Capítulo Uno #4
Los cabrones de abajo empuñaban bonitos y relucientes rifles KLT, la versión iraní del AK-47. Al enfocar las fundas, también reconocí PC-9 Zoafs, la versión iraní de la pistola Sig Sauer de 9 mm.
Mi mente calculaba probabilidades más rápido que cuando me sentaba a la mesa de póquer.
El enemigo al que se enfrentaba el Equipo Rastreador tenía alcance global.
Teníamos pruebas sólidas de que los iraníes estaban con el NWO y que estos compraban armamento a los ayatolás.
Todo esto planteaba varias preguntas: ¿Eran estos mercenarios del NWO?
¿Era posible que alguien se me hubiera adelantado?
¿Estaban estos cabrones aquí por la misma razón que yo?
Necesitaba respuestas, y rápido.
—Buen señor —se aventuró la monja bajita, con la voz teñida de acento irlandés—. Si son del gobierno, somos conscientes de que nos han expulsado del país. Nos íbamos justo ahora.
—Puedo asegurarle —se burló el cabrón al mando, de rostro curtido, mientras seguía rodeando a las mujeres— que no somos del puto gobierno.
Bueno es saberlo.
—Estas dos son unas viejas —se detuvo frente a la más joven, le apoyó el cañón bajo la barbilla y le alzó el rostro—. Esta es un buen pedazo de culo.
La sangre me empezó a hervir y el tintineo de los dados dentro de mi cabeza se convirtió en un estruendo.
La única razón por la que no le disparé al gilipollas fue porque necesitaba saber de qué iba este espectáculo de mierda.
Las reglas eran reglas, y las seguiría —casi siempre—, pero en mi mundo, las mujeres merecían respeto, y proteger a los inocentes era el centro de cada misión que llevábamos a cabo.
Uno de los otros cabrones cambió el peso de un pie a otro, nervioso.
—Hagamos lo que vinimos a hacer y larguémonos de una puta vez.
«Sí, soltad la sopa, cabrones. ¿Qué coño vinisteis a hacer exactamente?»
—¿Es ella? —preguntó un tercer hombre.
El primer imbécil agarró a la mujer más joven por la barbilla y le escrutó el rostro.
—¡Suéltame, gorila asqueroso! —Se zafó de su agarre.
—Quieta. —Le apretó la cara con más fuerza y le bajó el arma al pecho.
Me tragué el gruñido que me subía por la garganta.
Estos mercenarios eran más peligrosos que una víbora acorralada.
Si había algo que hacía hervir la sangre al impulsivo que llevaba dentro, era ver a un tío poniendo las manos encima a una mujer con violencia.
Aplazé su ejecución, pero solo porque necesitaba respuestas.
Eso sí, el cabrón ya tenía reservado un billete de ida al infierno.
La sombra del imbécil le oscurecía los rasgos a la mujer más joven. Desde mi posición no le veía bien la cara, pero sí pude apreciar su actitud. Tenía los hombros cuadrados en gesto desafiante. La postura de su cuerpo gritaba «que te jodan y muérete»: todo un desafío en toda regla.
Esa tía era una monjita con un par de cojones.
—Sí —anunció el idiota, soltándola—. Esta mujer es la princesita Astor que andamos buscando, o tiene una gemela idéntica.
Mierda. Joder.
Ya tenía mis respuestas. Estos cabrones eran sicarios a sueldo del NWO. Habían venido a matar a sangre fría y, sí, se me habían adelantado. Casi me ganan. Casi, pero no del todo. En ese instante, mi misión pasó de recopilar información y verificar a rescatar y extraer.
Daba igual que me superaran en número y en armas. O que los soldados del gobierno fueran a llegar en cuestión de minutos. Arrodillada en el suelo, vestida de novicia, estaba nada menos que Artemis Astor, alias Missy, nombre en clave Angel, el objetivo principal de mi misión.
Una monja. Mierda. ¡Una puta monja!
Era lo último que me habría esperado.
Y también era jodidamente brillante.
El cara de culo le apoyó el cañón del AK en la frente.
Ella alzó la barbilla, cerró los ojos y apretó la cabeza contra el arma, encarando la muerte con un coraje fuera de lo común.
Un rayo de sol solitario atravesó las nubes pasajeras.
Cuando le iluminó el rostro, el corazón me dio un vuelco. Parecía un ángel en la tierra.
—Es día de cobro, chicos.
El idiota bajó el arma y agarró a la mujer de la mochila. De un tirón brutal, la arrastró hacia el edificio de la escuela.
—Pero eso no significa que no podamos divertirnos un poco. Tenemos tiempo de sobra. Me voy a follar a esta antes de terminar el trabajo. Luego las matamos a todas y les echamos la culpa a los del pueblo.
Ni de coña.
Vosotros, putos perdedores, no os vais a colar en mi fiesta.
Tiré los dados.
Ya en movimiento, apreté la mandíbula mientras escudriñaba el terreno.
Desde donde había estado momentos antes, no tenía línea de tiro limpia para hacer el trabajo como era debido.
Sigiloso como una sombra, descendí por la colina en dirección al agujero de la valla.
Según avanzaba, busqué la posición que me diera el mejor ángulo para los disparos rápidos y certeros que necesitaba: salvar unas vidas y acabar con otras.
Tenía una deuda que saldar, y la vida de esta mujer era la única moneda válida.
Había encontrado a Missy Astor.
Era mía.