Capítulo Seis
Missy
Mientras nos acercábamos al lago, sentí la mirada de Javier clavada en mi espalda. Al echar un vistazo rápido, vi que su atención estaba en todas partes menos en mí. Dejé escapar un suspiro lento. En cierto modo, su falta de interés era un alivio. No me gustaba llamar la atención.
Por otro lado, estaba buenísimo, y no me habría importado una dosis mínima, pequeñísima, de apreciación masculina o un cumplido más amable que «sana».
Sana. Esa era yo. O sea, insulsa. Insignificante. Del montón.
Caminé durante horas, dándole vueltas al insulto que en realidad no era un insulto, asumiendo que él era un mujeriego y estaba orgulloso de serlo mientras yo era...
Yo.
Solo yo.
Finalmente, mi inexplicable oleada de ira empezó a remitir.
Nunca había sido de las que guardan rencor, y él tenía derecho a sus opiniones.
Su presencia seguía siendo problemática.
La sentía intensamente, un zumbido constante que se convertía en descargas eléctricas en esas pocas ocasiones en que nuestras miradas se cruzaban.
Los nervios me chispeaban, el corazón me latía desbocado y la piel me ardía.
Me sentía atraída hacia él por fuerzas que no lograba comprender. ¿Por qué me estaba pasando esto?
Una explicación era que llevaba más de tres años fuera de circulación.
Las Hermanas de la Caridad atendían a mujeres, niños y ancianos.
Mi aislamiento del mundo masculino también podría explicar por qué este ejemplar de belleza masculina tenía un efecto tan desconcertante en mí.
Y ese beso robado. Dios mío. Me rocé los labios con los dedos.
Cuando nuestras bocas se fundieron, me sentí viva, como si él hubiera pulsado un interruptor dentro de mí.
Alerta de idiota. La advertencia habitual de mi hermana Cece acudió en mi rescate. No confiamos en los hombres. No nos quieren a nosotras. Quieren el dinero de nuestro padre. Los cachas en particular son de los volubles. Están hechos para mentir y seducir.
Cece era inteligente y tenía razón. Yo tenía muchas buenas razones para no confiar en los hombres.
Mi padre era la principal. Cuando crecías siendo machacada verbalmente por tu donante de esperma hasta quedar reducida a una piltrafa, comprendías que los hombres eran unos capullos.
Claro, había algunas excepciones —como Dash y Nix—, pero en general, de los hombres no te podías fiar.
Había renunciado a los cachas hacía tiempo. Solo se querían a sí mismos. Se pavoneaban como pavos reales, se tiraban flores constantemente y alimentaban sus egos, flotando en las aguas superficiales de su físico y sus vidas vacías.
Hola, Missy la Remilgada. Suenas incluso más remilgada de lo habitual.
Vale, quizá el episodio de lo de «sana» me había vuelto demasiado crítica, pero el mundo Astor había rebosado de cuerpos esculpidos en el gimnasio al acecho de herederas.
Los había evitado como a la peste. Mis hermanas y yo habíamos decidido desde el principio que no éramos animales de concurso para ser vendidas al mejor postor y acabar exhibidas como trofeos en mansiones de lujo.
Para ser justa, el operador que había venido a buscarme no se comportaba como un cazafortunas. Tampoco parecía un tipo de la alta sociedad. Hablaba como un soldado, con acento tejano y un sentido del humor autocrítico. Era chulo. Un poco arrogante. Divertido a veces.
Eso me gustaba de él.
Por otro lado, Javier encajaba de lleno en mi clasificación de cacha peligroso.
Era un seductor experimentado, un besador increíble y un coqueto con pico de oro capaz de tentar a las monjas al pecado.
Con esos ojos de cachorro, esas sonrisas que te hacían flaquear las rodillas y ese cuerpazo, también era un bribón que sabía cómo usar su físico espectacular para bajar las defensas de una mujer.
Pero no mis defensas. Nanay. Yo no iba a caer.
En todo caso, su apariencia me ponía sobre aviso. Su belleza era la forma que tenía la naturaleza de advertirme de que me enfrentaba a una criatura peligrosa. Estaba decidida a aplastar cualquier sensación extraña que me invadiera cuando él estaba cerca y a no dejar que me gustara.
Incluso en esos momentos en que sí me gustaba.
No había de qué preocuparse. Pisé con fuerza el camino de tierra. Cualquier atracción entre nosotros era unidireccional, sobre todo cuando su mejor cumplido para mí era «sana».
Delante de mí, la hermana Elsa tropezó. Las monjas eran unas campeonas, pero llevábamos caminando mucho tiempo. Sin perderlas de vista, aminoré el paso y me puse a la altura de Javier.
—Las monjas están cansadas —dije.
—¿Quieres que lleve a la hermana Elsa en brazos?
—No te dejará.
—Ya —dijo—. La última vez que me ofrecí, me dijo que era ciega, no coja.
—Esa es la hermana Elsa —suspiré—. ¿Cuánto queda?
—Vaya, gracias —dijo él. Aunque sus ojos recorrían el sendero, una comisura de su boca se elevó.
—¿Por qué? —pregunté, curiosa.
—Es la primera vez que oigo tu bonita voz en horas.
Alerta de cacha. Estaba haciendo lo del mujeriego, y yo no iba a picar.
—Guarda tus encantos para peces que piquen el anzuelo —advertí en voz baja—. ¿Para qué perder el tiempo parloteando si no tengo nada de valor que decir?
—Típico de una introvertida —ensanchó su sonrisa chulesca—. Tengo la sensación de que tienes mucho que decir y todo tiene valor.
Lo miré de perfil. ¿Me estaba tomando el pelo o lo decía en serio?
—¿Quieres que paremos, entonces? —preguntó.
—¿Es seguro? —Miré por encima del hombro hacia el sendero que dejábamos atrás.
—La verdad es que no —dijo—. Todavía no.
—Entonces seguimos, supongo.
—Buena decisión, Ángel —dijo, dándole una palmadita a la mochila—. ¿Tú o las monjas necesitáis más agua? ¿Una barrita de proteínas? ¿Protector solar? ¿Repelente de insectos?
—Estoy bien, y las monjas también, bueno, salvo por el cansancio —respondí. Estaba siendo amable conmigo, y lo odiaba, sobre todo porque lo hacía por obligación y lástima. Al fin y al cabo, yo era su maldita misión.
—¿Puedes dejar de hacer esa cosa que haces? —preguntó, pasándose vagamente una manaza por delante de la cara.
—¿Qué cosa?
—Eso de entrecerrar los ojos hasta convertirlos en medias lunas y arrugar la nariz. Es como un puñetazo de altivez y una bofetada de desdén a la vez. Es adorable, pero también aterrador, y me da un golpe en la boca del estómago cada vez que lo haces.
—Se llama fruncir el ceño —dije, demasiado remilgada incluso para mis estándares—. Parece que a tu frágil autoestima le gusta esconderse detrás de tu enorme ego.
—Me dijeron que eras enfermera, y por lo que comentaron las hermanas la última vez que fuiste a mear, también dabas clases en el orfanato —se reacomodó el arma en las manos—. Pero no pensé que fueras una loquera aficionada. Ni que pudiera sacarte de quicio tan fácilmente.
—No estoy cabreada —dije. No quería que supiera cuánto me afectaba.
—Bien —sonrió—. Entonces podemos olvidarnos de lo de «virtuosa» y seguir adelante.
—Ya lo hice.
Me pilló en la mentira con una sonrisita de suficiencia.
—Llegaremos al lago pronto —aceleró el paso y se dio un golpecito en la sien—. Vamos. Al buen tiempo, hay que darle prisa.
Mientras avanzaba, no pude evitar admirar su resistencia y su físico.
Llevaba el pelo castaño oscuro corto a los lados y ligeramente erizado en la parte de arriba, un estilo que resaltaba la fuerza de su cuello.
Sus bíceps ponían a prueba las mangas de la chaqueta.
Su trasero musculoso se marcaba de maravilla bajo los pantalones.
Oh, sí, su trasero era una obra de arte.
Era un bombón sin tacto, brusco y mandón, con un culo de infarto.
De repente, Javier me lanzó una sonrisa por encima del hombro y me guiñó un ojo antes de indicarme que caminara delante de él.
Se me encendió la cara mientras pasaba a su lado, y no era por el calor, la humedad ni el esfuerzo de la caminata.
El hombre era insufrible. Me había pillado mirándole, y le encantaba.
Madre mía.
Para una chica a la que le gustaba guardarse sus pensamientos, mi piel clara y mi tendencia a ruborizarme eran una combinación nefasta.
Y no era solo la cara lo que tenía sonrojado.
Si las monjas supieran todos los pensamientos impuros que había tenido desde que llegó Javier, me mandarían directa al confesionario.
***
Javier
Esquivar a dos grupos de enemigos nos obligaba a avanzar despacio y con cuidado, pero llegamos a la orilla del lago al anochecer.
El sol pintaba el cielo con pinceladas doradas que prendían fuego al lago, perfilando las cúpulas oscuras del par de volcanes que se alzaban en la isla del otro lado del canal.
—Es tan hermoso —dijo. La luz encendía las motas ámbar de sus ojos—. Echaré de menos estas vistas, y también a la gente maravillosa de este país.
Estuve a punto de bromear sobre que no echaría de menos a los soldados que la perseguían, pero verla con el rostro iluminado me dejó sin palabras. ¿Cuándo había sido la última vez que me conmovió una belleza como la suya? Nunca, eso es cuándo.
Maldita sea mi cabeza. Iba directo al desastre.
Guié a las mujeres hasta la pequeña cala apartada donde había escondido mi alijo de suministros para la exfiltración y la embarcación local con la que había cruzado el lago a la ida. Era un bote pequeño y desgastado, pintado con colores desvaídos, una humilde yola, como la llamaban por aquí.
—Antes de que digas nada —le aclaré a Missy mientras arrastrábamos el bote al agua al amparo de la oscuridad—, le compré esta mierda de bote a un pescador local. No soy ningún ladrón. ¿Queda claro?
—Entendido. Tienes moral capitalista. Anotado —trazó una marca en el aire.
La miré. ¿Estaba bromeando o juzgándome? Apostaba por lo segundo, pero bueno, a mí los dardos me resbalaban. Mientras ella ayudaba a las monjas a subir al bote, sacudí la cabeza. ¿Por qué me importaba si le caía bien o no?
Porque te besó y te gustó una barbaridad, marine.