Javier (Romance militar de héroes alfa nº 12) Capítulo Once #2
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Capítulo Once #2

El pie de Missy golpeó a Snake en la superficie expuesta por encima del chaleco táctico, estrellándose contra el punto donde el cuello se une al pecho.

Continuó el movimiento como si él fuera solo una valla que había saltado.

Snake cayó de espaldas, graznando con voz ronca.

Perdió el agarre de la carabina y las manos se le dispararon hacia la garganta.

Missy aterrizó al otro lado, tropezó en el barro y rodó hacia adelante dando una voltereta.

Joder. Missy estaba aquí. Aquí mismo, joder.

El mercenario que me sujetaba podía tener fuerza sobrehumana, pero no sabía con quién se estaba metiendo.

Ni que la presencia de Missy era el chute de energía que necesitaba.

Probablemente estaba tan sorprendido como yo por la visión de la mujer menuda que había derribado a su jefe como si su cuerpo fuera una flecha letal. Le estrellé la nuca contra la cara.

Crac.

Noté el dolor del golpe, pero estaba demasiado cargado de adrenalina para sentirlo mucho.

El impacto también liberó mis manos y piernas de su agarre.

Extendí la mano hacia atrás, agarré la parte superior del chaleco táctico de mi oponente y, poniéndome en cuclillas de un salto, lo lancé por encima de mi cabeza y lo estrellé contra el suelo.

Plaf.

El mercenario se hundió en el barro. Saqué el arma de Snake de la parte de atrás del pantalón y apreté el gatillo.

Clic. No pasó nada. Mierda. Estaba encasquillada.

El tango se incorporó. De espaldas a mí, se esforzó por levantarse del barro.

Tiré el arma a un lado, saqué el cuchillo y, agarrándole la cabeza, le giré el cuello y le pasé la hoja por la garganta.

Se quedó quieto bajo mi agarre.

—¡Javi!

Me levanté de un salto justo a tiempo para ver a Snake incorporarse del suelo. Con una mano sujetaba la pierna de Missy, arrastrándola con él. Con la otra tanteaba en el barro, tratando de recuperar la carabina.

—Ah, no, eso sí que no. —Podría haber agarrado una de las armas tiradas en el suelo, pero con tanto barro, no tenía garantía de que ninguna funcionara.

Tenía la mano sobre Missy, la carabina casi a su alcance, y yo no tenía tiempo que perder.

Cuchillo en mano, placé al pedazo de mierda con todo el cuerpo.

Snake perdió el agarre de Missy. Su espalda se estrelló contra el árbol de mango.

El refugio improvisado se vino abajo, pero el cabrón se mantuvo en pie.

Me agarró la muñeca derecha y se zafó a la fuerza de mi alcance.

Sus respiraciones jadeantes impregnaban el aire de un olor ácido.

Incluso con una bala dentro, era un hijo de puta duro.

Una hoja salió disparada de debajo de su manga izquierda. El cuchillo se me clavó en la carne. El escozor me alertó de su truco y le atrapé el brazo.

Hijo de puta.

Le levanté la rodilla al bajo vientre. Una ráfaga de aire salió disparada de sus pulmones. Desvié su hoja con la mía, hice una garra con la mano izquierda, le enganché el dedo en el aro del septum y tiré.

El chillido que salió de su garganta pertenecía al infierno.

La sangre brotó de la nariz y se filtró entre los dedos.

El tabique desgarrado le colgaba sobre la boca.

Soltó la hoja. Metí el cuchillo en la funda, le atrapé el cuello entre las manos y apreté, viendo cómo la luz se apagaba en sus ojos, esperando a que perdiera el conocimiento para llevármelo y tener esa conversación pendiente...

—¡Detrás de ti! —gritó Missy.

Me di la vuelta un segundo antes de que varias balas se incrustaran en el árbol. El último de los tangos hizo su aparición.

—¡A cubierto! —le ladré a Missy.

Una lluvia de disparos acompañó mi retirada apresurada.

Me lancé al otro lado del campamento para atraer el fuego hacia mí y alejarlo de Missy.

Rodé detrás del jacarandá, pero el imbécil seguía disparando.

Entre ráfaga y ráfaga, eché un vistazo. Al otro lado del campamento, no veía a Missy.

Divisé a Snake, que se lanzaba hacia la línea de árboles.

Maldito cabrón. Desapareció entre el follaje, cojeando.

¿Dónde demonios estaba Missy? Se me cayó el alma a los pies. ¿Se la había llevado Snake?

Antes de que pudiera alterarme demasiado, el tiroteo indiscriminado cesó. Eché otro vistazo y vi a Missy de pie a un lado del tirador, apuntándole con mi Glock. La pistola, entre sus manos temblorosas, goteaba barro, pero la mantenía en alto.

Chica valiente.

—Se acabaron los disparos —dijo ella, con voz aguda y cortante—. Suelta el rifle.

El hombre mantuvo la carabina apuntándome y el dedo en el gatillo, pero yo sabía que todos sus sentidos estaban ahora concentrados en la mujer que permanecía en su visión periférica.

Un sol enfermizo asomó por el horizonte nublado.

Mi rifle yacía al otro lado del claro. Mi Glock estaba en manos de Missy.

La única arma que tenía era mi cuchillo, pero estaba demasiado lejos para usarlo.

El mercenario me tenía inmovilizado detrás del maldito árbol.

—Suelta el rifle —ordenó Missy de nuevo, con voz débil—. Suéltalo.

—¡Dispárale al cabrón! —grité—. ¡No esperes! ¡Dispárale!

—No quieres dispararme, princesa —dijo el imbécil, con voz casi amable mientras me mantenía en el punto de mira—. No has pasado todo este tiempo haciendo buenas obras solo para condenar tu alma ahora, ¿verdad? He oído que eres demasiado buena para hacer algo así. Demasiado amable.

—No me pongas a prueba —endureció la voz, pero al echar otro vistazo vi que le temblaba el brazo y le flaqueaban las rodillas—. De verdad que no quiero matarte.

—Lo sé —la sonrisa del Caramierda se ensanchó—. Ojalá pudiera decir lo mismo, pero si no te mato, no cobro.

Se me heló la sangre en las venas cuando vi el brillo asesino en sus ojos. Era un hombre al que pagaban por matar. Se giró bruscamente, con el dedo ya apretando el gatillo.

Cuchillo en mano, me lancé hacia el asesino.

Crac.

Una neblina sangrienta brotó del lateral de la cabeza del hombre.

Cayó al suelo a mis pies. Actuando en automático, agarré su rifle, me llevé la carabina a la mejilla y, protegiendo a Missy con mi cuerpo, giré sobre mí mismo trescientos sesenta grados para comprobar si había más amenazas a nuestro alrededor.

No más tangos. Sí divisé a la hermana Elsa, que se bajaba con cuidado del pequeño burro, y a la hermana Janet, de pie junto al animal, parcialmente oculta detrás de los árboles cercanos junto al camino.

El rugido de un motor a lo lejos anunció que Snake había logrado escapar. Que le den. Como si me importara una mierda. De todos modos iba a encontrarlo, y cuando lo hiciera, se iba a enterar.

—Despejado —ladré más por costumbre que otra cosa, y me agaché a comprobar el pulso del mercenario.

Fiambre.

Mi entrenamiento me dio la presencia de ánimo para apagar su tableta de rastreo y guardármela en el chaleco. Con los sentidos alerta y la guardia en alto, me acerqué a Missy, saqué mi Tak del bolsillo de sus mallas y lo tiré junto a las raíces del jacarandá.