Capítulo cinco
Javier
La ruta más corta para salir del país habría sido una carrera directa hacia el sur, rumbo a la frontera.
Exactamente lo que nuestros enemigos esperarían.
No tenía la costumbre de darles a mis adversarios ni la más mínima ventaja, así que en su lugar guié a las mujeres hacia el este, desandando mi ruta de infiltración.
Eso suponía una caminata hasta la costa oeste del lago Nicaragua.
Missy no tuvo problemas para sortear el terreno, pero las mujeres mayores que caminaban delante de mí nos ralentizaban.
Igual daba que fuéramos gusanos arrastrándose por el barro.
Salir del teatro de operaciones habría sido mucho más rápido si no hubiera aceptado pasajeros extra, pero Missy no me había dejado opción.
Tenía otros problemas de los que ocuparme.
Las patrullas militares se desplegaban, bloqueando las carreteras a cada paso.
No hacía falta ser un genio para saber que habían llegado al complejo y encontrado los cadáveres apilados en el pozo.
Buscaban a las monjas. Quizás también buscaban a alguien como yo.
También sabía por experiencia que los mercenarios del Nuevo Orden Mundial eran tan persistentes como una diarrea mal curada. Cada vez que nos habíamos enfrentado a ellos, siempre habían tenido refuerzos de sus refuerzos. ¿Mi apuesta? Esos mierdas solo cobraban al completar el trabajo.
Por eso tenía que asumir que los cuatro mercenarios que ahora descansaban en el fondo del pozo tendrían refuerzos cerca. A estas alturas, el equipo de respaldo probablemente ya sabía que habían perdido a los suyos y andaba a la caza de Missy Astor.
¿Qué podía ser mejor que un grupo de cabrones sedientos de sangre persiguiéndonos en territorio hostil?
Dos grupos de cabrones.
Para empeorar las cosas, mientras avanzaba con los sentidos en alerta máxima, no podía dejar de pensar en el beso que Missy me había dado. Ella me había besado a mí. ¿Qué os parece como giro inesperado?
Normalmente era yo quien iniciaba los jueguecitos, y solo como preludio a unas cuantas horas de lujuria.
Por un segundo, me había preguntado si había perdido la cabeza cuando me besó.
Luego me dejé llevar, disfrutando de cómo su boca más pequeña encajaba perfectamente bajo la mía.
Nunca había sido de los que rechazaban un beso o dos de una mujer guapa.
No iba a empezar ahora. ¿Quién era yo para rechazar semejante regalo?
Entonces sucedió lo imposible.
Borrado mental. Durante unos preciosos segundos olvidé todo, incluido mi nombre. Solo podía sentirla; sus labios vacilantes, cediendo bajo los míos; su sabor fresco a cítricos y su respiración acelerada; su cuerpo firme y suave cobrando vida en mis brazos.
Joder. Nunca me había pasado algo así.
Me había obligado a volver al modo de alerta rápidamente, pero había sido una apuesta peligrosa seguir besándola. A decir verdad, no había tenido la autodisciplina para parar. No tenía ni idea de por qué me había besado, pero de algo estaba seguro: ese beso había sido el más dulce de mi vida.
Se había sentido diferente: arrollador, poderoso, real, como si siempre hubiera estado destinado a ocurrir. Al recordar lo bien que había encajado todo, me palpé el lugar bajo el chaleco donde mi corazón se había hinchado de alegría hasta que mis costillas apenas podían contenerlo.
El beso también había puesto mi sangre a hervir como aceite en una sartén.
Al principio, el calor había recorrido mi piel como un susurro, intensificándose a medida que se filtraba en mis venas y bajaba hacia el sur, convirtiéndose en una necesidad abrasadora que me puso duro como una piedra.
Justo ahí, en medio de la misión, nada menos. ¿Qué coño había sido eso?
Manteniendo a las mujeres delante de mí, encaré la siguiente colina y sacudí la cabeza.
La forma en que mi cuerpo había reaccionado ante ella había sido salvaje.
Cuando la miré a los ojos por primera vez, me sentí aturdido, perdido en las profundidades de esos iris castaños.
Y cuando su pequeña lengua tanteó mis labios y se deslizó en mi boca, casi perdí el control.
Me vino a la mente el viejo cliché. Me había dejado sin aliento.
Al mismo tiempo, de alguna manera, había insuflado nueva vida en mí.
Se había sentido bien en mi abrazo, como si mis brazos hubieran sido hechos para sostenerla y mi boca moldeada para besarla.
El roce de sus labios me golpeó como un doble de whisky.
Dado que me costaba mucho emborracharme, la sensación era completamente desconocida.
Era extraño, pero incluso ahora, mientras caminábamos, ansiaba volver a abrazarla, confirmar o desmentir las extrañas sensaciones que tocarla y besarla desataban en mí. ¿Hasta qué punto estaba jodido?
Espabila, marine. Céntrate en la misión.
Una hora después de iniciar la huida, cuando habíamos puesto suficiente distancia entre nosotros y los soldados, Missy se detuvo en la cima de la colina y contempló las nubes negras que se elevaban del lugar donde había estado el complejo.
—¿Me prestas los prismáticos? —preguntó, tan bajito y tímida que apenas la oí.
—¿Estás segura? —vigilé de reojo a la hermana Janet, que guiaba a la hermana Elsa unos pasos más adelante—. Va a ser duro de ver.
—Necesito verlo con mis propios ojos —susurró Missy, ocultándome sus ojos húmedos.
Había asimilado su beso. Luego había asimilado la ausencia de sus labios en los míos y su sabor fresco, que aún persistía en mi boca. Después había lidiado con su terquedad y su orgullo Astor. Y sin embargo me sentía incapaz de enfrentarme a sus lágrimas.
Le pasé los prismáticos.
—Sesenta segundos.
Apuntó los prismáticos al orfanato en llamas. Mientras ajustaba el aumento, sus labios se apretaron hasta formar una línea blanca. Tragó saliva, pero no lloró. Era más fuerte de lo que la gente pensaba.
—Hora de irnos —le recordé en un murmullo.
—Sí, claro —se sorbió la nariz y me devolvió los prismáticos—. Exactamente como lo soñé.
—¿Qué has dicho? —pregunté mientras forcejeaba para guardar los prismáticos en el chaleco.
—Nada —se le sonrojó el rostro, se dio la vuelta y siguió a las monjas.
Intentó ocultarme sus emociones, pero alcancé a ver el dolor que acechaba en sus ojos.
No sabía por qué, pero me dio un vuelco el corazón.
Estaba tan pálida y aterrorizada como si hubiera visto un fantasma.
No podía explicar por qué su tristeza me atenazaba la garganta y me hacía sufrir por ella.
La empatía nunca había sido mi fuerte. Sentirla ahora era algo nuevo y bastante aterrador.
Pasamos el resto de la mañana y la mayor parte de la tarde rodeando carreteras y pueblos, manteniéndonos fuera de la vista. Nos desviamos varias veces para evitar soldados. Las mujeres guardaban silencio. El incendio del orfanato había acallado incluso la lengua afilada de la hermana Janet.
Missy estaba especialmente callada. Al conocernos se había mostrado elocuente, decidida y expresiva, pero ahora era evidente que prefería el silencio a mi especialidad: la charla ociosa.
Como mantener el silencio operacional me convenía de maravilla en ese momento, tuve tiempo de sobra para estudiarla.
Dedicaba casi toda su energía a cuidar de sus amigas. Su silencio no me engañaba. La mirada le brillaba con inteligencia mientras observaba el mundo a nuestro alrededor. Habría apostado un millón de dólares a que su mente nunca paraba. Era de las que piensan mucho.
Al llegar a los lindes de una vieja hacienda decrépita, me detuve. Me quité el casco, lo enganché a la mochila y, dejándola al cuidado de las mujeres, hice un desvío rápido. Volví con algo de ropa del tendedero y le pasé el bulto a Missy.
—Aquí tienes —dije—. Tenéis que cambiaros todas.
Miró la ropa, luego a mí, y frunció el ceño: sus cejas cobrizas se juntaron expresando todo tipo de desagrado.
—¿Les has robado esta ropa a esa pobre gente?
—¿Qué demonios he hecho para merecer esto? —sin ocultar mi fastidio, miré al cielo y levanté las manos antes de volver a mirarla—. ¿Se te ha olvidado que ahora somos fugitivos? Si tuviera que robar ropa para mantenerte a salvo, lo haría.
—Pero esa gente necesita su...
—Para el carro —la corté a mitad de frase—.
No hace falta que montes un numerito. Dejé algo de dinero enganchado en el tendedero y mi machete para que lo usen.
Solo eso cubre de sobra el coste de esos trapos viejos.
No soy ningún santo, pero tampoco soy un ladrón.
Así que deja de mirarme como si fuera un criminal.
No lo soy. Aunque haya estado en la cárcel.
Parpadeó varias veces.
—¿Has estado en la cárcel?
Yo y mi bocaza.
—Da igual —me eché la mochila al hombro—. Cambiaos. Todas.
—No pienso renunciar a mi hábito —la hermana Elsa se puso de pie con la ayuda de Missy—. Somos guerreras del Señor. ¿Por qué tendríamos que renunciar a nuestro uniforme cuando tú llevas el tuyo?
—Hay muchos soldados en este país —parecía condenado a tener que explicar cada pensamiento a mi pequeño Equipo B—. Mi uniforme está diseñado para parecerse al de ellos. Vosotras tres, en cambio, cantáis más que un gallo a mediodía.
—Pero...
—Aún no he terminado, cielo —acallé las protestas de la hermana Elsa—. Hay cosas difíciles de ocultar. Como las monjas, por ejemplo. La ecuación es sencilla: monja más hábito más este país igual a monja muerta.
—Me fastidia darle la razón, pero no se equivoca —Missy me sorprendió. Repartió la ropa entre las monjas, luego agarró el bajo de su vestido y se lo sacó por la cabeza—. Démonos prisa.