Javier (Romance militar de héroes alfa nº 12) Capítulo cinco #2
14%

Capítulo cinco #2

Le recorrí el cuerpo con la mirada de arriba abajo.

Debajo de aquel adefesio de vestido holgado, Missy llevaba un conjunto que realzaba su belleza elegante y atlética.

Las mallas de licra se ceñían a una cintura estrecha, un trasero firme y respingón, y unos muslos esbeltos que daban paso a unas piernas bien torneadas.

La camiseta se ajustaba a las curvas suaves de su torso, dejaba ver el vientre plano y marcaba el contorno de sus pechos pequeños bajo el sujetador.

—Oye —su mirada afilada me hizo cerrar la boca—. ¿Qué miras?

Se me escaparon las palabras.

—Debajo de ese vestido de mierda, estás impresionante.

—Deja de reírte de mí —espetó mientras metía el vestido en la mochila.

—No me estaba riendo de ti —dije—. Solo decía la verdad, sin más.

—Ya —tiró de la cremallera y cerró la bolsa.

No me creía.

—Tienes que fiarte de mí en esto —volví a abrir mi bocaza, porque por lo visto era incapaz de mantenerla cerrada cuando Missy se enfadaba conmigo—. He estado con montones de mujeres...

—Ya me imagino —puso los ojos en blanco.

—Todas eran bellezas, de todas las formas y tamaños —si ya estaba metido hasta el cuello, bien podía seguir y dejar claro lo que quería decir—. Curvilíneas, pechugonas, culonas, lo que quieras, lo he visto. Pero tú, tú eres guapa de verdad, Ángel, y te lo digo con todo el respeto del mundo.

Si sus ojos hubieran estado cargados de munición, la mirada fulminante que me lanzó me habría convertido en un colador un segundo antes de morir.

—¿Respeto? —la hermana Elsa hizo una mueca y se volvió hacia la hermana Janet—. Madre mía. A este le falta un hervor, ¿verdad?

—El memo no tiene ni pizca de sentido común —coincidió la hermana Janet—. Es más corto que las mangas de un chaleco.

—¿De qué estáis hablando? —las miré a una y a otra—. Es verdad.

—Mejor que te calles ya —los ojos de Missy centelleaban con destellos naranjas de rabia—. Estás gastando saliva para nada.

Sacudí la cabeza, bastante confundido. Para ser un ángel dulce, tenía un genio de mil demonios y le encantaba desahogarse conmigo. Y eso que había intentado halagarla.

Bueno, quizás había sido un idiota y las monjas tenían razón.

Mencionar montones de mujeres probablemente había sido un error.

También podría haberme ahorrado lo de curvilíneas, pechugonas y culonas, pero qué le iba a hacer, yo era de los que hablan claro y sin rodeos.

Total, que la había ofendido y ahora estaba cabreada conmigo. Me di una patada mental en el culo.

—Cambiémonos —dijo la hermana Elsa.

La hermana Janet sacudió un vestido en el aire y me fulminó con la mirada.

—¿Qué miras, grandullón? Date la vuelta, anda.

Hice lo que me pidió y solté el aire. ¿Tres mujeres contra un solo tío?

Ni siquiera había competencia.

—Yo voy delante —anunció Missy, y echó a andar pisando fuerte.

—Alto —ordené—. Te quedas con el grupo salvo que yo diga otra cosa.

Me fulminó con la mirada por encima del hombro, pero al menos se detuvo.

—Te encanta ir de mandón, ¿eh?

—No voy de mandón —mascullé, reaccionando a su furia latente—. Eres mi misión. Mi trabajo es mantenerte a salvo.

—Soy tu misión —repitió con tono ácido—. Tu misión «decente». Gracias a Dios no seré tu misión por mucho tiempo. Y quién sabe, quizá no sea decente para siempre.

Eran más palabras de las que me había dirigido desde que salimos del complejo, y por alguna razón, me hicieron sentir como el mayor gilipollas del mundo.

Apreté el paso hacia el lago. Al adentrarnos de nuevo en la selva, le hice una seña a la hermana Janet para que encabezara la marcha y así poder vigilar la retaguardia.

La valiente monja avanzó resuelta con mi pistola en la mano.

Missy y la hermana Elsa la seguían de cerca.

La monja con discapacidad visual había insistido en que podía recorrer este tramo más llano del sendero por su propio pie, con su bastón y algo de ayuda de Missy.

Como era de esperar en ella, Angel le había ofrecido el brazo de inmediato.

No había mentido. Su cuerpo tenía la silueta compacta y estilizada de una corredora. Desde la retaguardia, tenía la mejor vista de su trasero. ¿Cómo iba a no mirar ese culito precioso si lo meneaba tan inocentemente delante de mí?

Era un gran admirador del cuerpo femenino en todas sus formas, pero normalmente me iban las mujeres sensuales, picantes y tan desvergonzadas como yo.

Así todo funcionaba sin complicaciones. Missy no era sensual, ni picante, ni desvergonzada.

Era completamente distinta a cualquier mujer que me hubiera atraído antes. No debería haberme provocado nada.

Entonces, ¿por qué no podía quitarle los ojos de encima?

Con esas zapatillas, podría pasar por cualquier ecoturista recorriendo el campo. Se había recogido el espeso cabello castaño rojizo. La larga coleta se balanceaba de un lado a otro mientras caminaba, otra distracción más con la que tenía que lidiar para hacer mi trabajo.

El sol se filtraba entre el dosel, avivando los rojos ardientes de su cabello.

La luz de la tarde la adoraba, envolviendo su figura en un resplandor deslumbrante.

Al salir de las sombras, un rayo de sol le acarició el rostro y resbaló por su perfil como un destello mágico.

Las líneas de su cara ovalada evocaban la dulzura hecha carne.

Sus mejillas eran puro querubín. La nariz, un botoncito adorable perfectamente dibujado sobre su boca bien perfilada, tan pequeña, rosada y carnosa como un capullo de rosa.

¿Pero qué coño?

Ni en mis sueños más locos habría usado el término «capullo de rosa» para describir nada, y sin embargo ahí estaba, soltando «capullitos» camino del desastre.

Durante la preparación de esta misión, había memorizado cada foto de Missy que me había facilitado su hermana Thena.

Los chicos habían pensado que Missy era otra belleza Astor.

El problema era que las fotos de Missy Astor no habían logrado captar el impacto sutil de sus expresiones, el fuego dorado que rodeaba sus pupilas ni el efecto devastador de sus largos silencios.

Sobre el papel, parecía mona pero plana. En persona, era todo lo contrario.

Era como si ocultara su evidente inteligencia tras su exterior recatado, su atractivo sexual tras su inocencia, y su poder dentro de su forma delicada. Yo no le caía bien, ni siquiera intentaba seducirme, y sin embargo, cuando recordaba sus besos, se me empalmaba.

Joder. Ahí estaba yo, sudando bajo el equipo, atravesando la selva caliente y húmeda, con los sentidos alerta y empalmado como una piedra.

Tenía que parar aquello. Ella era mi misión. Así de simple. Lo único que tenía que hacer era controlar el calentón y llevarla a casa, pero de algún modo, no parecía tan simple.