Javier (Romance militar de héroes alfa nº 12) Capítulo Dos
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Capítulo Dos

Missy

Cuando era niña, la mera visión de mi padre enfurecido, ardiendo de rabia, me hacía temblar, encogerme y llorar.

A veces, incluso me desmayaba. Eso era justo lo que quería hacer cuando aparecieron los bastardos armados.

Era como si me hubieran programado para temer a los hombres poderosos, para encogerme y disolverme mientras esperaba que alguien me rescatara.

Pero hoy no. Ni hablar. De ninguna manera.

Podía ser ingenua, pero no era idiota. Estos matones rezumaban violencia, y mis hermanas no estaban cerca para ayudarme como hacían cuando mi padre se enfurecía.

Hoy estaba sola. De alguna manera, tenía que hacer frente a mis miedos y plantarme.

La supervivencia de mis amigas dependía de mí.

La bestia me arrastró por el patio como si fuera una bolsa de basura. El terror que me atenazaba la garganta era real, pero clavé los talones en la tierra y me zafé de la mochila. Cayó al suelo mientras me alejaba de un salto del bruto.

El cerdo extendió la mano y me agarró por la parte trasera del jumper. Me atragantaba mientras la tela áspera se me clavaba en la garganta. Levanté los brazos por encima de la cabeza y agarré las muñecas carnosas del hombre, pataleando y gritando mientras me arrastraba por el patio.

—¡No! —el horror hacía que el corazón me golpeara las costillas—. ¡Para!

Soltó una risa cruel.

—Ni lo sueñes, princesa.

Como si no pesara nada, como si no fuera nada, me lanzó sobre el saliente del edificio.

Hice una mueca cuando el trasero golpeó el cemento.

Se plantó delante de mí. Ahora estaba peligrosamente despatarrada a la altura de sus muslos.

Su mirada lasciva me heló la sangre y un escalofrío de pavor me recorrió entera.

¿Así terminaba mi vida? ¿Llegarían mis hermanas a enterarse alguna vez de que había vivido y muerto aquí, tan lejos de ellas? ¿Me iría de este mundo sin despedirme de las mujeres que adoraba?

—No todos los días un tipo puede tirarse a una virgen de camino al paraíso —la pobre excusa de ser humano mostró sus dientes amarillos—. Voy a hacerte un gran puto favor antes de que dejes este lugar para siempre.

—¡No me toques! —me aparté de él bruscamente.

—No tienes ni idea de lo que te espera, ¿verdad? —su sonrisa maliciosa me heló la columna. Sin apartar de mí aquella mirada lasciva, se colgó el rifle del hombro y se bajó la cremallera de los pantalones.

Con el corazón en un puño, me di la vuelta y gateé en un intento desesperado de escapar.

El bastardo me agarró el tobillo. El agarre aplastante de su mano me hizo gritar de dolor.

Riéndose entre dientes, me arrastró de vuelta hacia él.

Las uñas me rasparon contra el cemento sin encontrar agarre.

Retorcí el cuerpo y le di una patada en el vientre.

—Eres brava —extendió la mano y me arrancó el velo de la cabeza—. Me gustan las bravas.

El velo salió volando. Su mano áspera se hundió en mi cráneo y me deshizo el moño. El cabello me cayó en cascada sobre los hombros.

—Una pelirroja, tal como esperaba —anunció el monstruo a sus secuaces con un regocijo que me retorció las entrañas de terror. Apretó el agarre en mi pierna y me manoseó por debajo de la falda—. Veamos si eres pelirroja en todas partes.

Pateé, esquivando su toque asqueroso. Era vagamente consciente de que las monjas suplicaban por mi liberación y por sus vidas. Las empujaban y abofeteaban por ello. Cuanto más luchaba, más se ensanchaba la mueca del monstruo.

Detestaba las lágrimas que me picaban en los ojos y me nublaban la visión, el terror que amenazaba con cerrarme por completo.

Quería rugir como una leona, y sin embargo solo pequeños gemidos y chillidos me salían de la garganta.

Odiaba ser más débil y más pequeña que el bruto apestoso.

La impotencia que me ardía en los ojos me robó la esperanza.

Como anuncio de la seductora huida del olvido, la oscuridad familiar comenzó a acumularse en los bordes de mi visión, y el frío se me caló hasta los huesos.

Missy Astor, nunca te rindas. La voz de mi hermana mayor Thena resonó en mi cabeza. Si te desmayas, mueres. No vas a caer sin luchar.

Lancé la pierna libre. Las carcajadas del cerdo se convirtieron en un gruñido cuando el pie le dio de lleno en la entrepierna. Toma eso, cerdo asqueroso. No había sido una estrella del atletismo universitario por nada.

Me estrelló una mano en el pecho, un empujón violento. El aliento me salió disparado de los pulmones. Me golpeé la nuca contra el suelo duro y vi las estrellas. El cráneo me palpitaba por el golpe, pero lancé la otra pierna y lo alcancé bajo la barbilla.

Crac.

La cabeza le voló hacia atrás y los dedos se le aflojaron. Arranqué el pie de su agarre y me arrastré hacia atrás, lejos de él.

—Pequeña zorra —gruñó—. Te voy a enseñar una lección que te vas a llevar a la tumba.

Crack, crack, crack.

Los disparos secos interrumpieron mi camino hacia la muerte.

Los sonidos resonaron en el claro: cortantes, bruscos, sobresaltantes.

El bastardo se dio la vuelta y empuñó el rifle.

Arrastrándome sobre manos y talones, me escabullí hacia atrás hasta que la espalda golpeó la pared.

Alcancé a ver a los otros matones, que caían como fichas de dominó alrededor de las monjas, uno tras otro.

Mi atacante se agachó detrás de las escaleras, levantó el rifle y escudriñó las colinas. Al no encontrar ningún objetivo, se dio la vuelta, me apuntó con el arma directamente a la cara y murmuró entre dientes:

—Cambio de planes.

Thena, Cece, Affie. Os quiero. Cerré los ojos y evoqué los rostros queridos de mis hermanas. Adiós.

Crack.

El sonido me tronó en la cabeza. Por un momento, ahogó el latido frenético del corazón. Abrí los ojos. El tiempo se ralentizó hasta casi detenerse. La cara de mi atacante se hundió por un lado. El rifle le cayó de la mano y repiqueteó en el suelo con un clang metálico.

Crack, crack, crack. Más disparos resonaron en el patio.

Todo sucedió en cámara lenta. El bruto se precipitó hacia delante. Su caída pareció durar una eternidad, hasta que finalmente cayó a mis pies con un golpe sordo. Cuando tocó el hormigón, ya no tenía cabeza. La sangre manaba de su cuello como si su cuerpo se hubiera convertido en un grifo.

Un grito se me quedó atragantado mientras una bruma descendía y amortiguaba casi todos los ruidos a mi alrededor. La visión se me estrechó en un túnel, y el velo negro volvió a cerrarse sobre mis ojos.

No te desmayes, Missy. Ahora no.

Parpadeé con fuerza para ahuyentar la oscuridad. La sangre me zumbaba en los oídos, más fuerte que cualquier otra cosa. No podía respirar. Ni moverme. De algún modo, seguía viva.

¿Cómo? ¿Por qué? ¿Quién?

El patio giraba a mi alrededor. El estómago se me hinchaba y encogía como un acordeón. Atrapada en una distorsión temporal, oía las voces de las monjas filtrarse hasta mí, graves y deformadas, alargándose en mi cabeza.

—¡Es... un... milagro! —La hermana Janet se santiguó a cámara lenta.

—¡Gracias... al... Señor! —La hermana Elsa alzó los brazos al cielo y juntó las manos en oración.

Los segundos se alargaban. Los brazos y las piernas me pesaban una tonelada. La gravedad me aplastaba contra el suelo. A través de la neblina, entrecerré los ojos para ver la carnicería que me rodeaba. Tanta sangre. Tanta muerte.

Estaba en estado de shock, atrapada en el caparazón de un cuerpo que no me respondía, luchando por no desmayarme, testigo impotente de aquella mañana mortífera. Las preguntas emergían de mi cerebro una palabra cada vez, como si las tecleara una vieja impresora matricial.

¿Quiénes eran esos hombres? ¿Trabajaban para mi padre? Y si era así, ¿por qué querían matarme? ¿Estaba mi padre, ese obseso del control, tan furioso conmigo que me quería muerta? Y lo más apremiante: ¿quién había matado a los asesinos?

Por el rabillo del ojo, capté un borrón de movimiento.

Girar la cabeza me costó un esfuerzo sobrehumano.

Parpadeé para despejar la neblina. El roce de los párpados al deslizarse sobre los globos oculares me sonaba como papel de lija raspando madera.

Cuando por fin logré enfocar más allá del patio, un hombre se erguía en el centro del túnel de mi visión.

Un guerrero formidable atravesó una abertura en la valla y se abrió paso entre una exuberante maraña de buganvillas magenta.

Abrí la boca para advertir a las monjas, pero no me salió ningún sonido.

El peligro crepitaba en el aire mientras cruzaba el patio, avanzando con el rifle pegado a la mejilla y el dedo en el gatillo.

Barrió el espacio con el arma varias veces antes de bajarla. Su atención se volvió hacia mí. Me atravesó con unos feroces ojos marrones que me dieron ganas de enterrarme bajo tierra y hibernar hasta que el mundo fuera un lugar mejor.

El hombre que avanzaba hacia mí llevaba equipo militar y estaba armado hasta los dientes.

Era imposiblemente alto, corpulento y amenazador.

Todo en él eran músculos: un cuello grueso y fibroso, hombros anchos, brazos marcados, muslos poderosos, y un paso firme e inquebrantable.

Estaba paralizada como un ciervo deslumbrado por sus faros.

Era aterrador con ganas.

Sus botas gastadas aplastaban el barro. La tierra parecía estremecerse bajo sus pies. Lo supe sin necesidad de pensarlo: estaba allí por mí. No había forma de huir de él, no había escapatoria. Pasara lo que pasara, aquel hombre era mi destino inevitable.

Dios mío. Me cubrí la boca con las manos temblorosas.

La muerte había vuelto para un bis, y esta vez nos habíamos quedado sin milagros.