua limpia y un retrete en la parte de atrás.

Tardaremos un rato en llegar a la siguiente parada.

—Tu compañero es brillante —le dijo la hermana Janet a Javier—. Es estupendo.