Un tipo con poca suerte (Javier Ramiro 2) 44
96%

44

Sentencia

Al final me tuve que volver a mi celda, parece que el jurado no lo tenía tan claro para dar un veredicto.

En cierto modo Alonso ha dicho que eso es bueno.

Lo normal es que cuando se es culpable o así lo creen, la respuesta es rápida.

En cambio, en este caso necesitaban pensar más y releer las pruebas presentadas.

Los carceleros me han dicho que mejor que recoja mis cosas y me han dado una caja de cartón para guardarlas.

Dicen que si me dan la libertad, será más rápido y fácil si lo tengo todo preparado, yo no me atrevo a hacerme ilusiones.

Es la mañana siguiente. De camino al juzgado, el agente que me acompaña también me ha dado esperanzas.

Ha estado en todo el juicio y después de escuchar todas las declaraciones, está convencido de que terminarán declarando la sentencia a mi favor.

Se supone que todos lo hacen para darme ánimos, lo único que consiguen es ponerme más nervioso.

Ya sabéis que la suerte no ha estado siempre de mi lado.

Desde que nací me han ido pasando todo tipo de cosas que se podrían catalogar de desastres.

No he llegado a tener grandes amistades, no he tenido un trabajo triunfante, nada de suerte en el juego y sí muchos problemas con los tipos que se pasan a cobrar.

Después mi gran idea de intercambiar los documentos por dinero, ahí sí creí que todo había cambiado para mí; después, encontrarme en la maleta solo y deshidratado, sin consciencia ni recuerdos, fue desolador.

Pasé de todo en Caracas y todo ello me dio muchas fuerzas para afrontar todo lo que estoy pasando en este juicio.

Ahora bien, no he de olvidar que también he tenido cosas buenas como Díaz, un gran amigo para toda la vida. Eso lo tengo claro.

Entro al juzgado y esperamos en la puerta a que nos hagan pasar. Están terminando de recoger los abogados del juicio anterior, en cuanto desalojen la sala pasaremos nosotros.

Hoy se decide el resto de mi vida. Y en cierto modo, me alegro de no tener que ser quién tenga la última palabra.

Tal y como he dirigido todo hasta ahora, creo que seguro que me equivocaría y terminaría teniendo mala suerte en mi decisión.

Así, pase lo que pase a partir de ahora, no será por mi culpa, si no gracias a la decisión de nueve extraños que me examinan.

Estoy preparado para aceptar el veredicto sea cual sea. Peor no me puede ir.

Hoy no han venido los padres de Sara, supongo que les debe de dar vergüenza aparecer después de haber mentido en el juicio, o tal vez es que han detenido al padre por perjurio. No sé, aún no le he preguntado a Alonso las consecuencias que le traerán por mentir.

Pasamos a la sala y todos estamos callados, expectantes, el juez y el jurado no han entrado todavía.

Nos sentamos y esperamos, no aparecen. Pasan quince minutos cuando se abre la puerta del fondo y entran por fin.

Había llegado a pensar que con mi mala suerte, podría haberle pasado algo al juez y teníamos que repetir todo a otro juez, pero no.

Ya está. Todo llega a su fin. Abre la carpeta llena de papeles que ha traído y separa varios de ellos sobre su mesa.

Comprueba su micrófono y decide empezar a hablar.

Todos nos hemos vuelto a sentar y Alonso, Díaz y yo estamos conteniendo la respiración. Esto es peor que esperar a que canten el gordo de navidad cuando han dicho todos los números menos el último y los tienes todos por el momento.

—Juicio número 3433/2025 acusado Javier Ramiro Domingo de los cargos de homicidio y chantaje. ¿El jurado ha llegado a un acuerdo?

— Sí señoría —El secretario recoge el documento del representante y se lo enseña al juez, después de leerlo por encima, lo devuelve para que lean en voz alta su veredicto.

—Tras examinar todas las pruebas presentadas por la fiscalía, y al no encontrar justificación suficiente para las acciones de las que se le acusa, dando a una clara presunción de inocencia y cotejando las pruebas aportadas por la defensa, que demuestran la imposibilidad de ejecutar dichas acciones por no encontrarse en posición ni tener el tiempo suficiente para llevarlas a cabo.

En virtud de las pruebas presentadas y de acuerdo con las leyes aplicables declaramos a Javier Ramiro Domingo no culpable de los cargos de los que se le acusa por falta de evidencia suficiente.

—Muy bien, se ha tomado la decisión de no culpable del acusado Javier Ramiro, quedando este en libertad a partir de este mismo instante. Se cierra la sesión —así cierra el caso el juez.

Un fuerte palmeo en mi espalda del abogado hace que salga de mi trance.

Díaz corre a abrazarme y es cuando me doy cuenta de que todo ha terminado y soy libre.

Miro al jurado y les doy las gracias en voz baja sonriendo uno a uno.

Está claro que nueve personas no pueden estar equivocadas.

Nadie tendrá nunca duda de mi inocencia.

Ahora tan solo falta que Sara vuelva y dé la cara.

Salimos del juzgado y hago una inspiración profunda al sentirme en plena calle.

Díaz no para de abrazarme y de reír. Nos vamos directos para casa.

Tengo tantas ganas de meterme en mi ducha y después quedarme en chándal, sentado en mi sofá y mirar la tele con una buena cerveza fría, que ni tan siquiera pregunto a mi amigo si tiene otros planes para hoy.

Está claro que él hará lo que yo decida, es mi día.

—Hoy es tu segundo primer día.

—¿Qué? ¿Por qué dices eso Díaz?

—Tu primer día fue en Caracas cuando despertaste en la clínica, y tu segundo primer día hoy, saliste libre de todos los cargos. Ahora vas a volver a empezar, esta vez lo haremos juntos. No te voy a dejar solo.

—Gracias amigo. De verdad, más que un amigo, creo que ya eres mi hermano. No he tenido nunca a nadie tan comprometido conmigo como tú.

Una vez en el piso, y después de ducharme y prepararme, nos sentamos en el sofá con una cerveza a charlar.

—¿Qué vamos a hacer estas navidades Javier?

—Lo que tú quieras, una vez terminen las fiestas quiero ir a buscar a Sara y mi dinero.

—Cómo tú decidas. Yo te sigo a donde sea, tú sabes cómo es.

Entre carcajadas, anécdotas pasadas por Díaz en todas estas semanas que estuvo investigando, bromas sobre la madre de Raúl y sus  magdalenas...

nos dan las diez. Con pocas ganas de hacer nada y menos de cocinar, hemos pensado en salir y comer alguna hamburguesa, si es que encontramos algún sitio abierto.

De repente suena el teléfono de Díaz.

—¿Sí?... ¿qué?... espere... no... yo... eso no pued... pero... —cuelga el móvil y se queda mirando por la ventana del salón en silencio, asustado, respirando con ansiedad.

—¿Qué ocurre?¿Quién era?¿Qué pasa? —le pregunto.

—Eran... me siguieron —parece confuso y nervioso.

—¿Quién?

—Los hombres de Maties, me siguieron desde Caracas. Tenemos un peo. [53]

—¿Por qué? —no puedo llegar a entender qué es lo que está pasando.

—Saben que estamos en este apartamento y parece que te reconocieron como el asesino de un tal Guancho. Supongo que es el tipo al que le diste plomo [54] en mi casa. No podemos quedarnos.

—¿Cómo que no podemos quedarnos?¿Qué significa eso? Llamemos a la policía. Estamos en España.

—¿Y le vas a decir a los policías que vienen a matarte unos tipos de Petare, porque le diste plomo a su compañero?

—¡Fue en defensa propia!

—Javier, piensa, acabas de salir de un juicio por asesinato ¿De verdad estás pensando lo que estás diciendo?

—Ya, tienes razón. Vale. No pasa nada. Haz la bolsa con tu ropa y yo haré la mía. Salimos de aquí directos al aeropuerto y nos vamos lejos. No tenemos que quedarnos. Mi cuenta bancaria quedará en dos días desbloqueada y tengo dinero de sobras. Larguémonos.

—Sí. No te voy a decir que no. ¡Tenemos que largarnos ya!

Recogemos todas nuestras cosas, ropa, documentación... y llamamos a un taxi.